De los huérfanos, según los informes de la época, se encargaron los monasterios –las distintas órdenes se repartían el territorio urbano y rural–, que abrieron orfanatos, y las familias pudientes, que levantaron a muchos de estos niños como «criados». La evidencia etimológica de la palabra criado ilumina con nitidez su origen y triste consecuencia: «Si crío un niño o una niña huérfanos, estos quedan vinculados a la familia para siempre, pero en condición de servidumbre perpetua: me pagarás tu crianza ayudándome para siempre en los quehaceres domésticos». De los ancianos, como sus noticias se pierden en la desmemoria, solo podemos estar seguros de que acabaron por morir. Los indígenas huérfanos, imbuidos de cultura hispánica y católica en los conventos, orfanatos y casas de blancos que los criaron, perdieron la lengua y las costumbres de sus mayores, por lo que acabaron por engrosar el número de cristianos, hablantes de castellano, y fueron depositarios y portadores de la mentalidad colonial. Los españoles, que al principio de la colonia habían adoptado el náhuatl, el idioma de los aztecas vencidos, como lingua franca de todo el territorio mexicano, lo fueron reemplazando por el castellano a medida que la peste y las hambrunas diezmaron a la población que usaba el náhuatl como lengua materna.

También es cierto, y esto es una constante de todas las épocas, tanto de las remotas como de la actual, que las personas con un trabajo físico más extenuante, y con problemas previos de alimentación y nutrición, no entran con igualdad de fuerzas a la lucha por la supervivencia cuando una pestilencia se ensaña contra una población. Esto hizo que no solo los indígenas (por motivos de menor exposición inmunológica a determinados vectores infecciosos), sino también muchos esclavos negros y blancos pobres padecieran con más fuerza el flagelo mortal de la peste. Sobrevivieron los más preparados por la historia de contagios de su pueblo, o quienes estaban mejor nutridos –durante las plagas no se siembra ni se recoge la cosecha, lo que trae escasez de alimentos, hambruna– y menos expuestos al trabajo extenuante de las minas o el campo.

Las pestes, que afectaron sobre todo a los más débiles (desde un punto de vista inmunitario o socioeconómico) y a los más numerosos, mucho más que el exterminio guerrero y las matanzas, consolidaron el poder colonial en América. Y el hecho de que la mayoría de los sobrevivientes fueran niños provocó que la mentalidad colonial adquiriera la más melancólica de las características: la sumisión del huérfano recogido, supuestamente salvado, casi con la obligación de sentirse «agradecido» por el sometimiento, y, en últimas, sumiso a sus tutores. De este modo ni siquiera deliberado, sino fruto del injusto efecto de las epidemias, el náhuatl deja de ser la lengua mayoritaria y en la que se ejerce el dominio y el adoctrinamiento religioso. Y con la caída de la lengua nativa surge el español imperial, o mejor, el castellano tímido y obsequioso que hemos hablado en las colonias americanas, el cual tiene mucho de servil en sus diminutivos, en sus «mande», sus «a la orden», sus «señor» y sus «señora», sus «doctor», «jefe», «patrón», además de muchas otras muestras de apocamiento, humildad y extrema cortesía. El poderío imperial de Europa no puede explicarse solamente por su mayor desarrollo técnico (acero, pólvora, arcabuces, caballos, carabelas, herraduras, etcétera); un factor fundamental de su éxito es su fortaleza inmunológica, el hecho de haber sido Europa un territorio de muchas invasiones y encrucijada de muchos intercambios comerciales (África y el Mediterráneo, Atlántico norte, Asia). Esta situación geográfica convirtió a los europeos en personas sometidas durante milenios a muy diversos contagios y, por lo tanto, a una ventajosa selección epidemiológica. Todorov (1984, p. 75) lo explica de un modo aún más explícito: «Los españoles inauguraron, sin saberlo, la guerra bacteriológica, al llevar por delante la viruela, que hizo estragos en las filas enemigas».

La pestilencia de 1576 no fue la más mortífera que vivieron los indígenas de Mesoamérica. Si la he escogido para este ensayo esto se debe a que es, en cambio, una de las que están mejor documentadas por haberse dado en un momento en que la burocracia del Imperio español estaba más consolidada en el territorio y podía enviar a la metrópoli comunicaciones más precisas sobre la enfermedad y lo que estaba ocurriendo con esta. Pero, ya desde la llegada de Cortés y los españoles en 1519, los patógenos del Viejo Mundo –en especial de Europa y África–, desconocidos para el sistema inmune de los nativos americanos, produjeron una de las catástrofes demográficas más devastadoras de la historia de la humanidad.

Sin querer olvidar el efecto dramático de la conquista violenta (un genocidio en el sentido auténtico de la palabra), ni de la degradación de los indios vencidos a la condición de esclavos, al principio, y luego de siervos, ni de su desplazamiento forzado de sus pueblos y territorios originales, lo cierto es que para España, culminada la conquista, no era conveniente aniquilar a sus nuevos súbditos, los nativos americanos. Para el poder colonial y para el Imperio español habría sido mucho más provechoso y rentable contar con una numerosa población servil, o cuanto menos subordinada, que con unos territorios ricos e inconmensurables pero despoblados, sin mano de obra para labrar el campo, hacer las innumerables obras civiles necesarias para instaurar el nuevo orden o simplemente para explotar las minas de oro y plata recién abiertas.

Se calcula que entre 1519 y 1521 la viruela, el tifus, la gripe, las paperas y el sarampión –unidas a la guerra, la desnutrición, el hambre, la desaparición de todo un sistema de producción de bienes y alimentos– mataron a unos nueve millones de indígenas, en una población total difícil de calcular exactamente, pero que estaba entre los quince y los veintiocho millones en el actual territorio mexicano. La enfermedad característica de la primera plaga llevada por los europeos fue seguramente la viruela, y su mismo origen –si podemos dar crédito a sus palabras– está reportado de la siguiente forma por Bernal Díaz del Castillo (1971, p. 396): «Y volvamos ahora a Narváez [capitán español, Pánfilo de Narváez, recién llegado de Cuba a apresar a Cortés en 1520] y a un negro que traía lleno de viruelas, que harto negro fue en la Nueva España, que fue causa que se pegase e hinchese toda la tierra dellas, de lo cual hubo gran mortandad; que, según decían los indios, jamás tal enfermedad tuvieron, y como no la conocían, lavábanse muchas veces, y a esta causa murieron gran cantidad dellos. Por manera que negra la ventura de Narváez, y más prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos».

Cuando Cortés, después de la muerte de Moctezuma (a quien tenía preso), debe abandonar precipitadamente Tenochtitlan, perdiendo a más de las dos terceras partes de su ejército, la viruela no había llegado todavía a México. Su llegada ocurre cuando Cortés está en guerra, precisamente, con Narváez, que había venido de Cuba a intentar apresarlo. Entre la salida del ejército español y su regreso es cuando ocurre la epidemia de viruela, descrita así por los indígenas náhuatl:

Cuando se fueron los españoles de México y aún no se preparaban los españoles contra nosotros, primero se difundió entre nosotros una gran peste, una enfermedad general. Comenzó en tepeílhuitl [decimotercer mes en el calendario azteca]. Sobre nosotros se extendió: gran destruidora de gente. Algunos bien los cubrió, por todas partes de su cuerpo se extendió. En la cara, en la cabeza, en el pecho. Era muy destructora enfermedad. Muchas gentes murieron de ella. Ya nadie podía andar, no más estaban acostados, tendidos en su cama. No podía nadie moverse, no podía volver el cuello, no podía hacer movimientos de cuerpo; no podía acostarse cara abajo, ni acostarse sobre la espalda, no moverse de un lado a otro. Y cuando se movían algo, daban de gritos. A muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos. Muchos murieron de ella, pero muchos solamente de hambre murieron; hubo muertos por el hambre: ya nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otros se preocupaba. Pero a muchos con esto se les echó a perder la cara, quedaron cacarañados, quedaron cacarizos. Unos quedaron ciegos, perdieron la vista (AA. VV., 1959, pp. 123-124).

 

A este contagio, digámoslo así, involuntario, de la viruela, se siguió, en opinión de algunos estudiosos, un uso más calculado de la enfermedad. Soy de la opinión que la viruela y las demás pestes sirvieron mucho para desmoralizar a los indígenas y para hacerlos creer que estaban condenados a la derrota por designio divino, pero dudo que los invasores hayan tenido los conocimientos suficientes como para desencadenar voluntariamente contagios masivos. Como no puedo estar seguro de esta opinión, doy la palabra a quienes piensan que estos contagios fueron calculados y deliberados. Es lo que cree el médico e historiador de la medicina Orlando Mejía Rivera[1]:

En la actualidad se considera indiscutible por parte de los historiadores de la medicina que Cortés y Pizarro diseminaron a propósito la viruela, como un arma biológica, cuando descubrieron la susceptibilidad extrema de los indígenas y que se podía transmitir por medio de fómites. Tanto en la conquista de Tenochtitlan como en la del Imperio incaico, infectaban lanzas y cobijas de lana con costras de enfermos de viruela y las dejaban cerca de los poblados que iban a atacar. Entonces, no fue una casualidad, aunque por supuesto los documentos oficiales de la época niegan cualquier acción intencional en la diseminación de la viruela por el Nuevo Mundo.

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