En un estado de opinión definido por estos asuntos, que parecía invariable y eterno en su anodina levedad, aunque hay que reconocer que procuraban mucha y sana diversión al respetable público, César López Rosell, que era un hombre lento, irrumpió un buen día de verano de 1987 como un ciclón poniéndolo todo patas arriba, con sus informaciones sobre la gravísima enfermedad de un tenor muy querido por los melómanos locales. Un tenor joven, guapo, talentoso, simpático, protegido por la diva Montserrat Caballé y cantante exitoso en foros internacionales, donde no perdía ocasión, cuando se le presentaba, de cantar, además del repertorio lírico internacional, alguna cancioncilla de nuestro folclore, como «Rosó, Rosó, llum de la meva vida» («denunciamos —decía el «Manifest groc», el manifiesto amarillo de Dalí— la psicología de las chicas que cantan Rosó, Rosó; denunciamos la psicología de los chicos que cantan Rosó, Rosó»), o L’emigrant, canto nostálgico-patriótico, Carreras, al que le habían diagnosticado un cáncer sanguíneo, una leucemia linfoblástica de tipo 3, enfermedad cuyo solo nombre espanta, de la que intentaba salvarse mediante una operación de autotransplante de médula ósea, a vida o muerte, en el hospital Fred Hutchinson Cancer Research Center de Seattle. No sé si apoyado o incluso inducido por el director de El Periódico, que tampoco recuerdo ahora si era Enrique Arias Vega o Antonio Franco, o motu proprio, el instinto periodístico de César López Rosell lo llevó a seguir este asunto con una tenacidad que no se detenía en sacrificios, y así empezaron a llegar a la pantalla de mi ordenador, para que yo las corrigiera, sus crónicas enviadas desde Seattle, adonde viajaba continuamente, de donde iba y venía incesante, sin reparar en gastos ni conceder tregua a su cansancio, con tanta frecuencia que se ganó con facilidad la confianza y la amistad de los parientes y amigos de Carreras, se hizo familiar para médicos y enfermeros del hospital, y así enviaba cada día las últimas noticias sobre el peligroso empeoramiento o la alentadora mejoría del paciente, quien, por cierto, gracias a las crónicas de César López Rosell, se convirtió en una figura mucho más popular y querida de lo que ya era, ascendiendo a la categoría de tótem venerable. Aquellas informaciones palpitantes de vida y esperanza tenían el efecto secundario de hacer palidecer como cosa carpetovetónica y superada los debates sobre grandes pájaros negros, calcetines de rombos y rollos de papel de váter. No se hablaba de otra cosa en Barcelona que de Carreras, de si se posponía o se adelantaba la operación, del tanto por ciento de posibilidades de supervivencia a la misma.

Una noche estaba yo sentado ante el ordenador, editando a toda velocidad la crónica de César, fechada en «Seattle, estado de Washington, Estados Unidos», cuando alcé un momento la cabeza para desentumecer el cuello y lo vi de repente a mi lado, recién llegado del aeropuerto, siempre con un aire preocupado, no sé si producido por el jet lag, por una recaída del tenor (pues, como es natural, habría surgido un afecto personal) o por algún problema en la sección de Espectáculos que al mismo tiempo dirigía, estuviera en América o en Barcelona, y en medio de un círculo de periodistas que, al verlo entrar en la redacción con la bolsa de viaje en la mano, saltaban de sus asientos y corrían a reunirse a su alrededor para beber de sus labios las últimas noticias sobre la salud de Carreras y aquellos detalles y secretos del proceso operatorio que, por demasiado íntimos y personales, no se podían publicar…

Ignoro qué les diría, dado que no podía levantarme de mi silla eléctrica, donde tenía que despachar páginas a toda la velocidad que pudiera, y porque en aquel entonces yo no comprendía aquella lluvia de noticias sobre Carreras enfermo, sobre la inminente operación a tumba abierta que los cirujanos demoraban, que los cirujanos volvían a programar para la semana próxima, aquel fatigoso cruzar el Atlántico de César, y luego atravesar el gran continente americano hasta la orilla del océano Pacífico, para estar dos o tres días en un hospital de Seattle y dos o tres noches en un hotel de Seattle, y, a renglón seguido, volver a Barcelona para agarrar el timón de la sección que dirigía en El Periódico; en fin, aquel goteo incesante de datos sobre el hospital Fred Hutchinson y sus gentes, opiniones de los médicos y los parientes de Carreras, sobre precedentes, expectativas y detalles de la operación, etcétera, que se prolongó, por lo menos así lo recuerda mi memoria, durante largos meses, coronados, finalmente, por el feliz resultado de la intervención ya en el mes de noviembre y con la salvación del tenor tan querido, confirmada por el satisfactorio proceso posoperatorio, así como, de forma inmejorable y muy justa, por las primeras declaraciones de Carreras, concedidas en exclusiva a César López Rosell, en agradecimiento a su interés y sus desvelos y a la consagración crística del tenor, crística, sí, pues había resucitado o poco menos en Seattle en el imaginario de los lectores de prensa catalanes…, no me parecía nada del otro mundo. Nada especialmente interesante. No creía que aquel asunto mereciese tanto esfuerzo y tanto dinero gastado en billetes de avión y habitaciones de hotel. «¡Otra vez Carreras, Carreras hasta en la sopa!», pensaba cuando llegaba a mi pantalla, bajo el código 17.ª, 18.ª o 19.ª; otra crónica desde Seattle, y hasta encuentro que, aun siendo yo algunos años más joven y teniendo mucha menos experiencia profesional, lo trataba con cierta secreta condescendencia, que creo que él percibía, pero al que no podía conceder el tiempo de sentirse ofendido, pues él tampoco disponía de un minuto, apenas podía impartir instrucciones a sus subalternos, resolver sus dudas más urgentes, luego, correr a casa, besar a su mujer e hijos, ducharse, llenar la maleta con otra muda de ropa limpia y, al cabo de pocas horas, volver al aeropuerto, para seguir de cerca el proceso de recuperación posoperatoria de Josep Carreras, servidumbre y grandeza de desvivirse. Autodestrucción y canibalismo para emocionar al vulgo por unos minutos.

Hoy, sin embargo, sí comprendo la grandeza profesional relativa de aquella aventura y supongo que aquellos reportajes de César caían como bombas de un bombardero Tupolev TB-3 o Junkers Ju-290 sobre las redacciones de los demás periódicos de la ciudad, que no habían sabido percibir a tiempo el potencial emotivo de la enfermedad y la lucha de Carreras contra la muerte prematura: cuando quisieron reaccionar, se dieron cuenta de que César les había tomado ya una delantera inalcanzable, que llegaban a Seattle tarde y de mala gana; el entorno del tenor ya tenía un periodista de confianza a quien darle las declaraciones exclusivas, las confidencias que quisieran que se hiciesen públicas, las noticias, y ese periodista no era otro que César López Rosell, de El Periódico.

Ésta es una de las características del periodismo cuando trata un tema de cierto recorrido del que tendrá que ir informando de manera secuencial: que el primero que llega golpea dos veces, el primero que llega gana, salvo que se deje tontamente comer la ventaja adquirida con su acción madrugadora. Cuando la competencia quiere «recuperar» el terreno perdido, a lo mejor aportando al caso más recursos humanos y económicos, el otro, el adelantado, ya ha encontrado materia virgen, nueva, que, por pequeña que sea, basta para mantener a los demás detrás, como la tortuga de Zenón a la liebre. Es normal, dentro de la locura general del mundo, que, en casos como éste, la redacción del periódico celebre los éxitos de un compañero que dan notoriedad y buena reputación al diario, y así es como creo recordar —pero acaso sea un falso recuerdo que mi imaginación fantasiosa, persuadida por mi sentido de la justicia, ha inscrito en mi memoria— que un atardecer, uno de aquellos atardeceres uniformes y en todo exactamente iguales a las mañanas y a las noches a la luz del neón, cuando ya Carreras estaba fuera de peligro, en la convalecencia posoperatoria, entró en la redacción César López Rosell, que llegaba directamente del aeropuerto: todos nos pusimos de pie y, de forma espontánea, le tributamos una salva de aplausos, que él recibió con una cara de sorpresa y cierto malestar, por una parte, por su carácter más bien serio y discreto, me parece que algo soso (ya he dicho que apenas lo conocí), de periodista tenaz y concienzudo, no era de los que les gusta las fiestas sorpresa y, por otra parte, no estaba acostumbrado a que lo felicitasen, pues en las redacciones nadie suele elogiar a otro, salvo los aduladores.

No se ha visto otro triunfo tan trabajado y tan avasallador en periodismo. Quienes lo vivieron lo saben. Que otros se jacten de haber estado en catástrofes y guerras, viendo morir a la gente inocente, y asistido a cumbres internacionales, a lo mejor en Suiza o en Nueva York, donde los jefes de los Gobiernos más poderosos se repartían las riquezas del mundo y acordaban si el barril de petróleo tenía que ser más caro o, por el contrario, abaratarse, decisiones de las que ciertamente depende el bienestar o la miseria de legiones, de millones; yo presumo de haber trabajado, en el ABC, en la mesa contigua a la que ocupaba, como jefe de la sección de Sucesos, Enrique Blasco, quien recibía a media mañana un escueto teletipo de la Agencia EFE que, bajo el título de «Crimen en Cavaleda», o «Crimen en Matarrubias», decía, por ejemplo: «La guardia civil ha detenido a P. G. C. después de que éste asestase un hachazo a su vecino, Braulio Domínguez Ratera, por un conflicto sobre las lindes de sus respectivos cultivos de patatas». Sólo eso, nada más. Frotándose las manos, Enrique Blasco exclamaba: «¡Ya tengo resuelta la apertura de la sección, el tema del día!». Y, en efecto, a partir de aquellas breves líneas y de su conocimiento del agro y de la poesía castellana, especialmente del Romancero, objeto de estudio de la tesis doctoral que renunció a terminar cuando tuvo ocasión de acceder a un puesto fijo en el periódico, en un rapto de inspiración asombroso y tecleando en la máquina de escribir a velocidad de vértigo, redactaba, párrafo tras párrafo, describiendo sin manías el pueblo de Matarrubias, donde jamás había puesto los pies, la modesta iglesuca en la plaza Mayor, las casas honestamente encaladas, los corrales y huertos de las afueras, la extensión de los sembrados ondulantes y ubérrimos hasta perderse en el horizonte bajo el cielo inmenso, las buenas relaciones entre los vecinos, gente noble, de buena pasta, siempre dispuesta a ayudarse los unos a los otros, cuya mayor travesura era, el día de la fiesta Mayor, tirar al alcalde al pilón, o sea, una población encantadora…, en la que tampoco faltaba, a sus horas puntuales, la aspereza de la vida cotidiana, la fría desolación de los inviernos, el tedio infinito de la rutina y la soledad, y, como entre los rebaños de corderos el feroz perro asilvestrado, entre los hombres buenos, los rencores viejos, atávicos, que se heredaban de generación en generación hasta que —como ayer pasó en Matarrubias, quién iba a imaginarlo— se desataba y reventaba todo en un paroxismo de loca violencia. Aquí, Enrique Blasco citaba, si venían al caso —y, si no venían, los hacía venir con un garboso pase natural—, unos versos de Antonio Machado, quizá de «La tierra de Alvargonzález»: