5. 1992-2017: EL CUENTO MEXICANO RECIENTE, Y NO TANTO (PARTE 2)
Hace seis años, en el número de diciembre de la revista Nexos, escribí lo siguiente: «Allí donde la novela muere y resucita sin tregua como un Lázaro promovido por el avaricioso demiurgo editorial, el cuento y otras manifestaciones breves [o no tanto, me corrijo ahora] de la narrativa resisten los embates del mercado como un noble Job fiel a los lectores».
Dichas líneas sirven de apertura a una reseña sobre Cosmonauta (2011), libro de cuentos del escritor chihuahuense Daniel Espartaco Sánchez (1977), que consideré como el mejor que había leído en su año de aparición. Hoy, a más de un lustro de distancia, sigo pensando que esa obra, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro, cuando Mónica Nepote era su afortunada editora, es no sólo una de las mejores que se publicaron en 2011, sino que representa una real bisagra generacional (o, quizás, de toma independiente de estafeta, en un acto de desprendimiento de la generación anterior).
Vuelvo a citarme, porque en el párrafo siguiente resumo mucho de lo hasta ahora vertido, bien o mal, en estas páginas que buscan hacerle justicia a un género que, sin duda, podría emanciparse de la nodriza que lo acarrea más por necesidad que por voluntad, además de que allí menciono a otro par de cuentistas, junto a sendas obras fundamentales para este recuento:
Encuentro en Cosmonauta la consumación de un proyecto literario: no estamos ante un libro de cuentos ensamblado con la torpeza de los que no comprenden el concepto de unidad, sino ante una serie de relatos en los que sucede la rara alquimia de la permutación narrativa. No se trata, sin embargo, de una de esas hipócritas novelas en relatos, en las que el mismo texto se adereza con distintas especias: lo creado por Sánchez nos remite, por decir algo, a libros de fina manufactura como Los viernes de Lautaro (Siglo XXI, 1979), de Jesús Gardea (Delicias, 1939-2000), discreta obra maestra refundida en la sección de saldos y ofertas de ocasión, o bien No todos los hombres son románticos (Era, 1983), de Héctor Manjarrez (Ciudad de México, 1945), moroso long seller que ya ha visto algunas reediciones.
Permiso para una nueva digresión histórica, antes de volver sobre Cosmonauta y Sánchez.
Hoy, en 2017, mientras que Juan Rulfo cumple cien años de nacimiento y en la discusión sobre su figura y obra nos olvidamos de la mano que escribe para concentrarnos en polémicas bizantinas, luego efímeras, el mundo parece muy distinto a como era en 1992; y no.
En México, luego de un impasse de dos sexenios, el PRI está de nuevo en el poder, y la Federación Rusa, bajo el mandato de Vladimir Putin, demuestra no haberse quitado ni la capa imperial zarista ni el traje soviético gris de la Guerra Fría.
En cierto modo, los rusos siguen siendo los «malos», aunque los estadounidenses tienen a su cabeza a uno más que «malo»: Donald Trump, un presidente republicano renegado, empresario de origen, que no es ni por asomo la calca o el sucedáneo de George Bush padre, a quien le tocara apagar, junto con Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin, la luz de la URSS, si bien el botón de encendido siguiera y siga allí.
Ahora sí, Cosmonauta, escrita durante el tramo final del violento sexenio de Felipe Calderón, es el eco de una época que nunca se fue y que en México echó raíces de diversos modos, desde la relación diplomática con Cuba, aupada por el PRI desde la revolución de la isla, hasta la creación del Partido Comunista Mexicano, roja semilla de la hoy deslavada y gris izquierda mexicana.
Pero no sólo eso.
Veo en Sánchez el arquetipo del escritor mexicano que supo desembarazarse del yugo de la tradición, hoy aún en boga, sin la necesidad de matar al padre ni al abuelo, como ya dije previamente cuando hablaba del crack.
Y es esta independencia la que le permitió a su mano que escribe —así como a muchas más— hacerlo en franca libertad y, sí, a través del cuento y no de la novela, miembro de una generación que vio la posibilidad de no adherirse obligadamente a las reglas del mercado editorial literario.
Tras la lectura de Cosmonauta, me di a la tarea de revisar a detalle, como lo hiciera poco más de diez años antes, la narrativa que escribían los nacidos en México —o que residieran en México— a partir de 1975, año arbitrario en el que encontraba las primeras huellas de algo distinto de lo anterior (y que dejaba en cierto limbo a los nacidos entre 1970 y 1974, aunque me quedaba claro que los nacidos en 1969 pertenecían a esa amplia camada literaria anterior, originada quizás en 1956: no diez sino trece años).
[Permiso para ingresar a un amplio corchete, en el que debo contar una breve historia —y acaso hazaña— editorial, de la que fui y soy protagonista.
En 1997, por un raro azar o designio laboral, realicé la obra negra de una antología creada por Leonardo da Jandra y Roberto Max: Dispersión multitudinaria. Instantáneas de la nueva narrativa en el fin de milenio, publicada por Joaquín Mortiz (Planeta) en diciembre de ese mismo año.
Si bien Roberto Max se dio a la empresa de hacer una criba y seleccionar lo mejor de los contenidos encontrados, al final la editorial y Da Jandra decidieron incluir a todos los escritores hallados y/o convocados. Mi labor consistió en buscarlos a todos, a todas, y pedirles una ficha biobibliográfica.
Y aproveché, de paso, para invitarlos a un proyecto que, de origen, se llamaba «Ciudades ajenas»: ¿serían tan amables, ellos, ellas, de mandarme un texto inédito, una narración ocurrida en una urbe en la que nunca hubieran estado? La gran mayoría dijo que sí.
Pero no convoqué a todos los incluidos en Dispersión multitudinaria, así como a algunos que no estaban en la amplia lista, sino sólo a aquellas voces nacidas entre 1960 y 1970: la antología de Da Jandra y Max incluía, por ejemplo, a Enrique Serna, un muy logrado cuentista y novelista consolidado, nacido en 1959, que estaba lejos de pertenecer a una nueva generación narrativa (Domínguez Michael cierra con él su Antología, mencionada previamente; hay, incluso, autores nacidos en 1958 en el libro), así como a Guadalupe Nettel, la más joven del conjunto, también cuentista notable (y novelista), nacida en 1973.
Es inexplicable, y debe señalarse, la ausencia de Ana García Bergua (1960) en Dispersión multitudinaria, ya que se trata de una de las narradoras y cuentistas mexicanas más solventes, y que debiera estar en cualquier antología respetable: sus cuentos reunidos a la fecha fueron publicados por Textofilia bajo el título de El limbo bajo la lluvia (2013).
Mientras que Dispersión multitudinaria sirvió como una suerte de amplio catálogo acrítico (cincuenta y cuatro plumas seleccionadas), según dice el propio Da Jandra en su prólogo, Una ciudad mejor que ésta. Antología de nuevos narradores mexicanos, el título oficial de «Ciudades ajenas», publicada en enero de 1999 por Tusquets México (la filial mexicana de la que en ese entonces todavía era una editorial catalana independiente, hoy absorbida por Planeta), fue un trabajo crítico por donde se lo mire, una selección de trece hecha con cuentagotas y en la que, ay, hubo que decirle a muchos que, finalmente, sus textos no habían llegado a la lista final (id est, de todo el crack me quedé con Jorge Volpi y con Vicente Herrasti, que aún no se sumaba a sus filas; en Dispersión multitudinaria está el pleno del crack, hay que anotarlo).
Hoy veo Una ciudad mejor que ésta como un mero work in progress, una antología hecha en un momento prematuro, cuando la generación o el conjunto de voces narrativas nacidas entre 1960 y 1970 aún no estaba consolidada, y sometido al rigor de un editor de primer orden, Aurelio Major, a quien, allende mi propia antología, le debemos un ojo visionario: fue él quien hiciera mucho más visible a Daniel Sada con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999), a Mario González Suárez con De la infancia (1998) y a Mario Bellatin con Salón de belleza (1999, con una primera edición «definitiva» de 1994, otra de 1995 y una más de 1997; en realidad, Bellatin tardó más de veinte años en acabar ese libro —no del todo una novela, sino un relato amplio—, cuya versión realmente definitiva vio la luz en 2017 bajo el sello de Alfaguara).
Sin embargo, muchas de las voces presentes en Una ciudad mejor que ésta no son la de manos que escriben cuentos, sino novelas, como suele ocurrir en esta clase de trabajos. En palabras de Mario Muñoz, autor de su propia y «breve» antología de quinientas setenta páginas dedicada a dos décadas de narrativa mexicana (treinta y ocho plumas seleccionadas) y publicada en 1994 por la Coordinación de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Conaculta y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA): «Toda antología está condenada irremisiblemente a ser destruida por el simple hecho de existir como tal».
Como quiere Muñoz, lo contenido por este corchete se inmola y me salgo de aquí, sin mirar atrás].
Decía, pues, que el resultado de la investigación emprendida luego de leer Cosmonauta, guiada buenamente por el catálogo reciente del Fondo Editorial Tierra Adentro —insisto en la gran labor realizada por Nepote mientras estuvo a la cabeza de la colección—, el interés del editor madrileño Juan Casamayor y Páginas de Espuma, editorial dedicada exclusivamente al cuento, así como a sitios literarios y culturales en internet y lo que queda en México de suplementos y revistas culturales, además de la oferta literaria habitual, dejó en mi criba a, por lo menos, cuatro decenas de voces.