El «Apéndice» no equivale exactamente a la resolución de los cuentos porque proporciona datos de los personajes que tienen que ver con sus orígenes y no con su destino. Y que, además, son innecesarios para el trozo de vida presentado. Sirven para otra cosa, para mostrar a los personajes como abejas de la colmena madrileña de los años ochenta, por insistir en la imagen celiana. Explicaba Aldecoa que lo movía, sobre todo, mostrar una realidad española «cruda y tierna a la vez, que está casi inédita en nuestra novela», pues veía «continuamente cómo es la pobre gente de España», y buscaba hacerlo sin adoptar «una actitud sentimental ni tendenciosa». Algo así, creo, había interiorizado Mario Camus como semilla de sus «cortos». Por otra parte, la libertad constructiva que evidencia con el «Epílogo» refleja la independencia y la personalidad de un narrador que no se atiene a ningún programa artístico ajeno a personales y un tanto caprichosas inclinaciones.

 

MEMORIAS EN DOS TIEMPOS
Muy distinta es la otra obra de prosa de Mario Camus, una doble entrega de recuerdos, Apuntes del natural y Quedaron estas cosas. Las aproxima a Un fuego oculto, sin embargo, su compartido carácter narrativo, lo cual el propio autor reconoce al recoger la primera de ellas en Veintinueve relatos. En este libro misceláneo, se refiere a las piezas que integran los Apuntes… como «narraciones, cuentos, fábulas, historias mínimas». Aceptemos, pues, que, a pesar de la indefinición genérica que el propio Camus admite («o como queramos llamarlas», relativiza), se trata de relatos, sólo que la fuente ahora es autobiográfica y no ficcional.

Ambas entregas memorialísticas tienen un origen circunstancial que conocemos bien por las informaciones tanto del cineasta como de su editor, Jesús Herrán. Apuntes del natural surgió de la propuesta de este modesto editor santanderino de escribir unas memorias («una especie de biografía»), algo a lo que el cineasta no se sintió animado. Se vio, en cambio, incitado «a pensar en una fórmula distinta y lejana de la placentera inmersión en uno mismo». Quedaron estas cosas nació de una nueva sugerencia de Herrán para celebrar el ochenta aniversario de Camus con la publicación de un libro. El título señala, con un guiño, su contenido: añade a los «apuntes» episodios que se le quedaron sin contar. Dispersos ambos conjuntos en volúmenes distintos, requieren una edición unitaria que englobe el total de veintiséis escenas, cuadros, estampas biográficas o «como queramos llamarlas».

La base los dos libros está en los recuerdos del autor. Pero no pertenecen con claridad a ninguna de las formas convencionales de la hoy frecuente escritura del yo. Tienen más de autobiografía, con la presencia de la intimidad del propio escritor, que de las memorias, donde se esconde o desfigura la biografía para centrarse en el mundo. Aparte de estos vínculos insoslayables con las escrituras que parten de las vivencias personales, Camus muestra una impronta de originalidad o, dicho de modo menos pretencioso, de un ir a su aire. En Apuntes del natural los sucesos referidos con tono informativo alternan con breves pasajes numerados en romanos de tono impresionista y más lírico. Además, el memorialista no se somete a la disciplina de dar cuenta cabal de la totalidad de los episodios que marcan una trayectoria vital.

Apuntes del natural arranca con una evocación de infancia, «Los primeros amigos»: el niño de seis años vive con la familia en una aldea cántabra, Vernejo, cerca de Cabezón de la Sal, y se desplaza a la escuela de la próxima Ontoria. Polariza el recuerdo en la educación a cargo, primero, de un veterano maestro de intolerancia franquista y, enseguida, de otro más joven y abierto, don David. Episodio fundamental de aquel aprendizaje de la vida para el futuro director fue el descubrimiento del cine en un colegio de monjas adonde los lleva don David («Nos van a dar películas», dice con expresiva locución de época uno de los estudiantes mayores ante el misterio que rodea la imprevista excursión a Cabezón de la Sal).

El recorrido por el pasado selecciona otros episodios que impactaron en el joven y el adolescente: el humorístico descubrimiento de la utilidad del latín, el encandilamiento con las historias que un boxeador retirado refiere al autor y a su padre en un bar del entorno portuario de Santander, los entrenamientos en el equipo escolar de baloncesto, la participación como figurante en una película de romanos en la época en que se ha trasladado a Madrid para estudiar sin convicción Derecho y un episodio de rebeldía en las Milicias Universitarias que cumplía en Madrid en 1957.

Se interpolan en este anecdotario las dichas secuencias numeradas en romanos y en letra cursiva que son como fogonazos de intensidad emotiva: el recuerdo traumático de la conducción de un asesino por la pareja de la Guardia Civil, el ambiente popular en una esforzada carrera ciclista o la turbadora llegada del paquete que envía un emigrante a Venezuela.

Parece que el libro sigue un orden cronológico progresivo en la recuperación del pasado, aunque esta disposición se rompe de forma bastante gratuita, tanto en la línea temporal como en la cualidad de los asuntos. Camus incrusta el prólogo, breve y de gracia fallida, a una edición popular de Con el viento solano, puro pretexto, pero insustancial, para homenajear a su admirado Aldecoa, «el gran ausente», de quien tantas cosas interesantes podría haber dicho. Salta a 1967 con el rescate de un episodio profesional: en Ávila, él y el cineasta Miguel Rubio resuelven el impasse en la escritura de un guión yendo al cine donde proyectan El tercer hombre; han pagado las entradas, son los únicos espectadores de aquella gélida noche y tienen que forzar a los empleados para que pasen la película. De fecha parecida debe de ser el recuerdo que motiva la escena iv: en un viaje al sur con motivo de un trabajo urgente, el narrador y su compañero Hansi se detienen en la carretera a descansar y comprar un melón, leve anécdota que quedó en su recuerdo como uno de los momentos más felices de sus vidas. Una pequeña y justificada vanidad ocupa la secuencia vi: la nota de admiración por Los santos inocentes que le envía Dirk Bogarde con ocasión de un fugaz encuentro. Hasta 2004 nos lleva el remate del libro con otro homenaje amistoso, la sentida etopeya del portadista y dibujante Daniel Gil.

Explica Camus en el prólogo de Apuntes del natural que las narraciones del volumen «están referidas a mis orígenes en la profesión». Salta a la vista que el contenido desmiente la intención. Los recuerdos seleccionados nada tienen que ver con ello, salvo algo el primero de los apuntes. Mimbres bien diferentes forman la urdimbre del libro: la evocación emocionada del pasado, la estima de ciertos valores intemporales, la vivencia intensa de pequeñas historias, la reivindicación de la amistad o el amor por el cine. Todo ello cabría agruparlo bajo la percepción del paso del tiempo y la visión un tanto elegiaca del ayer. El narrador vibra, sin alharacas pero con hondura, al rescatar estos episodios menores pero no irrelevantes de su biografía. De ellos se desprende una celebración de la vida, de los modestos placeres de la existencia, de los motivos que dan sentido a los días.

Aunque no parece que Camus planifique mucho la arquitectura global del libro, quizás no por casualidad ha reservado para último lugar, con la importancia que le otorga el papel de broche o cierre, uno de los más íntimos y densos recuerdos, el de Daniel Gil. Camus visita algunas veces al dibujante durante su grave enfermedad, le hace compañía un rato, hablan de asuntos diversos, pero la conversación se hace difícil por la indiferencia del enfermo. Hasta que un día le toca un tema que le resucita el interés: «Nuestra ciudad, aquel territorio donde ambos habíamos nacido y vivido durante años». Con vivacidad comparten lugares, aficiones, salas de cine desaparecidas, el equipo local de fútbol, algún conocido de antaño… «No nos complacemos en la nostalgia. Es una visión superficial, vertiginosa», apostilla. La enfermedad que «golpea con tanta saña la atormentada salud» de Gil acentúa, sin embargo, sus devastadores efectos, vuelve a producirse la incomunicación y llega un momento de absoluto silencio. Se produce entonces el estremecimiento íntimo que Camus resuelve en un párrafo directo: «Es una despedida profunda y sentida que se instalará en mi mente durante horas, días enteros, semanas, hasta el final de todo, de los recuerdos, de las charlas, de los tranvías amarillos y del viento que bate los muelles».

Otro rasgo marca la recuperación de los recuerdos, su enraizamiento firme en una realidad inmediata, reconocible, en un costumbrismo de buena ley. En la literatura española desde finales del franquismo el calificativo costumbrista se ha solido utilizar como un baldón. No le tiene miedo Camus a apuntar el detalle exacto de un episodio biográfico, su escenario, los datos urbanos reconocibles con nombres concretos del callejero, el rótulo preciso de colegios, cines o bares. También recurre a la recuperación sin ánimo de rescate arqueológico del léxico popular o de oficios que nombran la realidad con la voz apropiada, quizás aprendido en Delibes (en Apuntes del natural encontramos «han hispido los bardales», «marchamos por las camberas», «la guadañeta», «los estrobos y los toletes», «muy pindia», «el pulpe», «eres un babión»).

La práctica narrativa general de Camus se atiene al minucioso reflejo neorrealista que comparte con Aldecoa. Esta preferencia supone una sólida reafirmación de lo propio. Preguntado por Laura García Pérez acerca de las últimas series televisivas, nuestro autor se despacha a gusto en su respuesta contra la moda de coches derrapando, del terror, de los zombis y de la violencia que acumula en un cuarto de hora cincuenta y cuatro muertes. Y cierra la invectiva con este significativo comentario: «Luego, hay series que te cuentan la vida de un abogado de Nueva Jersey y yo preferiría ver un abogado de Burgos». Algo tiene la narrativa de Camus de anticosmopolitismo adocenado.