Intento recordar cuántos supositorios he visto aparecer en los diarios de escritores que he frecuentado, y no logro recordar ninguno. Yo no soy un experto en diarios íntimos como Ribeyro, pero no logro recordar así, al pronto, más supositorios en los de otros escritores. Si tomo el supositorio como categoría, incluso como paradigma, quizás podría intentarse una taxonomía de los diarios íntimos de escritores entre los que llevan supositorios y los que no. Hay anotaciones en La tentación del fracaso sobre los diarios y la escritura íntima de otros que son a su vez paradigmáticas. El 30 de septiembre de 1955, en su segundo diario parisino, escribe: «Creo haber descubierto la razón intrínseca de los diarios íntimos: tenerse a sí mismo como interlocutor». ¿Permite ese descubrimiento distinguir al auténtico diario íntimo de un texto parecido al que quizás podría agregársele el adjetivo de falso, o privársele sin problemas del adjetivo «íntimo» y dejarlo sólo en diario, sólo en otra cosa? En una anotación, la del 10 de mayo de 1956, referida a su lectura de los diarios de Stendhal, Ribeyro registra «la especie de náusea que me producen los diarios íntimos. Cada vez los encuentro más disparatados, más inútiles», y yo creo que se está refiriendo a ese tipo de textos, el falso diario íntimo, el diario destinado a la inmortalidad, esa otra cosa. Dice del diario de Stendhal:

 

«Sería ilegible si su autor no lo fuera igualmente de Rojo y Negro, Lucien Leuwen, etc. El novelista ha despertado la curiosidad acerca del hombre y el hombre es por momentos antipático. En las quinientas páginas que he leído no ha hecho otra cosa que tratar de sot, plat, nigaud, bête o sans esprit a todos sus amigos, parientes, contemporáneos. Esa obsesión por colocar el esprit en la cima de las virtudes humanas es inaceptable. Un hombre que se sentía feliz por haber hecho dos buenos calembours en un salón o por haberle pellizcado la pierna a la dueña de la casa es en realidad un hombre sospechoso. Si no fuera por su estilo, que a fuerza de ser natural deviene invisible, no lo soportaría.»

 

Cuando se enfrenta al diario de Léautaud, le cuenta a ese interlocutor que es él mismo, el día 27 de marzo de 1977:

«Me doy cuenta del carácter estéril, irritante, de este tipo de obras, refugio de escritores fascinados por su propia persona y que no pudieron nunca emanciparse de la autocontemplación para acceder a la esfera verdaderamente creativa y superior de la impersonalidad. Esto no quiere decir que diarios de este tipo no tengan páginas admirables, pero la verdadera obra debe partir del olvido o la destrucción (transformación) de la propia persona del escritor. El gran escritor no es el que reseña verídica, detallada y penetrantemente su existir, sino el que se convierte en el filtro, en la trama, a través del cual pasa la realidad y se transfigura.»

 

El 12 de mayo consigna su pensamiento de escribir algo acerca de esos diarios. La lectura de Léautaud, dice, le ha provocado a la vez irritación, malestar, depresión, y admiración; le parece un producto típicamente francés, un autor de «segunda repisa» –las comillas son suyas– de la biblioteca, segundón y marginal. Días después, el 17 de mayo, emprende la relectura de los diarios de Jünger, por sus relaciones entre ambos, y establece las diferencias entre ambos, y entonces decido regresar a mi idea de usar la aparición de los supositorios para distinguir los diarios íntimos, esos textos que excavan en la relación del hombre con su realidad y la transfiguran, que ahondan en esa conversación con uno mismo como interlocutor, sin disfraz, sin deudas inventadas con la posteridad, de otro tipo de textos, de esa otra cosa. Jünger le parece un humanista políglota, curioso, formado filosóficamente, apasionado por la lectura, tenaz en su intento de comprender el mundo a través de la acción y la reflexión. De Léautaud escribe, sin embargo: «A Léautaud no le interesaba nada, ni el arte, ni la lectura, ni la política, ni la sociedad, ni la ciencia, ni la filosofía, todo lo que no fuera su propia y pequeña vida de escritor pobre y segundón y los avatares del mundillo literario en que vivía. Superioridad de Jünger.» Las preferencias de Ribeyro por los autores que no se creen por destino ya situados en la posteridad quedan aún más claras cuando el 27 de enero de 1978 recurre a un pasatiempo tan común como revelador: qué libros, qué autores más bien, se llevaría a una isla desierta. Establece distinciones por géneros –en el cuento optaría por Poe, Maupassant, Chéjov, Buzzati; en novela se acompaña de Cervantes, Flaubert, Balzac, Proust, Musil, Kafka; también incluye en el equipaje el teatro de Shakespeare, o Brecht, o Chéjov de nuevo; los ensayos de Montaigne, o a Platón, a Tácito, a Heideger, a Gibbon, a Marx, a Lévi-Strauss, o en un apartado que llama «Marginalia» a Borges, Baudelaire, Melville, o De Quincey, entre otros–, y cuando llega al apartado octavo, «Diario, Autobiografía o Memorias», esta es su selección: Amiel, Jünger, Kafka, Saint-Simon, Chateaubriand, Casanova. Quizás Ribeyro desconfía de quien carece de dudas sobre sí mismo; quizás lo que yo he llamado supositorio es la sinceridad, es la compasión por el mundo y por uno, eso que hace que la vida de un hombre pueda ser la de todos los hombres y que uno de sus días pueda ser un día cualquiera en la vida de todos.

«¿Quién me ha exiliado y por qué? ¿Qué busco? ¿Qué aguardo?». Recojo de nuevo estos interrogantes de Ribeyro para hablar de la identidad, otra de las grandes permanencias en La tentación del fracaso. En el diario de 1969, y sin fechar, escribe:

«Un problema que evidentemente me preocupa es el de mi propia identidad, el de reconocerme como el mismo en el tiempo. Yo no tengo conciencia de mi identidad y si en una época llevé un diario casi cotidiano creo que fue para salvar mi identidad de los avatares de una vida morosa, dispersa y vagabunda. […] Sin duda que se trata de un problema de orden casi patológico y que un psiquiatra sería capaz de explicar. En la práctica esta falta de conciencia de la propia identidad se traduce por la imposibilidad de tener opiniones duraderas y de hacer proyectos a largo plazo. Literariamente, por cierta versatilidad, facilidad, discontinuidad que, a la postre, me puede resultar fatal.»

 

El diario como salvación, como ordenación de los hechos de la vida en un relato que nos explique de dónde nos hemos exiliado, por qué razón, qué aguardamos, cuál es nuestra capacidad de supervivencia en el lugar que nos ha tocado habitar, qué caducidad tendrán nuestras decisiones, en quién estamos confiando cuando decidimos confiar en nosotros mismos. Tengo la sensación de que algunas personas no atraviesan jamás ese llano que es la búsqueda de la identidad; yo las envidio. Para otros, sin embargo, esa búsqueda es inevitable y por desgracia inagotable y además pasa necesariamente por la lectura y la escritura. En la lectura de los otros nuestra soledad disminuye y hallamos atajos para sobrevivirnos; no evitamos el gasto superfluo en tratados de retórica o en botellas de burdeos o de amontillados y la consiguiente culpa cuando no nos queda para pagar la luz, no evitamos la enfermedad que siempre está dentro y nos aguarda masticando con paciencia, pero hace que no nos sintamos juzgados con excesiva severidad y condenados sin remedio por ello, y que nos sintamos menos solos en la habitación fluorescentemente iluminada del hospital, y hasta hace algo más llevadero el dolor agudo. En la lectura de los otros nos encontramos de pronto a nosotros mismos, descendíamos por un pozo a oscuras y encontramos cierta luz y cierta compañía allí cuando quizás ya no contábamos con hallar nada. Intuimos quién podemos ser cuando vemos reflejado al otro. El diario íntimo es un diálogo con uno mismo como interlocutor, y cuando lo leemos –ese tipo de diarios con supositorio, esos en los que la sinceridad hace que el mundo se transforme al pasar a través de nuestros ojos y de nuestras manos sobre el teclado– entramos en una conversación acerca de un tema que nos resulta familiar. El 29 de enero de 1954 Ribeyro asume una especie de temprana poética del diario íntimo: «Todo diario íntimo surge de un agudo sentimiento de culpa. Parece que en él quisiéramos depositar muchas cosas que nos atormentan y cuyo peso se aligera por el solo hecho de confiarlas a un cuaderno. Es una forma de confesión apartada del rito católico, para personas incrédulas.» Yo nací en 1969, el mismo año que he tomado como arranque de estas líneas; y lo hice así para intentar resolver una duda que es permanente; quiénes somos en un punto concreto del tiempo y del espacio, a un lado y a otro del espejo colocado en el camino en el que se refleja la vida pero no es la vida. Yo no sabía quién era Julio Ramón Ribeyro hasta que hace muchos años leí «Los gallinazos sin plumas» y la conmoción de aquel cuento me llevó al resto de ellos, y luego a las Prosas apátridas, y luego a La tentación del fracaso. En esa misma entrada de 1954 continua Ribeyro:

«Todo diario íntimo nace de un profundo sentimiento de soledad. Soledad frente al amor, la religión, la política, la sociedad. […] Todo diario íntimo es un síntoma de debilidad de carácter, debilidad en la que nace y a la que a su vez fortifica. […] En todo diario íntimo hay un problema capital planteado que jamás se resuelve y cuya no solución es precisamente lo que permite la existencia del diario.»

 

Mi ejemplar de La tentación del fracaso es quizás el libro más manoseado de mi biblioteca, las esquinas de sus páginas se doblan y doblan por todos lados, está lleno de trozos de papel, de marcapáginas, de billetes de cercanías o tíquets de supermercado. Cada una de esas marcas cumple una función que también se detalla en esa entrada de 1954: intentar leer entre las líneas de lo allí escrito las razones de esa escritura, y para mí de esa lectura, cuáles son sus simbolismos compartidos o recreados por mi lectura como compartidos, a qué escena de la vida que pasó corresponde ese reflejo fijado por su escritura y mi lectura. No es el diario de un arquitecto, o de un pintor, de un cocinero o un corredor de fondo, sino para mí de un semejante, de alguien a quien encuentras en el reconocimiento de padecer males comunes y afrontarlos de manera similar; el dolor no se palia, pero en el diálogo entre dos tiempos y espacios distintos, entre dos que no se conocen ni lo harán nunca, uno de los dos interlocutores –el que lee– alcanza cierto alivio que no es sino un eco de los alivios que el hombre que escribe encontró a su vez en la lectura de otros. «¿Quién me ha exiliado y por qué? ¿Qué busco? ¿Qué aguardo?». Algunos buscamos esas respuestas en la escritura. El 11 de mayo de 1975, cuando yo estaba camino de cumplir seis años, pero también ahora que corro hacia los 48, escribe Ribeyro:

«Cuando no estoy frente a la máquina de escribir me aburro, no sé qué hacer, la vida me parece desperdiciada, el tiempo insoportable. Que lo que haga tenga valor o no es secundario. Lo importante es que escribir es mi manera de ser, que nada reemplazará. Cuando imagino una vida afortunada, millonaria, veo siempre el lugar donde pueda seguir escribiendo. Si no fuera necesario comer, dormir, trabajar, no abandonaría este sitio, donde nada me incomoda, donde gozo del más completo albedrío, donde soy dueño del mundo, de mi mundo, sus fabulaciones, hazañas, torpezas, locuras, el mundo irreal de la creación, al lado del cual no hay nada comparable.»

 

Estoy de pie junto a Julio Ramón Ribeyro, en una terraza que da hacia el Mediterráneo de Málaga y da hacia el Pacífico de Lima –y si miras hacia abajo da a la plaza Falguière alfombrada de sus colillas–, bebiendo una copa de Saint-Émilion, y la botella está casi apurada por los dos, y le oigo leer esas líneas de su diario que acaba de escribir, y le miro flaquísimo y algo despelucado dar una calada al cigarrillo que se consumía despacio a su lado a la espera de que acabase de escribir, y yo que jamás he llevado un diario, asiento; me bebo lo que queda en la copa de un largo buche, en esos momentos la vajilla está limpia y la soledad es algo menos fea, y de nuevo asiento.

Total
5
Shares