El mundo del cine cuenta con una presencia discreta en Apuntes del natural. Aparece tan sólo en el iniciático recuerdo escolar, en «La batalla más corta de la historia», en «Una historia helada» y en las secuencias iv, v y vi. La reiteración de este motivo fundamental en la biografía de nuestro autor constituye, en cambio, el rasgo diferenciador de Quedaron estas cosas. Nueve de las once piezas se relacionan con la dedicación profesional del autor. Las memorias ampliadas conceden generoso espacio a relatar la realización de varios documentales: sobre un convento de clausura, sobre una filmación de bandadas de aves en la Raya de Portugal, sobre «Ronda y su serranía», destinado a una serie de televisión, y sobre un par de reportajes acerca de la vida del toro bravo. También aparece el cine en otras modestas situaciones: la terminación de una película en Roma, la localización de exteriores en el coto de Doñana y la visión fugaz de Henry Fonda. Además, con el séptimo arte tiene que ver uno de los mejores pasajes del libro, el de más nítida proyección simbólica, la estampa de la decadencia del poderoso productor Benito Perojo.

La abundancia de este asunto indica cuánta de esta interesante materia cinematográfica había quedado fuera de Apuntes del natural. Pero los recuerdos ahora revividos no significan cambio alguno respecto de la voluntad anterior de fijar por escrito pequeños hechos que revelan caracteres humanos, gente común (como la que observaba Aldecoa) en su variedad de emociones, más corrientes que excepcionales, más insinuadas que explícitas. Con compasiva solidaridad y ternura, evoca el aturdimiento del niño austriaco refugiado en Santander que acaba de ver en el no-do escenas de la guerra mundial en su país. El espíritu juvenil de transgresión aparece en un viaje en tren en los tiempos legendarios de posguerra cuando un modesto recorrido para disfrutar de las vacaciones estudiantiles suponía una aventura. El enfrentamiento estupefacto y doloroso con el paso del tiempo reflejado en la propia imagen desconocida hilvana la historia de una monja de clausura. La sabiduría del instinto natural marca la historia de un experto en aves. Los trampantojos de la felicidad se desvelan en el iluso empleado de un hotel. La mala conciencia por no responder a la oferta franca de amistad se manifiesta en el encuentro con unos alocados ornitólogos ingleses. El donjuanismo clasista aparece en la estampa hiperbólica de un matón andaluz. Una lección de dignidad resume la historia de una comida, a la que asisten unos todavía desconocidos «Riverita» y «Paquirri».

Son retratos de interiores, viñetas de estados de ánimo, estampas de emociones punzantes mostrados con cordialidad y empatía, con seriedad pero sin envaramiento, a veces con la distancia de un suave humor y, en algún momento, con un justo punto de crítica, casi de denuncia social. A las estampas se añade una lección incluso con un barniz didáctico en un caso singular, el retrato de Benito Perojo. Una parábola del mundo se encierra en la alfombra roja que el productor cinematográfico conserva de sus tiempos opulentos en la época de su decadencia económica y profesional. Los recuerdos se cargan de propuestas morales. Algo queda siempre del pasado que redime de las ofensas de la vida. O algo mantiene vivo el fuego de la ilusión: la esperanza cifrada en la victoria de unos presuntos héroes deportivos que sostiene el ánimo al empleado de un hotel. Como ha escrito Manuel Hidalgo a propósito de Quedaron estas cosas, aunque aplicable al conjunto de la narrativa de su autor, el libro recoge «el espíritu melancólico de una mirada hacia el pasado para rescatar una docena de momentos (situaciones, personajes, sentimientos) que, lejos del ruido, la ostentación y la euforia, permiten atesorar una memoria suficiente de lo vivido. Mejor aún, permiten afirmar que vivir valió la pena sólo sea por el brillo modesto pero impagable de aquellas experiencias».

Camus quiere trascender las anécdotas y trascender, sin presuntuosas pretensiones, la realidad para levantar una punta del lienzo que la oculta y calar en ella más hondo, en su dimensión secreta. A este propósito, me parece del todo ilustradora la cita de su otro gran amigo literario, Claudio Rodríguez, a quien acude con frecuencia para encabezar sus textos, que funciona como clave de «Una historia helada»: «Para mí la vida es algo legendario, no sólo historia, dato concreto. Todo me parece algo confuso, extraño, como si las experiencias no hubieran sucedido o hubieran sucedido de otra manera. La vida tiene aspecto de fábula».

Los episodios reconstruidos en Quedaron estas cosas, al igual que los de Apuntes del natural, responden a una concepción narrativa que privilegia la comunicabilidad sobre el artificio. Factor fundamental de este enfoque reside también, como en los cuentos, en un estilo conciso. La prosa antirretórica, de oraciones simples y estricta selección de los adjetivos, de tono próximo a lo conversacional, no llama la atención sobre sí misma. Está concebida como un vehículo de intercambio comunicativo entre narrador y lector, sometido a una estricta depuración de ganga verbal. Valga como mero botón de muestra este breve pasaje de «Territorios desconocidos»:

 

No hablábamos con ellas [las monjas] ni una palabra. La intermediaria, traductora y guía era sor Belén. Ella nos señalaba el camino por el regular y ordenado mundo del convento. Así iba avisándonos y marcando el programa diario. Sor Belén tendría alrededor de cuarenta años y su cara, enmarcada en el rostrillo, era guapa y transmitía seriedad y confianza. Parecía empeñada en que aquello que estábamos haciendo resultara interesante. Y no vacilaba en proporcionarnos pequeños detalles, movimientos y ceremonias que habrían pasado desapercibidos si no la hubiéramos tenido pendiente de nosotros. A veces, sonreía tenuemente y al hacerlo revelaba, sin proponérselo, un carácter alegre y despierto.

 

Camus practica en la prosa narrativa una poética neorrealista de firme sencillez. Con terminología actual, se diría que es un narrador minimalista, de historias nada aparatosas, que encierran un espesor que su apariencia disimula. Esas anécdotas en extremo simples no se despeñan hacia la inanidad argumental ni rebajan la seducción del autor por el viejísimo gusto por contar. De ello tenemos un elocuente ejemplo en los escritos memorialísticos. El episodio «El hombre de hierro», repetido en ambos libros, obedece a este impulso básico, y su propia extensión, superior a la de las restantes piezas, da una señal en este sentido. El narrador hace una viñeta con un amigo de su padre, Marcelo, que ha sido boxeador, y con un pescador de Puerto Chico, el Chaparro. El presente del cuento refiere las comidas y cenas del narrador y de su progenitor, más el exboxeador y el pescador y algunos amigos habituales en el bar popular La Ferroviaria. Todo rezuma un costumbrismo decantado y plástico. Pero la sustancia del relato está en las peripecias vividas por Marcelo. El narrador (o sea, Mario Camus) le escucha con devoción, está pendiente de sus palabras, ensimismado. A Marcelo se le adorna con la cualidad de excepcional narrador oral, una especie de juglar ante un entregado auditorio:

Llegado a este punto, Marcelo nos tiene ya encandilados. Ha habido momentos en que alguien lo ha querido interrumpir, pero los demás lo han evitado a tiempo. El relato de aquellas aventuras es fácil de entender, encierra momentos divertidos, se aproxima al desenlace y el relator se explica con gracia y con mucha sabiduría. No hay razón alguna para cortarlo.

 

«El hombre de hierro», relato de ameno y jugoso contenido, excelente estampa animada de sabor local con sabrosas peripecias picarescas, conseguido por lo que cuenta y cómo lo hace, constituye, además, una auténtica celebración de la narratividad; una prueba de primera magnitud del apego de Camus a contar.

Mario Camus ha dedicado la parte del león de su trabajo creativo al cine. Aunque la tentación de la literatura la sintió desde joven, la subordinó al séptimo arte. Por eso su obra narrativa resulta parca, incluso teniendo en cuenta que no se conoce todo lo que ha escrito, pues al parecer también ha cultivado la novela y tiene una narración extensa de temática santanderina inédita. Su tardía incorporación pública a las letras se ha producido de manera discreta, sin darse importancia. A su editor Jesús Herrán le confiesa que «la literatura es algo muy serio» y que en ella «siempre me he considerado un intruso». No se corresponde con un intruso ni con un mero aficionado el alto nivel de calidad de sus narraciones. Por ello es de lamentar que no haya cultivado las letras con mayor constancia. La desmedida afición de nuestra época por los eslóganes me sirve de coartada para sentenciar la escritura de Mario Camus con una apreciación que parece un anuncio publicitario: el cine español ha ganado uno de sus mejores directores al precio de que su literatura ha perdido un escritor muy valioso.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

BIBLIOGRAFÍA
· Aldecoa, Ignacio, cita en Gaspar Gómez de la Serna, «Un estudio sobre la literatura social de Ignacio Aldecoa», Ensayos sobre literatura social, Madrid, Guadarrama, 1971.

· Camus, Mario, Un fuego oculto. 14 historias cortas, Madrid, Ocho y Medio, 2003.

–, Apuntes del natural, Villanueva de Villaescusa, Ediciones Valnera, 2007.

–, 29 relatos, Villanueva de Villaescusa, Ediciones Valnera, 2010.

–, Quedaron estas cosas, Villanueva de Villaescusa, Ediciones Valnera, 2015.

· Fernán-Gómez, Fernando, El tiempo amarillo. Memorias ampliadas (1921-1997), Madrid, Debate, 1998.

· García Pérez, Laura, «La estética del perdedor es más interesante», Eldiario.es norte (<eldiarioescantabria.es>), 12 de diciembre de 2015.

· González Herrán, José Manuel, «Del cine a la literatura: los cuentos de Mario Camus», Carmen Becerra y Susana Pérez Pico (eds.), Talentos múltiples, Vigo, Academia del Hispanismo, 2012.

· Herrán, Jesús, «Entrevista a Mario Camus, Estela de oro de las letras de Cantabria 1917», web de la Sociedad Cántabra de Escritores (25/3/18).

· Hidalgo, Manuel, «Las alfombras persas de Mario Camus», blog de El Cultural, 24 de diciembre de 2015.

· Morán, Gregorio, El cura y los mandarines. (Historia no oficial del bosque de los letrados). Cultura y política en España, 1962-1966, Madrid, Akal, 2014.

· Reviriego, Carlos, «No soporto los focos, las alfombras rojas y los púlpitos. Son pamplinas», El Cultural, 11 de febrero de 2011.

· Sánchez Noriega, José Luis, «Mario Camus, goya de honor del cine español 2011», El Ojo que Piensa, en línea.

· Sánchez Vidal, Agustín, El cine de Carlos Saura, Zaragoza, Caja de la Inmaculada, 1988. Cito por José Manuel González Herrán.