Todo ello, sí, es lo que se revela ahora en las palabras del dependiente («Esto debe ser suyo»), lo que resplandece para el sujeto como su verdad más propia, desde el campo del Otro.

También por esto en el eje sintáctico o argumentalel enunciado del dependiente tiene el valor de una anagnórisis clásica. El párrafo, en suma, se cierra con el reconocimiento que hace posible que el protagonista se autorreconozca, y que venga a sí mismo a partir del lugar que el Otro le ha otorgado.

Aun así, no hay que apresurarse a entender este reconocimiento como una identificación sustancial o una identificación de representación. Y esto en la medida en que el devenir significante del sujeto –para sí mismo, para el Otro, para la cadena de todos los significantes con los que podrá decirse y que podrán ser dichos de él– es siempre correlativo a su desaparición como viviente (real), provocada por el significante mismo.

En lo Real, es obvio, no hay ningún sujeto. En lo que respecta al sujeto, en lo Real hay «lo sólo vivo», la intensidad pura que el ser vivo es. Esta intensidad –y llegamos con ello al concepto lacaniano de insignia– puede manifestarse, por tomar el ejemplo clásico de Jacques-Alain Miller, en el grito que un bebé profiere. En sí mismo, este grito es sólo un sonido. Y el sonido es la descarga (luego parte real) de una excitación que atraviesa al viviente. Es necesaria la aceptación del Otro materno para que el grito se transforme en una llamada, para que el grito «le sea devuelto» al sujeto por el Otro, convertido en llamada. Así, en el significante por el cual el Otro acepta el grito hay una pura creación de la significación de llamada (del mismo modo que la cajita con la que el dependiente circunscribe el resto hallado en el bolsillo crea la significatividad y el valor de la insignia). La consecuencia de ello es que el sujeto podrá llamar al otro a partir de ese punto (y podrá seguir convocándolo de muchas maneras). Pero lo que se pierde en ese acto es el goce del grito mismo, la intensidad desnuda y a-significante del grito (como la fulguración del objeto en el afuera se devalúa y se apaga en la opacidad de los signos). El goce del grito no se transfiere a la significación producida, no es parte del grito convertido ahora en significante. El grito, pues, suscita la aparición del Otro como vacío: el Otro (el significante, el lenguaje, la Cultura) es siempre equivalente a una pérdida de goce.

Eso sí, con sus insignias –con el vaciamiento de las intensidades vivas que la aceptación del Otro le devuelve convertidas en signos– lo que el viviente (borrado) gana es la constancia de contar para alguien, de contar por algo (por una insignia: por un rasgo que lo señala, que lo distingue). Y contar para alguien por algo es ser contado (Miller), devenir uno, uno entre otros, convertirse en sujeto. (También por eso en nuestro rasgo de distinción es donde más acordes nos mostramos con el orden del mundo, y por donde enganchamos con las con-signas del Otro).

Sobra añadir que este vacío en el Otro (en la dimensión del lenguaje y la Cultura humana) es doble. Está por un lado el vacío de goce, de intensidad viviente, al que nos hemos referido ya. Y está, por otro, la inconsistencia del lenguaje y –con él– la del orden simbólico mismo, pues un signo no pertenece a la cadena que forma el sistema de la significación, no se constituye como significante, sino en la medida en que difiere y aplaza infinitamente su encuentro con el significado, sin que lleguemos nunca a la plenitud de un significado definitivo, a un significado trascendental e independiente en relación al sistema en que se halla.4

Significado, pues, no es otra cosa que la posición que puede tomar un significante en relación a otro significante. De reenvío en reenvío, el significado como tal no se efectúa para el ser-hablante más que en la dimensión de la promesa. Promesa, empero, sin otro contenido que el acontecimiento de ser dada/recibida. Promesa, por consiguiente, que recaería en la completa opacidad, de no ser entendida como el don de aquello (el Ser, el lenguaje, el mundo, el Otro…) que no tiene nada que dar, y –simétricamente– como el consentimiento (el «sí») que en cierta manera ya deberá haber otorgado (en un origen cuya memoria precede a todo recuerdo)5 aquel que no puede existir de un modo propio si no es en la resolución y/o disposición a recibir nada, a recibir –en custodia– la nada.

 

 

Hasta aquí el análisis. Hemos visto que la complejidad y el calado de estas frases de apertura son abrumadoras. Y lo son hasta el punto de que el resto del cuento está contenido in nuce en las operaciones con las que el discurso narrativo construye la insignia. En lo que respecta a la significación, el nudo y desenlace son poco más que un corolario. En absoluto resultarían prescindibles, claro está, pues constituyen de hecho la narración propiamente dicha: la historia al término de la cual el sujeto mismo llegará a convertirse en in-signe (en un signo). Sí puede afirmarse, en cambio, que en lo fundamental el desarrollo del argumento ilustra, repite y modula –ahora en el orden de lo circunstancial y de la peripecia– la densidad de significado que se concentra en el perfecto agujero negro semántico situado en el párrafo inicial.

Tras el júbilo del reconocimiento, sí, el protagonista del relato tardará poco en descubrir que la insignia es un emblema por medio del cual se identifican los afiliados de una intrincada sociedad secreta. De este modo, avalado por su insignia, el personaje se encontrará con cautelosos camaradas que le confiarán informaciones crípticas; datos que él mismo repetirá después a otros, con el discurso plagado de sobreentendidos que es usual entre quienes «están en el ajo». Seguirá cursos de formación donde la «última respuesta» consistirá en trazar unas rayas rojas sobre una pizarra. Viajará disfrazado al extranjero, cumpliendo misiones absurdas. Ni que decir tiene que poco a poco irá ascendiendo en la organización (relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo)…

Al final, será nombrado presidente.

«Y a pesar de todo esto –confiesa el personaje en el último párrafo–, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la cábala».

Como era de prever, ninguna sorpresa nos sale al paso en el cierre del texto, pues si hay algo que la narración ha puesto en evidencia es justamente el carácter irrebasable para el sujeto (e incluso el valor y la función estructural) de esa «absoluta ignorancia» en relación con el sentido.

En efecto, los signos que atraviesan la plata de la insignia son y serán siempre incomprensibles. Es desde esos signos desde donde el sujeto se aprehende. Se aprehende desde ellos, y porque desde ellos se vuelve también aprehensible (y es aprehendido) por el Otro. No se aprehende, sin embargo, en esos signos. De hecho, se aprehende en todas partes menos en esos signos, precisamente porque se aprehende a partir de ahí.

Nada más concluyente, en suma, que la espera confiada y vacía en que el relato desemboca. Ya sea en la insignia o sobre la pizarra, las rayas vehiculan y al mismo tiempo agotan la promesa (in)cumplida. Última cifra, causa eficiente y final de la aventura que el sujeto es, las rayas aparecen en el lugar de lo que se ha perdido, le toman el relevo a una fulguración.

NOTAS
1 Miller, Jacques-Alain. Los signos del goce, Paidós, Buenos Aires, 1998.
2 Ribeyro, Julio Ramón. Cuentos completos, Austral, Madrid, 1998.
3 Heidegger, Martin. El ser y el tiempo, fce, Madrid, 2000.

4 De Peretti, Cristina. Jacques Derrida: texto y deconstrucción, Anthropos, Barcelona, 1989.
5 Derrida, Jacques. Del espíritu: Heidegger y la pregunta, Pre-Textos. Valencia, 1989.

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