La única diferencia al respecto será la naturaleza de la melancolía de cada cual: si es de tipo natural o ingénita, si viene dada por algún problema en un órgano o tiene que ver con la «humedad extrema del cerebro, como se ve en nuestros locos habituales y en la mayoría de los hombres y, por lo tanto, unos son más sabios que otros»; o si, en cambio, se trata de una enfermedad adquirida o una melancolía en sí misma. En definitiva, «llamamos melancólico al que está embotado, triste, huraño, torpe, indispuesto, solitario, de alguna forma enternecido o descontento. Y de estas disposiciones melancólicas no está libre ningún hombre vivo, ni siquiera el estoico: nadie es tan sabio, nadie tan feliz, nadie tan paciente, tan generoso, tan divino, tan piadoso que pueda defenderse». Nadie, he aquí la conclusión, hay que sea libre de sentir su dolor, porque la melancolía es una característica inherente al hecho de ser criaturas mortales. Y tanto es así que, tomando una idea de Salomón –«Al cabo la alegría es dolor»–, afirma que hasta en la risa hay rastros de tristeza, hasta en la felicidad una amargura escondida.
Por lo tanto, como el hombre está condenado a la fatalidad, la desgracia, la incertidumbre, es del todo lógico que se vea en un momento dado incapaz de afrontar semejante situación, de asumir esa mezcla de placer y dolor, por lo que hará bien en abandonar: «¡Sal del mundo!, vete, por tanto, si no puedes sufrirlo; no hay forma de evitarlo, sino armarse de paciencia, de magnanimidad, oponerse a ello, sufrir la aflicción como un buen soldado de Cristo, como aconseja Pablo, y soportarlo constantemente».
Esta moderada invitación a la muerte voluntaria no es gratuita en Burton, que habla con la propiedad que le confiere ser un experto de la melancolía: ha leído a todos los médicos y filósofos que la han estudiado, presenta las confusiones terminológicas alrededor de la locura y hasta divide el mal melancólico en tres campos, según esté provocado por el cerebro («melancolía de la cabeza»), por el cuerpo en general («cuando todo el temperamento es melancólico») o por los órganos internos («melancolía hipocondríaca o flatulenta», procedente de los intestinos, del bazo o del mesenterio).
En cuanto a las causas, pueden ser sobrenaturales o naturales: las primeras, de Dios o de sus ángeles, mediante el castigo por algún pecado cometido; las segundas, del demonio y sus ministros. Estos, cuando ven a un hombre que, en su desesperación, se suicida, «bailan y festejan la muerte de un pecador». Burton aporta un gran caudal de ejemplos maravillosos sobre el poder demoníaco en las personas melancólicas, aunque nada resulta tan demoledor como la ociosidad, causa natural del tedio, que tantas veces conduce al deseo de consumirse o de que llegue la muerte, incluso de forma voluntaria. Así, en el apartado «Síntomas y señales de la mente», de la primera parte de su libro, el autor hace un específico resumen del comportamiento del melancólico, de sus miedos y tristezas, de la opresión en el alma que padece, de sus hondas debilidades y fuertes contradicciones, de su hastío de vivir por cansarse rápidamente de todo y que le lleva a ser incapaz de soportarlo.
Y ese tedio, esa desgana por vivir, manifestada en pereza, inactividad, falta de iniciativa para ocupar el tiempo, es el camino recto para la nada –nihil sumus– y para sumergirse en una engañosa y traicionera soledad, que les atrapa en pensamientos fantásticos y hechizantes que los poseen y distraen hasta que les detienen en sus actividades.
Este tipo de soledad, siguiendo el pensamiento senequista, es destructivo, hace asocial al individuo, convierte al propio melancólico en un diablo: el solitario era visto como un monstruo, una criatura bestial que aparta su razón para ir haciendo caso a su fértil y enferma imaginación. Y, de entre todos ellos, tal vez los lectores, los estudiosos, sean los que reciban un mayor número de improperios; son tildados de ridículos, de estúpidos: han descartado lo mundano, han descuidado sus quehaceres y obligaciones para ensimismarse entre sus libros.
Don Alonso Quijano, transformado en el Caballero de la Triste Figura, será desde luego el paradigma de este personaje, poco tratado a juicio de Bartra en cuanto a su clase de melancolía. El Quijote solo vive de verdad en su melancolía, locura, acedia y, al sanar, vuelve en sí, regresa paradójicamente a su nada, y fallece, o, quizá sea mejor decir, se abandona perezosamente a su destino en una suerte de suicidio metafórico, tras el diagnóstico del médico sobre sus «melancolías y desabrimientos». Es Sancho Panza quien ruega a su amo que no se muera «porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama».
Es el mismo pensamiento de Burton, para el que la cordura y la locura son dos caras de una misma moneda. Su estilo analítico-científico, preñado de referencias eruditas y un tono en sí mismo melancólico, tendrá una influencia extraordinaria en la Europa del siglo XVIII a la hora de comprender la melancolía antigua vista desde una perspectiva moderna. El individuo melancólico se perfila cada vez con más matices, cada vez se hace un personaje más literario, más legendario, más ficticio, más quijotesco; más poético, en definitiva. Es el prototipo que heredará el Romanticismo, es la elegancia lánguida de un Chateaubriand que se recrea en su tristeza suave. La «melancolía poética» que indican Klibansky, Panofsky y Saxl ya es «una fuerza intelectual positiva» y no un mal necesariamente; surgía el «melancólico a la moda, que se ponía la máscara no solo de la melancolía, sino de la profundidad».
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