POR MARÍA SONIA CRISTOFF

El primer día nos miramos, más bien tanteamos, de lejos. Con cautela, con una intriga sosegada. Con sospecha. Yo había recién llegado a la casa de Eme, mi amiga de toda la vida, la que nunca quiso irse del Sur salvo por viajes puntuales de trabajo como este que está haciendo ahora, una campaña paleontológica que iba a dejar su casa huérfana por meses, una maravillosa oportunidad para cambiar mi escritorio de sede y terminar esa novela en ciernes a un ritmo que Buenos Aires no me permitiría jamás. Así fue que llegué esta vez al Sur. Sin saber que, además de la casa, tendría también que cuidar una mula. Mientras terminaba de armar su bolso, Eme minimizó mi escozor. Es tranquilísima, me dijo, la dejás andar por ahí y ni te enterás de que existe. El sol empezaba a caer. Me serví un vino y, mientras repasaba mentalmente otras casas en las cuales podía pedir asilo en estos días de residencia patagónica, me puse a mirar por la ventana ese patio amplio que tanto me gusta, un patio generoso ahora claramente convertido en dominios de la mula, una mula que justo en ese momento levantó la cabeza para mirarme.

La encontramos en la meseta la última vez que salimos de campaña con dos colegas, agregó Eme cuando apareció rauda desde su cuarto para servirse, ella también, una copa de vino, andaba como desorientada, como buscando, agregó, una mujer de por ahí me dijo que había sido la gran compañera de un puestero que había muerto hacía un tiempo, uno de esos solitarios que genera la meseta, vos viste, un hombre que la había tenido como a una mascota, en el sentido de enseñarle cosas digo, de comunicarse con ella, algo rarísimo frente al desapego que la gente de campo suele tener con sus animales, pero quién sabe si es cierto, de hecho yo la tengo conmigo hace como cinco meses ya, y no se ha dignado ni siquiera a mirarme, con eso te digo todo. Le puse Fresca de nombre, pero hasta ahora no se ha dado por enterada. La mujer esta me contó que realmente estaba en un estado catatónico cuando la encontraron al lado del puestero, que por lo visto había muerto de un ataque al corazón hacía rato ya, más de un mes, solo que nadie se había enterado porque en el invierno es difícil llegar hasta ahí, a veces ni los repartidores de bolsones de comida se animan, esas cosas de la meseta, en fin, a lo que voy es que en todo ese tiempo Fresca se quedó al lado del puestero, sin moverse, sin comer casi, una historia tremenda, me partió el alma, por eso me la traje. Ese es el problema de tener amigas de toda la vida, pensé yo, tomando otro trago, saben bien dónde golpearte para que cedas.

A la mañana siguiente elegí una mesa en la cual improvisar mi escritorio en casa ajena, uno de los rituales de preparación de la novela que más disfruto. Me llené los pulmones de aire fresco, me preparé un buen té. Leí con dicha el cartel que me había dejado Eme antes de partir, al alba. Hay pan fresco en el horno. A lo largo de los días siguientes leí con menos dicha, en cambio, la novela en ciernes que planeaba trabajar acá, setenta páginas que narran las peripecias de una mujer que un día encuentra una boa gigante circulando por las escaleras de su edificio, setenta páginas con las que ahora me encontraba por primera vez después de meses. En mi forma usual de narrar, para este punto de la novela en el que estaba ya habría dado con un material documental -un caso o un personaje o un hecho o una serie de casos o de libros alrededor de un tema, etcétera- con el cual esa ficción inicial hubiese empezado a conversar, a intercambiar, y así, de ese intercambio hubiese surgido la chispa, la combustión que irradia, que expande, y en algún momento yo hubiese empezado a encontrar las formas de que esa conversación se explicite en la novela, esos restos de lo real pasen a formar parte de su entramado. Pero, esta vez, ese material documental no aparecía, se me volvía esquivo y, sin eso, me sentía como en una emboscada, en un punto en el cual no había forma de seguir, de expandir. ¿Y qué otra cosa es la novela, o al menos la novela que a mí me interesa, sino una posibilidad ilimitada de expandir, de irradiar, una posibilidad a la que solo por convención, por protocolos de circulación del libro, le ponemos un final? ¿Qué había pasado entonces con esa materia viva, con ese organismo en el que se gestan las irradiaciones, las derivas?

*

Hoy, décimo día de mi supuesta residencia de escritura, siento que la emboscada afila sus garras, que no hay modo de salir de ahí. Camino por los pasillos mascullando tormento hasta que doy con la manta justa, y salgo al patio. El aire helado me sacude, me despeja, me recibe bien. Mañana voy a salir a caminar al alba, planeo. Caminata frenética: no falla cuando se trata de esos momentos en los que la escritura se traba. El cielo del Sur es increíble también de noche, pienso, mientras me tiro en el pasto y entrego mis ojos abatidos a uno de mis juegos favoritos de infancia, la búsqueda de las constelaciones más recónditas. No doy con ninguna, salvo con la omnipresente Cruz del Sur. Alguien me dijo una vez que, en la cosmogonía mapuche, es vista como una constelación de caza a la que llaman La Huella del Choique, y me contó una historia de la que me gustaba acordarme precisamente cuando era niña, en la cual el choique lograba huir de un cazador que lo tenía acorralado frente a un precipicio montándose en un arco iris que de pronto se formaba entre dos peñascos.

No sé cuántos minutos pasan antes de sentir una proximidad inquietante. Me levanto de un salto, con el morro de Fresca en primer plano, y más allá sus ojos curiosos, levemente asustados también. Tan absorta estaba en mis maromas mentales que no me acordé de que andaría por ahí, de que en realidad me estoy metiendo en sus dominios. Cuán territorial puede llegar a ser una mula, pienso, un poco calculando la distancia hasta la puerta, asustada, irremediablemente urbana. Me cubro la cabeza, me agarro fuerte de la manta, como si eso pudiera ser escudo de algo. Desde ahí hago un repaso involuntario en forma de ráfaga de las cosas que me comprometí a hacer por Fresca, desde la tina de agua que está en el fondo y que nunca debe estar a menos de la mitad hasta las zanahorias que le dejo cerca de los cacharros una vez por día, y de las manzanas también. Manzanas increíbles de ricas. Me doy cuenta de que estoy confiando en una lógica absurda, además de tontamente antropocéntrica, una lógica de intercambio de no agresión por los buenos tratos recibidos. Escucho que Fresca rebuzna. Qué se traerá entre manos, más bien entre patas. Sé que pueden patear, que pueden morder. Me llevo los brazos a la cabeza, como para cubrir al menos esa zona. Tendría que mostrar superioridad, autoridad, hacer señas para que entienda que mejor no meterse conmigo, como te enseñan en los Parques Nacionales, pero no atino a eso, apenas me animo a correr un poco la manta de mis ojos y espiar. Justo en ese instante Fresca hace un movimiento con sus patas, un movimiento que en un punto me hace acordar al de los camellos cuando bajan su altura para que alguien los monte, y después, muy pancha, se acuesta a mi lado, bien pegada. Al principio casi no respiro, suspendida entre la sorpresa y la tensión y la felicidad. Después me voy relajando, de a poco. En algún momento, con la noche ya más entrada, le digo, le confieso: mi novela se ha empacado como una mula, una mula como vos.

Después, en algún otro momento, entregada ya al ritmo de esa respiración conjunta en la que, siento, Fresca y yo nos embarcamos, en ese calorcito mutuo bajo las estrellas, me acuerdo de un manuscrito que leí hace no tanto para un concurso de narrativa en el que fui jurado, y en el cual su autora, Camila Vázquez, presenta a su texto, Cruza el título, como fronterizo, una mezcla de biografía y diario de sueños y notas de lectura, y en un momento, haciendo referencia a esa mezcla, esa cruza, se pregunta si llamarlo bicho híbrido, o si mejor llamarlo directamente mula porque, como sabemos, la mula surge de la cruza de una yegua y un burro, es un animal que ya de entrada apuesta a la hibridez, la apertura, la impureza, lo inesperado, lo desubicado, y yo pienso recién hoy, al calor de este contacto, que sí, que es una muy buena idea hablar de mulas para referirse no solo a ese texto sino a todas estas narrativas híbridas en las que por suerte somos cada vez más, narrativas que, en su mezcla, encarnan una perspectiva distinta, una habitada por una subjetividad que se abre a lo otro, una que desbarajusta el paradigma antropocéntrico heredado de la Modernidad, una que -retomando lo que proponen autores como Vinciane Despret y Baptiste Morizot y Paula Fleisner- podemos llamar animal en tanto deja de poner al hombre y sus necesidades depredadoras en el centro de todo, en tanto asume que somos una parte más de este sistema múltiple al que llamamos Tierra, un sistema que nos constituye y que no es, o que no debería ser, una usina de recursos sino un hogar.

Precisamente esa es la perspectiva que habita estas narrativas mula en las cuales no hay uno de esos héroes con elementos punzantes avanzando en su camino tanático -matriz narrativa favorita del antropocentrismo-, uno de esos héroes de los que habla Ursula K. Le Guin en La teoría de la bolsa de la ficción, no hay idea de progreso -ideología favorita de tantos males que vienen con el antropocentrismo- en el camino de ese héroe ni de progresión de la trama, sino que más bien hay un sistema de combinaciones, de diálogos, de desvíos, de superposiciones, de cosas que se van por las ramas, que pierden el tiempo tan valorizado por la cultura de la acumulación y del rendimiento, que no tienen apuro por llegar a ningún lado ni por producir ningún efecto predeterminado, que se transforman, que provocan una irradiación de novelas que devienen ensayos, de crónicas que devienen autoficciones, de cuadernos de notas que devienen microrrelatos, de biografías que devienen nouvelles, y así sucesivamente, las combinaciones son múltiples, una alquimia que desbarajusta las jerarquías reinantes, que propone destronar el dominio de la voz unívoca a fuerza de abrirse a multiplicidad de voces, de formatos. Porque precisamente de cambiar radicalmente de perspectiva en todos los órdenes es de lo que hablamos hoy cuando hablamos de abrirnos a lo animal, no solamente de convertir a los animales en tema central o de dormir con ellos a nuestro lado. En todos los órdenes y en todas las prácticas. Desde la práctica de la escritura, entonces, no se trata de bogar por lo animal, de convertir a los animales en protagonistas pero a la vez de seguir apostando a novelas o narrativas que en el fondo siguen siendo fieles a esa idea de mundo intrínsecamente ligada al reinado antropocéntrico, no se trata de eso para nada: el cambio de perspectiva radical del que hablo, el que proponen las narrativas mula, se traduce en textos disruptivos ya desde lo formal, novelas que entienden que las formas en sí mismas postulan perspectivas de mundo y que desde allí dinamitan el modelo antropocéntrico y sus jerarquías de poder asociadas, novelas en las que la especie humana y sus necesidades y sus problemáticas dejan de ser dueñas y señoras, novelas que incluso hasta pueden llegar a prescindir de un animal como personaje central pero que no prescinden nunca de una perspectiva de mundo en la que la especie humana haya dejado de ser dueña para pasar a ser una huésped más, una que reconoce la interdependencia con otros seres y sistemas que la mantiene viva.

Esto de dormir al calor acompasado de un cuerpo animal ayuda a sintonizar esa perspectiva, no voy a negarlo, sobre todo si ese animal es una mula, uno que está casi cayéndose de la idea del mascotismo, pataleando para recordarnos que no somos sus dueños como nos quieren hacer creer por ahí. Tan feliz estoy con este fenómeno inesperado que me quedo dormida, me quedo dormida como quien siente confianza, me quedo dormida y sueño que Fresca anda por los caminos convertida en uno de sus ancestros, un burro, pero no cualquier burro sino Lucio, el protagonista de las Metamorfosis de Apuleyo, esa novela previa a la Modernidad y a tantas otras cosas, la historia de un muchacho intrigado por la magia que quiso convertirse en un pájaro magnánimo pero que en cambio, por unos pases de hechicera, se convirtió en burro, y desde ahí, desde su mirada a ras de la tierra, nos va contando sus peripecias, un deambular que constantemente se abre hacia relatos enmarcados que no son más que desvíos de la trama principal -una trama que a mí personalmente no me interesa en lo más mínimo, que de hecho se va hacia una zona que no me convence para nada en cuanto Lucio deja de ser burro, es decir de estar bajo los designios del hechizo que le dio forma animal- y es en uno de esos desvíos en los que, en el sueño, de pronto escucho una voz, una voz que me dice que ya encontró la forma de resolver el empaque de mi novela, una voz que reconozco como de Fresca que me habla convertida en burro en versión onírica, o que me habla por telepatía de cuerpos en esta noche estrellada, quién sabe, porque, como dice Eduardo Viveiros de Castro, existe también una metamorfosis que consiste en activar en nosotros los poderes de otros cuerpos animales, una voz de Fresca en tanto musa, en fin, una musa que pasa a revelarme un material documental interesantísimo, deslumbrante, un material que, de pronto me queda claro, ya encontrará la forma de dialogar con mi historia ficcional en ciernes, que ya dará con la manera de desviarla, de abrirla hacia otras constelaciones para que, entonces sí, se produzca el intercambio, la chispa que irradia.