Para Langbaum, el romanticismo es el verdadero eje de la actitud moderna porque «tanto si el romántico alcanza una nueva formulación como si retorna a una formulación antigua, el gesto es el mismo. Es en el proceso de rechazo y afirmación donde se diferencia de quien jamás rechazó y de quien, habiendo rechazado, jamás reafirmó». Puede parecer que algunos poetas románticos regresan al lugar del que se partió, pero ese lugar jamás puede ser el mismo. «El lugar al que se retorna es un espacio elegido, una reconstrucción romántica y no una herencia dogmática». Esa dialéctica hace imposible que la formulación pueda convertirse en dogma, porque renace cada día de la experiencia, es vivida, asume su origen subjetivo, su origen en la experiencia y en la autorrealización. Y concluye: «Lo que caracteriza al romántico no es un tipo u otro de compromiso político, filosófico, religioso o incluso estético. Es, más bien, la base subjetiva de su compromiso, el hecho de que jamás olvida que su compromiso fue el resultado de una elección».

El crítico estadounidense considera el romanticismo un «empirismo corregido» en la medida en que afirma que la «formulación del romántico nace en la experiencia y se verifica continuamente en ella». La diferencia está en que «el experimento científico es una experiencia selectiva y sometida a análisis, mientras que para el romántico la experiencia es más empírica en la medida en que está menos racionalizada». El romántico impugna la visión del mundo del empirismo, aquella que afirma que la percepción del mundo que tenemos es ilusoria, apelando no a la tradición, al mito del pasado, sino a su experiencia concreta de la naturaleza, a su intuición personal de la «vida de las cosas». Y aquí entendemos muy bien a qué se refería Gil de Biedma cuando hablaba de poesía de la vivencia, con permiso de Ortega y Gasset.

Más adelante, Langbaum explica que la experiencia inmediata proporciona una realidad viva, porque «el acto de conocimiento espontáneo y completo es un acto de proyección imaginativa en el objeto externo, un acto de identificación con el objeto, y la conciencia viva que percibimos en el objeto es nuestra propia conciencia». Por este proceso el romántico, al proyectarse como persona dramática en el objeto, logra conocerse en el objeto mismo y adquiere un conocimiento doble, del objeto y de sí mismo. «Podríamos decir que, para conocer un objeto, se obstina en serlo», afirma Langbaum. («A mí, lo que me hubiese gustado en realidad es ser poema», afirmaba Gil de Biedma.) ¿Cómo se produce este conocimiento, esta identificación? Pues precisamente a través de lo que el crítico estadounidense llama el «intelecto simpático», (entendiendo simpatía en su sentido de «empatía», como «identificación mental y afectiva».

No obstante, como vimos que señaló el propio Gil de Biedma, «a nadie le ocurren poemas», nadie «puede llegar a ser un poema». Es decir, «la terca conciencia crítica de que la persona es distinta del objeto, de que la identificación ha sido establecida deliberadamente y es solamente provisional», está ahí acechando constantemente, problematizando el proceso. Este mecanismo es muy importante para Langbaum porque sostiene que precisamente la tensión dramática de la identificación se produce «a través de esta combinación de simpatía decimonónica y conciencia crítica dieciochesca». Y concluye: «La experiencia es, para el romántico, un proceso de autorrealización, una tenaz expansión de la persona que se descubre en las huellas que ha impreso en el mundo externo». Pero, «aunque el romántico se proyecte en el pasado, en la naturaleza o en otra persona, jamás olvida –y esto es fundamental– que está interpretando»[i].

Más adelante, Langbaum dedica algunas páginas a demostrar la falacia de las distintas acusaciones que modernamente se han dirigido al romanticismo: la subjetividad, el sentimentalismo y la falta de forma, el descuido de la forma. En cuanto a la subjetividad, Lagbaum afirma muy acertadamente que «la subjetividad no es el programa sino la condición ineludible del romanticismo». El romanticismo parte de la subjetividad porque no puede partir de ningún otro lugar. Pero en todo el desarrollo del movimiento hay una clara voluntad por salvar la distancia abierta, el abismo heredado entre objeto y valor, descubriendo en la objetividad algo deseado y difícil de alcanzar. Este deseo de objetividad no sería solamente un rasgo distintivo del siglo XX, sino que habría marcado «el rumbo de la evolución poética» desde el final de la Ilustración.

En cuanto al sentimentalismo, Langbaum sostiene que este «no es el rasgo característico de la poesía romántica» sino la manifestación de su fracaso. Porque el «estadio de las lágrimas» se corresponde con un momento prerromántico, el momento de la desolación dieciochesca. Los románticos intentan romper esta situación transformando la realidad a través de una aprehensión emocional. Pero si, en el proceso, «la emoción permanece enfrentada a un objeto que jamás la devuelve», el poema cae en el sentimentalismo o la insinceridad. No llega a ser romántico.

En cuanto a la forma, Langbaum defiende que cuando se acusa al romanticismo de lenguaje engolado, afectado, está en realidad señalándose una estructura formal más propia de la mitad del siglo xviii y que perduró más tarde. Es cierto, señala, que el romanticismo recuperó cierta dicción arcaica, pero esa recuperación no es fruto de la «supervivencia de lo anticuado», sino «el resucitar de lo ya extinguido», es decir, el fruto de la «elección» de unas formas determinadas. Y a continuación añade: «Si entendemos que la forma no sólo existe en los bordes del poema sino también en la relación de todas sus partes, es prácticamente imposible que un poema con significado carezca de forma, o de relación visible entre sus partes». Esta concepción formal del poema es fundamental para Gil de Biedma, como podemos ver a continuación:

«Mi sistema de trabajo era tener una idea del poema, y esa idea era predominantemente una idea formal; no implicaba tanto una noción más o menos vaga de lo que quería decir como una noción más precisa de lo que quería hacer y del efecto que quería producir. Luego empezaba a plantearme –y ahí viene la autocrítica– los problemas de tipo formal que era necesario resolver. Digamos que la estrategia formal del poema, cuando ya me ponía a escribir, estaba totalmente formulada, hasta el punto de que, en muchos poemas, ya sabía con exactitud cuántos versos iba a tener»[ii].

 

El sacrificio de la forma, la apelación a la sencillez y al coloquialismo son resultado en el romanticismo del esfuerzo por conseguir lo que los románticos llamaron sinceridad. Pero, aunque el triunfo romántico se cifra en la creencia general de que su poesía brota directamente del corazón, lo cierto es que la anti-retórica acabó creando una nueva retórica, «porque entre el sentimiento sincero del corazón y el efecto de sinceridad media siempre el acto de comunicación».

Langbaum remata toda su construcción teórica basándose en la hipótesis de que si el esfuerzo por encontrar la objetividad es un rasgo común de la poesía desde la Ilustración hasta nuestros días, la poesía de los últimos ciento setenta y cinco años (de los últimos doscientos y pico, podríamos añadir), pertenece a una tradición única en continua evolución y en la que el romanticismo, más allá de sus varios rechazos o reacciones, se materializa permanentemente. El núcleo central, el deus ex machina de esa tradición moderna de la poesía sería lo que él define como poesía de la experiencia: «La doctrina que afirma la primacía y certeza de toda aprehensión imaginativa originada en la experiencia inmediata, y relega a un segundo lugar los resultados, dudosos, de la reflexión analítica» produce «una poesía edificada sobre el desequilibrio deliberado entre experiencia e idea, una poesía que se enuncia no como una idea, sino como una experiencia de la que pueden extraerse una o más ideas como racionalizaciones problemáticas»[iii].

 

EL LUGAR DE GIL DE BIEDMA

En el coloquio celebrado entre Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan Marsé y Beatriz de Moura y reproducido en la revista Camp de l´arpa en 1976[iv] con el título «Sobre el hábito de la literatura como oficio de la mente y otras ociosidades», podemos ver claramente cómo Gil de Biedma había asimilado la influencia anglosajona en general y la de Langbaum en particular a la hora de debatir sobre asuntos relativos a la literatura moderna. A la afirmación de Carlos Barral de que la historia de la cultura cambia cuando se introduce en ella la autocrítica, Gil de Biedma responde:

«Eso es el romanticismo. La poesía consiste en integrar hechos y objetos, de un lado, y significaciones por otro, e integrarlos en una entidad que es a la vez el hecho, el objeto y la significación. Eso también lo hacían los poetas clásicos, pero ellos se apoyaban en una visión supuestamente universal de la naturaleza, que el poeta moderno no tiene. Por tanto, lo que debe hacer un poeta moderno es mostrar los límites subjetivos de esa integración entre hechos, objetos y significaciones. Es decir, sólo una vez que en el poema estén claramente expresos los límites subjetivos de la integración de valores y significaciones con objetos y hechos, el poema será válido»[v].