Producto de estos malos espejos y del desencuentro con Elvira, Pablo decide su marcha al comenzar las vacaciones de Navidad, en el cierre de la historia y del relato de la novela. Únicamente ha conocido dos buenos espejos: la animadora Rosa y su carmín amargo, y la adolescente Natalia.

Al mismo tiempo podríamos convenir que la investigación neorrealista ha terminado y que las subjetividades de Pablo y de Natalia encontrarían desarrollo en las novelas posteriores: de Ritmo lento a El cuarto de atrás, donde Martín Gaite se adentra en los caminos de la interioridad y de la introspección, dotando de un papel relevante a los recuerdos del pasado, que afluyen a la memoria del narrador-personaje de un modo fragmentario e inconexo.

Siendo como son Pablo Klein y Natalia, dos almas gemelas en la medida en que manifiestan su conflicto con una exterioridad banal e hipócrita, el elemento más relevante de la novela, tanto por lo que afecta a su sentido como por lo que supone de proyección, es el fuego que quiere encenderse entre el profesor y su alumna; es la convergencia de sus diferencias que no pueden cristalizar pero que anuncian los monólogos comunicantes de su obra maestra. Creo que el mejor mérito de Entre visillos reside en esa insinuación que anuncia una comunicación auténtica y sincera como antídoto del tejido de unas relaciones personales intrascendentes y anodinas. Insinuación que viene reforzada por el viaje que Julia inicia al mismo tiempo que se aleja Pablo. Julia va al encuentro de Miguel, el guionista de cine madrileño con el que mantiene una difícil relación sentimental, debido a la opacidad del mundo provinciano que anquilosa la vida de la hermana de Natalia. El arte de Carmen Martín Gaite ha sembrado el texto de la novela de una serie de referencias inequívocas para la consideración que estoy formulando. Elijo dos por su exacta pertinencia. Miguel visita inesperadamente a Julia y, ante una serie de reparos que ésta le hace sobre la apariencia de su comportamiento exterior, Miguel con «voz segura y decidida» —según acotación del narrador— le dice: «—Te he dicho, Julia, que voy bien como voy. Si quieres presumir de novio delante de tus amigas, yo no soy ningún maniquí. Te buscas uno» [86].

Miguel se configura novelescamente como la liberación de Julia, hacia la que ésta acude en la escena final de la novela, tomando el mismo tren en que se aleja Klein. Pues bien, en la importantísima conversación que Natalia sostiene con su padre y que conocemos desde la focalización de la adolescente, ésta que se ha arrancado «a hablar no sé cómo» [229], saca lo del novio de Julia y «me puse a defenderle y a decir que era un chico extraordinario. Yo no le conozco, pero eso papá no lo sabe, me estaba figurando que era yo la que quería casarme, y de pronto me di cuenta de que no pensaba en Miguel, que veía la cara del profesor de alemán» [229-230].

El encuentro entre Natalia y Klein se produce tras la tercera clase. Natalia vislumbra al interlocutor que ansía, pero no acepta la invitación del profesor; de inmediato se arrepiente y el relato focalizado desde el yo de la protagonista no admite ambigüedades. Frente a la casa propia donde «me ahogaba en lo oscuro» [185] y a la que vuelve «tía Concha, del rosario, con otra señora», se da cuenta «de lo maravilloso que era que me hubiese invitado y me entraron ganas de marcharme con él» [185]. E incluso, adelantando el discurso de la protagonista de El cuarto de atrás, mientras baja hacia el río, se imagina «cómo sería nuestra conversación si me lo encontrara. Desde luego no estaría tan sosa, ni tendría nervios, ni recelo. Hablaría con él seria y tranquila, como había hablado Alicia, y le miraría a la cara de vez en cuando» [186-187].

El segundo encuentro que es una segunda conversación viene focalizado desde Pablo Klein, quien recuerda «que me escuchaba con los ojos muy abiertos» [215]. La insinuación de una verdadera comunicación ha crecido hasta lo posible. Ésa es la lección de la novela, desde nuestra perspectiva que sabe de la andadura narrativa de Martín Gaite. Klein ha sido el catalizador de una liberación fracasada, la de Elvira (es el dominio del testimonio), pero es también el vehículo de una autoafirmación que anuncia una luz y un fuego auténticos (es el dominio de la proyección). Una chica rara como era Martín Gaite había alumbrado en Entre visillos tres aspectos fundamentales de la ética de su trayectoria narrativa. El primero, el testimonio furioso de la alienación y el ahogo de las jóvenes mujeres de la España de los años cincuenta. Las palabras son de Elvira y el receptor es Pablo; el contexto, la primera visita de Klein al domicilio de la huérfana:

—Aquí tendría que estar usted hace diez días de la mañana a la noche, aquí en esta casa, a ver si se ahogaba o no se ahogaba, como yo me ahogo. Oyendo como le dicen a uno de la mañana a la noche pobrecilla, pobre, pobrecilla. Día y noche, sin tregua, día y noche. Y venga de suspiros y de compasión, para que no se pueda uno escapar. Y compasión también para el muerto, compasión a toneladas para todos, todos enterrados, el muerto y los vivos y todos [55].

 

El segundo aspecto es la proyección que la novela brinda desde la afirmación que Natalia le hace a su padre: «le he dicho que si tengo que ser una mujer resignada y razonable, prefiero no vivir».

El último aspecto al que quiero referirme viene definido por Pablo Klein, quien, a pesar de su enigmática personalidad, supone un estímulo para hacer navegable la autoafirmación de Natalia y un cauce para su íntima rebeldía. Se ejemplifica en él un supuesto de cabal importancia en el arte narrativo de la novelista que glosó en la conferencia «Buscando el modo»:

Con quien más gusta hablar de las tribulaciones del alma es con el causante de esas tribulaciones, a quien se supone interesado por recibir una respuesta más florida que la del rechazo o un conciso «amén». Pero si desaparece o no ha existido nunca ese «tú» ideal receptor del mensaje, la necesidad de interlocución, de confidencia, lleva a inventarlo. O, dicho con otras palabras, es la búsqueda apasionada de ese «tú», el hilo conductor del discurso femenino, el móvil primordial para quebrar la sensación de arrinconamiento.

 

Este postulado que enlaza con una de las ideas axiales del quehacer narrativo de Carmen Martín Gaite está anunciado en Entre visillos, que se nos ofrece como un eslabón imprescindible en la busca de la contienda interior de la novelista y en el acercamiento a unas señas de identidad que se me aparecen como unas de las más radicalmente femeninas de las letras españolas contemporáneas, porque han sido capaces de crear una serie de diégesis narrativas, que al margen de cuál sean sus historias, se originan en el derecho a esgrimir la luz y el fuego de las palabras que dan testimonio de una época, fe de una intimidad, de la necesidad de un desahogo, de la voluntad de pegar la hebra, de la exigencia de escuchar su retahíla de mujer. Como uno más de sus impenitentes lectores, no dudo en afirmar mi porfiada vocación de espejo.

 

 

[1] Antonio Vilanova, Novela y sociedad en la España de la posguerra, Barcelona, Lumen, 1995; pp. 383-384. José Jurado en un libro excelente, pero con algunas inexplicables ausencias bibliográficas, Carmen Martín Gaite, el juego de la vida y la literatura (Madrid, Visor, 2015) sostiene: «Para [Vilanova], Entre visillos busca el testimonio de una época desde la óptica de unas jóvenes muchachjas ancladas a una ciudad provinciana. El tiempo parece haberle dado la razón, pues toda la crítica posterior ha insistido en que la intención última de la salmantina era justamente la indicada por este» (p. 232)

[2] CMG, Esperando el porvenir. Homenaje a Ignacio Aldecoa, Madrid, Siruela, 1994; p. 147.

[3] José Ortega y Gasset, Ensayos sobre la generación del 98 (ed. Paulino Garagorri), Madrid, Revista de Occidente-Alianza, 1981; pp. 286-287.

[4] CMG, Desde la ventana (Enfoque femenino de la literatura española), Madrid, Espasa Calpe, 1987; p. 100.

[5] José Carlos Mainer, «Introducción» a CMG, Ritmo lento, Barcelona, Destino, 1996; p. xxxvii.

[6] CMG, «Prólogo» a Cuentos completos y un monólogo, Barcelona, Anagrama, 1994; p. 7.

[7] Ibidem; p. 8.

[8] Antonio Vilanova, Novela y sociedad en la España de la posguerra; p. 381.

[9] CMG, Agua pasada, Barcelona, Anagrama, 1993; pp. 34-35.

[10] Miguel de Unamuno, Niebla (ed. Germán Gullón), Madrid, Espasa Calpe (Austral), 1990; p. 238.

[11] Cfr. Adolfo Sotelo Vázquez, «Introducción» a Carmen Martín Gaite, Retahílas, Barcelona, Destino, 1996, pp. v-lxxiii.

[12] CMG, El cuarto de atrás, Barcelona, Destino, 1978; p. 49.

[13] Antonio Vilanova, Novela y sociedad en la España de la posguerra; pp. 381-382.

[14] CMG, Cuentos completos; p. 279.

[15] Ibidem; p. 109.

[16] Celia Fernández, «Entrevista a Carmen Martín Gaite», Anales de Narrativa Española Contemporánea, 4 (1979); p. 167.

[17] Cf. Carmen Alemany Bay, La novelística de Carmen Martín Gaite (Salamanca, Diputación de Salamanca, 1990): «La novela se puede clasificar dentro de la línea de novelas crítico-realistas sobre la estrechez provinciana que tuvo como ejemplo supremo La Regenta» (p. 67).

[18] Gonzalo Sobejano, Novela española de nuestro tiempo, Madrid, Prensa Española, 1975; p. 495.

[19] Cf. «El diario de la adolescente Natalia, una rebelde mansa, sin objetivo fijo, y el de su profesor de alemán» [Emilia de Zuleta, «Imagen primera de Carmen Martín Gaite», en Carmen Martín Gaite (de Emma Martinell), Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1993; p. 78].

[20] Gonzalo Sobejano, Novela española de nuestro tiempo; p. 495.

[21] CMG, Entre visillos, Bacelona, Destino, 1958; pp. 12-13. En adelante citaré la novela en el propio texto, indicando entre corchetes la página.

[22] Gonzalo Sobejano, «Enlaces y desenlaces en las novelas de Carmen Martín Gaite», en From fiction to metafiction: essays in honour of Carmen Martín Gaite (eds., M. Servovidio/ M. Welles), Lincoln, Society of Spanish and Spanish-American Studies, 1984; p. 312.

[23] CMG, «Los malos espejos», La búsqueda del interlocutor y otras búsquedas, Madrid, Nostromo, 1973; p. 15.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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