Si bien hay que insistir en el eficiente dominio de relaciones intelectuales a modo de red o en comunidad, sin duda propiciado por el predominio de individuos religiosos, es de saber nuestro criterio de observar obras y el resultante de ideas por encima de circunstancias, pues precisamente lo que nos guía es la historia y evaluación de aquéllas y no de éstas. A través de las Cartas familiares de Andrés es posible trazar la imagen de un fresco de individualidades intelectuales e incluso ciertas agrupaciones, a menudo espigadas de entre el mundo y la clase intelectual italiana que les sirve de contexto, pero también de preocupaciones intelectuales y prácticas. Su extensa correspondencia privada también contribuye a ello. Según pensaba Franco Venturi (Settecento riformatore, iv, 1), teniendo presente la censura que se solía aplicar a la Compañía de Jesús, en la mencionada obra de Andrés más se deja ver la actividad de una comunidad de doctos alerta y atenta a todo lo circundante que una organización más o menos secreta, opinión común de sus detractores. Por demás, la gran experiencia previa de la América española y las Filipinas en Asia configuraron una auténtica escuela de aprendizaje y proyección universalista que determinó un enriquecimiento prodigioso de la cultura hispánica y moderna. A vista de las obras resulta exigible que esto sea debidamente reconocido.

Los universalistas tienen en Plinio el Viejo la principal antecedencia, perpetuada en la tradición española hasta Menéndez Pelayo. Casos aparte como el de Casiodoro, o Petrarca, uno de los ejemplos humanísticos poligráficos por antonomasia, y Escalígero, en términos científicos la obra y figura clave es la de Galileo, seguida de Newton y sus precedentes, muy intensamente en Andrés desde tiempos de Gandía y Ferrara. En cuanto a la tradición española, además de Juan Luis Vives, paradigma antiescolástico irrenunciable, los precursores españoles son sobre todo Alfonso X el Sabio, así como en general el internacionalismo de la denominada Escuela de Traductores de Toledo y su entorno, y san Isidoro de Sevilla. Desde el punto de vista globalista e intercontinentalista, es de señalar en el primer cuarto del siglo xvi la figura del tripulante italiano Antonio de Pigafetta, cuyo diario es el mejor relato directo del viaje de circunnavegación del planeta por Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano. Hay que subrayar dentro del mismo siglo la poco conocida Escuela de Traductores de Manila y su cabeza el misionero dominico, cosmógrafo y filólogo Juan Cobo, primer sinólogo europeo, mediante el cual enlaza magnífica y universalistamente la tradición escriturística y traductológica que va de san Jerónimo a Erasmo gracias a la unión de filología profana y sacra que culmina Andrés. Las diferentes perspectivas en el estudio de las lenguas acrisolado en las obras de Hervás, Andrés y Eximeno constituyen la renovación de la tradición grecolatina y de la gramática en su más alto sentido de filología general, tal establece Andrés.

La consideración de autores relacionados distantes en el tiempo, particularmente en el caso de la obra de Andrés, pero también de Hervás y Eximeno, no sólo sugiere antecedentes o precursores de mucho relieve, sino que vendría a constituir un verdadero entramado histórico-teórico que es necesario explicar. Nos limitaremos sin embargo, a estos efectos, a referir, de forma muy selectiva pero concreta, un gran fenómeno paradigmático del pensamiento de los universalistas: la confluencia de humanismo y humanitarismo gracias a la denominada «escuela española de sordomudos» y el tratamiento de la lengua de signos. Otra singularísima confluencia universalista posterior del mismo sentido humanista-humanitarista fue la meteorológica y sismológica, tan decisiva para la vida de los países tropicales que se beneficiaron de sus capacidades de predicción gracias a los observatorios situados en Cuba y Filipinas.

Estas confluencias y otras definen una notable peculiaridad de la Ilustración universalista por cuanto constituyen la más importante aportación ilustrada en sus respectivos campos, además situadas en tradiciones originales que les son propias, y representan a su vez una verdadera identificación entre pensamiento y práctica real personal y efectiva (caso a menudo en extremo inverso al de la Ilustración enciclopedista: baste recordar el entorno de delincuencia de ésta o el comportamiento de Rousseau con sus propios hijos).

 

II

Es característico de los universalistas un sentido último de visión tanto científica como literaria del progreso humano, el examinar y proteger lo ya realizado, así como, en el caso americano, descubrir lo desconocido y expandir su conocimiento, pero también su aplicación útil, idea común a toda Ilustración aunque no tanto, ni mucho menos, en cuanto convergencia de técnica humanística y práctica educativa y humanitaria. «Humanismo» y «humanitarismo», términos en sentido estricto de formación decimonónica, tienen distinto origen y una significación diferente pero no contrapuesta sino complementaria. El término «humanismo» asume de hecho la tradición clásica de la humanitas, de los studia humanitatis, actualización latina prolongada de la paideia griega. Esta tradición grecolatina fue luego revitalizada por el humanismo (entendido ahora en tanto que categoría histórico-cultural de concreción originalmente italiana, siglos xiii y xiv) y posteriormente por los pensadores y filólogos del Renacimiento italiano y europeo, hasta su especialización científica por parte de la filología clásica alemana y el neohumanismo. Sobre todo a partir de su establecimiento latino, y en particular con Cicerón, el pensamiento del «humanismo» presenta un contenido pedagógico bien definido que influye en la determinación de un concreto ordenamiento social: la existencia de diferentes grados de formación entre los seres humanos supone la división de los hombres en clases o rangos intelectuales. El elemento principal por el que determinadas personas reciben un reconocimiento especial que las diferencia de las demás es precisamente el uso de la lengua y finalmente de la retórica. Y relacionado con su contenido pedagógico, el componente ético implícito en el concepto de humanismo es igualmente decisivo. La reflexión sobre el hombre, central a partir de la revolución socrática y con un desarrollo que se concretaría en la plena modernidad con la fundación de una específica antropología filosófica, ha de ser complementada por la adopción de un modelo de vida virtuosa, una praxis ética que asume la dualidad de «vida activa» y «vida contemplativa» y se funda en el respeto de la libertad individual y la dignidad del hombre.

El aspecto ético del humanismo, presente ya en sus primeras manifestaciones griega y latina, arraigó en los ideales cristianos de los padres de la Iglesia y, más tarde, en el neoplatonismo florentino. La humanitas se funde con el concepto de caridad (caritas, el agapé griego). El humanismo cristiano retoma pues un cosmopolitismo de la humanitas que fue ya estoico, alcanzando así una significación aún más abierta, ecuménica, irenista. La imposición del amor al otro por el cristianismo, del amor al prójimo es manifestación de una específica forma de filantropía que a lo largo de la historia asumirá realizaciones institucionales diversas, hasta el establecimiento de los hospitales y las casas de misericordia, centros regentados principalmente por órdenes religiosas. Dentro de ese marco ético-social el concepto de «humanitarismo» se encuentra próximo al de «humanismo» y es adscribible a una visión instrumental de la vida activa y la filosofía moral, al ejercicio de una efectiva filosofía práctica. En general, cabe definir el humanitarismo como ideología filantrópica y, por tanto, no exenta de cierta implicación política, siendo la principal diferencia entre humanismo y humanitarismo la ausencia en este último de un amplio fundamento teórico, toda vez que orienta una aplicación principalmente práctica de determinados ideales de convergencia humanista, en primer lugar la igualdad y fraternidad entre los hombres y la ayuda al desasistido. Son aplicaciones prácticas que suelen traducirse en acciones concretas, sean económicas, cooperativistas o pedagógicas. El humanitarismo es ciertamente un fenómeno de larga tradición que se retrotrae cuando menos al humanismo cristiano antes referido, pero en su sentido moderno, y de ahí la necesidad de acuñación de un término específico, se trata de un fenómeno fundamentalmente burgués que se responsabilizó a partir del siglo xviii de la creación de asociaciones asistenciales, tanto privadas como públicas, que efectivamente surgieron por toda la geografía europea y americana. En el ámbito pedagógico, la educación de las personas con dificultades o dificultades sensoriales o intelectuales experimentó en ese siglo un gran avance, incluida la enseñanza de los sordomudos, lo que hoy se denomina «educación especial».

El estudio y cuidado de la lengua, sabido es, se encuentra en el centro de la educación humanística. La imposibilidad de usar la palabra podía interpretarse como una falta de humanidad, siendo la palabra aquello que separa al ser humano del animal. En este sentido, la educación de las personas sordomudas viene a constituir de todo punto una acción pedagógico-humanitaria cuyas implicaciones sobrepasan el mero acto caritativo, pues apela a un proyecto teórico y práctico de la concepción humanística del saber y la vida. La educación de los sordomudos viene a establecer en consecuencia un campo en el que tiene lugar una conjunción excepcional de pragmatismo humanitarista e ideación humanístico-teórica acerca del ser humano, la lengua y la educación, es decir, en convergencia de filosofía moral y pedagogía, ello a su vez con el inmediato respaldo de una doctrina cristiana asumida. En fin, no es de extrañar que la educación de los sordomudos tenga un origen y una tradición fundamentalmente española, por cuanto el mundo hispánico devino con la suma de América uno de los más privilegiados escenarios para el desarrollo del humanismo cristiano. Lorenzo Hervás fue el más eminente de los intérpretes de esa gran tradición, también documentada y promovida por Juan Andrés.