A su experiencia política la escritora le ha dedicado un volumen, Memorias políticas (1959-1999), en el que da cuenta tanto de su militancia activa en el Partido Comunista y el comienzo de su colaboración con el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) como de su progresivo distanciamiento hasta la ruptura definitiva, al comprender que la emancipación femenina no jugaba ningún papel entre los cuadros dirigentes del partido en el que militaba. Ése fue en la Transición su principal caballo de batalla, junto con su oposición a la política de pactos emprendida por el PCE. En definitiva, la necesidad de las mujeres de construir una política propia, partiendo de una organización autóctona e incontaminada de las fuerzas que intervenían en un partido político tradicional, fue la convicción que la condujo a la fundación del Partido Feminista en 1979 (aunque no quedaría legalizado hasta 1981) y con el que no conseguiría obtener representación parlamentaria. Y ello nos conduce al volumen más discutible de su ciclo autobiográfico, La pasión feminista de mi vida (El Viejo Topo, 2012), un libro que destila una excesiva amargura ante los logros obtenidos por el feminismo español y, sobre todo, en relación a sus protagonistas. La amargura puede entenderse: la que fuera la principal activista del movimiento en los años setenta —fundó Vindicación Feminista y Poder y Libertad, organizó grupos de trabajo, seminarios, centros de asesoramiento jurídico…— en los noventa se había visto descabalgada de cualquier espacio político, incluso intelectual. No se contaba con ella en los foros feministas que negociaban una participación en el poder. No fue la primera directora del Instituto de la Mujer ni la primera ministra de Igualdad del Estado español. Mereció serlo por su dedicación absoluta al ideario feminista, pero su ideología radical y su actitud un tanto inmoderada, de la que ella siempre presumió, hacían imposible pensar que pudiera llegar a acuerdos con otras fuerzas políticas. En todo caso, la escritora infatigable que ha sido Lidia Falcón lo vivió como un cúmulo de traiciones, distanciándose de la presencia cada vez más numerosa de mujeres en las instituciones oficiales que trataban los temas de «género», en su opinión, como un asunto profesional. El volumen tampoco fue bien recibido en los foros feministas, ahondándose más si cabe la brecha entre ambos. Su trayectoria recuerda en cierto modo a la de Betty Friedan cuando tuvo que abandonar la presidencia de la pionera National Organization for Women (NOW), hoy la organización feminista más importante en Estados Unidos, que ella misma había contribuido a fundar, debido a sus enfrentamientos con otras compañeras feministas. Años después, en sus memorias, Mi vida hasta ahora (Life so far, traducidas al castellano por Cátedra, en 2003), escritas en respuesta a las dos biografías que ya se habían publicado sobre ella antes de 2000 (Betty Friedan: her life, de Judith Hennesse, y Betty Friedan and the making of the feminine mystique, de Daniel Horowitz), fue muy elegante al volver sobre aquella situación. Su conclusión: «Mirando hacia atrás, creo que hice lo correcto al empezar todas aquellas organizaciones […]. Fui muy buena inspirándolas y creándolas, pero no podía tolerar las reglas. Nunca tuve mucha paciencia a la hora de administrar cosas. Pero es muy gratificante ver lo lejos que han llegado» (2003, p. 283).
A la vivencia de su sexualidad como mujer que ha debido enfrentarse a múltiples experiencias eróticas no siempre de su gusto Lidia Falcón ha dedicado un libro escrito en clave narrativa, aunque de inspiración indudablemente autobiográfica, Al fin estaba sola (Montesinos, 2007), donde es de suponer que la magnífica memorialista que es Falcón dispone de mayor libertad a la hora de evocar, también de forma libérrima, su propia experiencia amorosa. Asimismo, este libro forma parte, en mi opinión, de lo que podría llamarse «el espacio Falcón», un tejido de escritos bulliciosos y desafiantes en los que el lector acaba por reconocer siempre unas constantes, como antes se acostumbró a reconocer su impactante imagen pública: la de una mujer bella, vivaracha, de amplia sonrisa y reflejos rojizos, casi llameantes, segura de sí misma y a menudo tocada con algún detalle que da fe de su singularidad. Una mujer desbordante de energía —y a veces esa misma energía le ha jugado muy malas pasadas— que reserva para sus libros la contenida amargura que hay detrás de todo lo visible.
Nunca he estado de acuerdo, y ella lo sabe, en esta fragmentación de su trayectoria vital en sucesivos volúmenes que la abordan desde perspectivas complementarias y, al mismo tiempo, recurrentes. Creo que, en un caso como el suyo, en el que una mujer sola ha significado tanto, la segmentación de su autobiografía fomenta la dispersión narrativa y la reiteración. Pero también es lógico pensar que, ante una vida tan rica como la suya, la síntesis puede resultar a su autora inconcebible: «No se puede encerrar en el estrecho espacio de unas páginas el caudal de episodios y emociones de los que he sido protagonista», leemos al final de La vida arrebatada. Y seguro que ella tiene razón y yo estoy equivocada. Lo mismo le pasó a Churchill y necesitó doce volúmenes de memorias para poder contener tan sólo una parte de la suya.
En Los hijos de los vencidos Lidia clama contra el pacto de olvido que en 1977 dominaba la Transición española. Y clama, como es ella, contra el pragmatismo, la moderación, la sensatez, la prudencia y el horror al conflicto que se impuso en buena parte de la sociedad española tras la muerte de Franco, cuando todas las posibilidades políticas parecieron fugazmente abiertas. Se comprende a la perfección su actitud (en los últimos años reivindicada por la Ley de la Memoria Histórica). Actitud compartida por su tía Carlota O’Neill cuando en 1977 hizo una rápida visita a España desde el exilio voluntario al que se acogió en Venezuela y afirmó que ella no podría vivir en España porque nada, en el fondo, había cambiado. «Ni Carlota, ni mi madre, ni mi abuela podrían vivir hoy aquí», clamaba Lidia Falcón ese mismo año, resistiéndose a otra pérdida moral, la de que no pudiera restablecerse, a la muerte de Franco, la pax republicana que, por otra parte, nunca existió. No comparto esta idea de Lidia Falcón y creo que fue un grave error político por su parte negarse a aceptar la rápida transformación que hizo la sociedad española, mostrando un deseo desesperado de dejar atrás un sufrimiento que se había prolongado muchos años más de lo esperado. La instalación de la democracia en España fue fruto de un gran pacto político y social, es cierto, que podía verse como una renuncia a la verdad histórica, otra claudicación. Sin duda. Pero también es cierto que vencedores y vencidos aceptaron el reto de construir un futuro sin mirar atrás más de lo imprescindible. Y lo imprescindible debía ser restañar la herida republicana devolviéndole su lugar en la historia. Desgraciadamente, aquel equilibrio que en un primer momento para muchos de nosotros tenía un sentido se ha demostrado endeble y la memoria del pasado se ha convertido, una vez más, en un arma arrojadiza que ilustra la incompatibilidad conflictiva y cainita de las memorias, cuando no hay una verdadera voluntad política.
En todo caso, Lidia Falcón se mantuvo a partir de 1975 concentrada en la revolución, en las revoluciones que quedaron pendientes en 1936. Ella, a lo largo de los años, ha ofrecido a las mujeres españolas activismo y organización, a la espera de una transformación total de los valores que ya postulaba su recordada abuela, Regina de Lamo. Lidia Falcón ha practicado el activismo clásico contra la prostitución, los abusos infantiles, el acceso a la igualdad jurídica o a la educación. Pero no se ha conformado con eso y sus memorias lo suscriben. Ella es heredera de un fermento intelectual que antes o después del 36 ha querido que los cimientos morales de la sociedad cambiaran. Es algo que se comprende muy bien a través de su valiosa obra autobiográfica, en mi opinión sólo comparable a la de Federica Montseny, el punto de convergencia entre su activismo político y su sentido de la lealtad al pasado. Entre uno y otro plano de dedicación, entre unos y otros, como dice en el poema que abre Al fin estaba sola, a Lidia Falcón la vida, con sus muchas exigencias, le ha hurtado espacios que tal vez ella necesitaba para sí misma. Aunque, finalmente, su vida, está ahí, para admiración de las generaciones venideras.
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