Esta curiosidad histórica es una verdadera joya, aprovechémosla para descomponer sus significados y traducirlos a la praxis cubana de aquellos años duros:

  1. Que «reconocidos homosexuales», a pesar de su «calidad artística», no puedan ganar influencias que incidan en la formación de nuestra juventud significa, en primer término, que un escritor brillante no se define por su obra si es homosexual, sino por su afición a los penes; y esto implica que no puede nunca ejercer como profesor, conferencista, asesor de talleres y todo lo demás que implique «incidir en nuestra juventud», oficios todos que suelen ser, precisamente, las fuentes de vida de un escritor.
  2. Entonces se «sugirió el estudio» para la «aplicación de medidas» que permitan la «reubicación en otros organismos» de estos peligrosos intelectuales a los que les gustan los penes; lo cual significa, simple y llanamente, que dichos escritores homosexuales debían terminar en las tristemente célebres UMAP (Unidades Militares de Apoyo a la Producción), cortando caña, cavando zanjas, comiendo poco y sin poder salir de allí. O en la construcción. Pues el trabajo fuerte, al parecer, viriliza, o sea, rehabilita. Y si no lo consigue, al menos los saca de circulación.
  3. Se debe evitar, además, que «ostenten una representación artística de nuestro país en el extranjero personas cuya moral no responda al prestigio de nuestra Revolución», o sea, no existe la más mínima posibilidad de que los escritores homosexuales —y los escritores aburguesados— conozcan la nieve, ni el capitalismo salvaje, ni el idílico socialismo del este, ni nada más que su barrio insular. Nunca van a obtener el permiso para salir del país por las buenas, y sobre ellos pesará aún más la maldita circunstancia del agua.
  4. Y «solicitar penas severas para casos de corruptores de menores, depravados reincidentes y elementos antisociales irreductibles» no necesita mucho comentario. Baste recordar que a Reynaldo Arenas le robaron sus pertenencias en la playa dos niños de veinte años y seis pies de estatura y, cuando fue a denunciarlos, los niños dijeron que él había intentado pervertirlos, y esto fue el inicio de su calvario de cárceles y fugas.

Hoy todo esto suena kafkiano porque entonces lo era. Aprehender en toda su magnitud este principio de lo kafkiano requiere revisar, una vez más en la vida, la situación de José K., el atribulado protagonista de El Proceso. En el universo del escritor checo, el expediente, tal como ocurre con la legislación antes citada, opera como un principio platónico. Nuestro triste párrafo se convirtió, en aquellos años duros, en la realidad constante y sonante. La existencia cotidiana del hombre no es más que un reflejo ilusorio de algo que está muy por encima, y que dicta la silueta existencial de cada individuo. O sea, tanto José K. como Reynaldo Arenas poseen una existencia disfuncional y falaz que, para autentificarse, debe seguir las pautas del expediente o la legislación. Y todo esto adquiere unas peculiaridades insulares: el control se ejerce con un solo golpe de mano, todo es abarcable.

Pero también la literatura de Reynaldo Arenas es de fuerte sino insular. No por casualidad fue Lezama Lima quien lo sacó a la palestra invitándolo a visitarlo a su casa, después de haberse desempeñado (Lezama) como jurado del Premio de la Unión de Escritores, que ganó un oficialista llamado Ezequiel Vieta; y haberse desempeñado (Arenas) como concursante que no ganó. Pero que tuvo la gracia de ser rescatado por el Maestro.

El castigo antecede a la culpa. Está ahí para ser abrazado por el culpable. Nótese que en el párrafo citado se dice «frente cultural» para referirse al ámbito de los artistas e intelectuales. Porque en la Cuba insular, eternamente celosa y amenazada en sus fronteras de agua, el campo artístico ha sido concebido como un frente de batalla, un espacio donde se libra algún tipo de guerrita contra un enemigo que siempre anda por ahí, dispuesto a lacerar los principios de un orden justo. El enemigo, como el demonio, es una entidad abstracta. Y para no afantasmarse ostenta muchos nombres y variopintos rostros, en el caso de Arenas, el rostro inadmisible de la homosexualidad políticamente incorrecta.

Reynaldo Arenas, a diferencia de José K., se resiste a jugar la baza de su expediente, está detenido y se fuga, literalmente salta al mar en un simbólico gesto bautismal que tiene dos caras: acaba de investirse de la condición de homosexual, pero también acaba de nacer como escritor de una isla de la que quiere huir nadando.

¿Por qué había que cazar al homosexual Arenas? Porque, además y ante todo, era escritor. Apliquemos, como es debido, las pautas del expediente: «No es permisible que por medio de la calidad artística reconocidos homosexuales ganen influencias que incidan en la formación de nuestra juventud»; y se deben «solicitar penas severas para casos de corruptores de menores, depravados reincidentes y elementos antisociales irreductibles». La idea platónica de la justicia es un fantasma que recorre el mundo habanero de los setenta, donde se refundó nuestra insularidad. La República, esa que escribió Platón, es la primera obra donde alguien sustenta el anatema hacia los poetas. El filósofo griego también dijo que los poetas embaucaban, y que eran una influencia perniciosa para el orden de la República, para las juventudes, para la verdad y la justicia. Entonces propone expulsarlos fuera de las fronteras. Y eso, por muchas veleidades metafísicas que haya de por medio, se llama destierro.

 

4. REFUNDACIÓN DE LA INSULARIDAD, GENERACIÓN (CASI) PERDIDA

El platónico destierro se basa en una perversa idea: existe una realidad tan mayúscula y autosuficiente que ella misma contiene sus propias razones que la razón de Arenas no entiende. La isla es, en sí misma, una entidad autosuficiente, un concepto del que se goza, pero que también atrapa y somete. Dicha realidad no cuenta con la inclusión de elementos ambiguos no parametrados, en cuyo caso dichos elementos están fuera del ser, no tienen condición ontológica mientras no participen del orden superior, por consiguiente, aniquilarlos no plantea un problema moral porque en realidad no existen.

El destierro es quizá la forma más antigua de aniquilación: cualquier utopía surgida en un contexto también utópico, funciona como un interruptor que activa una inmensa red de alarma. No es admisible una isla dentro de la isla, aunque cada escritor crea su propia cosmogonía insular. No existe mundo posible donde ocultarse y sobrevivir: ahora Reynaldo Arenas se esconde en el Parque Lenin, busca cobijo en un espacio cuyo nombre expresa la imposibilidad de ocultamiento. Pero, a diferencia de la República platónica y a semejanza de la isla kafkiana, el procesado debe recibir un castigo ejemplarizante, su mera fuga constituye la evidencia de una falla en el sistema. Entonces aparece la figura del delator.

No se puede hablar de insularidad en la literatura cubana, si no se habla del delator. Un delator, en la Cuba de aquellos años y ahora mismo, es tu amigo. O tu hermano, o tu vecino, o tu jefe o subordinado. Porque un delator debe cumplir ciertos índices de calidad, y mientras más cercano esté al ámbito del potencial delatado, más fiable y eficaz es la fuente. Y a Reynaldo lo delató su amigo Coco Salá. Entonces conoció las mazmorras del Morro y La Cabaña, que fueron construidas cuando la insularidad pertenecía a la metrópoli española. En este ámbito de fortificación renacentista, se dice que sobrevivió porque escribía cartas de amor a los asesinos y presos políticos y homosexuales que lo acompañaban. Para mí que sobrevivió gracias al pene de un sargento-alcaide. Y esto es casi una metáfora. En su biografía Reynaldo cuenta que mientras aquel hombre lo entrevistaba por uno u otro motivo, él observaba detenidamente su magnífico miembro insinuado bajo el pantalón. Reynaldo Arenas, siendo un hombre culto y sensible, sólo podía sobrevivir a la cárcel si tenía una inagotable voluntad de goce metida en la médula y en la carne. Una isla interior de carnavales secretos.

Palizas, intentos de suicidio, dos dientes de menos y mucho trabajo forzado. La libertad conseguida después de estos veinticuatro meses es también una metáfora. La isla es, sencillamente, un ámbito donde la trascendencia se busca en la escritura secreta. Arenas tuvo que reescribir tres veces el manuscrito de Otra vez el mar, porque la policía lo encontraba y lo destruía; y su obra anterior, El mundo alucinante, había sido prohibida por contrarrevolucionaria. Libros de sensualidad marinera, como corresponde a la literatura insular.

¿Qué era exactamente una «obra contrarrevolucionaria»? Tras las célebres «Palabras a los intelectuales» (1961), donde el gobierno de Cuba establece la máxima de «Con la revolución, todo; contra la Revolución, nada», se produce una peregrina y no siempre justa interpretación de dicho principio. De modo que se fomentan bizantinas dicotomías, para empezar: realismo = asuntos revolucionarios / no-realismo = asuntos no-revolucionarios. Comienza a ser visto como «sospechoso» todo aquello que en materia literaria no se suba al carro de la historia para avanzar en el sentido «correcto», en pos de la construcción del «hombre nuevo». Y si a algo no se parecía Arenas era al «hombre nuevo» preconizado por el Che. En este saco de Pandora entra la obra lírico-intimista y satírica de Reynaldo, y cosas raras como Paradiso, de Lezama Lima (que por suerte fue reivindicado por Cortázar, amigo de la Revolución, en su momento), y la obra del incómodo Virgilio Piñera. Toda la literatura de estos grandes es insular, desde sus temas hasta la angustia con que escribían, desde el erotismo hasta el carácter grupal de la existencia.

Y apareció en escena Heberto Padilla con su libro Fuera de juego (que en verdad lo «sacó del juego» y lo llevó a la cárcel), para que la lista siguiera creciendo con libros polémicos como Los condenados de Condado, de Norberto Fuentes, o Los pasos en la hierba, de Eduardo Heras León. Y el catálogo podría nutrir una curiosa biblioteca como un monumento a la estulticia política.

Es en este ámbito de los años setenta, y bajo estos parámetros de represión, donde se refunda la insularidad de la utopía revolucionaria. Porque si algo tenían todos estos libros —y muchos otros mal vistos o censurados— era su muy revolucionaria cualidad literaria. En el sentido auténtico, copernicano del término: dar otra vuelta, cerrar un ciclo y mostrar un nuevo camino para la literatura cubana de aquellos años. La polémica en torno a ellos surgió a partir de una lectura distorsionadora y sociologista vulgar, que era la base líquida, el caldito de cultivo con grumos en suspensión que ocultaban el rostro del oportunismo, la burocratización de la cultura, la restricción de libertades elementales, la impronta tropicalmente grotesca del realismo socialista. ¿A quién se le ocurre promulgar e imponer un eje de realismo socialista en la república bananera de Cuba, ínsula por los cuatro costados? Quinquenio gris lo llamaron, pero luego se ha ido notando que aquel quinquenio tuvo a bien expandirse, superar su cábala de cinco e irse metiendo en años venideros hasta abarcar, por lo menos, un evidente decenio.