La idea de un Premio Nacional de Literatura Menéndez Pidal habría surgido antes de diciembre de 1963, y estaría relacionada con los planes del Ministerio para «recuperar» escritores de generaciones más jóvenes para la causa franquista y con los fastos para conmemorar el fin de la Guerra Civil. El hecho de esperar hasta el último momento para informar por escrito a don Ramón parece una estratagema para reducir las posibilidades de que el nonagenario filólogo declinara el «honor». Aunque hubiera habido conversaciones telefónicas o en persona, de la misma carta se deduce que estas debieron de ser sibilinamente ambiguas, quizás con la finalidad de evitar de entrada un no rotundo. Resulta elocuente que Fraga hubiera recurrido para el primer contacto a un intermediario ajeno al Ministerio, Ernesto Antón, el empresario de Espasa Calpe, la editorial donde Menéndez Pidal acababa de publicar su libro sobre Las Casas. En este contexto deberíamos interpretar la lacónica anotación que hizo Fraga (1980, p. 96) en su diario: «Don Ramón Menéndez Pidal acepta primero, y rechaza después, la creación de un Premio Nacional de Literatura que llevará su nombre». Quién sabe, por otro lado, lo que le diría al respecto Ernesto Antón a Fraga o a Robles Piquer, el cual no lo menciona en sus memorias. Y quién sabe si en el ardid no hubieran influido otras intenciones colaterales.

Esta entrada en el diario de Fraga se fecha el 18 de diciembre, el mismo día que su carta a don Ramón. Esto demuestra que, frente a los circunloquios del ministro, Menéndez Pidal, sin pensárselo dos veces, debió de contestar a vuelta de correo y por vía urgente, o quizás incluso adelantando su decisión a través de una llamada (hay un número de teléfono escrito a mano con letra suya en el documento). Mis búsquedas en el Archivo General de la Administración de la respuesta de Menéndez Pidal a Fraga han sido infructuosas, pero conservamos, por fortuna, el borrador (Menéndez Pidal, 1963c):

Mi distinguido y querido amigo:

He recibido su grata y amable carta enterándome de la estructura del Premio Nacional que yo no conocía. Veo que todos los demás que figuran en la denominación de los premios son personas que pertenecen ya a la historia y naturalmente me encuentro muy mal a gusto entre ellos por la excepción desproporcionada y abrumadora.

El Premio de Historia que con gran acierto Ud. crea y por cuya creación todos los españoles, y yo muy especialmente, nos sentimos agradecidos debe llevar el nombre de un gran historiador de los tiempos pasados, no el mío.

He hablado con el buen amigo D. Joaquín Calvo-Sotelo a quien he explicado cómo yo había pedido a D. Ernesto Antón tiempo para enterarme de la constitución del premio, cosa que él no pudo hacer, citándome solamente el nombre de Menéndez Pelayo. Ud. muy noblemente me entera de todo, para mi reflexión.

Estimo mucho el que Ud. se haya acordado de mí en manera tan honrosa; pero veo que no puedo aceptar ese honor.

Muy agradecido de todo corazón, queda siempre suyo afectuoso amigo que cordialmente retribuye su felicitación en estas Pascuas y año nuevo.

La contestación que, a sus 95 años, da Menéndez Pidal al ministro Fraga, cincuenta años más joven, es lapidaria: «No puedo aceptar este honor». Con elegancia y sin rodeos, le explica que hasta ahora nadie le había facilitado los detalles sobre las distintas modalidades de estos premios. En otras palabras, hasta que Fraga se lo notificó, ignoraba que su nombre se hermanaría con los de José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco. Al comprender el alcance de la manipulación y en coherencia con los manifiestos que había suscrito, Menéndez Pidal declinaba el ofrecimiento, marcando así, otra vez, sus distancias con un régimen cuyos rigores había sufrido al regresar a España después de la Guerra Civil (Pérez Villanueva, 1991, pp. 381-389; Pérez Pascual, 1998, pp. 285-312) y sobre el que en la intimidad era mucho más explícito, según sabemos ahora gracias a las investigaciones de próxima aparición de J. A. Cid.

Por lo que respecta a José María Jover Zamora, quien, por cierto, había obtenido por oposición ese mismo otoño una cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid (BOE, 21 de diciembre de 1963), recibió, ciertamente, un Premio Nacional de Literatura de ensayo histórico por su obra Carlos V y los españoles, publicada por Rialp, una editorial dentro de la órbita del Opus Dei, pero el galardón, dotado con 50.000 pesetas, llevó el nombre de Escorial. Aunque no aparecía esta modalidad en la convocatoria, la Orden Ministerial, verdadero alarde de astucia jurídica, la creaba en el mismo acto administrativo que fallaba el premio y daba noticia del jurado que se había formado sobre la marcha: Joaquín Calvo Sotelo, Enrique Moreno Báez, Julio Manegat Jiménez, Antonio Valencia Remón, Manuel Alcántara Ortega, Vicente Cacho Viu, José Luis Castillo Puche, Enrique González-Estéfani y Robles –del Ministerio de Información y Turismo, que ejercía de secretario– y Carlos Robles Piquer –director general de Información, que era el presidente– (BOE, 25 de enero de 1964). Este último, en sus memorias, al referirse a los premios del año 1963, apunta que «el de Ensayo Menéndez Pidal [fue] para Gaspar Gómez de la Serna por su libro Ramón. Obra y vida» (Robles Piquer, 2011, p. 237). El lapsus memoriae revela, tal vez, hasta qué punto en el Ministerio de Información y Turismo estaban convencidos de que Menéndez Pidal aceptaría el honor. Una casualidad del destino cierra este episodio. Como es bien sabido, al cabo del tiempo, el nombre de Jover Zamora quedaría indisolublemente unido al del filólogo: a la muerte de don Ramón, este catedrático asumió la coordinación de la monumental Historia de España Menéndez Pidal de Espasa Calpe.

 

ÚLTIMA CARTA ABIERTA DE MENÉNDEZ PIDAL A FRAGA (LA VANGUARDIA ESPAÑOLA, 15 DE ABRIL DE 1964)

Ramón Menéndez Pidal dirigió una última carta abierta a Fraga, pero el contenido ya no era político. Reflejaba, eso sí, hondas preocupaciones por España de tipo sociológico, pero desde un ángulo lingüístico. Como director de la Real Academia Española y filólogo, lamentaba el mal uso que muchos medios de comunicación hacían de la lengua española y solicitaba «de los poderes públicos la adopción de medidas que conduzcan a mayor pureza del lenguaje en todas aquellas manifestaciones en que la incorrección puede ser más dañina» (Menéndez Pidal, 1964). Gregorio Morán (2014, p. 261), quien subraya la repercusión mediática del escrito, comenta también que detrás de esta carta estuvo Juan Beneyto, director de la Escuela Oficial de Periodismo. No deberíamos descartar, con todo, que el encuentro casual de Fraga y Menéndez Pidal en un vuelo de Roma a Madrid (el primero regresaba de El Cairo; el segundo, de Tierra Santa), unas semanas antes (La Vanguardia Española, 29 de marzo de 1964, p. 6), pudiera haber propiciado una conversación entre ambos que hubiera dado pie, a su vez, a la difusión de una misiva aparentemente distinta a las que el sabio había dirigido con anterioridad al ministro Sin embargo, las diferencias no eran tan grandes, puesto que el asunto, en verdad, ratificaba a don Ramón como paradigma de intelectual comprometido y hombre de acción. Como señaló una vez Edward Said (1996, p. 20): «Knowing how to use language well and knowing when to intervene in language are two essential features of intellectual action».

 

Este artículo se inscribe en el marco del proyecto I+D del FEDER / Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades Epistolarios inéditos en la cultura española desde 1936 (PGC2018-095252-B-I00), dirigido por el profesor José Teruel, y del grupo de investigación UCM Literatura, Heterodoxia y Marginación (ref. 970.747). Agradezco a Elena Hernández Sandoica, Santos Sanz Villanueva, José Teruel, Evelia Vega y J. Antonio Cid la ayuda prestada en la elaboración de este trabajo.

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