
Conocí a José Watanabe en 1997, en Londres, durante un encuentro de poesía organizado por los agregados culturales de los países latinoamericanos con la colaboración del King´s College, donde hubo hechos tan desopilantes como que, en la revista que se hizo para la ocasión, a William Ospina le adjudicaron mis poemas y a mí los suyos, o que el almuerzo era en un lugar para niños que simulaba un zoológico, de modo que comíamos entre el trompeteo de los elefantes y los rugidos de los leones. Nada, por lo demás, que asombre demasiado a los poetas, que en esos encuentros estamos acostumbrados a que no falten experiencias estrafalarias. En uno de los lujosos salones de la Embajada de México, en el rincón de los tímidos, Watanabe y yo hablamos de su imposibilidad de venir a Bogotá, por la altura, y del miedo que los dos teníamos a volar. Después de aquel corto intercambio, muy amablemente me regaló algunos de sus libros, e imagino que yo le di los míos. Recuerdo que cuando lo oí leer, después del almuerzo, -entre los poemas que oímos aquella vez estaba el maravilloso «El acuerdo», que nos habla del pájaro chotacabras posado sobre la espalda de un toro- tuve la sensación de estar ante un gran poeta.
Semanas después, durante unas breves vacaciones en el campo, me di a la tarea de leer sus libros. Todavía recuerdo el impacto de aquella lectura, mi deslumbramiento, porque todavía hoy considero un milagro que todos los poemas de un autor, absolutamente todos, nos interesen, nos parezcan logrados y nos inviten de inmediato a volver a la primera línea. Ahora que para escribir este artículo he vuelto a releer todos sus libros, me ratifico en el postulado que me lleva a escribirlo: Watanabe habría tenido que ganar el Premio Cervantes. Su mundo poético es de una contundencia absoluta, a pesar de que, paradójicamente, está atravesado por la vacilación, que a veces es tan solo un recurso suyo que linda con la ironía, y otras la consecuencia del temblor con el que asoma cada tanto su vulnerabilidad.
Lo primero que asombra al lector es lo que registra la mirada del poeta, que con ese «ojo meditativo» –como lo califica certeramente Eduardo Chirinos- «sabe extraerle a los hechos más cotidianos su oculta condición de parábola universal»: a la mantis religiosa «que permanecía inmóvil a 50 cm. de mis ojos.»; a la piedra en que «los braceros afilan sus machetes»; a «la blanca carne de la iguana en la banqueta de asar», o al triste lenguado que condenado a la arena ha perdido simetría. Ese «ojo meditativo», cuyo dueño dice, con autoironía, que «tiene un arbitrario criterio de selección», mucho le debe, creo yo, a sus ancestros japoneses, a don Harumi, un artista que al adolescente le recitaba poemas y que, como inmigrante, tuvo que trabajar la tierra en las haciendas peruanas como mano de obra, pero también a la madre criolla, una mujer campesina en cuyos ojos ancianos brillaba «una ternura demasiado severa».
El tema de sus orígenes atraviesa buena parte de la obra de Watanabe, en parte cuando recrea la infancia, en parte cuando habla de su familia, en los dos casos con una mirada a la vez tierna y distanciada. Con una honestidad que el lector agradece (porque la honestidad también puede ser un atributo de la poesía), en uno de sus libros más tempranos, Álbum de familia, aparece ya una visión de los suyos -«ningún doctor o notable/ en el corazón de modestas tribus»-, en una imagen muy plástica, «descansando colorados bajo el verano». De ahí en adelante irán apareciendo, a través de breves alusiones biográficas, la muerte del padre, el duelo por la muerte del hermano mayor, el cumpleaños de la madre que empieza a envejecer y que luego vemos, en otro poema, en los días de su agonía, la evocación de su abuelo Don Calixto Varas, construida a partir del mito que sobre él creó la familia, y a su hermana Dora, cuyas visitas al hospital de Hanoover, donde Watanabe se reponía de un cáncer de pulmón, se anunciaban «con sus zapatos resonantes, viejos, peruanos». Un mundo entrañable de afectos, aludido sin sentimentalismo alguno, a veces, incluso, con un leve humor que lo aleja de cualquier tentación de patetismo.
La infancia, por otra parte, aparece de forma recurrente en toda su obra, casi siempre unida a imágenes de la naturaleza peruana, las de su natal Laredo, a sus ríos y a las piedras donde los niños trepaban «como lagartijas», y donde evidentemente el poeta fue feliz. Esa naturaleza nunca aparece de manera meramente descriptiva, sino como un camino para hablar de revelaciones, como en ese hermosísimo poema que da nombre a uno de sus libros, La piedra alada, en el que el poeta se detiene frente a los restos destrozados de un pelícano que murió posado sobre una piedra del desierto, y cuya ala se adosó a ella hasta parecer un petroglifo:
«Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar».
Dentro de este mundo natural abundan los animales -el venado, los patos, el ciervo, la oruga, el pez, la boa- elementos que se suman a otros -los bosques, las tormentas, el mar-. De todos ellos se vale Watanabe para extraer hermosas lecciones de sabiduría. Es evidente que este proceder le debe mucho a sus maestros de la literatura japonesa, que él conocía desde muy joven por traducciones que su padre hizo de haikús, pero también por su lectura de poetas como Matsuo Basho y Kobayashi Issa. La delicadeza y la contención son características de su poesía, y también lo fueron de su trato personal, refinado y sereno. No en vano escogió Elogio del refrenamiento como título de la antología que publicó con el sello español Renacimiento. No obstante, Watanabe se negó siempre a que la crítica exagerara o romantizara la influencia que tuvo en él la poesía japonesa, y explicó algunas veces que ese refrenamiento de las emociones le venía sobre todo de la crianza, de un hogar donde la discreción era un valor que se asociaba con la idea de dignidad. Y aunque es verdad que hay un punto de arranque en muchos de sus poemas que tiene que ver con lo contemplativo, también es cierto que en otros predomina la voluntad narrativa, y un gusto por lo coloquial que lo lleva a usar localismos y también giros del habla popular peruana.
El cuerpo, la enfermedad y el miedo a la muerte van a ser también obsesiones importantes en su obra. Una consciencia última de vulnerabilidad aflora cada tanto en sus versos, como en aquel poema, uno de mis preferidos, que comienza diciendo «Tiendo a la noche». En acotación muy suya, escribe a mitad de camino:
«Un psicoanalista me ha explicado en su jerga
que tiendo a la noche porque facilita la vuelta
de mi yo primario.
Y ese yo es el niño que imagino ovillado
y en formol
que a veces despierta y me ordena que me acurruque en la cama
vacía
y me obliga al goce de ese vergonzoso encogimiento».
La vida de José estuvo amenazada por un cáncer siendo un hombre muy joven, y en ese momento él supo convertir ese umbral en una poesía honda y conmovedora. Lo hizo en poemas como «El envío», «El acertijo», «Como el peje sapo» o «Impureza», donde se retrata en su cama de hospital en un país ajeno y lejano, parado «en el peligroso borde» que le causa desasosiego:
«Otra vez tu vida oscila en el monitor cardiaco
pero más en tu miedo.
Ya no es la hipocondría. Ya te saltó el verdadero animalito».
Pero de inmediato, con temor a caer en lamentos indignos, se apresura a aclararse:
«Mas no patetices. Eres hijo de. No dramatices».
El poema frena, pues, en aras de la contención, cuando la dignidad le recuerda que viene de un linaje, sobrio y austero.
«¿O nunca conseguiré realmente ser hijo de?»
Esa conciencia del refrenamiento como una virtud es la que lo lleva a usar el recurso de la ironía, que le permite burlarse de sí mismo o interrumpir el fluir del poema, como acabo de mostrar, introduciendo el distanciamiento brechtiano que empuja el lector fuera del encantamiento verbal y lo enfrenta al poeta en plena ejecución de su oficio. El poema se vuelve sobre sí mismo, y su autor nos desnuda su conciencia del hacer. En «La piedra del río», por ejemplo, comienza mostrando a los muchachos de su adolescencia trepando a una piedra, «grande, anodina», que saltan al agua turbia y emergen de ella revestidos de lodo. Y entonces, sucumbiendo a cierto rapto poético, Watanabe escribe:
«En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura:
era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río».
Pero la autocrítica lo hace detenerse. Y en guiño a sí mismo, y al lector, continúa:
«(…) Ay, poeta,
otra vez la tentación
de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad: nos guarda
en su impenetrable intimidad»
Y entonces viene el remate, que en su poesía suele ser estremecedor:
«Mi madre, en cambio, ha muerto
y está desatendida de nosotros».
***
En 2002 José Watanabe publica Habitó entre nosotros, que, como su título indica, se ocupa de Cristo, de su condición a la vez humana y divina, y de los que lo rodearon: Lázaro, María Magdalena, Lázaro, Judas…El lenguaje, sus maneras, siguen siéndonos familiares, pero algo parece haber cambiado en este libro de unidad impecable. En su siguiente, y último libro, Banderas en la niebla, publicado en 2006 por Peisa, el poeta, sin embargo, vuelve a sus temas de siempre: los animales, los árboles, y el cuerpo. No en vano había escrito muchos años antes ese verso suyo contundente: «la vida es física». Aquí vuelven a aparecer también, lejanos y cercanos, como aparecen siempre nuestros muertos, el padre y la madre. Y él mismo, de nuevo, abismándose por momentos, a la vez con inquietud y desaprensiva esperanza, a la posibilidad de la muerte. En «Última noticia», por ejemplo, adelanta ya algo concreto:
«Esta es mi última noticia, cuerpo:
una radiografía de tus pulmones, brumas
inquietantes, manchas de musgo sobre la nieve sucia».
En efecto, en ese mismo año comenzaba a reaparecer el cáncer que ya una vez había tenido, y que acabó con él el 25 de abril de 2007. José, en un correo, me había anunciado que me enviaría ese su último libro, pero lo que en cambio me llegó, por boca de Rocío Silva-Santiesteban, fue la triste noticia de su muerte. Poco tiempo después hice un viaje de vacaciones que me llevó a recorrer buena parte del Perú. De pronto, en la vitrina de una humilde papelería, en Ollantaytambo, aparecieron, ondeantes, las Banderas detrás de la niebla. En un poema que titulé con el nombre de ese pueblo, plasmé, meses después, las emociones de esa tarde soleada en que me senté a leer ese libro en un humilde café aledaño, donde en un poema Watanabe rememora los espejos velados de su infancia, y donde, mirándose ya mayor, se alegra de reconocerse:
«Si, ese señor entrecano en el marco dorado
soy yo.
Grito: ¡Soy yo! ¡Soy yo!
Y me da un enorme placer verlo, riendo y nublado. Soy yo
y si no lo fuera también diría que soy yo
porque quiero ser (y seguir siendo) en cualquier rostro vivo
con tal de no ser, como el hijo del carnicero, el muerto».
Ahora, por desgracia, lo era. En 2013, al conmemorar el primer aniversario del suicidio de Daniel, mi único hijo hombre, a sus 28 años, escogí como recordatorio una foto suya recortada contra el cielo de Machu Picchu, y estampé en ella estos versos de Watanabe:
«Al fondo
habrá un cielo luminoso y ninguna sombra,
sobre todo ninguna sombra aciaga.
Porque así, en esa imagen plácida, él supo concretar lo que los dos desearíamos
que fuera el más allá de la muerte».