Toda esta red de conexiones, reiteraciones y vestigios no solo manifiesta la forma en que diferentes autores han problematizado el particular microgénero de la «vida imaginaria» –en la que abundan los personajes exiliados y desplazados–, sino que acentúa la natural imbricación entre política y literatura, en contraste con la idea generalizada de que el conocimiento «puro», humanista o artístico, es fundamentalmente no político. Como subrayó Edward W. Said en su célebre estudio Orientalismo, el habitual consenso en torno a esta cuestión únicamente redunda en el ocultamiento de las oscuras condiciones políticas que determinan la producción de cualquier conocimiento. En Teoría de la novela, Lukács afirmó que la novela era la forma literaria de la falta de hogar, un género que, a diferencia de la epopeya, cuenta las historias acaecidas en un mundo cuyo sentido «[…] ya no se revela de forma inmediata» (Pavel, 2005, p. 35), pues es un mundo caótico, destrozado. Sobre la base de tales consideraciones, la «vida imaginaria» ha constituido una modalidad de enorme fortuna durante el extraterritorial siglo XX, una época histórica en la que la inestable experiencia del exilio se convirtió en un acontecimiento irremediablemente secular e insoportablemente histórico por causa de las guerras mundiales, las deportaciones y los exterminios. Es posible reconocer en esta tradición el trágico destino de tantos desplazamientos individuales; además, este fenómeno acontece y se acentúa de forma progresiva, desde las escasas referencias de Reyes en 1920 al variadísimo catálogo de existenciarios que encontramos en la obra de Bolaño, de 1996, en congruencia con la evolución histórica del siglo XX en lo referente a movimientos migratorios por causas políticas. Esta tendencia, por lo demás, parece haber alcanzado en el siglo XXI un punto de tensión extrema en el cuento «Contribución breve a un diccionario biográfico del expresionismo», de Patricio Pron, incluido en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010). Recapitulando aquella tradición, el texto de Pron denota sin ambages que los escritores intentan ser siempre todos los escritores posibles, como si la «“ficción biográfica” fuese el laboratorio en el que los modos de ser escritor son testeados por sus autores, a los que los escritores biografiados les servirían de espejo deformante, pero también de recordatorio» (Pron, 2016, p. 28).

Si La literatura nazi en América de Roberto Bolaño representaba el caso más evidente de esta tradición iberoamericana, Una tumba para Boris Davidovich de Danilo Kiŝ supuso lo mismo en el contexto europeo, ya que expone con crudeza la deriva totalitaria de los regímenes comunistas, acentuándola con la «judeidad» y una ansiedad familiar que «alimenta la sensación de relatividad, y la de ironía que surge de ella» (Kiŝ, 2013, p. 50). Relatividad, desplazamiento, ironía: en los libros de la tradición iberoamericana de la «vida imaginaria» afloran la minuciosidad, la precariedad en la mirada, la provisionalidad de las afirmaciones, lo cual «[…] convierte el uso del lenguaje en algo mucho más interesante y provisional de lo que lo habría sido de otro modo» (Said, 2005, p. 180). Este es el aspecto que parece haber contribuido a la originalidad de los libros referidos: la ruptura de las barreras del pensamiento y de la experiencia, la vida extraída de sus coordenadas acostumbradas. De Schwob los autores de la tradición iberoamericana de la «vida imaginaria» tomaron varios elementos estructurales, así como una decidida inclinación por los personajes en movimiento, en algunos casos debido a los desplazamientos causados por motivos políticos. Pese a que en un principio no parezca que la política tenga nada que ver con estos libros, esta aparece de forma natural y progresiva, desde el viaje a América de Chateaubriand en el libro de Alfonso Reyes al desenfrenado fanatismo de la mayoría de los personajes de La literatura nazi en América. Discontinua, atenuada identidad de los exiliados, su persistente tendencia al movimiento parece aludir a la continua y desestabilizadora fuerza de nuestro azaroso destino; y así, mediante la perspicaz mirada de sus autores, los protagonistas de los libros de esta tradición anhelan consumar, en sus vidas dañadas, múltiples destinos, especialmente aquellos que son imaginarios.

 

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