
Cuando murió Carmen Martín Gaite, yo chapoteaba como becario estival en un periódico. Era el 23 de julio de 2000, cuando los veranos aún eran aburridos y los teletipos apenas escupían noticias, por lo que la muerte de una autora famosa era un acontecimiento que sacudía todos los sopores. Yo no estaba asignado a la sección de cultura, pero se debía de haber corrido la voz de que me gustaba la literatura y era un embrión de escritorcillo, así que le caí simpático a un periodista cultural veterano con el que pegaba la hebra. Como parecía haber conocido a todos los escritores españoles y no pocos extranjeros, supuse que también trató a Martín Gaite, pero cuando le dije, por charlar un rato, que me apenaba la muerte de una autora tan importante, me miró con sorna y se preguntó de qué guindo literario me había caído. Para mi sorpresa, él no creía que España acababa de perder a una de sus escritoras principales, sino a un fenómeno sobrevalorado, una novelista sentimental, banal y aburrida, propia de señoritas de provincia mojigatas como ella misma. Pánfilo como era yo entonces -y sigo siendo, confío no haber perdido del todo la ingenuidad-, no sospechaba que aquel periodista que había visto desfilar la literatura de medio siglo XX expresaba la opinión dominante en la cultura oficial española de ese momento.
La popularidad de Carmiña, que reinaba en la Feria del Libro y acaparaba páginas de periódico con sus boinas y su desaliño coqueto, que escribía guiones para Televisión Española y que era tan querida por una masa de lectoras eminentemente femenina, parecía un pecado demasiado grave para los sacerdotes de la literatura, que aún seguían expresando que preferían a Ferlosio, como si nunca se hubiera divorciado del autor de El Jarama y siguiera siendo Madame Ferlosio, como la llamaban en los años cincuenta. Es una ley tan implícita como implacable: el cariño del público supone cierto desprecio de las élites. Y viceversa.
Yo había leído Entre visillos porque estaba en casa de mis padres, en una edición del Círculo de Lectores, y ese descubrimiento adolescente parecía dar la razón a mi muy culto maestro periodístico: sus novelas eran esa literatura que leen las mamás mientras los papás ven el fútbol. Pero como había leído también los dos ensayos de los Usos amorosos y otro libro titulado Ritmo lento, que me había encantado, me molestó un poco la displicencia con la que -me fijé- se glosaba el legado de Martín Gaite en las necrológicas. No es que fuera su devoto apasionado, pero siempre me he puesto en guardia ante el desprecio intelectual. Cuando detecto soberbia, mi simpatía se vuelve de inmediato hacia quien la sufre. Era un chico de barrio que aspiraba a un oficio de letras: estaba más que acostumbrado al elitismo. Esto no me calificaba como mejor intérprete de la literatura de nadie, pero sí me habilitaba como un buen abogado de su causa. En el mundo cultural, un joven de extrarradio sin pedigrí y una mujer se enfrentaban a las mismas sonrisas torcidas y a la misma condescendencia.
No sabía entonces que la vida entera de Carmen Martín Gaite estuvo acompañada siempre de ese bajo continuo, más zumbón unas veces, más tolerable otras, ensordecedor en algún momento, pero siempre al compás, cabalgando todas las melodías. No le impidió convertirse en una escritora original ni en una intelectual relevante. Ninguna palmadita de suficiencia le privó de ganar premios, impartir conferencias en los mejores salones o tutear a los eruditos más estirados. Tampoco es cuestión de retratarla como un ser frágil y apocado en un mundo de machos aficionados al whiskey escocés y a la ironía sardónica. Se defendió sola y bien, y gracias a ello disfrutamos hoy de una obra prodigiosa en más de un sentido. Pero creo que, a su muerte, la cultura española aún le debía algunas cuentas que, con los años, le ha ido abonando. De la peor manera posible, que es la póstuma. Podría decirse que su venganza se expresa en el hecho de que hoy es la autora más vigente, leída y celebrada de su generación. Ni Benet, ni Aldecoa, ni los Goytisolo, ni Medardo Fraile, ni Hortelano, ni Ana María Matute, ni el propio Sánchez Ferlosio son reeditados con la alegría y frecuencia con que regresan los libros de Martín Gaite, siempre disponibles, siempre listos en versiones recientes para ser descubiertos por nuevos lectores, que no los tienen que rescatar del fondo mohoso de una biblioteca oscura.
De toda esa generación llamada del 50, Carmiña no sólo se ha erigido en albacea y cronista generosa, sino en la única figura capaz de alcanzar la posteridad y adquirir la condición de clásica. Y, sin embargo, siempre fue la chica del grupo, en el sentido más machista del término. Mucho más que Matute, cuyas aficiones fumadoras y etílicas, unidas a su procacidad expansiva y carcajeante, la integraban con naturalidad en las farras de los hombres. Martín Gaite, con su tendencia a habitar la soledad doméstica, su timidez y su incapacidad para la sentencia categórica, pues buscaba la confesión susurrante, nunca lo tuvo fácil en esa pandilla de egos presumidos. No era dogmática, prefería el matiz argumentado al aforismo, creía en fantasmas y no tenía ninguna gana de liderar una dictadura, ni siquiera del proletariado. Le bastaba con deshacer las pelusas y sacudir el polvo denso que el franquismo dejó en el ánimo de los españoles. Y para eso no necesitaba eslóganes.
No es mi labor trazar un perfil biográfico o literario de Carmen Martín Gaite. En este breve ensayo sólo quiero apuntar un par de rasgos que convierten a la escritora de Salamanca en un clásico que interpela a todas las generaciones y que habría merecido por ello el Cervantes que no le dieron. Propongo dos líneas apologéticas, una narrativa y otra ensayística, aunque ambas se cruzan y confluyen en un mismo atributo. Usando la terminología gaiteiana, lo llamaré el valor de lo gris.
Quienes acentúan el interés intelectual de Martín Gaite tienden a desdeñar sus novelas, sobre todo las últimas. Sin llegar a tratarlas de boberías sentimentales, sostienen que no están a la altura de sus ensayos. Esta es una maldición que sufren casi todos los que se han desempeñado como ensayistas y narradores, juzgados por críticos que tienden a deslumbrarse por el pensamiento y a aburrirse con la ficción. Nada es estanco en la vida, y los escritores no suelen disociar su obra por la conveniencia taxonómica de los géneros. Lo que vale para el ensayo suele valer para la novela, pues estas convenciones canónicas no son más que modulaciones para expresar un mismo temblor.
La clave de bóveda de Martín Gaite se revela en un ensayo breve titulado «El miedo a lo gris», compilado en el volumen Agua pasada. Se trata de una vindicación rigurosa del frágil siglo XVIII, que hasta hace poco era para la historiografía un siglo sin relieve, sin épica, sin sustancia, sin conflicto y sin mitos. Un siglo afeminado (de nuevo, en acepción machista), casi diríase que castrado, hecho de conversaciones, porcelanas, bailes palaciegos y literatura divagatoria de segundo nivel. Aún hoy es un siglo poco apreciado en los libros de texto y en el imaginario popular.
Martín Gaite dedicó varios años de su vida y algunas de sus mejores páginas a este siglo. Usos amorosos del Dieciocho en España, versión extendida y legible de su tesis doctoral, y El proceso de Macanaz: historia de un empapelamiento son dos contribuciones enormes contra el lugar común del Setecientos galante y banal que animaron a otros eruditos a derribar más tópicos y redescubrir esa época como un momento decisivo y vibrante de la historia de España.
Acusaba Carmiña al franquismo y a Menéndez Pelayo de ese desprecio por las luces y la ilustración, y descubrió que lo que molestaba de ellas era precisamente ese gusto por la digresión, por el matiz, por la conversación, por la reforma y por la comprensión del país tal cual era y no tal cual se imaginaba. Se identificaba la ensayista con la suerte de ese siglo contrario tanto a la épica como a la lírica: «Pensativos, atentos y pacientes -escribe de los intelectuales de aquel tiempo-, parecían entregarse a una serie de menesteres y reformas que a mí se me antojaban vagamente domésticos, como si se afanaran, sin hacer mucho ruido, por poner orden en una casa donde hay enfermos o amenaza de ruina». Se me aparece claro entre las palabras el retrato de Jovellanos que pintó Goya en 1798: abatido, pensativo, ensimismado, en un gabinete sin ostentación de poder, como el escritor agotado tras una jornada de encierro y escritura.
El miedo a lo gris es el miedo del dogmático por la digresión que se remansa en paradojas y silogismos, diluyendo premisas y verdades en un flujo lento. Es Martín Gaite una autora del Dieciocho, y como tal fue incomprendida tanto por los que se emocionan con los tambores y escriben con vigor y fe en la teleología como por los hundidos hasta el cuello en el fango del cinismo. Ni la demasiada fe ni el descreimiento: lo gris es una cualidad humana y literaria que se aviene mal con el prestigio, pero caracteriza la vida con mucha más hondura que cualquier ideología o desdén. Gaite no es una escritora finalista. No nos lleva a ningún sitio, tan sólo habita el mundo desde la soledad (por usar sus palabras).
Esto se ve bien en sus novelas de chicas raras y provincianas, que se acomodan en la convención y a la vez se rebelan íntimamente contra ella. Con rebeliones secretas, de gestos y susurros. Rebeliones que sólo detectan los lectores y pasan inadvertidas a casi todos los que andan ocupados construyendo o destruyendo el mundo.
Podría confundirse esto con apocamiento, incluso con cobardía, y quizá en ese malentendido esté la fuente de muchos reproches silenciosos y desprecios de ese bajo continuo, pero la paradoja de la que Carmiña era dolorosamente consciente es que esa grisura sólo puede mantenerse con una fuerza de voluntad poderosísima. La inercia te empuja a la fe o a la apostasía: sólo con mucho esfuerzo se mantiene una en equilibrio entre ambas, y fue en los intelectuales del Setecientos español, tan vilipendiados y caricaturizados, donde ella encontró la inspiración para mantenerse en sus trece.
Una actitud así era incómoda y difícil de sintetizar para todas las culturas oficiales: la franquista contra la que nació, la antifranquista en la que se encuadró y la de la España democrática en la que se instaló. Todas tenían objeciones invisibles que plantearle. Todas tenían miedo a lo gris. Pero encontró un espejo en la cultura popular, donde fue celebrada sin matices por lectoras (y algún que otro lector) que se sentían retratadas en ese flujo de la existencia sin objetivos ni lemas.
Fue su carrera literaria un tono gris que no debe confundirse nunca con lo mediocre, sino con una recepción intelectual que los ingleses llamarían middle brow. Madame Ferlosio no alcanzó nunca la independencia de su exmarido, cuyo prestigio era el metro de platino iridiado con el que se medían los logros de ella, pero tampoco era Corín Tellado. La más elitista de las escritoras populares y la más popular de las escritoras serias, nunca era la primera de la lista en las quinielas de los premios gordos. Además, ya le habían dado el Cervantes a Sánchez Ferlosio. No se iba a repetir lo que pasó con el Nadal, cuando lo ganó con Entre visillos dos años después de El Jarama.
Esto es lo de menos, claro. Ningún premio sumará o restará valor alguno a la obra de una escritora que dice cosas eternas porque se fijó, como Natalia Ginzburg, en lo coyuntural y lo doméstico. Mientras los bustos de los prohombres se pudren de caca de paloma en las plazas, los libros de Carmen Martín Gaite siguen habitando la soledad de sus lectores, con una sabiduría que late despacio, como la de un corazón bien temperado.