Dicho coloquio nos importa también porque uno de los inicialmente implicados en él, aunque ciertas suspicacias le llevaron a no intervenir en las sesiones, Camilo José Cela, informaba puntualmente al Ministerio de lo que ocurría en estos debates, según ya recordó con mucho tino Pere Ysàs (2004, pp. 52-53), basándose en unos documentos preservados en el Archivo General de la Administración, también glosados por Santos Sanz Villanueva (2013, pp. 418-420) en un artículo fundamental. Carlos Robles Piquer (1963a y 1963b), director general de Información y cuñado de Fraga, elaboró, a partir de lo que le transmitían Camilo José Cela y Armando Puente, dos notas internas para el ministro, fechadas el 16 y 17 de octubre de 1963. En la primera de estas, Robles Piquer no solo reproduce la información facilitada por Cela acerca de Aranguren o Laín Entralgo y comunica el interés del novelista en almorzar o reunirse con el propio ministro, sino que también cita una sorprendente propuesta del autor de La Colmena de «recuperar» para el régimen a escritores mediante sobornos, más o menos disimulados. Sobre este asunto Robles Piquer (1963a, p. 4) es muy explícito (habla incluso de emplear fondos reservados) en la «impresión personal» que cierra su informe a Fraga:

La recuperación de estos intelectuales, o aspirantes a serlo, puede hacerse efectivamente en la forma sugerida por Cela, si se cuenta con medios para ello. Pueden usarse dos sistemas:

Compra de ejemplares de libros recomendables, con un criterio político-cultural, llevado a cabo directamente por este Ministerio, de un modo abierto. Los libros comprados –varios miles de ejemplares de cada título– irían a reforzar las bibliotecas públicas, según lo recomendado ya en el Plan de Desarrollo en nuestro informe sobre los problemas del comercio exterior del libro. Veinte millones de pesetas podrían invertirse en esta operación durante 1964, lo que permitiría favorecer directamente a cerca de doscientos escritores jóvenes, exigiendo de paso para ellos unos contratos editoriales mejores que los actuales, con un tanto por ciento mayor a su favor. Varias editoriales aceptarían esta fórmula encantadas.

Subvención directa, con cargo a fondos reservados y de una manera muy discreta, para la publicación de libros, sea creando una editorial, sea cooperando con alguna de las que existen como, por ejemplo, Bullón que ha empezado con grandes bríos y que está amenazada por dificultades económicas. La suma a invertir sería aproximadamente la misma.

A sus 95 años, Menéndez Pidal no estaría incluido de forma específica entre las prioridades de estos planes que se urdían, con la ayuda de Cela, en el Ministerio de Información y Turismo. Por otra parte, más allá de su carta de 1962 no había vuelto a firmar manifiestos de intelectuales sobre las huelgas de Asturias. Quizás este hecho, sumado al enorme prestigio del sabio, que gozaba ahora de proyección pública nacional e internacional gracias a la película El Cid, a cuyo estreno en España, en diciembre de 1961, había asistido Carmen Polo (Girbal, 2017, p. 112), animó a Fraga a intentar atraerlo, de otra forma, a la causa franquista.

En verdad, el apellido Menéndez Pidal evocaba la Institución Libre de Enseñanza y la Junta para Ampliación de Estudios, razón por la que se detestaba al filólogo en los sectores más reaccionarios, que enfurecieron, por ejemplo, al enterarse de que en el I Congreso de Poesía (Segovia, junio de 1952) se había lanzado su candidatura al Premio Nobel de Literatura (Penella, 2009, p. 179). Sin embargo, para Manuel Fraga, de mentalidad en apariencia más aperturista, conseguir asociar a don Ramón al régimen habría supuesto una jugada maestra para compensar el desgaste del caso Grimau y de los sucesos de Asturias. De lograrse, habría sido un éxito cargado de simbolismo. Simbólico había sido autorizar, también en 1963, Cuadernos para el Diálogo y el relanzamiento de Revista de Occidente, en cuyo segundo número de aquel año, por cierto, había un artículo de Menéndez Pidal (1963b). Nos consta que Fraga presionó a José Ortega Spottorno a relanzar la publicación, ya que el hijo del filósofo se resistía a que pasara el trámite de la censura. En una comida, el político gallego convenció al hijo de Ortega y Gasset con una decisión categórica: el propio ministro en persona se encargaría de la censura previa de Revista de Occidente (Cernuda, 1997, p. 77).

Al titular del departamento de Información y Turismo, culto y amante de la lectura, tampoco se le escaparía que una de las novedades editoriales del año 1963, con notable eco en la prensa, era un título de don Ramón, aparecido en la Editorial Espasa Calpe: El padre Las Casas. Su doble personalidad (Menéndez Pidal, 1963a). Este polémico libro apostaba por desmontar la leyenda negra sobre la conquista de América, algo propicio para un régimen interesado en desmentir la imagen de España como país intolerante y exaltar su papel en el Nuevo Mundo. En estas circunstancias, el miércoles 18 de diciembre de 1963, Manuel Fraga escribe a Ramón Menéndez Pidal:

Mi respetado y querido amigo:

Me complace mucho que haya recibido usted con agrado la iniciativa que le ha transmitido el Sr. Antón por encargo del director general de Información, según la cual este Ministerio creará un nuevo Premio Nacional de Literatura que llevará su ilustre nombre y que se concederá anualmente para premiar el mejor estudio histórico atendiendo no solo a su contenido sino a su alta calidad literaria. Este premio se unirá a los Premios Nacionales de Literatura que actualmente existen y que, como usted sabe, son el Francisco Franco para ensayos de carácter político, social y económico; el Menéndez Pelayo para ensayos literarios; el José Antonio Primo de Rivera para poesía y el Miguel de Cervantes para novela.

El Premio Menéndez Pidal será concedido a partir del presente año y el jurado, en el que la Real Academia Española está muy dignamente representada por D. Joaquín Calvo Sotelo, me ha comunicado que el primer recipiendario del nuevo galardón será el historiador D. José M.ª Jover, catedrático de la Universidad de Madrid.

Al manifestarle mi viva complacencia por esta iniciativa y agradecer su cordial aceptación, aprovecho esta oportunidad para enviarle un cordial y afectuoso saludo y desearle felices Navidades y un próspero año nuevo.

Manuel Fraga Iribarne

Dos aspectos de este documento llaman la atención: la fecha y la forma tan peculiar de Fraga de gestionar los Premios Nacionales de Literatura. La orden ministerial con los nombres de los galardonados se firmaba el último día del año y ya no faltaba nada para las fiestas navideñas. La propuesta del ministro hacía una interpretación muy laxa y a su manera de la convocatoria, puesto que las bases solo contemplaban cuatro modalidades: Francisco Franco, José Antonio Primo de Rivera, Miguel de Cervantes y Menéndez Pelayo (BOE, 2 de agosto de 1963). Además, se daba por descontado que Menéndez Pidal aceptaría que se creara un premio con su nombre y que lo interpretaría como un honor irrechazable, pero ¿por qué Fraga esperó a tener el nombre del galardonado para escribir a don Ramón?

Quizás una primera explicación haya que buscarla en la impetuosa personalidad del propio ministro, quien se distinguía por gestionar múltiples frentes a la vez a un ritmo frenético y con formas expeditivas. «Ciclón Fraga», lo llamó la periodista Pilar Cernuda (1997). Exige también un comentario el nulo margen que se concede al destinatario: el premio está fallado; Jover Zamora, presumiblemente al corriente; y la resolución, a punto de enviarse al Boletín Oficial del Estado.

La intensidad de la coacción revela la clave de todo este episodio: el gran interés de Fraga en el objetivo nada baladí de asociar para siempre el nombre de Ramón Menéndez Pidal a los de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Esto habría servido, en primer lugar, para ensalzar al régimen y ofrecer una imagen de modernidad. Las bases establecían que «en la concesión de estos premios se atenderá ante todo al nivel literario, artístico y científico de la obra, entroncada con la tradición cultural española que el Movimiento Nacional continúa y enriquece» y, sobra decirlo, solo podían concurrir obras que hubieran superado la censura previa (BOE, 2 de agosto de 1963). Implícitamente, por tanto, aceptar implicaba que Menéndez Pidal asumía todo lo que expresaban las bases de los premios, incluido el mismo mecanismo de la censura. En segundo lugar, un Premio Nacional de Literatura Menéndez Pidal no solo habría convertido en papel mojado la carta a Fraga que don Ramón había suscrito en 1962 sobre las huelgas de Asturias, sino que también se esgrimiría para neutralizar las presiones que recibía el ministro por parte de intelectuales cada vez más beligerantes. Al fin y al cabo, había sido el autor de La España del Cid quien había estado en primera fila de la larga lista de cartas abiertas a Fraga motivadas por la represión de las huelgas mineras. Que su nombre se asociaba a manifiestos dirigidos a ministros lo prueba el hecho de que Juan Goytisolo (1967/2007, p. 58) atribuyera erróneamente en 1967 en su libro Furgón de cola a Menéndez Pidal haber encabezado el famoso escrito de intelectuales y escritores contra la censura. En tercer lugar, el nuevo premio resultaba idóneo para un Gobierno que se preparaba para celebrar en 1964 los XXV Años de Paz, iniciativa del propio político gallego para contrarrestar, precisamente, las corrientes de opinión antifranquistas. Así lo razona José María Bernáldez (1985, p. 61), biógrafo del político:

Había que vender buena imagen, crear un buen eslogan, que convenciera al hombre de a pie de que las cosas iban mejor que nunca, de que con Franco se vivía como no se había vivido nunca en España en cuanto a avance y progreso. Nació la campaña de los veinticinco años de paz. ¿Qué mejor manera de callar a los resentidos y a los descontentos que decir que en España no pasaba nada, que todo lo que ocurría era bueno y próspero? A Franco le entusiasmó el proyecto: Fraga podía contar con todos los medios humanos y económicos que deseara.

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