El mismo objetivo se propone el imaginario onírico de Carreteras nocturnas. Entre sus páginas, la ciudad se convierte en una presencia constante, ya desde el primer poema, «Volando cometas chinas en Caracas un domingo de marzo». A éste le suceden varios dedicados a lo cotidiano, donde la fauna se limita a insectos como las abejas, a animales de compañía como los perros o a aves de rapiña como los zamuros, identificados con las bolsas negras usadas para tirar la basura: «eran / grandes / pañuelos negros / o / señales religiosas / que venían hacia mí» (El campo / El ascensor, 378). El poema cuyo título es el del libro se encuentra al final. Allí, alguien que viaja en autobús encuentra en la carretera una metáfora de la situación de Venezuela. La inspira una reflexión del novelista Enrique Bernardo Núñez (1895-1964): «ante todo la tierra que tenemos delante reclama de nosotros una interpretación» (409). Cuando el vehículo se detiene en un restaurante, el poeta comprende que se halla en «un momento estancado en un presente continuo» (410). Se refiere a la incapacidad del país para desarrollarse, ya no sólo debido a la crisis económica y política antes aludida, sino a la falta de credibilidad en los postulados del progreso. Es una paradoja trágica: su sociedad no puede volver a mejores tiempos pues dejó atrás la arcadia rural premoderna, pero tampoco avanza hacia el futuro por desconocer los códigos de la modernidad. «Quiero decir que el país / es como los restaurantes nocturnos / de carretera. […] Diría que es un lugar de amnesia» (410-411). Igual al hombre que recorre interminables carreteras e imagina un país que no se mueve para ninguna parte, el poeta se encuentra suspendido en el cielo nocturno, como si fueran las profundidades de la tierra, siempre en el caos oscuro desde donde balbucea con la esperanza de crear un nuevo lenguaje para nombrar el fracaso.

La imagen del poeta contemplando ya no lo sublime, sino lo siniestro, el sentimiento resultante de la comprensión de que el país fallido es más que una tragedia social, una íntima, se encuentra también en uno de los poemarios más singulares de la literatura venezolana, Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario «cuasi metafísico»). Publicado en 2012, también por la Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro y recogido en El campo / El Ascensor, Annapurna es el texto más político del autor. Y surge de una anécdota, como pasó con El duelo. Barreto fue director de publicaciones de museos. En los últimos años, su gestión se fue haciendo cada vez más difícil: primero, le arrebataron material de trabajo; luego, el presupuesto para la impresión de catálogos y, poco a poco, también le quitaron personal. Hasta que se quedó solo. Al final, le dijeron que, si quería jubilarse, debía ocupar toda su jornada laboral en escribir cartas de agradecimiento. Entonces redactó diez cartas modelo, cambió de lugar su escritorio y se dedicó a viajar por el Himalaya a través del Google Earth. Por eso, el título del libro que resultó de esos viajes hechos sin moverse de su oficina alude al funcionario «cuasi metafísico».

La publicación abre con un caligrama dedicado a Carlos Drummond de Andrade (1902-1987), cuya obra está plena de espíritus. No aparece más en el libro el modernista brasilero, pero su imagen tutelar es el antecedente a la de Mandelshtam del año 2017. Y ésa no es la única similitud entre ambos libros. Como en El muro de Mandelshtam, en Annapurna se proyecta un Hades no subterráneo sino ascendente. En el Himalaya de Google, el viaje es un desplazamiento hacia arriba que ocurre en la mente del poeta, rasgo que permite a López Ortega comparar al escritor con el escalador: «es una marca sobre la nieve […] no deja rastro» (28). El hombre que recita está muerto, como Drummond de Andrade y los escaladores congelados que encuentra en su ascenso metafísico. Todos petrificados, suspendidos en el presente. Sus cuerpos de hielo, a un tiempo cadáveres y espíritus de sí mismos, sustituyen a los poetas fallecidos de las obras anteriores.

López Ortega observa en estas imágenes el abandono que reclama la escritura de Barreto. Como los escaladores petrificados y el escritor que fue sólo marca sobre la nieve, «las palabras borran un sentido que ha estado antes […] para fundar uno nuevo, que es finalmente lo desconocido, lo que se adivina en la punta de la lengua» (29). Así, el poemario cumple la aspiración estética de Barreto y sintetiza las dos definiciones que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) de «inframundo»: el lugar reservado a los espíritus y el habitado por quienes viven de forma miserable con respecto a su sociedad. El compromiso asumido desde tiempos de Tráfico de abandonar la torre de marfil para recorrer las calles urbanas se une así a la comprensión que tiene Barreto de la modernidad como tensión generada a partir de la negación hecha por la ciudad de lo rural. Comprende el poeta que el paisaje murió y que lo mejor es seguir el estremecimiento decretado por Arvelo Larriva para poder mirar desde un hueco en el ataúd hacia la superficie de la realidad fallida, tan oscura como el inframundo. En ese procedimiento, Barreto construye un lenguaje que contempla la tensión dialéctica del fracaso; a la vez en la superficie y debajo de la tierra. Acaso sea a partir de los poemas en Annapurna donde Barreto pudo darle forma a su balbuceo de escritor. Acaso encontrara allí, al mismo tiempo, el lenguaje del proyecto moderno y las evidencias de su desengaño. Acaso por eso el libro que sucedió a la montaña escalada desde la pantalla del computador se propuso subir las cicatrices más hinchadas del fracaso venezolano, sus cerros, como el de Ojo de Agua en El muro de Mandelshtam.

 

BIBLIOGRAFÍA

· Barreto, Í. (2014). El campo / El ascensor: Poesía Reunida (1983-2013). (A. López Ortega, Ed.) Valencia: Editorial Pre-Textos.

–. (2007). «Dilemas para una poesía de la tierra». Revista Nuestra América, págs. 111-116.

–. (2017). El muro de Mandelshtam. Madrid: Bartleby Editores.

· Grupo Tráfico, julio-agosto de 1981. «Sí Manifiesto». Revista Zona Franca, iii época (25), 7-9.

· Real Academia Española. (2001). Inframundo. En Diccionario de la Lengua Española (22.a ed.). Recuperado de <http://dle.rae.es/?id=LYp57Pf>.

· Saraceni, G. (2018). «Los caballos del hambre: la muerte de la belleza en Igor Barreto». Documentos Lingüísticos y Literarios,

págs. 19-30.

 

 

[1] En este artículo, todas las referencias a la obra poética de Ígor Barreto anterior a 2017 serán tomadas de El campo / El ascensor. Poesía reunida (1983-2013). Valencia: Editorial Pre-Textos. La edición de ese libro estuvo al cuidado de Antonio López Ortega, quien también escribió la introducción al trabajo, la cual también tomaré en cuenta para este artículo. En los párrafos donde me refiera al ensayo escrito por Barreto en 2007, lo haré saber citando su título, «Dilemas para una poesía de la tierra», o el nombre de la revista donde se publicó, Nuestra América.

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