En lo académico, por último, el Colmex lanzó ya desde aquel primer momento algunas de las líneas de trabajo que lo convertirían en referente internacional. Entre ellas destaca el Centro de Estudios Históricos puesto en marcha en 1941, que dirigió Silvio Zavala y donde se formaron varias generaciones de estudiantes que tuvieron, por entonces, entre sus profesores al paleógrafo Agustín Millares y a los historiadores Ramón Iglesia, José Miranda o Concepción Muedra. El exiliado español José Gaos, discípulo de Ortega y Gasset, puso en marcha el Seminario para el Estudio del Pensamiento en los Países de Lengua Española y José Medina Echeverría el Centro de Estudios Sociales, que, con carácter interdisciplinar, prestó atención a materias como la economía, la sociología o la ciencia política, entre otras. El arco disciplinario de la institución se completaría en 1947 con la Fundación del Centro de Estudios Filológicos –con el apoyo económico de la Fundación Rockefeller–, en el que se congregaron, junto al propio Alfonso Reyes, personalidades como Enrique Díez-Canedo, José Moreno Villa o Ricardo Gutiérrez Abascal, conocido por su pseudónimo Juan de la Encina. Fue la llegada de Raimundo Lida a su administración la que afianzó y consolidó la acción docente e investigadora de este centro que pondría en marcha la célebre Nueva Revista de Filología Hispánica.[6] Pero esa es ya otra historia.

 

EL FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, MANANTIAL PARA EL PENSAMIENTO EN ESPAÑOL

De manera paralela a todo ello, y por si fuera poco el desvelo por sacar adelante primero La Casa y luego el Colmex –junto a la incertidumbre económica, el ascenso del fascismo en el mundo, la expansión de regímenes autoritarios y nacionalistas, así como la consolidación de la opción política soviética–, Daniel Cosío Villegas no cejó en su empeño de promover el desarrollo del FCE. Si en los tres primeros años de existencia del FCE –creado en 1934– tanto la revista como los libros fueron de economía, en 1937 Cosío Villegas y sus colaboradores de esa primera hora –el exrector de la UNAM Antonio Castro Leal y el economista Eduardo Villaseñor, fundamentalmente–, ante la hecatombe que estaba sacudiendo el mundo y la necesidad de formación del público mexicano, decidieron promover otras colecciones vinculadas a las humanidades y las ciencias sociales. Fue así cuando, ese mismo año, apareció el primer libro de ciencia política: Doctrinas y formas de la organización política, de George D. Howard Cole, traducido por Alfonso Reyes.

El exilio español radicado en México ofreció, además, a Cosío la materia prima necesaria para que el FCE continuase la labor que en los años veinte y primeros treinta había llevado a cabo la Revista de Occidente.[7] Sus propios intereses académicos generaron una sinergia que alimentaba las necesidades del FCE y que, a la vez, tenía entidad propia, pues el Colmex, a la par, puso también en marcha diferentes revistas especializadas, así como su propia línea editorial. En ese ambiente de colaboración, pronto Cosío y los suyos encargaron a residentes del Colmex la traducción de las obras más importantes en el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales de entonces. Con todo, en esos primeros años tras la Guerra Civil y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial –en que el FCE abrió una filial en Buenos Aires que distribuiría sus fondos por todo el Cono Sur–, la multiplicación de obras más allá de la economía resultó exponencial (si en 1935 aparecieron dos obras de economía con el sello del FCE, diez años más tarde, las cinco colecciones sumaban un total de 191 títulos).

Como se puede ver, el FCE llevó a cabo una labor hercúlea. Para ello contó con traductores de altísimo nivel intelectual y académico, mexicanos y españoles exiliados –además de las personas que van a aparecer en estas páginas, cabe destacar la extraordinaria labor de la poetisa del veintisiete Ernestina de Champourcin, que se ocupó de más treinta traducciones–. Su labor resultó esencial para el devenir de la ciencia en español y bien merece la pena realzarla, pues su entrega, muchas veces abnegada e invisible a ojos del lector común, resultaba compleja, ardua e intensa: expresar en la lengua propia lo que se ha creado en otro idioma, con análoga frescura y originalidad, respetando un lenguaje técnico que, en muchas ocasiones, expresa pensamientos complejos, supone una extrema dificultad.

Cosío Villegas, que dirigió el FCE hasta 1948, cuando fue sucedido por Arnaldo Orfila, tuvo una cierta obsesión por que el Fondo fuese, sobre todo y ante todo, una editorial de fundamento y especialización académica –por eso, aunque hubo publicación literaria, esta fue la menor–. Así, entre las obras publicadas esos años que llevan hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, encontramos clásicos de sus respectivas disciplinas, manuales y también novedades, algunas de las cuales devendrían en clásicos dentro de sus ámbitos en todo el mundo hispánico. Ante la mirada de un ojo crítico también se perciben, claro, ausencias notables –todas explicables, por otra parte– por diferentes motivos, como la de Nietzsche, Arnold Toynbee o Sigmund Freud, que había sido traducido por vez primera por encargo de Ortega y Gasset a López Ballesteros en 1911 para Biblioteca Nueva.

El FCE tendría con los años cinco colecciones: Economía, Ciencia y Pensamiento Político –luego se llamaría Política y Derecho–, Historia, Sociología y Filosofía. La economía daba nombre a la editorial en un universo académico mexicano –y también hispánico– donde apenas la disciplina había comenzado a tener rango universitario, como mencionamos anteriormente. Desde el crac de 1929 se había hecho evidente la urgencia de esta enseñanza especializada en un país en el que, por un lado, se empezaba a percibir la influencia decisiva que iban a tener los Estados Unidos por su proximidad y, por otro, que, como consecuencia de la Revolución, México debía crear su propio modelo económico posrevolucionario, diferente del que había caracterizado la vida del país durante el Porfiriato. Con carácter pedagógico evidente –como se puede observar en la primera edición sistemática de la obra de Marx en español, publicada por el FCE–, su catálogo se llenó casi de inmediato con las obras fundamentales de la economía clásica, como las de David Ricardo, Adam Smith o Thomas Malthus. Junto a ellas, el FCE tradujo aquellas que estaban marcando el sino de los tiempos, como la ya citada Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero de Keynes o Naturaleza de las crisis del laborista británico John Strachey. México y el FCE abrirían, de esta manera, el área económica al mundo hispánico con una influencia decisiva en la formación de las élites académicas en las décadas siguientes.

Fruto de la preocupación de los responsables del FCE por abrir la editorial a otras disciplinas, pronto se inició –como se dijo– la colección Ciencia y Pensamiento Político –luego Política y Derecho–. Su diseño corrió a cargo del internacionalista Manuel Pedroso y de Vicente Herrero, que había cursado un posgrado en la London School of Economics. Se conformó así una colección que bien reflejaba la tensión política del momento con obras que abarcaban temáticas como el ascenso del nazismo y del fascismo, el pensamiento social, la teoría política o del Estado o el pensamiento político universal –incluyendo la edición crítica de clásicos como Utopía de Tomás Moro, Leviatán de Thomas Hobbes o el Ensayo sobre el gobierno civil de John Locke–. También se pueden encontrar en su catálogo otras obras decisivas como las del primer secretario del Tesoro de los Estados Unidos Alexander Hamilton, las de Thomas Paine –autor del influyente ensayo en la independencia de las colonias norteamericanas Common Sense– o las del liberal británico Edmund Burke. La importancia capital que ello tendría en el devenir político del mundo hispánico se hizo evidente con el tiempo cuando, tras superar dictaduras de uno y otro signo, la democracia y el sistema liberal-capitalista se fueran abriendo paso en este ámbito.

En la colección de Historia, al contrario de lo que sucedía en las dos anteriores, llama la atención la ausencia de clásicos de origen británico como Thomas Carlyle, lord Macaulay o lord Acton (Garciadiego, 2016, p. 49). Buena parte de ellas ya habían aparecido en español en las décadas precedentes en otras editoriales. El FCE sí publicó obras fundamentales de autores de entonces como Robin G. Collingwood o Isaiah Berlin. Junto a ello, los responsables de la colección –singularmente Ramón Iglesia– hicieron un esfuerzo por traducir y publicar clásicos del XIX y de lo que iba del XX, como las monografías decisivas de Leopold von Ranke, Jakob Burkhardt, Theodor Mommsem, Benedetto Croce, Johan Huizinga o Henri Pirenne, entre otras muchas. También acertó esta colección en reflejar los tiempos historiográficos. Tras la conocida revolución de los Annales, el FCE publicaba ahora libros que mostraban la pluralidad y el sino de los tiempos con la aparición de obras de historia política y diplomática, sí, pero también, de manera inmediata, vieron la luz trabajos de historia económica, social, de las ideas, cultural, filosofía de la historia y, claro, sobre nacionalismos. No es exagerado decir, en este sentido, que el catálogo del FCE refleja la pulsión historiográfica desde entonces y que buena parte de los historiadores de la segunda mitad del siglo XX y de comienzo del xxi encuentran en sus páginas los fundamentos de su propia disciplina.

El FCE fue también pionero en el mundo de la sociología para el público en español. Previamente, Ortega había impulsado la traducción en la Revista de Occidente de Georg Simmel y la editorial Calleja había publicado a Herbert Spencer. Eso era todo. El FCE se puso manos a la obra y muy pronto se pudieron leer en la lengua de Cervantes clásicos de Auguste Comte, Émile Durkheim, Vilfredo Pareto o novedades que por entonces definían el camino de la disciplina, como las aportaciones de Thorstein Veblen (Teoría de la clase ociosa), Ferdinand Tönnies (Principios de sociología) o Karl Mannheim (Diagnóstico de nuestro tiempo).[8]

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