La literatura constituye una disciplina insustituible que presupone una relación particular del ser humano con la palabra. Es una práctica radical de la duda y su suspicacia va dirigida en primer lugar a las palabras mismas. Por ello la literatura no produce una verdad, sino una relación con las posibilidades de la lengua. En el marco de este lazo, descubre con frecuencia, sino la mentira, al menos el abuso de la humanidad en las palabras.
Por supuesto sé que existen prácticas comunes de lo literario que poco tienen que ver con esto. Las mesas de novedades, a las que aludía antes, ofrecen un caudal de títulos en los que la interrogación del discurso mismo de la literatura está casi ausente. Los libros se conciben como la labor de un profesional del relato cuya producción puede ser o no destacable en el marco de una tradición. En este sentido, la mayor parte de las novelas se parece independientemente de lo que cuente, y, también, por la misma razón, el novelista es el tipo de escritor que me despierta menos interés.
El narrador como productor de argumentos, decorados, ambientaciones, personajes e historias; el obrero del teclado que debe producir centenares de páginas poco tiene que ver con mi concepción de la labor literaria. Para mí, la literatura es una forma de pensamiento y, por ello, prefiero el ensayo y la poesía (e incluso su combinación con medios visuales como la fotografía y el dibujo) a la narrativa. Aun en mis novelas, esta actitud está presente y por eso procuran distanciarse parcialmente de una concepción centrada exclusivamente en el relato.
Se ha dicho que mis libros son difíciles de clasificar en términos genéricos. Supongo que es cierto, y lo que ocurre es que para mí sólo existe un género, que es la escritura misma. El objetivo de la literatura es la exploración de las posibilidades y los límites del lenguaje escrito, es decir, de la página marcada por tinta. De ahí que ésta sea también imagen. En Intemperie, mi libro más reciente, afirmo que la palabra es un dibujo y el dibujo una escritura y en Necrópolis, un libro anterior, se da una continuidad entre el texto lingüístico y el visual. En buena medida, ésta es también la estrategia con la que escribí Los pies de san Juan y El deseo del lápiz.
Sin embargo, en ocasiones me acerco al texto en su formato tradicional. Simone y Los países invisibles son prueba de ello. Aun así, mi concepto de la escritura se encuentra, en estos títulos, igualmente presente.
Antes de ganar el premio Rómulo Gallegos, mis libros se leían por unos centenares de lectores, se me invitaba con alguna regularidad a ferias del libro, congresos y conferencias, recibía mi cuota de atención. A partir del premio, esto se ha intensificado de manera notable.
Vengo de un país pequeño y colonizado. Ante él se expresan descaradamente los prejuicios más despotenciadores. A la pequeñez y la condición política, se añaden los prejuicios y la ignorancia que con frecuencia se dirigen al Caribe. Como dijera desde que se me comunicó la noticia, la concesión de este premio reconoce a toda una literatura. El Rómulo Gallegos entregado a un puertorriqueño no existiría sin casi dos siglos de escritores, maestros, escuelas, universidades, librerías y lectores.
En primer lugar, diría que no comparto el concepto narración fotográfica. En todo caso, esto lo haría el cine y no la fotografía. La imagen en movimiento puede narrar porque construye la ilusión del paso del tiempo. En este sentido es similar a la novela. La fotografía, en cambio, lo detiene y congela, y nos hace confrontar algo antinatural. En ningún momento de nuestras existencias, en nuestros cuerpos, las imágenes paran. La fotografía logra esto, por eso no relata, es decir, no aporta la solución final a un episodio.
Una foto es un enigma. De ahí la necesidad del calce o del título. Desde esta perspectiva, el arte fotográfico puede ser una extensión u otra manifestación del texto. Como la palabra en la página, es una manera de la fijeza.
Es de suma importancia esta circunstancia. La detención de lo real obliga al espectador a interrogarse. ¿Qué vemos? ¿Qué ocurre? De ahí que lo fotográfico obligue a observar lo que, en movimiento, no se percibe o se hace mal y parcialmente. En este sentido, la fotografía tiene mayor relación con la poesía y el pensamiento. Como estos últimos, es un fragmento, una instantánea, una huella del paso de la consciencia por el mundo. En el caso de la fotografía callejera, esto último se hace literal.
Tanto el fotógrafo como el artista plástico deben preocuparse por la composición de la imagen. Aquí radica la posibilidad de una buena foto o representación gráfica. Aparte de esto, existen diferencias de espíritu. El fotógrafo es un cazador que recorre un territorio husmeando sus presas. Está al acecho, con todos los sentidos alerta. En tanto, el dibujante es un contemplativo, un meditador. Mi obra gráfica no copia la realidad, no produce una estampa. Si se me permite el neologismo, procuro lograr una entintación, una acción de tinta. Para ello debo estar a la espera, casi inmóvil, como si en mi interior un líquido, muy lentamente, bullera hasta rebasar el límite de mis manos.
Es difícil precisarlo. Habitualmente la escritura está siempre presente, pero no siempre el dibujo o la fotografía. Por ejemplo, sólo tomo fotos cuando estoy trabajando en un proyecto. Nunca me he tomado un selfie, casi nunca tomo una foto de familia o pido a alguien que me fotografíe en alguna actividad.
Luego de haber montado, sobre todo en los noventa, exposiciones como las de los artistas de la época –repletas de cuadros grandes, esculturas, ensamblajes, etcétera–, he optado en los últimos años por un formato muy modesto. Quizá el cuaderno, incluso la libreta muy pequeña, sea mi verdadero medio. Usualmente, escribo y dibujo con el mismo instrumento, la estilográfica o pluma fuente. Tengo unas cuantas y altero sus puntas a mi gusto tanto para la escritura como para el dibujo. Éste es mi verdadero instrumento, en el sentido en que un músico lo afirmaría, éste es el aparato de mi disciplina. Con alguna de mis plumas he trabajado por más de 30 años.
La literatura puertorriqueña no es una literatura menor. Sé muy bien lo problemática y cuestionable que puede resultar esta aseveración, sobre todo originándose en alguien que pertenece a ella. Con esta afirmación quiero establecer que desde el siglo xix un número significativo de escritores forjaron obras de gran calidad, a pesar de vivir en condiciones muy ingratas.
Eugenio María de Hostos y Manuel Zeno Gandía confrontaron el final de la terrible dominación española y los comienzos de la abyección estadounidense. En el contexto latinoamericano, el primero fue uno de los pensadores fundamentales del siglo xix y el segundo, uno de los mayores exponentes de la novela naturalista. Durante el siglo xx, varias generaciones de escritores confrontaron la marginación y la persecución política, la cárcel y la miseria en un país triplemente aislado: por ser isla, por ser caribeño y por estar colonizado. Aun así, existen figuras como Luis Palés Matos, que –como el mismo Nicanor Parra admitió– creaba hacia 1925, en sus poemas antillanos, lo que luego conoceríamos como la antipoesía. También está el enorme poeta Francisco Matos Paoli, que, a pesar de sufrir la represión política y la cárcel, llegó a producir una obra esplendorosa y vastísima que es una perpetua reflexión sobre la poesía. Matos Paoli, además, es un auténtico poeta místico del siglo xx, como lo atestiguan su fundamental Canto de la locura y otros muchos libros. Igualmente, figuras como Julia de Burgos, Klemente Soto Beles, Juan Antonio Corretjer y, más recientemente, José María Lima, Ángela María Dávila, Joserramón Meléndez y Áura María Sotomayor, contribuyeron a consolidar una sólida tradición poética.
En la narrativa y el ensayo de las últimas décadas del siglo xx, José Luis González, Luis Rafael Sánchez, Rosario Ferré y Manuel Ramos Otero, por sólo mencionar figuras imprescindibles, realizaron una obra cuyo reconocimiento internacional no ha sido el que realmente merecen.
Es imposible honrar con una mención a los muchos escritores y escritoras que, en condiciones difíciles de supervivencia material y de difusión de su obra, se empeñan en enriquecer la tradición puertorriqueña. Sin embargo, como rutas de exploración, quiero llamar la atención sobre la obra de los narradores Luis Negrón y Francisco Font Acevedo y de los poetas Noel Luna y Ángel Darío Carrero. En ellos, como en muchos otros, se encuentra la vitalidad de nuestras letras.