El trozo de exterioridad entra en el mundo. Y a su vez el sujeto –reacio a la pérdida, dominado, como cualquier coleccionista, tanto por la angustia de la falta como por la pasión del «todo»– se impregna de lo que sólo es resto, del afuera, de lo in-mundo.
Lexia III: «Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles»
La insignia como tal se manifiesta en la escritura; el sujeto puede observarla finalmente, y es ahora un elemento in presentia dentro del texto.
III.a. Una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos
Como hemos visto, del lado de lo nouménico, en la dimensión de la cosa-en-sí, el inicio del texto sólo alcanza a inscribir un significante: «basural». Ahí donde los pasos del ex-sistente bordean el límite del mundo, donde la mirada del fronterizo (digámoslo con la bella metáfora de Trías) avista el basural de la exterioridad y del afuera, lo que se produce es un deslumbramiento, un resplandor.
No obstante, para que ese resto inapropiable halle un hogar entre las cosas, para que se haga mundo, es necesario que la fulguración que lo manifiesta de este lado se atenúe. Y eso es, en cierto modo, el signo: el debilitamiento, la atenuación, de lo que –por su mismo exceso de realidad– nos cegaría (Rilke de nuevo). Sólo mientras el ex-sistente se mantiene a distancia («Al pasar por el malecón divisé…») la cosa es todavía luz, es un resplandor que le convoca. Cuando el ex-sistente se allega a la cosa –cuando responde a la solicitación por parte de la cosa con su solicitud hacia ella–, el resplandor se convierte en materia signada: en una superficie de plata atravesada por signos, en una in-signia.
Lo Real excesivo, pues, sólo puede devenir mundo bajo la tutela del signo, revistiendo la forma atenuada del signo. (Los entes intramundanos, en efecto, no aparecen sino formando parte de un plexo de significatividad donde unos remiten a otros, donde unos son signos en relación a otros).3 Pero enseguida veremos que el precio a pagar por este ingreso es justamente «le peu de réalité» (Breton): una indigencia y una pérdida en esa realidad que el despliegue y el movimiento de la significación ya no conseguirán restaurar nunca. Dicho de otra manera, lo Real deviene mundo por la mediación del signo, sí; pero al estar fundado el signo sobre la ausencia de lo Real, el mundo –en su constitución misma– quedará inevitablemente atravesado por la inanidad y la ausencia.
Ya en el plano de su materialidad el signo aparece de hecho como relieve o incisión; es trazo y/o volumen, cuando no hueco practicado en lo que hay. Exceso o defecto, nunca es (parte de) eso mismo que hay, sino una discontinuidad en lo que hay; con la paradoja añadida de que esto «que hay» no pre-existe a la incidencia y la acción del signo (sino que es, más bien, su efecto)… Y esto último, obviamente, no en el sentido de que «la realidad» no existiría sin la codificación que le superpone el orden simbólico, sino en el sentido de que aquello que escapa al orden simbólico tiene tal índole que ni en sí mismo ni a su respecto hay cuestión posible en torno a si «existe» o no de un modo autónomo. Sin el significante falta el trazo mínimo que permitiría decir que no hay nada. Lo imposible es otro nombre de lo Real (Lacan).
III.b. (Unos signos) que en ese momento me parecieron incomprensibles
Hay, sin duda, una antítesis entre el resplandor que manifestaba a la cosa cuando era aún un fragmento en la distancia del afuera y esta opacidad/incomprensibilidad que la afecta ahora, una vez que ha ingresado en la familiaridad y la cercanía del mundo.
El significante, pues, se revela aquí en su insuficiencia. Los signos que atraviesan el objeto hallado no resultan comprensibles. Y sin embargo es sintomático que esta misma impenetrabilidad sea recusada enseguida por el personaje-narrador como algo provisional –las inscripciones de la insignia no son descifrables, pero sólo en ese momento (quizá más tarde sí)–, y también como algo que hay que achacar a una falta-en-saber por parte del sujeto («Me parecieron»), y no a una carencia del lado de los signos mismos.
La inconsistencia del signo, en suma, no aflora en el discurso sin hacer aparecer al mismo tiempo la apertura y el claro de la posibilidad. El significante drena hacia sí mismo cualquier constancia de significado, pero no sin abrir, por el mismo movimiento, el espacio móvil, entregado al futuro, de la remisión, y –con él– la dimensión de la promesa (ver V.e.2.).
Lexia IV: «Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco»
IV.a. Me la eché al bolsillo
El gesto de echarse la insignia al bolsillo connota la incuria, el desapego, hacia lo que no parece superar por sí mismo su carácter de resto a-significante. Desarrolla la isotopía abierta en I.1. (impremeditación), y la idea es reforzada en el sintagma siguiente: «sin darle mayor importancia».
IV.b. Y […] regresé a mi casa
Catálisis muy acusada que cierra la secuencia comprendida entre las lexias I y IV.b. Asistimos a una vuelta al territorio de lo familiar después de la salida del sujeto hacia el límite del mundo. Pero se trata aquí, sin embargo, de un regreso que está desmintiendo en sordina tanto la insistencia sobre lo impremeditado y lo casual como el carácter irrelevante de la insignia en relación al sujeto. (Su hallazgo, de hecho, basta para motivar que el paseo concluya, tal como lo denota la conjunción «y»).
IV.c. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco
Nueva contradicción en el discurso del personaje narrador. El término «guardada», sí, invalida solapadamente la afirmación contenida en IV.a. Tanto más cuanto que su uso es superfluo, y podría suprimirse sin que la frase perdiera ni el significado ni la gramaticalidad. En este sentido, la contradicción (o bien se echó la insignia al bolsillo, o bien la guardó) connota inequívocamente la división subjetiva en el enunciador: una parte de él (manifiesta, consciente) se echó la insignia al bolsillo sin darle importancia; otra parte (oculta para él mismo, inconsciente) se la guardó, como se guarda todo aquello que importa.
Lo rechazado por el sujeto, pues, es el hecho de que se guardó la insignia, de que tal vez la insignia le concernía desde el principio. De ahí el «olvido». Y de ahí también la maniobra de encubrimiento, en la que el discurso del personaje desplaza ese olvido desde lo fundamental (la importancia que el objeto tiene para él) a lo accesorio (la cantidad de tiempo que la insignia permaneció en el traje).
Lexia V: «Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: “Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo”»
V.a. Sólo recuerdo
Insistencia. Hace resonar el fondo de olvido sobre el que ahora va a destacar el recuerdo mismo.
V.b. En una oportunidad
Podría ser sustituido por «una vez»; y por eso la elección léxica no deja de connotar el campo semántico de la ocasión. Como en el sintagma precedente, hace que el hecho aún por narrar haga figura sobre el trasfondo del tiempo ordinario. Prepara, en esta dirección, la acción del dependiente, situándola bajo la luz del acaecer favorable (Kairós), y dándole el sentido de lo propicio, lo apropiador, lo que encuentra el momento que le corresponde.
V.c. Lavar
Acción paralela a la representada en la lexia II. Allí se usaba la manga del traje para limpiar el objeto aún indeterminado (para purificarlo respecto de la exterioridad in-munda), y esto con el propósito de que el signo, y la in-signia misma, pudieran aparecer en el campo del sujeto. Ahora se limpia, a su vez, el traje para purificarlo de las adherencias del afuera que el objeto ha dejado en él (y veremos que con ello la insignia re-aparece, pero ahora como el significante del sujeto en el campo del Otro).
V.d. con gran sorpresa mía
Nueva insistencia sobre el olvido.
V.e. (El dependiente) me entregó una cajita, diciéndome: «Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo».
- Me entregó una cajita diciéndome
El énfasis sobre el pronombre (puesto que el segundo «me» es redundante) connota la intensidad con que el sujeto recibe el mensaje del dependiente como algo dirigido expresamente a él, como su mensaje.
- 2. «Esto debe ser suyo»
La polisemia del enunciado se vuelve extrema aquí, hasta el punto de evocar el uso fuerte de la ambigüedad y lo indecidible propio del género fantástico.
En efecto, el primer valor del enunciado, el más inmediato también, es hipotético, equivaldría a «es posible que esto sea tuyo», y expresaría así la conjetura, por parte del dependiente, de que la insignia que ha encontrado le pertenezca al dueño de la chaqueta.
El segundo valor, superpuesto al primero, es imperativo. Expresa un mandato: «Te ordeno que… (reconozcas esta insignia como tu propiedad)».
El tercer valor, derivado del segundo, es prescriptivo. Lo prescrito en el sintagma es una tarea, y –con ella– una historia posible: «Te prescribo que hagas tuya esta insignia, que esta insignia llegue a ser tuya finalmente».
Todos estos sentidos, ya está dicho, resuenan al mismo tiempo como las notas de un acorde. Y el propio enunciado, a su vez, toma –en la dimensión sintáctica del relato– los valores convergentes de una revelación y un reconocimiento.
Dentro del desarrollo de la acción, pues, las palabras del dependiente confrontan al sujeto con el momento de la verdad, entendiendo verdad en la línea de la aletheia griega: el arrancarse al olvido (lethos), el des-encubrimiento, el afloramiento o la des-ocultación de lo que yace en la oscuridad. Hay algo que el protagonista rechazaba hasta el momento –lo hemos visto–, y, por lo mismo, «olvidaba». Que la insignia le importa. Que fue a buscarla deliberadamente a la frontera, al confín del mundo. Que la insignia remite a algo suyo perdido. Que la insignia, en suma, está en la base (es otro nombre) de lo que él mismo es.