En el contexto de la poesía española peninsular contemporánea y actual, esta experiencia de frontera como fenómeno de resignificación ha dado lugar a valiosas propuestas de innovación, la mayoría de las cuales se sitúan, como no podía ser de otra manera, siempre cerca, o bien de la raya hispano-portuguesa o en el cruce entre las lenguas gallega y española.
En cualquier caso, la cuestión que aquí nos ocupa es si resulta factible definir las escrituras poéticas canarias como creación de frontera. O, mejor, si es posible hallar en la poesía canaria actual marcas y procedimientos estéticos de este trajín fronterizo. Anoto algunas evidencias.
Primera. La emigración resulta clave para el reconocimiento de lo fronterizo canario. Desde la teoría postcolonial, los trabajos de Homi Bhabha aportan claridad a esta posibilidad. De acuerdo con Bhabha, para la vida y el pensamiento, son fuente de enorme valor crítico aquellos grupos, poblaciones y territorios que han sufrido subyugación, dominio o desplazamientos: «La experiencia afectiva [y de sufrimiento] de la marginalidad social, tal como queda plasmada en formas culturales no canónicas, tiene la capacidad de transformar nuestras estrategias críticas».[16]
Las experiencias canarias de frontera tienen que ver, en gran medida, con procesos de marginalidad y pobreza, y se singularizan en frecuentes procesos migratorios a lo largo de la historia moderna y contemporánea, no sólo como lugar de partida, sino —lo que a día de hoy resulta mucho más relevante— como territorio al que se arriba. Las islas entonces como espacio liminar y último, que acoge a quien se ha expatriado. Desde esta perspectiva, la frontera insular puede ser concebida como la ubicación del no lugar y el enclave para un relato de la no identidad acorde, además, con la imagen estereotipada del paraíso turístico canario. Es en los textos de los poetas insulares más jóvenes, publicados del 2015 en adelante, donde mejor se plasma esta impronta de la disolución: Westhaven Bay & La Montaña Amarilla (2019), de Ivan Cabrera Cartaya; Si la arena resiste (2019), de Acerina Cruz; los libros de Alba Sabina Pérez, Ya nadie lee a Pentti Saaritsa (2015) y Personne (2019); o Tiempo sin detener (2018), de David Guijosa. «Vivimos poco y al otro lado de todo, sin actitud / ni libro en las manos. Es / el 8 % del templo y las monedas de plata y / un rapero obeso amasando el aire con cansancio, / todo lo atento que estás a la derrota». Corresponden estos versos a un poema de Guijosa titulado «Filetes de merluza».
Segunda. La inclinación americana. Refiriéndose a las promociones literarias dominantes en España durante las décadas finales del xx y los iniciales del xxi, Mario Martín Gijón identifica su significativa impermeabilidad respecto a aquello que ha estado sucediendo más allá de las fronteras, particularmente en Hispanoamérica. Así, no duda en calificar el fenómeno como de «autarquía lírica»[17] asociada a las hegemónicas poéticas figurativas y neorrealistas.[18]
Sin embargo, no es este el caso de lo sucedido durante el mismo periodo entre las poéticas insulares. De hecho, quizá sea este tender hacia América el fenómeno que fija más nítidamente la consideración fronteriza de buena parte de las escrituras canarias. Por ejemplo, más allá de la mencionada interpretación teleológica o del cliché de la poética del silencio, una parte significativa de la obra de Andrés Sánchez Robayna se acoda en un diálogo expreso y poderoso con el concretismo brasileño, en un momento —final de los años setenta del xx— cuando muy pocas escrituras poéticas en España habían sido capaces de generar de forma expresa ese tipo de ligaduras.
La diversidad dialógica de la conexión americana de las poéticas insulares es amplia. Va desde el coloquialismo al neobjetivismo, rastreables en obras como Prehistóricas y otras banderas (1990), de Leocadio Ortega; Poma (1987), de Anelio Rodríguez Concepción, y Cuadros de Hopper (1999), de Nicolás Melini. Libros como De latitud encendida (1998) de Sergio Domínguez Jaén (1998), La carne & los lirios (2007) de Miguel Ángel Galindo, así como la obra mayor de Ángel Sánchez —Flexiones, travesía. 1979-1985—, bordean las claves del neobarroco. A su vez, una dimensión fundamental de la escritura de Daniel Bellón —desde Lengua de signos (2005) a Coltán (2012)— se ha movido, en su práctica de una poesía de orientación crítica, a partir del exteriorismo de raíz «cardenaliana». Por su parte, la obra más reciente de Coriolano González Montañez —Mapa del exilio (2016) y Mapa de la nieve (2019)— conecta con la escritura confesional de poetas como Sharon Olds o Ilya Kaminsky.
Tercera. El entrecruzamiento de lenguas. Dos obras recientes, ATL GA,[19] de Carlos Bruno Castañeda, y La piedra habitada,[20] de Ricardo Hernández Bravo, ejemplifican la combinación de códigos léxicos e idiomas, un procedimiento habitual en poéticas fronterizas americanas. En el caso de los poemas de ATL GA, se entrelazan español e inglés, articulando versos y estrofas en ambos idiomas, al tiempo que se asocian estructuras como el haiku y las canciones del blues tradicional y se incorporan elementos intertextuales provenientes de la prensa, el discurso político o la información turística. Por su parte, La piedra habitada se sostiene compositivamente en el uso recurrente de expresiones y vocablos campesinos, como acceso simbólico a la figura del padre desaparecido y a la memoria del espacio que ocupaba. Sus poemas, además de fijar la historia de la pérdida, hacen visibles los límites de los códigos semánticos socialmente dominantes —urbanos y productivistas—, a la vez que activan la crítica del presente, problematizando la pérdida de un espacio lingüístico, en línea con la mencionada argumentación de Fruela Fernández sobre las tradiciones populares rebeldes. Lo más provocador de ambas propuestas es, sin embargo, que no se produce ni una transición ni un abandono completo y extraterritorial del idioma y sus códigos, sino que se tensiona el lenguaje poético a medio camino, entremedio del punto de partido y el punto de destino. En el filo que es toda frontera.
Cuarta. Los cuerpos que se rebelan. Si al referirme al modelo de isla esencial consideraba la idea de una escritura poética regida por la confianza, cruzar la frontera fija simbólicamente para la poesía canaria lo que Erika Martínez describe como la aparición de una subjetividad límite y un sujeto poético puesto bajo crítica.[21]
La disconformidad con las identidades impuestas configura el eje escritural que comparten cuatro de los mejores libros de poesía insular escritos a partir del año 2000: Casi todo es mío (2005), de Antonio Jiménez Paz; Antes del eclipse (2007), de Rafael-José Díaz, Cuaderno del orate (2014), de Cecilia Domínguez Luis y Deseo y la tierra (2018), de Aida González Rossi. Aún desde tonalidades verbales y afectivas diferenciadas una de otras, las cuatro obras gravitan alrededor de la crítica radical a las formas sociales de filiación y dominio que, en el caso de las dos autoras además adoptan el modo del cuestionamiento extremo de los estereotipos sexuales. Así, escribe Cecilia Domínguez: «Pero, a pesar de todo / no consigo olvidarme de mis devastaciones». Mientras que Aida González Rossi anota: «entrar a nadie no dejar entrar a nadie tú no ardes solo hablas gritas te desechas aidamaría te desechas tú eres una mosca sobre tu basura es decir basura y una mosca es decir el sexo tu sexo no hay nada».
Concluyo. La poesía canaria de entresiglos se presenta homogénea en la diversidad de sus escrituras, reactualizando parcialmente el desinhibido afán de exploración cosmopolita innovadora que diera carta de naturaleza a la modernidad artística en nuestro entorno. Además, se despliega lo suficientemente autónoma y singularizada respecto a los modelos dominantes en el sistema de la poesía española contemporánea y actual como para justificar la necesidad de introducir en los análisis de ese mismo sistema un criterio de marcas territoriales que faciliten la identificación y visibilidad de otras escrituras singulares y periféricas.
[1] De Ugarte, David. El poder de las redes. Manual ilustrado para ciberactivistas. Biblioteca de las Indias. Página 5.
[2] De Ugarte. Ídem, página 15.
[3] Quizá sea Pre-Textos la editorial que ha publicado de manera más frecuente libros de poetas canarios como Luis Feria, Andrés Sánchez Robayna, José Carlos Cataño, Manuel Padorno, Bruno Mesa, o Rafael-José Díaz. En los catálogos de editoriales como Hiperion, Libertarias, Huerga y Fierro, La Garúa, Trea o El sastre de Apollinaire se encuentran también libros de poetas de las islas Canarias. Sin embargo, esta presencia suele ser esporádica o, incluso, de carácter circunstancial.
[4] En este sentido es necesario considerar, por ejemplo, la acogida crítica y lectora de poetas como Chus Pato desde sus obras originales en gallego hasta las traducciones de las mismas al español. Algo parecido ocurre con Joan Margarit desde el catalán, si bien desde un planteamiento estético y una acogida muy diferentes.
[5] ACL, Revista Literaria. Revista Digital Cuatrimestral de la Academia Canaria de la Lengua. Núm. 7, 2016.
[6] Fernández, Fruela. Una tradición rebelde. Políticas de la cultura comunitaria. Editorial La vorágine, 2019. Santander.
[7] Padorno, Eugenio. La parte del todo. Proposiciones y ensayos sobre poesía canaria. Boca de riego, 2002. Gran Canaria.
[8] Rodríguez-Refojo, Alejandro. Memoria del origen. La trayectoria poética de Andrés Sánchez Robayna (Pág. 28). Artemisa Ediciones, 2009. Tenerife.
[9] Martín, Sabas. Manuel Padorno: desde el atlántico hacia la otra realidad. Campo de Agramante. Revista de literatura, núm. 11 (2009), pp. 79-90.
[10] Martín, Sabas. Ídem, pág 85.
[11] Martín, Sabas. Ídem pág. 85.
[12] Le Bigot, Claude. Sobre la insularidad como referente y como metáfora en la poesía canaria. Estudios canarios: Anuario del Instituto de Estudios Canarios, 1999, núm. 44, p. 133-142.
[13] Habría que buscar uno de los primeros anclajes de este modelo representacional de lo insular poético en el texto de Pedro García Cabrera, El hombre en función del paisaje, publicado originalmente en 1930 y reimpreso en 1982, en un volumen de homenaje al escritor vanguardista, tras su fallecimiento: Pedro García Cabrera, el hombre en función del paisaje. Ed. Nilo Palenzuela. Colección LC Materiales de Cultura Canaria.
[14] Rodríguez Padrón, Jorge. La Nueva Narrativa Canaria. Mancomunidad de Cabildos, Plan Cultural y Museo Canario. 1982, Las Palmas de Gran Canaria.
[15] Mollá, Ángel. «Un paisaje (atlántico) fuera de toda sospecha». Pág. 75. En Observar el paisaje. VVAA. Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias. 2012
[16] Bhabha, Homi K. Nuevas minorías, nuevos derechos. Notas sobre cosmopolitismos vernáculos. Siglo veintiuno Editores, 2013.
[17] Martín Gijón, Mario. Sobre una «poesía que se piensa en el lenguaje». ¿Hacia una nueva vanguardia en la poesía española?». Kamchatka. Revista de análisis cultural 11 (julio 2018): 145-162.
[18] Martín Gijón, Mario. Ídem. No obstante, Martín Gijón apunta también cómo un buen número de poetas españoles encaran la escritura desde una concepción experimental. Entre otros poetas cita a Esther Ramón, Yaiza Martínez, Ángel Cerviño, Enrique Cabezón, Marco Canteli, Benito del Pliego, Ernesto García López, Oscar Curieses, Joan de la Vega y Pablo López Carballo. «Frente al clasicismo del poema bien hecho, armónico, estas poéticas tienen en común la idea de que más que el fin, importa el proceso, la poesía como reflejo de un acto de construcción progresivo», A estos podrían unirse sin dificultad Antonio Méndez Rubio, Viktor Gómez Ferrer, Tobías Campos Fernández, José María Cumbreño, Ángela Segovia, Chus Pato, Lola Nieto, Víctor M. Diez, Daniel Aguirre Oteiza, David Leo García o Laia López Manrique.
[19] Baile del sol Ediciones, col. Sitio de Fuego. 2017. Tenerife.
[20] Ediciones La Palma, col. Ministerio del aire. 2017. Madrid.
[21] Martínez, Erika. «Valores portátiles: El sujeto bajo crítica». En Malos tiempos para la épica. Última poesía española (2001-2012). Luis Bagué Quílez y Alberto Santamaría (eds.). 2013. Visor Libros.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]