
En nuestra vida de lectores existen libros que no nos atrevemos a releer, no tanto por mancillar la magia de su recuerdo, como por la secreta convicción de que hoy los odiaríamos. Para mí uno de esos libros es Buenos días, tristeza de Françoise Sagan, una novelita que me fascinó hace unos quince años y sospecho que hoy me provocaría la misma irritación que algunas películas de Godard. Recuerdo compartir con Sagan sobre todo la sensación de que durante el verano —especialmente los veranos de la adolescencia y en los pueblos de la costa— la seducción se vive como una extensión del tedio, que la sensualidad y la lasitud son a veces categorías coincidentes, y que las primeras personas a la que tratamos de seducir son nuestros familiares. Recuerdo también una liviandad alegre pero mezclada con un trasfondo de remordimiento. Prefiero recordar, antes que volver a leer, la novela de Sagan, igual que recuerdo con ternura, pero me espantaría tener que volver a vivir mi adolescencia.
Pero en la vida de todos los lectores existen también libros que no podemos parar de releer, que no se acaban nunca. Para mí uno de esos libros es también un libro estival: El bello verano de Pavese, un libro con uno de los arranques más febriles que he visto en mi vida:
«En aquellos tiempos siempre era fiesta. Bastaba con salir de casa y cruzar la calle para ponerse como locas, y todo era tan hermoso que al volver de noche muertas de cansancio aún esperaban que ocurriese algo, que estallase un incendio, que en la casa naciera un niño o amaneciera de improviso y toda la gente se echara a andar y andar hasta los prados y detrás de las colinas».
Justo a la inversa del libro de Sagan —que esconde, en su aparente mundanidad, una sorda tristeza— el libro de Pavese es un libro aparentemente triste que esconde un espíritu resiliente y vital, tal y como creo que es en verdad la adolescencia, o al menos como creo que fue la mía durante los veranos que pasé en Huelva a principios de los años noventa. Ambos libros comparten también algo que para mí es crucial de la adolescencia y del verano porque no vuelve a repetirse en ninguna edad de la vida, a saber, la suspensión momentánea de las diferencias de clase. Las dos protagonistas de estas novelas se ven circunstancialmente atraídas por personas que pertenecen a mundos muy distintos del suyo. Sólo en la adolescencia y sólo en el verano, se producen romances entre la que acabará siendo la alcaldesa de una ciudad y el que tendrá suerte con ser un tornero fresador. Y lo más interesante es que esa memoria del primer amor, tan esencial para tantas cosas, será compartida por dos personas destinadas a vivir en mundos antagónicos. El moreno generalizado, la ropa reducida a su más mínima expresión, las verbenas y lugares de fiesta compartidos, las playas inevitablemente democráticas, provocan extraños compañeros de cama entre quienes solo un año más tarde ya serán demasiado conscientes de su estatus como para volver a mirarse con deseo. Por un instante, sin embargo, el milagro es posible y las jirafas se emparentan con las cebras. Ese amor adolescente y veraniego no sólo homogeniza las clases sociales, sino también cataliza el otro gran vector natural de la adolescencia y el verano, sobre todo entre varones: la violencia.
En mi recuerdo del verano, siendo un chico de Madrid en un pequeño pueblo del sur, la posibilidad muy real de tener que partirme la cara por la menor tontería y a la más mínima ocasión con los chicos del pueblo, resultaba algo, no sólo tan ineludible como mi propia lujuria irresuelta, sino también vinculado a ella. El verano alternaba largos ratos de tedio e inmovilismo, con fulgurantes momentos de violencia y deseo. Cuando traté de convertir todos esos recuerdos en materia literaria acabé escribiendo el que pienso ahora que es el más triste de todos mis libros, pero también, secretamente, el más privado: Agosto, octubre, la historia de un «buen muchacho» de ciudad que acaba participando involuntariamente junto a unos chicos locales en una violación colectiva durante una de esas delirantes noches de la adolescencia. Una historia que ocurrió realmente, no a mí, pero sí en mí entorno más cercano, y cuyos protagonistas eran tan parecidos en todo a mí que sentí haberla vivido yo mismo.
Al escribir ese librito me di cuenta de que, a diferencia de otras edades, para tratar sobre la adolescencia no bastaba con la imaginación y la intuición literarias, era necesario reconectarse desde el estómago con un momento de la vida al que caracterizaba esencialmente la indigencia y la falta de recursos, lo que requería revivir recuerdos y episodios que no pocas veces hacían temblar de nuevo de vergüenza y ofuscación, y todo ello sin la sensación «protectora» de estar inventando ni imaginando nada, sino más bien de confesar algo bochornoso con la secreta esperanza —garantizada por nadie— de sentirse mejor al final. Por otro lado, aquel libro tenía como propósito algo un tanto loco: el de librarme de algo que en realidad no había sucedido. Yo no había formado parte de aquella violación colectiva, no había hecho esas cosas, pero en algún punto me sentía como si las hubiese hecho, y toda aquella desdicha de sus protagonistas era como si estuviese atada a la desdicha de mi propia adolescencia, a mi pésima educación sexual, a la vergüenza con la que me habían obligado a mirar mi cuerpo, al deseo de amar y a la incapacidad de poder hacerlo desde otro lugar que no fuera la vergüenza.
Siento por los adolescentes actuales una inmensa empatía y lástima. Puede que en muchas cosas su educación sexual no sea tan negligente como lo fue la nuestra, pero el hecho de que no puedan escapar a la trampa vampírica de las redes, de que estén obligados a dialogar todo el tiempo con su propia imagen desde una perspectiva comercial y comparativa, obligados a capitalizar su cuerpo comparándolo con otros, me parece más difícil y tóxico que la más recalcitrante de las educaciones católicas. Al fin y al cabo, nosotros teníamos un enemigo declarado —nuestros padres, nuestra educación, nuestra religión— pero para esos muchachos el enemigo se confunde con demasiada frecuencia con ellos mismos. Un enemigo espectral con su propio rostro, siempre más gordo o más flaco o menos moreno o más alto o más bajo o con menos tetas o culo de lo que debería.
«Espectral» me parece también ahora una palabra particularmente apropiada para hablar de la adolescencia y el verano. Porque si hay algo que siente con plenitud el adolescente es esa infranqueable distancia entre lo que tiene y le gustaría tener, entre lo que es y lo que debería ser. El corazón y el deseo de los adolescentes siempre está en un lugar anclado en la realidad, pero a la vez imposible en ella, un lugar inmaterial y desdichado, tal y como se dice que son los fantasmas que vagan por la tierra, siempre con una cuenta pendiente, o un agravio atragantado. Incluso el amor o la sexualidad satisfecha son también espectrales en la adolescencia, porque su horizonte de espera es inabarcable, su plenitud parece evaporarse entre las manos; tras el placer eléctrico del primer beso, casi sobreponiéndose a él, se siente la angustia de poder perderlo, de que nos dejen de querer, la conciencia de ser un farsante que solo gracias a un engaño ha logrado salirse con la suya, pero que antes o después será descubierto y castigado por su crimen. Tal vez por eso la sexualidad adolescente es esencialmente onanista, primero porque es autorreferencial, pero luego porque es tentativa y vergonzante. La vergüenza es el sentimiento por antonomasia de la adolescencia. La violencia no es más que una extensión torpe del corazón de esa vergüenza que impregna todo.
Por otro lado, nunca como en esa fase espectral de la vida se produce un impacto más grande con la realidad. De mi adolescencia recuerdo una imagen que se me quedó grabada para siempre. Ha sido una de las pocas veces que he utilizado literariamente un recuerdo privado para construir una escena, de Agosto, octubre en este caso. Yo debía de tener unos doce años, trece como mucho. Fue durante uno de aquellos larguísimos veranos en Huelva, una siesta tras un día de playa. Pasé junto a la puerta entreabierta del dormitorio de mis padres y los vi tendidos allí, mi padre en calzoncillos mi madre con un camisón ligero. Ya no eran jóvenes. Sus cuerpos estaban medio deslavazados. Producían a la vez lástima y ternura, y creo que fue la primera vez en mi vida que vislumbré la realidad del matrimonio, esa maravillosa simbiosis impúdica, ese monstruo de dos cabezas lleno de rencor pero también de generosidad y respeto, pues llegada cierta altura no se puede faltar al respeto al otro sin faltárselo a uno mismo. Había visto muchas veces a mis padres dormidos, en muchas habitaciones y situaciones distintas, pero nunca los había comprendido. Era como si los viera ahora por primera vez, y su visión estuviera tan cargada de realidad que apenas podía soportarlo. Así lo describí entonces:
«Les había visto dormidos muchas veces y aquella imagen no era muy distinta de la que recordaba, pero en las otras ocasiones había sentido pudor y se había alejado en el acto y aquella mañana se quedó mirándoles un buen rato. Comprobó lo que había intuido tantas otras veces, que los rostros de sus padres se hinchaban durante el sueño, que sus cuerpos eran perceptiblemente más gruesos y pesados que durante el día, más secos también, como si algo les deshidratara durante la noche. En realidad tuvo que violentarse para sostener la mirada durante tanto tiempo a aquella escena. Primero sintió un pudor natural y deseos de alejarse, pero en seguida tuvo la sensación extraña de estar apropiándose de algo íntimo, algo que no le correspondía observar y que sin embargo se producía a diario. Era como si fueran un poco blancuzcos y obesos, como marionetas demasiado vapuleadas por el tiempo, parecían estar hechos de algodón en el interior, habían rebotado mil veces contra las paredes y contra el techo y luego habían caído así sobre la cama; las corvas de las piernas de su madre estaban llenas de venitas azules y granates y la piel de la barriga de su padre era blanda y fina, como la de un anciano o la de un perro muy viejo, sus respiraciones eran profundas, algo les había lamido durante toda la noche, durante toda la vida quizá».
Ahora me parece también que esa escena describe las dos carencias más grandes de los adolescentes a la hora de leer la realidad: la falta de empatía y la falta de sentido del humor. Las dos cosas que más podrían haber ayudado a ese adolescente a mirar compasivamente esa escena son precisamente las dos cosas que más les son negadas. Pero ni la empatía, ni la capacidad para reírse de uno mismo llegan de la noche a la mañana. Es necesario cruzar el territorio minado de la adolescencia, donde la intimidad ajena produce sobre todo vergüenza, incluso cuando es la de las personas a las que más amamos y donde el humor muchas veces se reduce sobre todo al sarcasmo y la ironía, las formas esencialmente cobardes de la risa, aquellas que prefieren burlarse de lo que no pueden comprender o lo que no pueden gestionar, porque el adolescente es esencialmente cobarde y gregario, también o sobre todo cuando ríe.
Se me dirá que estoy haciendo un retrato demasiado sombrío de la adolescencia, puede que sea así, pero lo más fascinante de la adolescencia no es tanto lo sombría que es, como su papel determinante en el carácter de las personas. No deja de parecerme paradójico que sea precisamente en la edad más desprotegida y vulnerable de todas —casi tanto más que la infancia, porque en ella el poder protector de los adultos ha perdido ya su autoridad— la edad en la que más se defina lo que somos, y no pocas veces mediante episodios totalmente arbitrarios y accidentales, en los que no tenemos la menor injerencia. Muchos de esos episodios se producen también, precisamente, en el verano, el momento en el que los padres y tutores están demasiado cansados o tienen demasiadas ganas de pasárselo bien como para estar permanentemente pendientes de los sentimientos de esos protoadultos vergonzosos y no pocas veces desagradecidos. El verano es en la adolescencia en lugar del accidente, la ocasión para convertirse en otro, alejado de los testigos y delatores habituales, es el lugar para dejarse caer en el vacío, pero también para que a uno lo rescaten. Mi experiencia es que en el verano de la adolescencia se viven también luminosos y excepcionales estados de gracia, escenas de redención en las que uno comprende el valor de perdonar y de ser perdonado, escenas de las que a veces uno se alimenta muchos años, como solo nos alimenta el misterio y que marcan nuestro carácter incluso mucho más que toda la escenografía sombría y pomposamente sentimental de las pasiones. Esos episodios son como los violentos focos de luz en los cuadros tenebristas, iluminan con fiereza una parcela minúscula de la realidad y la convierten en joya, en enigma.
Desde la edad adulta el recuerdo de la adolescencia parece a ratos esos pueblos de verano vaciados durante el invierno, convertidos en escenografías huecas de sí mismos y como repletos de fantasmas. Resulta difícil determinar si el verdadero pueblo es el de su versión bulliciosa, o el de su versión melancólica y dormida, pero en ocasiones uno casi siente que podría ver las dos versiones superpuestas la una a la otra, del mismo modo que a distancia, a veces se logra contemplar un sentimiento desde dentro y desde fuera.