Si la memoria no me engaña, cuando yo trabajaba en La Vanguardia, que siempre ha presumido de ser el periódico por excelencia de la región catalana y la voz de sus clases medias —lo cual es rigurosamente cierto, aunque no sé si debería ser más causa de bochorno que de jactancia, eso ya depende de la opinión que a cada uno le merezcan el periódico, la región y las clases medias—, a algún directivo esta última crónica sobre el entierro del negro le sonó a recochineo, como si Jacinto Antón les pasase por la cara con este colofón sus continuas victorias. En cualquier caso, sentaban muy mal los éxitos de El País a cuenta del negro y los elementos más pundonorosos de la redacción de La Vanguardia se mordían los labios y se devanaban los sesos pensando en cómo devolver el golpe.

Se nos presentó la ocasión, o, mejor dicho, se les presentó, pues yo a todas estas batallas sólo asistí como encantado espectador —eso sí, sentado en primera fila—, cuando los empleados y veterinarios del jardín zoológico de Barcelona detectaron que la orca Ulises, un cetáceo lustroso de más de seis metros de eslora y cuatro mil kilos de peso que durante diez años había sido la alegría de los niños asistentes al espectáculo Aquarama, con sus saltos, zambullidas y alegres piruetas, estaba alicaída. Triste, inapetente. El delfinario donde vivía se le había quedado pequeño, dictaminó un eminente cetólogo, y otros sabios que fueron consultados confirmaron el diagnóstico.

Como atracción del Aquarama Ulises había dejado de ser útil, pues sus vivaces movimientos y locos saltos en el aire habían cesado y, ahora, se mantenía pasivo e inmóvil en un rincón del gran tanque de agua, como un submarino con toda la tripulación muerta. A los especialistas en psicología animal no les cabía duda de que la falta de una compañera de juegos —Ulises, en el zoo de Barcelona, sólo alternaba con delfines— contribuía a su melancólica condición. La Vanguardia detectó desde el primer momento el potencial narrativo y emotivo de la depresión de la orca Ulises y le consagró páginas enteras, con llamadas en portada. «La orca está deprimida». «La orca sigue deprimida». «La orca, más deprimida aún». Tal como había pasado antes con el negro de Bañolas, y mucho antes con Josep Carreras, cuando los otros medios quisieron darse cuenta del interés con el que los lectores seguían los partes médicos sobre la salud de la orca que publicaba La Vanguardia, ya llevaban un retraso irrecuperable, y en La Vanguardia, convencidos de haber agarrado esta vez una buena presa, poco menos que a Moby Dick vivita y coleando, aunque pachucha tirando a mal, publicaban fotografías comparativas del antes y después de que se declarase la enfermedad, dibujos imponentes que representaban con todo lujo de detalles infográficos la situación física de Ulises, escáneres de su cerebro de orca deprimida, mapas de las rutas oceánicas por las que navegaban las orcas, rutas a las que Ulises, si el zoo decidiera devolverle la libertad, no podría incorporarse, pues, como todos los bichos criados en cautividad, las orcas de acuario no conciben ya otra vida y no pueden sobrevivir lejos de sus acuarios.

Durante largas semanas la tristeza de la orca fue el tema principal del diario, salvo que estallase alguna guerra en algún sitio o muriese mucha gente en un terremoto. Todos los barceloneses nos convertimos en peritos en orcas. Mientras tanto, Ulises languidecía. Su lustroso lomo, como tinta china negra, apenas se balanceaba en el delfinario. Ya ni siquiera le apetecía comer los ricos bancos de sardinas que habían sido su delicia. El zoo y el ayuntamiento celebraron cónclaves y brainstorming en busca de una solución y la hallaron en el parque acuático Sea World de San Diego, que disponía de una piscina para orcas mucho más espaciosa que la del zoo de Barcelona, donde, además, podría disfrutar de la compañía y la cálida amistad de dos orcas hembra muy simpáticas. El Sea World de San Diego estaba encantado de adoptar a Ulises. También fue La Vanguardia, si no recuerdo mal, quien dio la exclusiva de esta estupenda noticia, que fue un gran alivio para los niños de Barcelona, que estaban preocupadísimos por Ulises. Y por fin llegó el día en que la portada de La Vanguardia estuvo ocupada por una gran fotografía a todo color en la que se veía la colosal mole blanca y negra de Ulises sujeta por una sólida tela y suspendida de una grúa que la transportaría a un camión, que, a toda velocidad, la llevaría al aeropuerto de El Prat del Llobregat, en el que sería embarcada en un Airbus especialmente acondicionado para el transporte de orcas, que alzaría de inmediato el vuelo rumbo a San Diego, adonde llegó al día siguiente, tras un viaje sin incidentes, a excepción de algunas turbulencias en mitad del Atlántico norte…

Fue la apoteosis de la orca Ulises. Meses después, todavía dio pie a algunos reportajes de seguimiento, gracias a los que supimos que se había adaptado estupendamente a su nuevo destino, que se entendía muy bien con sus nuevas amigas, que había recobrado el apetito y la alegría. Ya volvía a dar saltos y piruetas. Como escribió alguien con mucho sentimiento, «Ulises no volverá a Barcelona, pero siempre nos quedará su recuerdo».

Desde luego. El encuentro casual de esta tarde con César López Rosell ha sido el agente provocador que lo ha hecho emerger del océano del olvido, lleno de pecios y de ahogados, junto a la lucha de Carreras por salvar la vida y la del negro por un entierro digno. Grandes historias, episodios circenses, titánicos combates de periodismo épico cuya insignificancia, de la que sólo los apresurados se reirían, es comparable a la del Antropoceno en este planeta, y a cuya escritura asistí desde muy cerca, desde tan cerca —en las redacciones de El Periódico, ABC, La Vanguardia y El País: más cerca, realmente, no se podía estar— que es casi como si las hubiese escrito yo, y ahora, después del encuentro de esta tarde en la esquina de Casanova y Mallorca con César, al que con los ojos de la mente veo coronado de laurel, como si volviese a escribirlas, por el placer de dejar que las horas de la noche pasen escribiendo, por ganas puras de hablar.

 
 
 

Escribí este texto el año pasado tras encontrarme con César López Rosell en la calle. La noticia de su fallecimiento el 26 de julio de 2018 lo tinta de un tono inesperado. Lo doy a la imprenta como modesto homenaje.

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