Me dispongo a buscar entre mis notas quiénes eran, en ese momento, los cortesanos y ninguneadores, cuando el dios que protege a los ansiosos llamó a mi puerta en forma de correo electrónico. Había esperado, esperado y esperado… veinticuatro horas solamente, o menos. En el correo, la Fundación Banco Santander se disculpaba por el retraso (de sólo unas cuantas horas, porque yo había escrito un domingo por la noche y hallé la respuesta muy temprano el lunes) y me enviaba el libro de Fuentes. Algunos podrán imaginar mi euforia. Lo leí de una sentada, temblorosa por haber incurrido en alguna mentira o error en «Los rebeldes». No fue así (o al menos eso creo, siempre temerosa), pero encontré joyas increíbles y, mientras sigo tratando de completar la historia —ahora sobre un supuesto plagio de Fuentes a Cabrera Infante (denunciado por el cubano) y que las cartas que esta importante edición abordan sólo como referencia, si bien arrojan luz sobre mis indagaciones—, recuerdo una frase de Alejandro Rossi, anotada en su diario el 2 de agosto de 1944: «Vivo muy solo y así no se escribe un diario interesante. La gente quiere chismes, descripciones maliciosas de personas conocidas. Al decir esto presupongo que este diario será algún día público. Me avergüenza la idea. Me temo que la escritura, cualquiera que sea su género, busca a los lectores, al público».
Me avergüenzo yo también y me detengo. Nada me gustaría más que encontrar el tono de Rossi. En los fragmentos de su diario (publicados en Letras Libres en agosto de 2015) leo, con indecible turbación: «¡Cuántas veces la crítica literaria —aun la mejor— olvida la escritura y sólo busca al autor! La biografía, la reconstrucción de una grande o pequeña visión de mundo personal, como si se tratara de encontrar el sitio exacto desde el cual se hizo la fotografía. ¿Será que en el fondo no se cree en el mundo narrado? El autor sería el único personaje interesante. La convicción de que la literatura es confesión». En ese momento, pienso en mis tontos afanes y en mi viejo deseo de aprehender, hacer mía, alguna forma de la escritura.
FRACASO DEL COPISTA
El diccionario de la Real Academia Española ofrece dos acepciones para la palabra «Ósmosis»: «1. f. Fís. Paso de disolvente, pero no de soluto, entre dos disoluciones de distinta concentración separadas por una membrana semipermeable. 2. f. interpenetración». Yo he llegado a la conclusión de que la única manera que tengo para entender un procedimiento, un tono e incluso una idea es a través de una ósmosis efectuada gracias a la transcripción. En mi lejana juventud, y ante mi incapacidad para escribir dos versos más o menos dignos, David Medina Portillo me dio «de mi dicha la clave». Era sencillo: transcribir los poemas que más me gustaran, a ver si, «por ósmosis», algo entendía. El siguiente paso lo descubrí sola. Para evitar convertirme en una «copia de», debía, entonces, transcribir los poemas que más detestara. Algo tendría que ocurrir en mi cerebro, algo que no sé describir con palabras, pero que, en efecto, pasó, no sé si para bien o para mal. Transcribí libros enteros de poemas, mas no podía hacer eso con las novelas, y siempre quise ser novelista.
Tuve la fortuna de que me ofrecieran una labor difícil. Un trabajo que prácticamente lindaba con la paleografía. Se trataba de transcribir (y descifrar) un manuscrito de Alejandro Rossi. Un cuento inédito llamado «Mi tío escribe una novela», que apareció, finalmente, en Letras Libres (diciembre de 2012). Creo que, junto con las cartas de Octavio Paz que he transcrito, ése fue uno de mis trabajos de Heracles. La caligrafía de Rossi es impenetrable. Además de tachaduras y repeticiones del texto con algunos cambios que me desesperaban, el manuscrito contenía anotaciones a los márgenes que no sabía si considerar o no en la transcripción final. Hice todo lo que estaba a mi alcance. Utilicé el monitor más grande que tenía y aumenté las imágenes a más del 300 %. Incluso así, los rasgos intrincados de las letras se alzaban como una muralla de hiedra. Entonces, por obra del azar, entendí la importancia de la perspectiva. Desesperada ante el imposible escrito, me había levantado por un vaso de agua. Al regresar, y aún lejos del monitor, volví los ojos a la pantalla: ¡ahí estaba la palabra! Nítida ante mi vista. No contaré los múltiples artilugios que utilicé para transitar esa selva, aunque la ayuda de Olbeth Hansberg, la mujer de Rossi, fue fundamental. Baste decir que en ese momento comprendí que sólo la lectura atenta de los libros de Rossi me podrían dar la clave de su caligrafía. Volví a leerlo todo. Intenté aprenderme su vocabulario. Comprendí que los personajes que aparecían en el cuento eran parte de la trama de su último libro, la novela Edén, o quizá su proyecto.
Al paso de los días, los encrespados garabatos se volvieron legibles para mí. Veía un trazo que parecía una ese y ya sabía lo que diría. La ósmosis se había realizado, al menos en parte… Después de ese trabajo, uno de los más hermosos y aleccionadores, intenté escribir mi propia novela. Me creía ya dueña de un tono que admiraba y tenía (tengo aún) toda la historia en mi cabeza. Fracasé.
En una vieja entrevista del verano de 1990, aparecida en Estudios, la revista del Instituto Tecnológico Autónomo de México, Rossi le confesó a Eduardo Milán:
Lo que quiero decir es que es muy difícil tener (al menos en mi caso) todo el relato. Es decir, que yo no me siento a escribir el cuento sabiendo ya cómo empieza, lo que sigue, cómo va a terminar, etcétera. Por lo general no es así. Por eso los tonos son importantes; son la pequeña brújula que tiene el escritor. La pequeña brújula que lo va orientando un poco. Puede saber una frase de un personaje y, a lo mejor, el cuento se construye alrededor de esa frase, o tal vez conoce una anécdota muy general o quizá algún incidente, o muchas veces ni siquiera eso; muchas veces es simplemente una especie de sensación verbal que se parece mucho a una intuición musical, aunque no sea con notas, por supuesto, sino que se tiene una suerte de ruido en la cabeza y uno sabe que por ahí va la cosa. Creo que yo empiezo a escribir un cuento, mejor dicho, continúo un cuento, cuando siento que el tono me ha sido dado y después viene el descubrimiento del cuento. Y hay un momento en la escritura de los cuentos en que ya nos sentimos «seguros», no porque sepamos el final o el desarrollo de lo que sigue, sino porque tenemos ya la brújula del tono.
Pienso en los amigos con los que he discutido la existencia del tono. Sé que no lo he conseguido. Un tono mío, un estilo propio, pero buscaré esa intuición musical. Mientras la encuentro, seguiré completando la historia y leyendo cartas ajenas.
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