He intentado encontrar alguna fuente histórica que niegue este tipo de actos –y ya la negación de los mismos sería muy sospechosa– o, aún más importante, que confirme esta contaminación indiscutible y deliberada de las cobijas, pero solo he encontrado al respecto una estrategia muy similar, dos siglos después, y en las colonias inglesas de Norteamérica, no en las españolas.[2]

 

Entre 1545 y 1548 hubo otra gran oleada epidémica, quizá la peor, en la que se estima que murió el ochenta por ciento de los indígenas ya diezmados por la conquista y las primeras plagas. A partir de las escasas descripciones y documentos existentes sobre este segundo cocoliste, se tiende a pensar que pudo tratarse de sarampión, de tifo o de algún virus hemorrágico no claramente identificado. Al final de este ensayo incluyo las últimas hipótesis al respecto.

Obviamente en el «choque biológico» también los europeos recibieron su ración de parásitos, virus y bacterias americanas. Quizá la enfermedad más destacada fuera la famosa «venganza de Moctezuma» (infecciones por parásitos intestinales desconocidos para la flora intestinal del Viejo Mundo), y la más discutida es la sífilis, considerada por algunos –especialmente por el cronista Francisco López de Gómara– como un mal originario del Nuevo Mundo, y mejor aún, como una especie de maldición, desquite o castigo por la seducción y violación de las indias.

El cronista más autorizado y confiable de la época, el misionero franciscano Bernardino de Sahagún, que llegó a México en 1529, que aprendió perfectamente el náhuatl y se dedicó con verdadera admiración e interés a recoger la sabiduría, los usos y las costumbres de los aztecas, se refirió como sigue, y de primera mano, a las que él llamó «pestilencias universales», es decir, de todo el territorio:

Cuando los españoles llegaron a esta tierra estaba llena de gente innumerable, y cuando por vía de guerra echaron de esta ciudad de México los indios a los españoles, y se fueron a Tlaxcala, dioles la pestilencia de viruelas, donde murieron sin cuento, y después en la guerra, y en los trabajos con que fueron afligidos después de la guerra, murieron gran cantidad de gente en las minas, haciéndolos esclavos y llevándolos cautivos fuera de su tierra, y fatigándolos con grandes trabajos en edificios y minas; y después que estas vejaciones se remediaron con haber clamado los religiosos al emperador Carlos V, en el año de 1545, vino la otra segunda pestilencia.

[…]

Después que esta tierra se descubrió ha habido tres pestilencias muy universales y grandes, allende de otras no tan grandes ni universales. La primera fue el año de mil y quinientos y veinte. […] El año de 1545, hubo una pestilencia grandísima y universal, donde, en toda esta Nueva España, murió la mayor parte de la gente que en ella había. Yo me hallé en el tiempo de esta pestilencia en esta ciudad de México, en la parte de Tlatilulco, y enterré más de diez mil cuerpos, y al cabo de la pestilencia diome a mí la enfermedad y estuve muy al cabo. Después desto procediéndola las cosas de la fe pacíficamente por espacio de treinta años, pocos más o menos, se tornó a reformar la gente. Agora, este año de mil quinientos y setenta y seis, en el mes de agosto, comenzó una pestilencia universal y grande, la cual ya ha tres meses que corre, y ha muerto mucha gente, y muere y va muriendo cada día más.[3]

Aunque seguía siendo la más numerosa, la población indígena que quedaba al llegar la tercera oleada de peste, la de 1576, sumaba apenas unos cuatro millones de naturales que, como queda dicho, dos años después se redujo a la mitad, unos dos millones. Para medir el tamaño de la catástrofe demográfica ocurrida en el primer medio siglo de la conquista, con su consecuente depresión económica, hay que saber que México no volvería a tener la población con la que contaba en 1545 sino a mediados del siglo XX, es decir, cuatrocientos años después de la segunda epidemia grave, y casi siglo y medio después de la Independencia.

Hay muchos testimonios escritos de lo sucedido en el año de 1576, el de la tercera «pestilencia universal», o tercer cocoliztli, como llamaban en náhuatl –españolizado en cocoliste– a las enfermedades que mataban a mucha gente. Es apasionante leer lo que dijeron sobre ella los eruditos de la época: médicos, religiosos, literatos y gobernantes. Ante un hecho tan alarmante, como sucede hoy mismo en los años de la peste de 2020-2021, muchos tenían una opinión sobre las causas y orígenes del cocoliste, un diagnóstico, una solución, un tratamiento. Los primeros en hablar, entonces como ahora, y los más locuaces y seguros de sí, son siempre los charlatanes y los adivinos.

Según un cronista de entonces, «los astrólogos dijeron que la causa era la conjunción de ciertas estrellas». El gobierno secular buscaba orígenes un poco más terrenales. Hacia finales del año el virrey Enríquez de Almansa escribe a Felipe II una carta citada por Irving Leonard (1953, p. 160) en la que dice lo siguiente: «Este año en esta tierra ha sido muy trabajoso, per ser muy falto de aguas, y de grandes calores, y entre los indios ha dado rezio la pestilencia, que han muerto en gran cantidad, y aún mueren porque con estar en fin de octubre que suele ya helar y hazer frío asta aora todo es calor; mas, con no ser tan grande, van mejorando y tengo esperanza en Dios que si refrescaze bien el tiempo, les sería gran remedio».

En el caso del gobernante, se atribuye la plaga a los efectos del tiempo –el calor y la falta de lluvias– y se deposita la esperanza en la llegada del frío como remedio. No es difícil observar que las cosas han cambiado poco desde entonces hasta nuestro muy científico siglo XXI. El presidente del país más rico y desarrollado del mundo, al principio de la pandemia que hoy seguimos padeciendo, declaró lo siguiente el 19 de febrero del año 2020, hablando del nuevo coronavirus: «I think it’s going to work out fine. I think when we get into April, in the warmer weather, that has a very negative effect on that and that type of a virus». Y una semana después: «It’s going to disappear. One day, it’s like a miracle, it will disappear». Almansa con el frío y Trump con el calor depositaron ambos su esperanza en algo que no sirvió en el siglo XVI y tampoco en el XXI.

A veces tiende a pensarse, con bastante ligereza, que la España del siglo XVI era un país muy atrasado en ciencias y medicina, más anclado a la Edad Media que al Renacimiento. Para limitarnos a lo que nos interesa en este artículo es importante señalar que uno de los médicos más relevantes del Renacimiento, y el primero que hizo la disección pública de un cadáver –en la Universidad de Padua, en 1537–, Andrea Vesalio, fue médico particular tanto del emperador Carlos V como de su hijo, el rey Felipe II, a quienes acompañó durante largos años en sus correrías por España. Su gran obra de anatomía humana, De humani corporis fabrica, publicada en Basilea en 1543, está dedicada al emperador. Siendo médico de ambos monarcas, Vesalio practicó sus conocimientos anatómicos curando heridas de guerra y llevando a cabo disecciones, al lado de pupilos españoles. Si bien es cierto que la vieja guardia médica peninsular se oponía a sus nuevos métodos, la verdad es que ambos reyes lo tuvieron a su lado largos años, y Felipe II lo recompensó haciéndole conde y asignándole una pensión vitalicia.

El interés de Felipe II por el progreso de la medicina, y su apertura mental ante los posibles aportes de los conocimientos curativos de los indígenas americanos, lo llevaron a nombrar un «protomédico» en la Nueva España, quien debía encargarse de investigar las plantas de México que pudieran tener un uso terapéutico general. Para este cargo nombró a Francisco Hernández, que había estado en España al lado de Vesalio, y quien, en sus primeros años en el cargo, ya en el Nuevo Mundo, se concentró en la investigación de las plantas curativas según la tradición indígena, pero que al llegar el cocoliste a mediados de 1576 se dedicó a tratar de estudiar, describir y combatir esta nueva pestilencia.

En esta empresa trabajó al lado de un cirujano local, Alonso López de Hinojosos. Estos fueron los síntomas de la plaga, descritos por este último: «Los heridos de este mal muy amarillos y atiriciados. La orina que echaban los enfermos era muy retinta como vino aloque y la orina muy gruesa y espesa». Y añade que padecían «cámaras de sangre […], calentura […], flujo de sangre que sale de las narices […], parótidas o apostemas de tras de la orejas». Para aclarar esta descripción conviene acudir a un diccionario de la época. La palabra cámaras en el castellano del siglo XVI está muy bien descrita en el Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Covarrubias (2003): «Cámara se dice el escremento del hombre, y hacer cámara, por su propio nombre, cacare. […] Enfermedad, disentería». El aloque es «el vino clarete, entre blanco y tinto». En cuanto al término parótidas, nos socorre el mismo autor: «Hinchazones o tumores que nacen detrás de las orejas». Los apostemas o postemas no son otra cosa que supuraciones, como también aclara Covarrubias.

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