17 de noviembre

Estoy acabando de leer un libro que compré ahora en Barcelona: el diario de Joan Estelrich. Sorpresa: ha resultado ser apasionante. Sobre todo, los años 1936 y 1949. El primero por su crisis interna cuando debe elegir a qué bando apoya en la Guerra Civil y comprende que tiene que rehacer por completo su vida, su identidad, volver a empezar desde cero; todo esto entre un congreso en Budapest, un viaje en trasatlántico (en el curso del cual contempla muy en serio la posibilidad de fundar una Nova Catalunya en Brasil o Sudáfrica), Buenos Aires, las hermanas Ocampo, un encuentro con Josep Pla en Ginebra y noches ardientes y paseos y visitas y cenas junto al lago con «P.», la amante con la que viaja, mientras sufre por sus hijos (e incidentalmente, pero poco, por su esposa) que han quedado en Barcelona…

1949 es muy distinto; está en Tánger, solo y aburrido, sin nadie con quien hablar, separado ya de su mujer, no viendo a sus hijos, y se enamora (o encapricha) de forma violenta de una jovencita más joven que su propia hija, a la que pensaba contratar como secretaria, con la que vive una pasión durante un par de meses, y que lo abandona; es un amor otoñal, que parece, sobre todo, un intento de aferrarse a la juventud (la que le queda a él, en lo sexual, y la de ella) cuando ya empiezan a aparecer en el horizonte los signos de la decadencia: diabetes, calvicie… Es un diario a calzón quitado, realmente impresionante.

 

2014

12 de agosto

Por fin leo el diario de Victor Klemperer; hacía años que quería hacerlo. Desde luego, el diario tiene una fuerza emocional que no tiene ningún otro género: aunque a ratos es bastante aburrido (tomo nota, para no hacerlo en mis propios diarios, de que la simple descripción, en detalle, de un día cualquiera no tiene mucho interés, y no digamos un día y otro día y otro día…), lo he leído con una verdadera impaciencia por saber si va a construir la casa, si va a conservar la cátedra, si va a poder vivir con los cuatrocientos marcos de pensión, si va a terminar su libro sobre el siglo xviii, si va a entrar en la cárcel o se va a librar de ella pagando una multa…

 

2015

16 de abril

Yo creo que he llegado a conquistar lo fundamental: mi propia voz. No ha sido fácil, porque es una voz que no encaja en el género rey, la novela; porque me empuja a escribir algo que se aleja del camino trillado, y esto que dicho así parece un elogio (originalidad), cuando se intenta ejercer, se da una cuenta de que el problema es que no es percibido como una cualidad, sino como un fallo: pienso, por ejemplo, en la escritura sui generis de Pla, que se consideró de segunda porque no era novela ni cuento sino otra cosa.

Me ayuda a reflexionar sobre todo esto el diario de Sylvia Plath, que leo ahora en la nueva edición unabridged. Leyéndola ahora veo clara (no lo vi cuando leí su diario por primera vez hace veinte años, porque estaba yo misma metida de lleno en el mismo error) una equivocación inevitable quizá, pero equivocación: la de concebir la escritura como una orden interna; esa escisión del yo en dos partes: una da instrucciones, exige, vigila, la otra ejecuta (nunca a satisfacción de la primera). El problema es que esa parte que da órdenes no deja hablar a la otra, no deja que se exprese; casi parece que habla tanto (tienes que escribir esto, corregir aquello, reescribir lo de más allá, producir tantas páginas diarias…) por miedo a lo que la otra podría decir si se la dejara de vigilar un minuto…

Qué gran pérdida es su muerte. Nos privó de un ejemplo, de un modelo: ¿qué se habría hecho de esa mujer tan trabajadora, inteligente, ambiciosa, leída y con esa grandiosa vocación de haber llegado a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta…?

 

2 de mayo

Una crítica feroz contra mi diario, de la directora de Granite and Rainbow, no sé qué (es un nombre vasco) Salaberri. No me ha alterado lo más mínimo, ni siento ninguna necesidad de responder (aunque el viernes en el teatro Guindalera, cuando Margarita, a quien nos encontramos por casualidad, con su marido, me habló de esa crítica, de la que yo no sabía nada, estuve pensando en poner algún tuit, del tipo «Nadie hasta hoy me había tomado lo bastante en serio como para hacerme una mala crítica. Ya, por fin, sí. Gracias, Granite and Rainbow!»). De hecho, casi me ha hecho gracia: porque dedicar dos páginas enteras, densas, apretadas, a cargarse un libro mío significa que soy importante; nadie mata gorriones a cañonazos.

¿Qué me reprocha esa tal Salaberri? En una cosa creo que tiene razón: la frase que cuenta que le hizo dejar el libro, esa en que digo que no voy a dar un curso sobre Woolf porque «se me llenaría la clase de lesbianas», es despectiva y ofensiva. No tendría que haberla dejado, como hice en aras de la sinceridad. Creo que durante muchos años temí, primero, ser lesbiana en el fondo del fondo; luego, temí al menos que me tomaran por tal. Ahora desde luego ya no, ni lo uno ni lo otro. Sigamos: me reprocha haber escrito el diario con intención de publicarlo; pero es un reproche en abstracto, me reprocha la intención, no el resultado; yo francamente creo que el resultado es el mismo que habría sido si hubiera escrito el diario sin ninguna intención de que saliera a la luz; cuando lo escribí, estaba en pleno fracaso como escritora, de modo que no podía tener certeza alguna de que eso se acabaría publicando, y, de todos modos, la escritora que hoy día pretendiese que escribe un diario sin contemplar la posibilidad de que se haga público yo diría que miente. En fin, no estoy en absoluto de acuerdo con sus acusaciones de «mentira» y «disfraz». Pero no se puede impedir que una le caiga mal, incluso muy muy muy mal, a alguien, sin motivo, o por motivos un poco inconfesables; aquí me ha parecido vislumbrar uno: la rivalidad entre herederos, herederas de Woolf en este caso. Aunque, como digo, no me importa. Es más, casi me va bien, porque recibo muchos halagos últimamente, y esto es un contrapeso y, en cierto modo, lo hace todo más real.

 

13 de mayo

Qué bien me va escribir a diario, cómo me tranquiliza, es como cerciorarme de que, pase lo que pase, yo sigo siendo yo.

 

9 de septiembre

Pla me interesa como modelo literario; un gran escritor que se siente más a gusto en la autobiografía o la crónica que en la ficción y que no termina de encontrar un género en el que se sienta cómodo, un molde en el que meterse; algo así como Umbral. Por fin lo hallo escribiendo un gran libro que resume y cristaliza toda su obra: ese falso diario que es El quadern gris. Yo, sin embargo, le veo un defecto, y es que, al reescribir a los sesenta o setenta años lo que escribió a los veinte, refuerza esa impresión que da toda su obra de que él siempre fue igual a sí mismo, nació ya adulto, por no decir viejo, pensó y sintió siempre lo mismo, o sea, le quita a su obra autobiográfica esa dimensión que es una de las más interesantes y características del diario: la dimensión del cambio, de la evolución, la que nos permite el contraste, tan impactante, entre el Gide que, arrodillado junto a Madeleine junto a la cama de la madre agonizante y bajo un crucifijo, intercambia con ella un beso entre lágrimas del Gide setentón que celebra que va a viajar a Egipto porque los viajes, dice, «son la mejor ocasión para fornicar», y que una vez en el hotel de El Cairo anota secamente que ayer se tiró al ascensorista.

 

2016

Estoy leyendo un libro que me encanta: Una mujer en Berlín. Lo que cuenta (los últimos meses de la guerra, desde el punto de vista de una mujer joven, alemana, culta, viajada, crítica) es tremendo y apasionante e ilumina, como tantos libros de mujeres, una zona oscura, los trapos sucios del patriarcado, en este caso, cómo los soldados rusos violan a diestro y siniestro. Pero, además, o sobre todo, el atractivo del libro es la personalidad de esa autora anónima que lo escribe. Ese equilibrio entre la inteligencia y las emociones, esa lucidez, esa autenticidad… Qué buenas sus reflexiones, por ejemplo, sobre las ventajas e inconvenientes, para una alemana durante la guerra, de saber ruso: por un lado, es útil para entender a los invasores; por otro, sería más confortable, psicológicamente hablando, poder sentirlos por completo como forasteros, casi ni humanos. O su descripción de cómo se le aproxima un oficial ruso, que, por una parte, es un hombre educado, respetuoso, pero, por otra, no quiere renunciar a su botín, y ella dice que parece estar buscando, en un manual de urbanidad, el capítulo «Violación de señoritas enemigas»… Me confirma una cosa que cada vez veo más clara: el valor del diario es poder experimentar, avanzar a tientas, expresar cualquier cosa sin censura propia o ajena. Por ejemplo, cuando ella cuenta cómo de pronto decide que lo mejor que puede hacer es «buscar un lobo que me defienda de los otros lobos» y sale de casa decidida a seducir al primer oficial que encuentre, de cuanta más graduación mejor; o cuando dice que la palabra «violación» sugiere lo más extremo y, sin embargo, no es así, en su caso (se lo toma con bastante filosofía). Publicó el libro, aunque no se atrevió a dar su nombre; como ella misma dice, los soldados se vanaglorian mientras que las violadas callan.

 

1 de diciembre

La tesis del artículo sobre diario íntimo que estoy preparando para el cultural de La Vanguardia es diferenciar los diarios femeninos y masculinos. ¿Y cuáles son las diferencias? Caramba, las noto, pero son difíciles de definir (y, además, claro, no son tajantes, absolutas, son tendencias). Yo diría que hay dos o tres claras. Una es que en los diarios de los hombres falta la vida interior de la casa: no se cocina, no se cambian las sábanas, no se atiende a los niños, todo eso no existe o se hace solo. Ellas sí hablan de todo eso, aunque sea para explicar, como en el caso de Woolf, sus trifulcas con la criada. Ellos tienen una marcada tendencia a desconectar la vida de la mente de todo lo demás; gran parte de sus diarios son cavilaciones, proyectos de escritura, reflexiones, esbozos de artículos de opinión. Cabezas sin cuerpo. Piglia, Pániker, Martínez Sarrión son buenos ejemplos. Cuando tienen cuerpo, es sólo para follar, presentado como algo que dominan, y que está también separado del resto.

Béatrice Didier dice que en los diarios de mujeres están mucho más presentes los otros, y es verdad. En los de hombres, esos otros (la pareja, la familia) aparecen muy poco, rara vez como protagonistas, rara vez como centro de las preocupaciones del diarista, rara vez como ocasión de conflicto; están ahí, pero en el margen. Por último, hay algo que encuentro mucho en diarios de hombres y sólo en ellos, y es un estar tranquilamente y a gusto en el centro del mundo, relacionándose de manera relajada con iguales que también ocupan el centro del mundo y que debaten unos con otros, se publican unos a otros, se premian unos a otros, crean y comparten proyectos de todo tipo, literarios, artísticos, políticos… Los veo cómodamente sentados en el centro de un sofá, mientras que las mujeres están —estamos— como sentadas a medias, medio dentro y medio fuera y siempre a punto de caerse, de que las empujen y terminen en el suelo.

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