Daniela Rea dice: «Seguimos en una especie de estado de shock. Me cuesta entender cómo podemos posicionarnos ante esa mentira o contradicción que es la protección del Estado, porque no nos protege y hay evidencia de ello. A mí me faltan herramientas políticas para salir de este atolladero, ¿cómo le das vuelta a esa mentira? Antes, por ejemplo, mi trabajo estaba enfocado en construir el fortalecimiento de las instituciones dentro del marco de los derechos humanos, pero hay una parte de mí que ya no cree en eso, ¿cómo asumes que quien debe de protegerte es quien te violenta?». 

Por su parte, Lilian Chapa Coloffon afirma: «Nuestros problemas de seguridad no son los mismos en todo el país y las percepciones de la población también varían mucho. Por ejemplo, en diciembre de 2020, en Mérida, Yucatán, solo 2 de cada 10 personas consideraban que vivir en su ciudad es inseguro. En La Paz, BCS y en Saltillo, le pasa a 3 de cada 10. Pero en Ecatepec, Estado de México, esta cifra se eleva a 9 de cada 10. Son datos de la encuesta trimestral del INEGI de seguridad pública urbana (ENSU). (…) Abogo por que repensemos cómo se hace la policía en nuestro país, cómo se recluta, cómo se les forma, en qué se les forma y qué objetivos se les encomienda cumplir». 

De lo dicho por la especialista, retomo la encuesta del INEGI y busco Azcapotzalco, lugar donde hace treinta años Liliana fue asesinada. En 2020, el 73% de la población consideraba que vivir en su ciudad era inseguro. ¿Era seguro cuando Liliana vivía ahí y estudiaba la universidad? ¿De qué hablamos cuando hablamos de confiar en la seguridad que nos proporciona el Estado? ¿Cuánta de esa responsabilidad cabe en la ciudadanía? ¿De qué violencia estamos hablando? 

Chapa Coloffon responde: «Cuando hablamos de violencia en México el referente con más popularidad es el narcotráfico pero esa visión deja fuera la conflictividad entre vecinos, o la violencia que ocurre al interior de los hogares. He hablado con jefes de policía de ciudades con altos índices de homicidio y de ciudades con los niveles más bajos. Sin embargo, en ambos tipos de ciudad, ellos identifican a la violencia en el hogar y contra la mujer como la causa número uno de las llamadas de emergencia que atienden diario. Aun así, no es prioridad pensar en estrategias para este tipo de problema».

«Los sobrevivientes suelen culparse a sí mismos, a su negligencia o a su ceguera, con una dureza inaudita. No protegieron lo que más querían; no notaron lo que debió haber sido claro ante sus ojos; no detuvieron al depredador. (…) Las familias se fugan hacia adentro, escondiéndose hasta de sí mismas. ¿Con qué derecho pueden exigir justicia al Estado cuando no fueron capaces, ellos mismos, de guarecer a los suyos, a la suya, del peligro?» (Págs. 276-277).

De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) durante el confinamiento de 2020, la violencia doméstica incrementó y para finales del invierno, la Fiscalía General de Justicia mexicana reportó un aumento del 7,2% de hombres detenidos por violencia intrafamiliar. 

Primavera

En un texto escrito por Wendy Trevino, Juliana Spahr, Tim Kreiner, Joshua Clover, Chris Chen y Jasper Bernes, en respuesta a la publicación del artículo escrito por la también poeta Amy King, titulado What is Literary Activism? (¿Qué es el activismo literario?) y publicado en la página web de la Poetry Foundation, fundada en Chicago en 1912, los poetas cuestionan la necesidad de separar a la literatura de la vida misma. Como si fuese una especie de esfera autónoma. Y profundizan en la idea de que la literatura no puede actuar de forma correcta. Además, hacen énfasis en que no hay vida justa dentro de lo literario, y que de existir un activismo, sería para abolir la prisión en la que viven la mayoría de las personas que sufren opresión y no para cuidar las salas de lectura. 

Dichos poetas aluden a los diversos esfuerzos por estetizar y desactivar movimientos sociales y dan un ejemplo poderosísimo: «los políticos y la policía ayudan a organizar manifestaciones y protestas de poesía para evitar que estallen protestas disruptivas, disturbios y rebeliones en las calles» siempre en pos de reconocer la cultura y propiciar un diálogo que no termina nunca y que sustituye cualquier intento de reforma o cambio social dentro de las políticas estatales. 

Estos poetas estadounidenses escriben de forma colectiva que cualquier «activismo literario» necesita de las luchas sociales y que las reivindicaciones en torno a representación de género o racismo en la esfera literaria ganaron fuerza por rebeliones como la de Baltimore y Ferguson. Y finalizan diciendo: «sugerimos que estas luchas sociales incluyen en sí mismas el activismo literario, ya que son la base de cualquier cambio real en la literatura: luchas políticas que buscan trascender las demandas de representación y las reasignaciones de recursos, cada vez menores, y que avanzan hacía la abolición de la prisión y el fin de la falsa separación de la esfera literaria».

Los poetas cuestionan la necesidad de separar a la literatura de la vida misma. Como si fuese una especie de esfera autónoma. Y profundizan en la idea de que la literatura no puede actuar de forma correcta

Esto es lo que los ojos de Cristina Rivera Garza han podido ver por y desde la literatura. Y se ha propuesto ser el punto de partida para que colegas y lectoras se sientan parte de un colectivo que usa la voz para exigir que los feminicidios dejen de verse como algo privado y sean tan públicos como sea posible: Aquí, allá, en México, España, Estados Unidos, Azcapotzalco, Toluca, etc. Les habla a sus iguales, confía en ellas, ellas confían en Cristina para que desde la literatura se pueda abolir la prisión en el que muchas mujeres se encuentran y así, poner fin a la falsa separación de la esfera literaria con la vida de las mujeres. Las conversaciones ya estaban y ella las retoma y les da forma a través de su propia experiencia. 

Verano 

El verano, por supuesto, se está escribiendo y será invencible.

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