Me interesa el tono de cualquier texto. Padezco infinitamente para encontrar el mío o el que convenga a la circunstancia de lo que escribo. Tal vez por eso sentía una punzada cada vez que Rodrigo escribía «Martínez» para referirse a su padre. ¿Cómo lo hubiera hecho yo si fuera mi padre el biografiado? Pronto entendí que era imposible que el autor escribiera «mi padre» cada vez que se refería a él. Se imponía una distancia crítica y el «Martínez» escueto la proveía. Sin embargo, de vez en vez aparece «mi padre», como una forma de traer a los lectores a una intimidad más propicia, más humana. Armado con el Diario de Reyes, muchas otras cartas y documentos hasta ahora desconocidos para nosotros, Martínez Baracs va transitando por la vida de su padre y la de Reyes en las distintas instancias de su relación, pero también juzgando o conjeturando sobre algunos pasajes de la vida del escritor en relación con los otros y con su familia misma. Si lo vemos en medio de las dificultades que le acarreaba su vida burocrática y su trabajo con el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, podemos imaginarlo, asimismo, en un momento gozoso. Martínez Baracs nos revela así esa otra parte de la cultura mexicana que está llena de humor, pues no otra cosa es la invitación que Reyes recibió de Octavio G. Barreda para asistir, el 30 de septiembre de 1944, a la boda de José Luis Martínez con su primera esposa, la bailarina Amalia Hernández —prima, por cierto, de Elena Garro—.
José Luis Martínez se casa. El acontecimiento es único, comparable sólo a aquel sonado e increíble matrimonio de Lord Byron, al que asistieron los cuatrocientos veintitrés poetas de Inglaterra. No podemos, pues, menos de reunirnos y festejar los desposorios de nuestro indiano Brummel. El sábado 30 de septiembre, a las tres de la tarde, en el Majestic, ahí estaremos, y usted seguramente con nosotros. Entre los quince concurrentes, se cuentan Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet y Jorge Luis Borges, invitado especialmente.
Adhesiones, ya en cartera, de Huxley (Aldous), T. S. Eliot y Virginia Ocampo.
México D. F., 26 de septiembre de 1944.
LETRAS DE MÉXICO EL HIJO PRÓDIGO
(Corbata obligatoria. No se permitirá la entrada a las enamoradas de J. L. M.).
R. S. V. P.
Así, transitan por el estudio y la correspondencia nombres esenciales de nuestra cultura. Nos enteramos también de la ayuda que Martínez ofreció a varios de nuestros escritores fundamentales en las distintas oficinas en las que trabajó.
El final del estudio nos depara los «afanes alfonsinos» de Martínez posteriores a la muerte de su maestro. También una sorpresa y un agobio para quienes padecen el vicio de leer cartas ajenas. Alfonso Reyes entregó a Martínez una serie de «papeles íntimos» («cartas curiosas», las llama Reyes) que conforman el archivo denominado por Reyes «el Cerro de la Silla» y que, espero, pronto podamos conocer para, poco a poco, armar el rompecabezas de la historia de la literatura mexicana.
COMPLETAR LA HISTORIA (EUFORIA DEL ADICTO)
El 27 de diciembre de 1956, desde Estados Unidos, donde se encontraba en una reunión de la delegación mexicana ante Naciones Unidas, Octavio Paz le escribía a Fuentes sobre sus conversaciones con distintas personas para que se continuara el proyecto de Poesía en Voz Alta. Desesperado porque en México nadie respondía (Juan Soriano y Jaime García Terrés), le dice a su joven amigo: «Como no he tenido respuesta, temo que esas cartas —depositadas el mismo día que la tuya— hayan sido enviadas a Nasser, a Nehru o a Kadar, por una suerte de deformación profesional del empleado de la ventanilla». Ahora sabemos que ese mismo día le mandó otra misiva, una más, a Jaime García Terrés: «Te escribí —y a Carlos y a Juan—. No recibí respuesta. Supongo que las cartas se han perdido —prefiero creer eso a pensar que ustedes son capaces de no contestarme—. En mi carta te decía que había hablado con Efrén del Pozo y que me parecía que Poesía en Voz Alta tenía la vida asegurada».
Leo esta última misiva en El tráfago del mundo. Cartas de Octavio Paz a Jaime García Terrés. 1952-1986 (Fondo de Cultura Económica, 2017). Rafael Vargas —encargado de la edición, el prólogo y las notas— hace una acotación en sus agradecimientos: sería necesario conocer las cartas de García Terrés (no incluidas en la edición, y perdidas durante el incendio del departamento de Paz), y pronuncia una esperanza que muchos compartimos, que algún día podamos conocer el archivo completo del poeta y se recuperen algunas de las cartas de García Terrés «que ayuden a completar la historia».
Nada más cierto, aunque la publicación de esta correspondencia es esencial para entender, por ejemplo, los trabajos de Paz para continuar con Poesía en Voz Alta, o la historia de «Corriente alterna», la columna que el poeta publicó en las páginas de la Revista de la Universidad —dirigida por García Terrés— a partir de 1960 y hasta 1966, si bien la periodicidad de esos artículos, que finalmente pasarían a formar parte del libro homónimo, no fue todo lo constante que Paz hubiera deseado.
En su prólogo, Vargas anota que el proyecto de Poesía en Voz Alta surgió de una iniciativa de García Terrés y que tanto Paz como Juan José Arreola la hicieron suya: «Paz despliega un entusiasmo avasallante y, más allá de su puesto nominal (a partir de marzo de 1956 funge como asesor literario), tácitamente se convierte en el director de la agrupación». Como vimos por la carta a Fuentes (citada con anterioridad y preservada en los Carlos Fuentes Papers, en Princeton), en efecto, Paz, como en todos los proyectos en los que se involucraba (fuera el director o no), lo hace suyo de inmediato e invita a sus amigos. El propio Fuentes redactará el anuncio de la puesta en escena de La hija de Rapaccini.
Además de las cartas, el volumen incluye varios artículos tanto de Paz como de García Terrés, que dan muestra de la historia de una amistad que giró siempre alrededor de la literatura, aunque no estuvo alejada de la política, pero conjeturo que ese tema fue tratado con alguna distancia a partir de que García Terrés se convirtió también en embajador. Antes de que eso ocurriera, Paz escribe a su amigo desde París en agosto de 1959: «Supongo, Jaime el Libertador, que los furores cívicos y las entrevistas y expediciones y reuniones no te impedirán, de vez en cuando, pensar en la poesía y, sobre todo, en escribirla». En la nota relativa, Vargas apunta que se trata de una alusión socarrona de Paz, que alude a la publicación de un número de El Espectador, revista política en cuyo comité se encontraban el propio García Terrés, Luis Villoro y Carlos Fuentes, entre otros, y cuyos temas fueron los procesos revolucionarios en Hispanoamérica, «la huelga de maestros del 58 y la libertad de expresión». En esa misma nota apunta que «en marzo de 1959 García Terrés había dedicado íntegramente un número de la Revista de la Universidad a la Revolución cubana, cosa que le costó censuras y ataques de toda laya».
El roedor implacable que habita en mi corazón corre a sus notas y encuentra que, en agosto de 1959, El Espectador denunció un atentado: unos individuos, haciéndose llamar «agentes federales de imprenta», habían ingresado a los talleres del editor, Marcué Pardiñas, y se llevaron los ejemplares del número 3. Los miembros de El Espectador solicitaron respeto a la libertad de expresión, pues «La democracia no reside en las formas clandestinas de lucha, ni tampoco en las maniobras de intimidación, sino en el diálogo abierto, público, honesto, leal». Denunciaron, asimismo, que había comenzado a circular una publicación parecida, «haciéndola aparecer, ante libreros y compradores, como una nueva publicación nuestra». Los días de la revista estaban contados, pero el asunto trascendió las fronteras…
Ese mismo mes de agosto, en el número 24 de Lunes de Revolución (dirigido por Guillermo Cabrera Infante), apareció un recuadro en la sección de cartas donde se relató el asunto y se informó que no era «el primer intento de la reacción mexicana […] de suprimir al grupo que lideran Carlos Fuentes y Jaime García Terrés». Para Lunes, el ataque tenía que ver con las «ideas democráticas y progresistas» de la publicación y, sobre todo, por su evidente simpatía con el proceso cubano. Entonces daba inicio una amistad, la de Cabrera Infante con Fuentes, que, años más tarde, se rompería.
Obligada por este Tráfago…, regreso a mi interminable libro sobre Paz y Fuentes y comienzo a llenar los huecos, ahora con las cartas a García Terrés. Al respecto, pienso que hubiera sido oportuno que para la edición de este libro se revisara el archivo del propio Fondo de Cultura Económica, ya que tengo noticia de dos cartas más, conservadas en ese acervo y citadas por Adolfo Castañón en Tránsito de Octavio Paz (El Colegio de México, 2014). Una, del 20 de abril de 1975, donde el poeta le envía a García Terrés el poema «Tiempo adentro» (el primer nombre que Paz le dio a Pasado en claro), y la segunda, del 3 de noviembre de 1986, en la que Paz se queja de la falta de consideración de la editorial con él, pues juzga que se lo ha tratado como «un intruso». Resulta una carta interesante porque, nos cuenta Adolfo, Paz había amagado con retirar sus obras del Fondo y García Terrés le pidió a Castañón que lo visitara. Después de la visita, Paz escribió a García Terrés que le había impresionado la buena voluntad de Castañón, «su sinceridad y su amistosa insistencia». Lo había hecho reflexionar y propuso algunas soluciones. A resultas de esa misiva, y como una de las peticiones de Paz, el Fondo designó a una persona para ser su interlocutor con la editorial. Castañón se ocupó de esa tarea. Lo cierto es que el poeta se muestra bastante indignado: «En cuanto a la edición mexicana: no se hará promoción o publicidad. La razón es doble: primero, para respetar la tradición del Fondo en sus tratos conmigo; segundo, porque no creo que ustedes puedan incluir en los cortesanos, secretarios y “ninguneadores” que en los diarios y revistas de México silencian —cuando no injurian— a los escritores independientes».