En febrero de 1959 se cumplían los veinte años de la muerte de Antonio Machado en el exilio. En Francia, una nómina de lujo de intelectuales –de Picasso a Sartre– convocó una visita al cementerio de Colliure. En el interior, un escrito se hizo eco de la iniciativa de homenajear al «mayor entre los poetas españoles de nuestro siglo», alentaba a acudir a la ciudad donde reposaban sus huesos y proponía que quienes no pudieran hacerlo fueran a Segovia y visitaran la casa que le sirvió de morada algunos años. Don Ramón encabeza el llamamiento, con firmas de veteranos notables (Pérez de Ayala, Marañón, Aleixandre…), de escritores reconocidos (Cela, Hierro, Blas de Otero, Buero Vallejo, Rosales…) y de jóvenes disidentes (Sastre, Ferlosio, Aldecoa, Bardem, Caballero Bonald…). No era una celebración inocua. En ella se forjó la imagen de un Machado emblema de reconciliación nacional. Ysàs (2004, p. 48) asegura que este homenaje al autor de Campos de Castilla fue «considerado por las autoridades como un acto casi subversivo».

En junio de ese año, Pidal vuelve a exhibir el mismo aplomo en otro escrito que también encabeza. Se trata de una petición de amnistía al ministro de Justicia, llena de valentía y sentido común, rubricada también por catedráticos, escritores, periodistas y figuras relevantes del mundo de la cultura:

Ha llegado el momento de que las últimas heridas sean restañadas. Los obstáculos que impiden la reconciliación de los españoles deben ser eliminados. Nosotros pensamos que un paso muy necesario y eficaz en este camino sería la amnistía general para todos los presos políticos y exiliados.

Por ello, pedimos a V.E. tenga a bien transmitir nuestra aspiración a Consejo de Ministros, a fin de obtener una amnistía que permita la plena incorporación a la vida nacional de todos los españoles (Juliá, 2014, p. 419).

Aunque, hasta donde sabemos, no se sumó a la famosa carta sobre el problema de la censura en 1960 (Juliá, 2014, pp. 427-428), sí aparece ese mismo año como primer firmante de una solicitud para la puesta en libertad del novelista Luis Goytisolo, encarcelado en Carabanchel (Pérez Pascual, 1998, p. 354).

Mucha mayor repercusión pública obtuvo su carta abierta a Manuel Fraga Iribarne, datada el 6 de mayo de 1962 (Pérez Pascual, 1998, pp. 359-361; Juliá, 2014, pp. 441-447), que provocó «una fuerte impresión en los medios oficiales» (Cabezas, 1976, p. 96). El motivo de la protesta, explicada con la máxima cortesía y apelando incluso a una cierta sintonía entre colegas catedráticos (usa la fórmula inicial «Estimado amigo y compañero»), era doble: por un lado, se solicitaba mayor información; por otro, que se optara por negociar en lugar de reprimir con violencia las huelgas masivas que se venían desarrollando en la cuenca minera asturiana y otras zonas de España, con un eco internacional considerable (Vega García, 2002):

La situación que las circunstancias antedichas dibujan no nos parece satisfactoria y, por lo que a nosotros se refiere –hombres de vocación intelectual, obligados a la orientación y a la crítica–, hemos de pensar que nos compromete alguna suerte de manifestación, ya que sería absurdo e inmoral que, por propio decreto, nos consideráramos ajenos y desligados de las realidades colectivas que nos envuelven. Nos es patente que el malestar social extendido en España constituye un problema grave al que corresponde un tratamiento de sinceración incompatible con unas medidas simplemente silenciadoras y represivas. Es evidente también que la información a la opinión pública no se practica en España con la debida lealtad. Nos parece que sobre ambos puntos tenemos el deber de instar al Gobierno y a la opinión, practicando una especie de mediación moral que, prudente y enérgicamente, favorezca el establecimiento de una situación más próxima al estado de libertad, justicia y concordia que hemos de desear para todos los españoles.

A tal fin, proponemos a Vd., si está de acuerdo con nuestra manera de contemplar el problema, que se dirija al jefe de Gobierno, ejerciendo individualmente el derecho de petición, y haciendo presentes sus puntos de vista favorables a: 1) La práctica de la lealtad informativa; 2) La normalización del sistema de negociación de las reivindicaciones económicas por los medios generalmente practicados en el mundo con renuncia a las maneras autoritarias (Juliá, 2014, pp. 441-442).

Esta carta de Menéndez Pidal a Fraga, en la que sagazmente se argumentaba usando el derecho de petición de la legislación franquista, atrajo centenares de adhesiones, dentro y fuera del país. Desde México un grupo de exiliados envió «un saludo de solidaridad» (Pérez Pascual, 1998, pp. 359-360; Juliá, 2014, pp. 444-445) y desde Francia, en mayo de 1962, llegó el apoyo de una impresionante nómina de nombres de la cultura: Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Jean Paul Sartre, Picasso, Michel Butor, Jean Cassou… (Vega García, 2002, p. 523). Ya ministro, en septiembre de 1963, Fraga volvió a recibir un duro escrito firmado por intelectuales de todos los sectores que denunciaban una brutalidad policial contra obreros asturianos que incluía castraciones y otras torturas, así como humillaciones para las esposas de algunos, a las que se les había afeitado la cabeza (Cabezas, 1976, pp. 130-132; Ysàs, 2004, pp. 49-54; Juliá, 2014, pp. 449-465). Sin amilanarse, el político gallego contestó este manifiesto –llamado «de los 102» (Gallego y Martínez, 1977, pp. 173-177; Juliá, 2014, p. 449)– negando las torturas y permitiéndose el sarcasmo: «Vea, por tanto, cómo dos cortes de pelo pueden ser la única apoyatura real para el montaje de toda una “leyenda negra” o “tomadura de pelo”, según se mire» (Gallego y Martínez, 1977, p. 185). Fraga dirigió su agresiva respuesta, fechada el 3 de octubre, a José Bergamín (Gallego y Martínez, 1977, p. 185), quien, a su vez, publicó una réplica en Realidad, la revista del Partido Comunista que se editaba en Roma (Gallego y Martínez, 1977, p. 185-188; Penella, 2009, pp. 259-260; Juliá, 2014, p. 452), y a la cual volvió a contestar Fraga el 10 de octubre para cerrar él el intercambio epistolar (Gallego y Martínez, 1977, pp. 188-190).

El mundo de la cultura y de la universidad se distanciaba cada vez más del franquismo: muchos escritores sufrieron represalias y Bergamín acabó exiliándose. Como señala Penella (2009, p. 260), «todo acabó cargado en la cuenta del ministro, como si él hubiese puesto en fuga a Bergamín o hubiese privado de su medalla de la Crítica al pintor Francisco Corredor Mateos». Además, la presión que se ejercía sobre el régimen desde el exterior era creciente desde el llamado «contubernio de Múnich» en el verano de 1962. Y, en abril de 1963, había aumentado aún más con el fusilamiento del comunista Julián Grimau, pese a multitud de peticiones para que se conmutara la pena de muerte. Desde el extranjero, se mandaron infinidad de telegramas. Entre los que escribieron desde España, no faltó Menéndez Pidal (Pérez Pascual, 1998, p. 363). Desde el gobierno, el encargado de dar justificaciones e intentar explicar que no había habido torturas era Fraga. En una rueda de prensa, llegó a prometer «un dossier espeluznante de crímenes y atrocidades personalmente cometidas por este caballerete» (Gallego y Martínez, 1977, p. 169).

 

EL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA DE 1963

Otro hecho da la medida del malestar contra la dictadura que se había extendido entre muchos escritores hacia finales de 1963. En octubre, se celebró en el hotel Suecia de Madrid un Coloquio sobre Realismo y Realidad en la Literatura Contemporánea (Amat, 2009). En este coloquio, auspiciado por el antifranquista Congreso para la Libertad de la Cultura radicado en París, se habló mucho de política y surgió la idea de redactar otra carta a Fraga sobre los sucesos de Asturias. Este nuevo escrito, firmado por 188 intelectuales y fechado el 31 de octubre, lo encabezaba ahora el catedrático José Luis Aranguren (Juliá, 2014, pp. 453-457). El ministro le respondió con dureza y zanjando cualquier intento de diálogo:

Ante estas circunstancias, espero comprendan que me es imposible continuar dialogando sobre este asunto, ya que mi argumentación no es ni rebatida ni aceptada, situación que debo considerar como anómala en un grupo de personas que pretenden mantener el diálogo en nombre de la intelectualidad. […] [Constato] que por parte de Vds. no existía ni existe un auténtico deseo de información sino simplemente el de producir un escándalo (Mangini, 187, p. 182).

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