Por la descripción de la enfermedad, que ambos se dedicaron a observar entre «los naturales» en los barrios de México donde más los estaba afectando y matando, es posible inferir que se trataba de alguna fiebre hemorrágica. En cuanto a las causas, en cambio, los médicos parecían caer de nuevo en hipótesis más ambientalistas, pues López y Hernández coincidieron en que la enfermedad era causada por «la conjunción de calor y humedad» y eran determinantes «los cambios bruscos de temperatura». Esta última observación, por mágica que parezca, no es completamente descartable, pues hasta bien entrado el siglo XIX se produjeron en México repetidas fiebres hemorrágicas que coincidieron con años en que a una gran sequía se sucedía una época de lluvias torrenciales e inundaciones.

Es interesante señalar que en esta pugna entre las explicaciones mágicas o astrológicas, las religiosas, las estacionales o climáticas, las sociológicas, hace su aparición también el intento de introducir en América una indagación empírica «vinculada a la reforma anatómica del Renacimiento», como sostiene Gerardo Martínez (s. f.), ya que, ante la gravedad del cocoliste, se practican por primera vez en el Nuevo Mundo «anatomías», es decir, autopsias o disección de cadáveres de indígenas, para tratar de descubrir los efectos de esta nueva plaga en los cuerpos de los naturales fallecidos. Y es aquí donde se nota el legado de Vesalio, el gran médico protegido por ambos monarcas.

Según Martínez Hernández, las autopsias practicadas eran de carácter etiológico, o sea, que buscaban desentrañar las causas y efectos de la nueva plaga, y, por lo tanto, eran distintas a las anatomías de tipo didáctico que también se empezaron a practicar por aquellos años en la universidad –la primera de América– recién fundada. Las observaciones, sin embargo, son de una utilidad apenas aproximativa al día de hoy para determinar de qué tipo de enfermedad se trató el cocoliste del que nos estamos ocupando. En un manuscrito del protomédico Francisco Hernández, encontrado recientemente, se lee lo que sigue: «Quienes orinaban con micción abundante y pálida, partidos [en la autopsia] mostraban el hígado muy hinchado, el corazón negro, manado un líquido pálido (amarillo) y, después, sangre negra, el bazo y el pulmón negros y semiputrefactos; la atrabilis podía ser contemplada en su vasija, el vientre seco, y el resto del cuerpo, por cualquiera parte que fuese cortado, palidísimo». Y más adelante: «Tenían los enfermos el hígado acirrado y muy duro, que se les paraba tan deforme que parecía hígado de toro y alzaba las costillas hacia arriba y hacía el pecho muy deforme, porque con su grandeza y tumor hacía monstruosidad. Los bofes o livianos tenían azules y secos; la hiel apostemada y opilada y muy grande; la cólera que dentro estaba se pudría y la cólera que quedaba fuera no podía entrar dentro. Por esta causa se paraban los heridos de este mal muy amarillos y atiriciados» (Martínez Hernández, s. f.).

Según el historiador de la medicina, el médico internista y escritor Orlando Mejía Rivera, el estudioso Martínez Hernández exagera la importancia de Vesalio para el desarrollo de la medicina tanto en España como en la Nueva España. Para él:

No se le puede atribuir a Vesalio ese protagonismo de alcances epistemológicos, porque en efecto él es uno de los precursores de la revolución científica médica al publicar su Humanis corporis fabrica en 1543, pero su mentalidad fisiopatólogica estaba inmersa en el clásico humoralismo hipocrático-galénico de estirpe medieval. Su papel en la corte de España fue lánguido y poco importante. Allí nunca volvió a disecar cadáveres, ni se vinculó con las facultades de medicina. Aunque ejerció como cirujano real y de guerra, no tuvo éxito y un cirujano brillante como el español Dionisio Díaz Chacón, su amigo y compañero de trabajo, ha dejado para la historia tres o cuatro episodios en los que Vesalio demostró incluso ineptitud en la técnica quirúrgica de heridos de guerra y debió pedir ayuda a sus colegas. La brillantez de Vesalio como anatomista no existió en el campo de la cirugía.

Más aún, según Mejía Rivera[4]:

Hernández no pretendió hacer autopsias de «carácter etiológico» porque el modelo etiopatogénico solo haría su tímida aparición a finales del siglo XVIII. Tampoco provienen de la influencia de la anatomía de Vesalio porque él nunca hizo ni promovió la realización de autopsias de correlación patológica. Las autopsias de Hernández vienen de la influencia directa de Antonio Benivieni y su obra pionera Acerca de las causas ocultas y maravillosas de la enfermedad y su curación (1507), que inaugura el modelo anatomopatológico, en el cual se hicieron autopsias para encontrar los órganos que estaban afectados por los humores patológicos que habían precipitado la enfermedad. Por ello, Hernández hace énfasis en el crecimiento del hígado y del bazo y en su color negruzco, pues estaba convencido de que el cocoliste era una «pestilencia» y la explicación científica predominante en su época atribuía la enfermedad a una combinación de los «miasmas» del aire y un organismo previamente desequilibrado en el que predominaba la «bilis negra», y de allí las lesiones predominantes en el bazo (que por la acción de la ley de atracción galénica era el órgano que producía la «atrabilis») y en el hígado (en donde la bilis negra espesa y aumentada taponaba el órgano y lo dañaba).

Al tiempo que empezaba el precoz desarrollo de la medicina empírica en el Nuevo Mundo, surgen también durante estos mismos años las primeras obras literarias que se refieren a los sucesos de la peste de 1576. En ese momento había ya una primera generación de criollos, algunos de ellos hijos de los soldados de Cortés, nacidos en el Nuevo Mundo, portadores desde entonces de esa identidad muy típica de nuestra cultura, en el difícil equilibrio de quien no sabe exactamente si es más español que americano, o más americano que español. Su oficio ya no era pelear y conquistar, sino que se dedicaban a profesiones más normales en tiempos de paz: eran clérigos, comerciantes, explotadores de tierras e indios heredados de sus padres, e incluso médicos y literatos.

A los atisbos médicos renacentistas se acompañan, entonces, algunas obras que son también apenas los primeros intentos de alejarse de la literatura medieval para emprender trabajos más cercanos a la sensibilidad realista, que sean el reflejo de lo que acontece en el mundo que los rodea. En México, bajo el influjo del andaluz Gutierre de Cetina (que hizo dos viajes a la Nueva España y allí murió) fue surgiendo, al igual que en la península, una poesía de estilo italianizante, petrarquista, escrita generalmente en forma de sonetos. Quizá el primer poeta importante nacido ya en el nuevo mundo es Francisco de Terrazas, hijo de un conquistador del mismo nombre, muy cercano a Cortés, y que por ser uno de sus protegidos llegó a ser antes su mayordomo y luego alcalde de la ciudad de México. El poeta Terrazas es, probablemente, el primer criollo que se dedica a las letras con indudable destreza técnica, y sin duda el primero que recibe el reconocimiento público de los locales, y que además es citado por Miguel de Cervantes (1956, p. 750) en el libro sexto de La Galatea, en el poema que escribe para exaltar los grandes ingenios poéticos vivos de su tiempo, «Canto de Calíope»:

Pienso cantar de aquellos solamente

a quien la Parca el hilo aún no ha cortado,

de aquellos que son dignos justamente

de en tal lugar tenerle señalado,

donde, a pesar del tiempo diligente,

por el laudable oficio acostumbrado

vuestro, vivan mil siglos sus renombres,

sus claras obras, sus famosos nombres.

[…]

De la región antártica podría

eternizar ingenios soberanos,

que si riquezas hoy sustenta y cría,

también entendimientos sobrehumanos:

mostrarlo puedo en muchos este día,

y en dos os quiero dar llenas las manos,

uno de Nueva España, y nuevo Apolo;

[…]

Francisco, el uno, de Terrazas tiene

el nombre, acá y allá tan conocido,

cuya vena caudal nuevo Hipocrene,[5]

ha dado al patrio venturoso nido.

Las nociones geográficas de las Indias, aún en un hombre bien informado como Cervantes, son confusas. Para el Manco de Lepanto tanto el Perú como la Nueva España están en la «región antártica», y allí sitúa a Francisco de Terrazas, el primer poeta criollo de México. El más famoso poema de este Terrazas, muy celebrado por los historiadores de la literatura novohispana, y quizá inspirado en otro de Camoens, es el siguiente soneto de tema amoroso (que reproduzco modernizando la ortografía):

Dejad las hebras de oro ensortijado

que el ánima me tienen enlazada,

y volved a la nieve no pisada

lo blanco de esas rosas matizado.

Dejad las perlas y el coral preciado

de que esa boca está tan adornada,

y al cielo, de quien sois tan codiciada,

volved los soles que le habéis robado.

La gracia y discreción, que muestra ha sido

del gran saber del celestial maestro,

volvédselo a la angélica natura.

Y todo aquesto así restituido,

veréis que lo que os queda es propio vuestro:

ser áspera, cruel, ingrata y dura.[6]

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