Cuando se concibió Non serviam, el futurismo era un fenómeno ya conocido por los que, como Huidobro, querían llevar una dirección estética contemporánea. En Literaturas europeas de vanguardia (1925), Guillermo de Torre llegará a considerarlo «un hecho ya admitido», un elemento común, y su ideario debía asimilarse para ser rebasado inmediatamente, «sin circuirse en sus límites escolares» (1925/2001, 272). Quizás, también por eso el manifiesto del autor chileno no necesitaba mostrar al lector una prueba de temeridad: un poeta («el Poeta creacionista») se levanta, «después de una noche de preciosos sueños y delicadas pesadillas», y ya se presenta ante el público como un pequeño Dios. No necesita esconderse detrás del símbolo, ni detrás de la correspondencia baudeleriana: el «eco traductor y optimista» que repite en la lejanía el grito «No te serviré». Como en un western cinematográfico de principios del siglo xx, esta suerte de superhéroe deshumanizado se quita el sombrero y, entregándose al poder taumatúrgico del lenguaje y a la inteligencia,[i] crea su primer «hecho nuevo»: transforma a la Naturaleza en «una viejecita encantadora», desposeyéndola de esta manera de su aura mística. Este acto de rebeldía es concebido como el resultado de toda una evolución humana y poética, como «la suma de múltiples experiencias». Ello quiere decir que, para Huidobro, el arte es devenir que celebra en cada ocasión la ruptura con la tradición y la tradición de la ruptura.
En la segunda parte, que encierra la argumentación central del texto, el poeta se dirige a sus escritores-hermanos (narratarios) elevándose a guía, exactamente como Marinetti:
«El poeta dice a sus hermanos: “Hasta ahora no hemos hecho otra cosa que imitar el mundo en sus aspectos, no hemos creado nada. ¿Qué ha salido de nosotros que no estuviera antes parado antes nosotros, rodeando nuestros ojos, desafiando nuestros pies o nuestras manos? Hemos cantado a la naturaleza (cosa que a ella bien poco le importa). Nunca hemos creado realidades propias, como ella lo hace o lo hizo en tiempos pasados, cuando era joven y llena de impulsos creadores. Hemos aceptado, sin mayor reflexión, el hecho de que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro, en un mundo que espera su fauna y su flora propias. Flora y fauna que sólo el poeta pueda crear, por ese don especial que le dio la misma Madre Naturaleza a él, únicamente a él”» (1945/2003, 1294).
Este acto presenta in nuce lo que años más tarde el autor desarrolla en el manifiesto El creacionismo, cuando habla de poema creado: «Un poema en el que cada parte constitutiva, y todo el conjunto, muestra un hecho nuevo, independiente del mundo externo, desligado de cualquiera otra realidad que no sea la propia […]. Dicho poema es algo que no puede existir sino en la cabeza del poeta. […] Hace real lo que no existe, es decir, se hace realidad a sí mismo. […] El poeta debe decir aquellas cosas que nunca se dirían sin él» (1945/2003, 1339-1340).[ii]
Como ya se ha señalado, en el último acto y en el epílogo, que constituyen la confirmatio del manifiesto, Huidobro vuelve a la instancia individual de la enunciación:
«Non serviam. No he de ser tu esclavo, madre Natura; seré tu amo. Te servirás de mí; está bien. No quiero y no puedo evitarlo; pero yo también me serviré de ti. Yo tendré mis árboles que no serán como los tuyos, tendré mis montañas, tendré mis ríos y mis mares, tendré mi cielo y mis estrellas. Y ya no podrás decirme: “Ese árbol está mal, no me gusta ese cielo…, los míos son mejores”. Yo te responderé que mis cielos y mis árboles son los míos y no los tuyos y que no tienen por qué parecerse. Ya no podrás aplastar a nadie con tus pretensiones exageradas de vieja chocha y regalona. Ya nos escapamos de tu trampa. Adiós, viejecita encantadora; adiós, madre y madrastra, no reniego ni te maldigo por los años de esclavitud a tu servicio. Ellos fueron la más preciosa enseñanza. Lo único que deseo es no olvidar nunca tus lecciones, pero ya tengo edad para andar solo por estos mundos. Por los tuyos y por los míos. Una nueva era comienza. Al abrir su puerta de jaspe, hinco mi rodilla en tierra y te saludo muy respetuosamente» (1945/2003, 1295).
Exceptuando la expresión «Ya nos escapamos de tu trampa», la tercera sección pone en escena un yo autobiográfico que parece contrastar con los códigos del arte nuevo. Ahora bien, en realidad, Huidobro empieza aquí a plantear su teoría creacionista intentando volver a afirmar la originalidad exclusiva de cada artista dentro de los grupos vanguardistas. También en el manifiesto El creacionismo, aclaraba: «El creacionismo no es una escuela que yo haya querido imponer; el creacionismo es una teoría estética general» (1945/2003, 1338). De hecho, la estética huidobriana, aunque tuviera asideros teóricos, nunca llegó a ser un movimiento ni una escuela con una línea teórica predeterminada, como afirma Gloria Videla comparándola con el ultraísmo (1963/1971, 104).[iii] Era más bien una corriente que inspiraba a todos esos jóvenes intelectuales que querían preservar su estilo personal sin circuirse en dogmas escolares. Huidobro no tiene discípulos en Europa, sino continuadores libres de su obra. Pienso en Gerardo Diego, Juan Larrea, o en el líder del ultraísmo Guillermo de Torre, que en 1921 escribió el polémico manifiesto Estética del yoísmo ultraísta, donde reivindicaba, acuñando un neologismo (yoísmo), que el artista, en el panorama de la naciente democratización de la cultura, tenía que volver a situarse en una posición antropocentrista y ególatra, dejándose llevar por «el fluir de las libres psiquis unipersonales».[iv] Ni siquiera Joan Salvat-Papasseit, el «Marinetti Català», que en 1920 había redactado Contra els poètes amb minúscola. Primer manifest català futurista, dejaría en ningún momento de utilizar su provocador Jo tanto en los escritos teóricos como en los libros de poesía. Y ello porque, como Huidobro, combinaba varias fuentes literarias: Gabriel Alomar, Vladimir V. Mayakovski, Filippo Tommaso Marinetti.
El futurismo es una puerta a una nueva era revolucionaria en las artes internacionales. Más allá de la afiliación a los ismos sucesivos, cada escritor de vanguardia interpretará y aumentará su portada semántica. El yo puesto en escena por Vicente Huidobro ya no es el yo lírico de la poesía simbolista, ni un yo encerrado en una torre de marfil. El poeta puede andar solo por el mundo, salir a la calle y construir su propio paisaje ex lingua et signis. Si la obra orgánica ya no existe, el sujeto poético resulta ser un suma de yoes y de experiencias, un ser multiplicado, como en los cantos de Leaves of Grass de Whitman, en comunión erótica con todos los elementos del cosmos. La poesía del escritor chileno, como la de su coterráneo Pablo de Rokha (1894-1968), quiere vivir en masse rompiendo los espejos de la realidad y multiplicando así los puntos de vista posibles, las miradas del mundo. La ruptura inicial produce dicha en el escritor, pero ese nuevo mundo prismático y caótico impone, a veces, la reconstrucción de los fragmentos perdidos (o, peor, su inerte contemplación), volviendo a desencadenar una neorromántica tragedia del yo, como en estos maravillosos pasajes de Pablo de Rokha, extraídos de Altazor (1931) y de Los gemidos (1922):
«Soy yo Altazor el doble de mí mismo / El que se mira obrar y se ríe del otro frente a / frente / El que cayó de las alturas de su estrella / Y viajó veinticinco años / Colgado al paracaídas de sus propios prejuicios / Soy yo Altazor el del ansia infinita / Del hambre eterno y descorazonado / Carne labrada por arados de angustia / ¿Cómo podré dormir mientras haya adentro / tierras desconocidas?» (1931/1981, 65).
«Balada de Pablo de Rokha
Yo canto el canto sin querer, necesariamente, irremediablemente, fatalmente, al azar de los sucesos, como quien come, bebe o anda y porque sí: moriría si no cantase, moriría si no cantase; el acontecimiento popular del poema estimula mis nervios sonantes, no puedo hablar, no puedo hablar; las ruidosas trascendentales epopeyas me definen, e ignoro el sentido de mi flauta; aprendí a cantar siendo nebulosa, odio las utilitarias labores erradas, cotidianas, prosaicas, y amo la ociosidad ilustre de lo bello, cantar, cantar, cantar… he ahí lo único que sabes, Pablo de Rokha…» (1922/2016, 35).