El fracaso en la obra de Ribeyro es casi una marca registrada. Define una producción que abarca, en ficción, poco menos de un centenar de cuentos, nueve piezas teatrales y tres novelas. En ese sentido, el título de su diario personal es significativo: La tentación del fracaso (1992-1995). Esta fue una de mis inquietudes al entrevistarlo por cuarta vez, conversación que se inició así:

«Primera pregunta: ¿por qué ese título general de su diario, señor Ribeyro, que bien puede ir de rótulo para sus cuentos: La tentación del fracaso?

–Bueno (enciende un cigarrillo, fuma), porque a lo largo de todo el diario –conforme me he dado cuenta cuando he leído fragmentos de las décadas de 1960, 1970, 1980 e incluso 1990[1]– siempre hay una especie como de insatisfacción con lo escrito, con lo publicado. Por momentos hay una especie de decepción o de obsesión por la imposibilidad de escribir obras de mayor envergadura, de mayor amplitud. Eso de sentirse un poco como fascinado y atraído por el fracaso es algo que regresa constantemente, por eso se llama La tentación del fracaso, solamente la tentación. Ahora si he fracasado o no, eso ya se sabrá luego. (Sonríe). Y también lo que decía usted, sobre que es un título que se le puede aplicar a mis cuentos, eso es cierto, porque entre mis cuentos y diarios hay una enorme afinidad. Ocurre que la personalidad de un autor tiñe toda su obra a través de diferentes géneros. Es decir, la tonalidad de frustración, de chasco, está tan presente en mis cuentos como en mis diarios.»

 

En una carta al crítico y traductor alemán Wolfgang A. Luchting, el 24 de octubre de 1966, refiriéndose a las particularidades de la obra de Ribeyro, Mario Vargas Llosa afirmó: «Todos sus cuentos y novelas son fragmentos de una sola alegoría sobre la frustración fundamental de ser peruano: frustración social, individual, cultural, psicológica y sexual». Tenemos un consenso: el fracaso es un rasgo central en la obra ribeyriana.

Hay que tener en cuenta, por otro lado, que el contexto del que proviene el autor no era muy estimulante. En lo económico, el país –tras un periodo de mejora– se vio afectado, como otras muchas regiones, por el crack del 29. Casi dos meses después del nacimiento del escritor, en octubre de 1929, la bolsa de valores de Estados Unidos se desplomó. El hecho produjo un declive financiero en varias naciones. El Perú lo sintió de algún modo. Augusto B. Leguía, golpeado por la crisis en cierta medida, dejaría el poder al año siguiente por el teniente coronel Luis M. Sánchez Cerro de la misma forma como llegó a la presidencia en 1919: con un golpe de Estado. Sucesivas interrupciones democráticas –continuos problemas económicos, corrupción en las altas esferas– alejaron al país cada vez más del Primer Mundo.

Esta situación repercutió en el ámbito cultural. El Perú tiene una tradición de literatos que se afincaron en Francia, atraídos por el mito de París. Los poetas César Vallejo y César Moro son ejemplos notables. Los hermanos Francisco y Ventura García Calderón son otros casos (estos tres últimos escribieron algunos libros íntegros en francés). Vargas Llosa ha confesado, asimismo, que de haberse quedado en el Perú quizá no hubiera desarrollado su carrera de escritor. Por eso, partió apenas culminó sus estudios universitarios a Europa. Ocurrió lo propio con Ribeyro, quien residió en la Ciudad de la Luz durante tres décadas.

El título de la segunda novela de Ribeyro, Los geniecillos dominicales (1965), la cual evoca la juventud de su autor y retrata a algunos miembros de la Generación del 50, puede tomarse como una expresión de la condición social del escritor en el Perú. Un personaje, Segismundo, al ver a los aspirantes a artistas bebiendo, le dirá a Ludo, el protagonista: «En Lima estamos perseguidos por el fantasma del alcohol, ¿has llevado la cuenta de la cantidad de poetas, de pintores que tanto prometían que fueron tragados por el pantano? Cuando veo un borracho me digo: a lo mejor es un Joyce, un Picasso». Quedarse en la capital peruana era estar condenado al fracaso por las pocas editoriales, las escasas publicaciones, el pobre ambiente cultural, la destructiva bohemia. Pocos estímulos para desarrollar una obra literaria.

El fracaso peruano se expresa también en otros ámbitos. El fútbol –pasión deportiva que Ribeyro exaltó en su cuento «Atiguibas» (1992)– es una muestra. En una carta a su hermano Juan Antonio, fechada en París el 30 de junio de 1975, Ribeyro anota: «No me dices nada de la eliminación de la U por los chilenos. Yo te lo había predicho en una carta. El destino de los peruanos es sufrir grandes frustraciones deportivas. No hay que poner su pasión en esas cosas».

En otra correspondencia a su hermano mayor, el 24 de mayo de 1978, Ribeyro comenta que las derrotas del club de fútbol del que era seguidor lo tumbaban ánimicamente: «Recuerdo que se trataba de una espantosa tristeza. Llegábamos a casa, más cansados que nunca y comíamos sin ganas ni alegría. Esa sensación que hemos conocido es también la que ha padecido el pueblo peruano deportivo, cuando el Perú ha participado en certámenes internacionales».

Añade: «De lo más que podemos vanagloriarnos es de nuestro equipo de fútbol de las Olimpiadas Berlinesas, pero, aun así, fue una alegría trunca, decapitada en pleno vuelo, por los hechos que tú ya conoces. En estas condiciones, somos un pueblo no sólo pobre y jodido, y maltratado, sino privado hasta de esos júbilos inmateriales, que son los júbilos deportivos. Ni pan ni circo (circo sí, pero en el cual nos comen los leones, o el gladiador rival nos despedaza). No creo que las victorias deportivas aplaquen el hambre de un pueblo, pero les proporciona una satisfacción cualitativa, interior, que forma parte de los bienes de la vida».

En una entrevista a Vargas Llosa de 1990, cuando era candidato a la Presidencia de la República, comentó acerca de una de las preguntas que más martillean la cabeza de los intelectuales peruanos: «¿En qué momento se había jodido el Perú?». Esta interrogante aparece en las primeras líneas de su novela Conversación en La Catedral (1969). El famoso novelista observó: «No sé en lo que pensaba cuando escribí esa frase, pero creo que se le puede dar una lectura bastante evidente: ese personaje [de la novela] vincula o identifica su frustración personal, su fracaso personal, con el fracaso del país, con la frustración del país y por eso se pregunta ¿cuándo comenzó esto?, ¿por qué comenzó esto?».

La conversación continúa sobre uno de los problemas centrales del Perú:

«Y no encuentra una respuesta, se queda en la pregunta.

–El Perú es un poco los intentos que no culminan. Una de las cosas que más me impresionaban cuando vivía en Europa y venía a pasar vacaciones al Perú era algo que nunca se ve en Europa: esas casas que se empezaron y que nunca se terminaron, que se quedaron ahí a medio camino; esos barrios que empezaron con mucho ímpetu y de pronto, por un extraño factor, quedaron ahí con pistas y parques a medio hacer, con casas a medio terminar.

Ese rasgo aparece mucho en sus novelas, personajes que no logran acabar lo que inician, que se quedan en la mitad, que se detienen por una inhibición íntima.

–Probablemente en el campo literario, en el campo cultural la cantidad de promesas que el Perú produce es extraordinaria, promesas que nunca dejan de ser promesas. Yo recuerdo que en San Marcos había una persona, un poco mayor que nosotros, a quien teníamos todos una inmensa admiración. Nunca había dicho nada, era o parecía muy inteligente; era o parecía inmensamente culto, y parecía que había en él una virtualidad genial, que en algún momento, cuando se decidiera a abrir la boca o a coger la pluma, iba a llenar de arpegios inolvidables la poesía. Me he encontrado con él hace poco. Nunca produjo nada, y ahí está, es una de esas inmensas promesas peruanas que ahí están, que se quedó en promesa peruana. Eso es algo terrible en el Perú. Estoy seguro de que ocurre en todas las profesiones, en todas las actividades.»

 

El historiador más reconocido del país, Jorge Basadre, examinó al Perú no sin cierto optimismo, a los veintisiete años de edad, en su ensayo Perú: problema y posibilidad (1931): «Quienes únicamente se solazan con el pasado, ignoran que el Perú, el verdadero Perú, es todavía un problema. Quienes caen en la amargura, en el pesimismo, en el desencanto, ignoran que el Perú es aún una posibilidad. Problema es, en efecto y por desgracia, el Perú; pero también, felizmente, posibilidad». Optimismo que se estrelló con la realidad. El país abunda en historias de hechos a punto de concretarse, hechos que por algún motivo se frustraron, fracasaron por casi nada. Eso ha llevado a que pocos cultiven el éxito, tan escaso en estas tierras. El fracaso en muchos terrenos es lo que prima. Por eso algunos dicen que el mayor enemigo del peruano es otro peruano. El poeta Antonio Cisneros tiene un hermoso poema («Un perro negro») que señala la envidia tan característica de este país, aunque la situación ha mejorado en los últimos tiempos:

«Un perro. Un prado.

Un perro negro sobre un gran prado verde.

 

¿Es posible que en un país como este aún exista un perro negro sobre un gran prado verde?

 

Un perro negro ni grande ni pequeño ni peludo ni pelado ni manso ni feroz.

 

Un perro negro común y corriente sobre un prado ordinario. Un perro. Un prado.

 

En este país un perro negro sobre un prado verde es cosa de maravilla y de rencor.»

 

¿Será por eso que la obra de Ribeyro gusta mucho a los peruanos? ¿Acaso porque estos se identifican con los personajes fracasados del autor de La palabra del mudo? En una entrevista de 1991, el cuentista responde a la preferencia del público lector de su país a sus libros: «Tal vez se deba a que las personas que me leen encuentran muy suya esa atmósfera de frustración, de desadaptación, de marginalidad que caracteriza mis relatos. Acaso porque los lectores sufran los mismos chascos y humillaciones, acaso porque en mis cuentos no haya vencedores».