La alegría idiota

Bajo el volcán bebía, tal era su grado de simbolismo, de la Cábala, la magia, la alquimia, en fin, de cuanta literatura y doctrina ocultista o esotérica le cayó a Lowry en las manos. Se ha solido decir que el autor debió mucho a las corrientes vanguardistas de inicios del siglo XX, y que le influyeron mucho el primitivismo, el surrealismo, o sus vínculos personales con artistas como el escritor estadounidense Conrad Aiken, que tanto debió a las tesis freudianas del inconsciente, o al pintor surrealista Edward Burra, que adquirió notoriedad por sus acuarelas sobre la noche mexicana después de llegar al país en los años treinta y también quedar impresionado por el Día de los Muertos.

En definitiva, todo está contado, como dijo Cabrera Infante en un artículo de significativo y mexicano título ―«Bajo el volcán o la vida vista desde el fondo de una botella de mescal»― con pura prosa metafórica

Al periodista del New Yorker Jon Michaud, el cónsul Firmin-el personaje de la novela de Lowry-, con su discurso e indignación sobre la Cábala, que desarrolla en un momento dado, le recordó «a uno de los excéntricos eruditos y conmovedores de Samuel Beckett: Murphy, por ejemplo», que también se encuentra en una especie de tierra de nadie, con sus circunstancias íntimas.

Por su parte, Anthony Cronin, en una biografía más reciente traducida al español de Beckett, se hizo eco del momento en que el productor escénico Donald McWhinnie le preguntó al autor irlandés si había leído Bajo el volcán, asegurándole que era un gran libro. «Beckett se limitó a corroborarlo de inmediato: “Sí, un gran libro”», contestó.

En la bibliografía de las últimas décadas, no son pocas las páginas que acaban relacionando a ambos escritores, que parecen tener un aliento común de alejamiento del mundo consciente, de estar atraídos por ese mundo interno demente, alcoholizado, solitario, quién sabe. Incluso idiota, por recurrir a un término que usa el filósofo francés Clément Rosset, para él sinónimo de simple, particular, único, no duplicable, y para el que el hecho de hacer frente a la idiotez es evocar lo real, como explica en Lo real. Tratado de la idiotez.

Precisamente en el arsenal de conversaciones que The Paris Review, durante siete décadas, divulgó en su serie llamada «Writers at Work», que devinieron un testimonio excepcional del proceso creativo de docenas y docenas de autores de la literatura universal, Guillermo Cabrera Infante realizó una muy particular alusión a la demencia, a la idiotez, a propósito del encargo que recibió de escribir un guion a partir de la novela: «Acabe en manos de loqueros, o lo que en Londres se conoce con el nombre de manicomio. La fuerza de dieciocho electroshocks, que prácticamente destruyeron todo lo que yo utilizaba para escribir, salvo mi máquina de escribir (me refiero a mi memoria), me sumió en una depresión diagnosticada como tal, una enfermedad insidiosa que ha durado años».

Frente a tamaña afirmación, el entrevistador le preguntaba si en realidad quería decir que escribir el guion de Bajo el volcán lo volvió loco. Y la respuesta del escritor cubano exiliado que obtuvo la nacionalidad británica, siendo ciudadano de Londres, en 1978, fue: «Digamos que fue la última fase de un proceso».

Un día, su agente le preguntó si él conocía un libro titulado Volcán. «Le dije que había oído hablar de él cuando aún se titulaba Bajo el volcán», le contestó. Cabrera Infante no había leído la obra, y aprovechó un viaje en avión a Roma para hablar con Losey, que fue inicialmente el encargado del proyecto, para leerlo: «Me quedé tan cautivado, tan fascinado por el personaje del cónsul Firmin, que enloquecimos juntos. No ocurrió en el avión, sino en Londres, mientras escribía el guion, una palabra que desde entonces suelo pronunciar como el “terror”. Cuando me tienta el suicidio, lo llamo simplemente la “cripta”».

Al final, el guion de Cabrera Infante sería profusamente elogiado; tanto, que Douglas Day, el biógrafo de Lowry, afirmó que era superior a la novela, algo que modestamente negó el autor de La Habana diciendo que Bajo el volcán «es una de las novelas verdaderamente mágicas del siglo veinte y, en algunos momentos, aguanta la comparación con las grandes escenas trágicas de Tolstói o de Dickens», y, en el plano más contemporáneo, lo colocaba en la misma categoría que algunos libros de Faulkner y que La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, e incluso en esa comparación salía beneficiado al sostener que era más sencillo de leer que esos dos últimos autores.

Es en parte cierto al compararlo con las intrincadas novelas del autor americano o la del austriaco, pero a la vez resulta innegable que el libro presenta dificultades y que tiene una lectura entre líneas que nos llevaría a facetas dantescas y ocultistas, además de la intrínseca complejidad, a efectos de ritmo narrativo, que implica seguir las veinticuatro horas de un personaje, alcoholizado para más señas. En definitiva, todo está contado, como dijo Cabrera Infante en un artículo de significativo y mexicano título —«Bajo el volcán o la vida vista desde el fondo de una botella de mescal»— con pura prosa metafórica.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]