Si El balneario ofrecía señales inequívocas de un mundo narrativo que no podía ser atenazado por el marbete que una fácil historia literaria ha propuesto, Las ataduras, novela corta que en la primera edición (Barcelona, Destino, 1960) iba escoltada por seis relatos breves, adelantaba, mediante la relación de Alina, la protagonista, con su abuelo —en el fragmento tercero—, el tema central de Retahílas y un motivo obsesivo de todo su quehacer narrativo: «Hablar es el único consuelo. Estaría hablando todo el día, si tuviera quien me escuchara. Mientras hablo, estoy todavía vivo, y le dejo algo a los demás. Lo terrible es que se muera todo con uno, toda la memoria de las cosas que se han hecho y se han visto. Entiende esto, hija».[15]

Sea éste un dato más para contemplar la constante unidad de la andadura narrativa de Martín Gaite y la lenta forja que en su ideario novelesco tiene el interlocutor como acicate de la vinculación entre vida y literatura, al margen de algunos esquemáticos planteamientos realistas. Y valga también esta breve cita de Las ataduras como muestra del punto de partida de un hilo conductor de su novelística: la memoria, cuya presencia en la diégesis narrativa va de la mano de la progresiva interiorización de ese mismo universo espacio-temporal designado por el relato y cuya configuración plena ofrece Retahílas.

 

III

Entre visillos es obra que se inscribe en la línea testimonial del neorrealismo en cuanto presenta una visión crítica del ambiente cerrado y agobiante de una ciudad de provincias. La propia escritora la consideró como «mi única contribución al realismo objetivo o social».[16] La novela, sin embargo, es más que la tentativa de presentar un grupo de personajes femeninos en la rutina cotidiana de sus acciones, la inclinación a adentrarse en la historia de unas almas inconformes como las de Natalia y Pablo, que comparten los límites de esa colectividad desde su inadaptación y su desacuerdo.

De este modo Entre visillos presentaba bajo la ansiedad influyente de La Regenta,[17] un cuadro del mundo social de una ciudad de provincias atada a «los visillos, el mirador, la mesa camilla, las galletas de limón, la feria, los toros, los paseos por la plaza Mayor, los cotilleos de las jovencitas, los bailes en el casino, la angustia de las solteras, el “atrevimiento” de algunas reuniones sofisticadas, el hastío de las tardes dominicales, la ambición impotente de la mujer que anhela ser distinta, la enmohecida autoridad paterna, la aislada madurez de una conciencia adolescente».[18] Y dentro de este cuadro, asimilable en su técnica narrativa al neorrealismo y asentado sobre la maestría del empleo de los diálogos, dos discursos enhebrados desde narradores homodiegéticos y con una focalización interna. Son dos cauces narrativos en primera persona: el del diario de la adolescente Natalia, una rebelde inadaptada, y el de su profesor de alemán, Pablo Klein.[19] Son dos conciencias que se expresan por sí mismas y que alternan en la configuración del relato con «la objetiva cámara registradora»,[20] poniendo de manifiesto la voluntad de Martín Gaite de presentar, con ademán aprendido en Nada de Carmen Laforet, la insatisfacción ante las convenciones y los prejuicios de la adolescente Natalia y del profesor Klein, si bien con unos valores declaradamente intimistas y subjetivos en el caso de la joven y más escrutadores e inquisitivos en la mirada de Klein, sobre todo si se tiene en cuenta que es su punto de vista el conductor del relato homodiegético (capítulos 2, 4, 6, 8, 11, 15 y 18) frente a Natalia (capítulos 1 y 16).

La dualidad entre testimonio y proyección que ofrece Entre visillos nace de varios aspectos de la historia y del relato. El primero se advierte al comenzar la novela: el trozo de vida provinciana que la cámara registradora, tan atenta al oído como a la mirada, va a presentar viene precedido por dos capítulos en que el relato nace de Natalia y de Pablo. Creo que es sobremanera interesante recordar que el escenario provinciano se abre desde el texto del cuaderno de Natalia: «Tenía las piernas dobladas en pico, formando un montecito debajo de las ropas de la cama, y allí apoyaba el cuaderno donde escribía. Sintió un ruido en el picaporte y escondió el cuaderno debajo de la almohada; dejó caer las rodillas».[21] Y también desde la conciencia memorialística de Pablo, que desde un impreciso momento recuerda lo sucedido: «Llegué hacia la mitad de septiembre, después de un viaje interminable» [25].

La objetividad de la zona presentativa de la novela con el tedio continuo de diálogos, con la multiplicidad de puntos de vista que transmiten la información al lector y que necesitan de ese complemento indispensable en el quehacer de Martín Gaite que es la anotación sobre el comportamiento gestual, viene determinada por la subjetividad de dos conciencias: la emergente del diario de Natalia y la retrospectiva y memorialística de Pablo Klein. El testimonio está condicionado por unos procedimientos narrativos que años después serán fundamentales en el arte de la autora. Por otra parte, al correr de la novela, tal y como advirtió con lucidez el profesor Gonzalo Sobejano, «se da una progresiva interiorización que expresa la convergencia de los protagonistas hacia el reconocimiento mutuo de su diferencia respecto al ambiente: ambos dialogan, para sí y entre sí, bajo el rumor de las charlas ajenas».[22] A esta luz voy a anotar algunos elementos configuradores de los personajes de Natalia y Pablo.

Natalia es una chica rara. Desde el comienzo hasta el final de la novela, el lector tiene constancia de que encarna una subjetividad distinta e inadaptada. Su diario es el exponente de sus confidencias, de los monólogos que buscan interlocutor. El mosconeo de las charlas y conversaciones penetra en ese diario como necesaria explicación de su subjetividad diferente. Natalia está siempre «en otro lado» del ir y venir de las muchachas provincianas, cuyo aburrido pálpito conocemos mediante los sucesivos diálogos. Cuando acepta salir de su círculo y por su amistad con Gertru —una muchacha convencional— acude al casino, pronto se sabe extraña, extranjera, en ese espacio metafórico de lo inauténtico y de lo vacío de la vida provinciana: «Natalia salió a la calle. Se sentía arrugadas las medias de cristal, arrugado el vestido de seda rojo» [70-71].

Idéntica situación se repite en el cóctel de petición de Gertru, primera ocasión en que las tres hermanas —Mercedes, Julia y Tali— van juntas. Tras poner muchos inconvenientes —«Le ponéis un pretexto vosotras, le decís que me he puesto mala» [237]— Natalia acude y pronto «se sintió encogida y con muchos deseos de marcharme» [239]. Sólo el cariño y la amistad hacia Gertru le hacen resistir en un ámbito en el que se siente arrugada, encogida, indiferente e inadaptada. Ese ámbito es el polo opuesto del diario, refugio cuya escritura le resulta gustosa y agradable. De un lado, el mundo que lleva dentro de sí, el adentro y su escritura; de otro, el mundo que ve y que oye, especialmente el que oye a través de las conversaciones del escenario interior en torno a tía Concha. El hiato es evidente:

En el salón no es que se esté mal. Por las mañanas, vaya. Me han puesto una camilla pequeña al otro lado del biombo, y como el biombo es grande, me puedo aislar bastante bien. Lo malo es por la tarde, cuando vienen visitas, esas horas desde que salgo del instituto hasta que cenamos, que son tan gustosas para escribir el diario y copiar apuntes. A lo primero creía que ni me verían las personas que entrasen por lo larga que es la habitación, pero en seguida lo noto, que están mirando para la luz de mi lámpara, como si quisieran curiosear lo que hay al otro lado de una ventana desconocida. Les oigo el mosconeo de los que hablan, y no me importaría nada, si estuviese segura de que no estaban hablando de mí, pero me entra la impaciencia de estar siendo vigilada y entonces me distraigo y me pongo a atender a lo que dicen, y resulta que sí, que casi siempre están hablando de mí, más tarde o más temprano [217].

 

Por su parte, Pablo Klein es ajeno al mundo provinciano. Su llegada y su marcha, separadas por cuatro meses, abren y cierran la historia de Entre visillos. Es un joven extravagante que busca en su estancia en la ciudad recuperar la memoria de algunos años de infancia pasados allí. Hijo de un pintor alemán viudo, llega a la ciudad para hacerse cargo de las clases de alemán del instituto de enseñanza media, y precisamente desde su testimonio en primera persona y en tiempo pasado el lector tendrá la visión complementaria de la cámara registradora de los otros espacios de la narración. Esa visión está ejercida por un ojo analítico y crítico.

El extranjero Pablo Klein, a medida que va entrando en relación con el mundo provinciano, va notando que se le quiere encasillar, que se le quiere clasificar en uno de los compartimentos de ese mundo. En su primera salida de la pensión en la que se aloja para visitar a la familia del difunto Rafael Domínguez, el director del instituto que le había facilitado la posibilidad de enseñar alemán, y tras una conversación con Emilio del Yerro, novio de Elvira, joven hija huérfana que intentará huir de la rutina mediante Klein, el recuerdo de Pablo informa del siguiente diálogo:

Por la calle de la Catedral, unos niños se disputaban en el suelo a mordiscos y patadas un pedazo de hielo que se había caído de una camioneta. […] Yo me paré a mirarlos y a Emilio le interrumpieron su discurso.

—Qué chicos —dijo con antipatía, subiéndose a la acera—.

Luego vio que yo me reía y me imitó, desconcertado. —¿Te gustan los niños?— Hacía preguntas continuamente y me miraba con ojos ansiosos como si quisiera clasificarme, encasillarme.

—¿Qué niños? Según qué niños. —Eres una persona rara— dijo después de un poco.

Languideció la charla y de pronto me pareció que no tenía ningún sentido nuestro paseo, que todo había sido forzado y postizo [61-62].

 

Pablo es tachado de raro, reflejado en un espejo cautivo de las prevenciones provincianas, tales las de Emilio (un poeta que prepara oposiciones a notarías), mientras que en su subjetividad, en su adentro, sabía de lo falso de esas imágenes. La distancia entre su visón del mundo y la de su interlocutor ocasional, pero paradigmático, nunca se salvará. Pablo no encontrará en la ciudad el buen espejo del que hablaba Martín Gaite en 1970. Las miradas que se asomarán a su subjetividad lo harán desde lo más fuera posible, empeñándose en un proceso que la novelista ha descrito así:

Las miradas que se asoman a nuestro recinto se empeñan en ordenar desde fuera, con arreglo a normas previas y postizas, se aplican a rectificar lo que ven, a colocarlo e inventarlo de modo definitivo a penas se dibuja el más mínimo escorzo que pudiera animar a la exploración o a la contemplación. Hacen eso: se asoman desde lo más fuera posible, justamente desde la rendija que basta para poder meter un poco las narices más que los ojos y pegar una nueva etiqueta expeditiva, «ya está, a ése ya le he entendido, ya puedo hablar de él, larguémonos con la música a otra parte, a otra rendija, éste está ya archivado, paranoico, invertido, reprimido, lo que sea, cuestión zanjada». Son miradas que se asoman, que no se aventuran a internarse, que no permiten desahogo a los objetos amontonados en aquel interior para que se revelen en una sucesión lenta y autónoma de imágenes fieles a su propia confusión, a su propio desorden: son miradas que abominan lo intrincado.[23]

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