La tecnología, después, ampliará hasta el infinito el espacio sinóptico y sus instrumentos, a través de los campos artístico y literario, de los medios de masas, de las zonas de intersección entre ellos, y de la esfera personal de cada individuo y de las numerosas pantallas que la irán poblando progresivamente. En todos esos contextos, la tecnología no sólo ha fomentado una amalgama de ciencia, arte y literatura, sino también alentado un hibridismo que suele describirse mediante un abuso de los prefijos inter-, trans- o multi-, aplicados tanto al signo (inter, trans o multimodal) como a su soporte (inter, trans o multimedial). Un ejemplo trivial: productos multimodales como los filmes Blade Runner o El señor de los anillos, inspirados o basados en novelas, se han transmedializado en cómics, en videojuegos, en adaptaciones teatrales e incluso en seriales radiofónicos y parques de atracciones; el primero ha engendrado, además, tres novelas, secuelas del filme y no de la novela original, y el segundo, un inacabable merchandising que se declina, entre otros objetos, en mapas, juguetes, pósteres, cerámicas, joyas, relojes, etcétera; y todavía podríamos seguir enumerando metamorfosis hasta cansarnos.

Ahora bien, este somero repaso a la multimodalidad reinante y a su mediología no sería objetivo si no acogiera ciertas reservas, en apariencia contradictorias con algunas de nuestras ideas precedentes, sobre la paulatina descompensación que se detecta a favor de la productividad visual, más beneficiada por la innovación tecnocientífica que la verbal, al menos en términos de impacto psicosocial. En efecto, a las palabras les cuesta seguir el ritmo de las dos tendencias dominantes en la imagen actual, que también se caracterizan añadiendo prefijos, y que no tienen aún correlato en la logosfera en sentido estricto: la hipervisualidad y la posvisión. Por hipervisualidad se entiende la fabricación de iconos capaces de desvelar aspectos de lo real imperceptibles para el ojo desnudo —en astronomía, biología, medicina, etcétera—; por posvisión, la de imágenes potencialmente diferentes de todo lo visto antes, que alejan los límites mismos de la imaginación —en videojuegos, cine y televisión, divulgación científica, etcétera— (Català, La imagen compleja). Una y otra tendencias rinden un apreciable servicio a la sociedad del espectáculo y hacen pensar —sobre todo la segunda, la posvisión— que se está promocionando una nueva emancipación de la imagen respecto de cualquier anclaje o relevo lingüísticos y su liberación de las constricciones (unos mínimos de linealidad, de segmentación, de articulación, etcétera) que aún le impone la lógica natural, como se sabe, mayormente derivada de la lengua, asimismo llamada «natural».

Un riesgo concomitante de desestabilización del equilibrio verbovisual por el que aquí abogamos se advierte en la narrativa hipermedia y en la poesía digital, todavía definidas prevalentemente por su condición de literatura (numérica), pero donde el ímpetu verbal tal vez quede en exceso sujeto al efecto visual pretendido (Philippe Bootz, Giselle Beiguelman, Ana María Uribe, etcétera), como si la literatura debiese, a la postre, rendir cierta pleitesía a las imágenes, en lugar de mancomunarse con ellas. Lo cual parecen confirmarlo los casos en que la literatura numérica se alía sin precauciones con la holografía, la realidad virtual y la realidad aumentada —confín tecnológico provisional para numerosos géneros artísticos y literarios—: se diría que el precio a pagar por su conversión del espacio sinóptico, el inaugurado en las cavernas, no sólo en un espacio pansensorial, sino definitivamente sinquinésico (sensomotor, práctico), es la relegación del componente escrito al papel de proveedor de coartadas intelectuales.

No sorprende, por tanto, que muchas de estas propuestas hipertecnológicas, deseosas de conquistar un público idóneo, estén dirigidas a la infancia o a la juventud (The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore, de William Joyce; Un jeu y Un livre, de Hervé Tullet); ni que otras, aspirando a adquirir cartas de legitimidad cultural, sean adaptaciones de obras clásicas del canon literario (Mr. Jekyll und Dr. Hyde, de Marius Hügli y Martin Kovacovsky). Aunque esta pareja crítica también es revisable: acaso no haya tantas razones para inquietarse por una dilución intuida de la «literatura» en un rejuvenecido tipo de obras de arte digital «totales». Al cabo, cabría argüir, muchas de éstas son herederas de la práctica milenaria del teatro, dotada ya de casi todas las posibilidades combinatorias modales y mediales; y, a través de él, quizá desciendan de los ritos sincréticos cavernarios, tal y como los imaginamos. Y ello más que nunca ahora que el propio teatro está experimentando un desplazamiento desde el campo literario hacia el artístico, y una mutación progresiva en «artes vivas», en performance acompañada de música, danza, diseño de objetos, imagen, videocreación, etcétera.

Por último, y ya puestos a especular, no hay manera de saber en qué se convertiría el absorbente universo pansensorial del último arte y de la más reciente literatura si se produjera, de hecho, la anunciada y publicitada entrada del hombre en la «singularidad». Esto es, si, de la mano de la inteligencia artificial como culminación de la tecnociencia, la especie humana se volviese —posiblemente, en otro caso más de abuso performativo de los prefijos— «transhumana» o «poshumana». Al «neohombre» tecnológicamente aumentado, o al cíborg humanamente encarnado (¿encarnizado?), le corresponderían acaso inéditas experiencias artístico-literarias, imposibles aún de adivinar. De momento, lo que conocemos de plástica y de narrativa y poesía algorítmicas, es decir, de «arte» y de «literatura» compuestos mediante inteligencia artificial —que no por ella, como quizá hubieran escrito quienes fomentan una concepción animista, y no política, de la tecnociencia, dotándola de voluntad propia—, no resulta ni concluyente ni muy satisfactorio para los conservadores consumidores de tradición cultural que también somos. Habrá que esperar entonces que a la caverna digital no dejen de acudir, a jugar con los algoritmos, antiguas divinidades analógicas como la inspiración o el talento.

 

MEJOR QUE UNA CONCLUSIÓN, UN VOTO PIADOSO
Con el fin de que la cueva prehistórica no se trueque en otra caverna de Platón, pero en versión high-tech, y el humano espacio sinóptico y sinquinésico en un totalitario universo hiperdimensional —o quizá siempre lo ha sido y sólo nuestra obstinada creencia en la historia y sus presuntas novedades nos hace verlo de distinta manera—, necesitaríamos, probablemente, de una consistente ecología del espíritu. En lo que se refiere, dentro de esa ecología, al vínculo entre la literatura y el arte, nos atreveremos a proponer un postulado y a hacer una sugerencia. El postulado: la relación entre las palabras literarias y las imágenes artísticas permanecerá abierta y será inagotable,[ii] pues unas y otras participan de consuno en la emergencia, filogenética y ontogenética, de la conciencia y en lo que pudiéramos llamar la institución social de ese espíritu que se trata de cuidar. Y he aquí la sugerencia: dadas las capacidades de diseminación y de impregnación de las imágenes del arte, muy superiores a las del verbo literario, convendría velar por que no se metamorfoseen, si se dedican a competir con las de medios y redes por instalarse en el primer plano del espectáculo social, en idola fori, en signos que confundan interesadamente, en las débiles mentes de los hombres, lo necesario y lo contingente, lo posible y lo imposible.

Así pues, sumando postulado y sugerencia, entenderemos que, al mostrar una nativa inclinación mutua la imagen y la palabra, sería contraproducente intentar contrariarla, pero no colocarla bajo el amparo de un logos común a una y a otra en cuanto razón y discurso; un logos del que justamente saben mucho el arte y la literatura, como sabían, pensamos, los trazos prehistóricos. Y parecería útil que las instituciones del conocimiento y de la cultura contribuyeran a tal amparo, promoviendo la búsqueda de lo inteligible en lo sensible y el cumplimiento sensible de lo inteligible, algo que de suyo constituye su misión, por mucho que a veces parezcan esforzarse en desmentirla.

Es el anterior un objetivo alcanzable siempre y cuando los poderes de este mundo —y, en especial, las grandes corporaciones tecnológicas— no hayan decidido ya que también en los campos artístico y literario, y en las instituciones que se ocupan de ellos, lo sensible tiene que rimar sólo con lo emocional y no con lo inteligible; y que lo inteligible debe revelarse, preferentemente, a través del algoritmo y no de la razón ni del discurso. Está en las manos de artistas y literatos no contribuir con sus obras multimodales y multimediales a que tales cosas sucedan.[iii]

 

[i] Semir Zeki, Visión interior. Una investigación sobre el arte y el cerebro; Jean-Pierre Changeux, Du vrai, du beau, du bien. Une nouvelle approche neuronale; Stanislas Dehaene, El cerebro lector.

[ii] Sobre las razones de que así sea, véase Michel Foucault, Las palabras y las cosas, pp. 13-25.

[iii] Este artículo se enmarca en el proyecto I+D «Inscripciones literarias de la ciencia: cognición, epistemología y epistemocrítica (ILICIA)», Ministerio de Economía y Competitividad, FFI2017-83932-P.

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BIBLIOGRAFÍA
· Abril, Gonzalo. Análisis crítico de textos visuales. Mirar lo que nos mira. Madrid: Síntesis, 2007.

· Anati, Emmanuel. Arte rupestre nelle regione occidentali della penisola iberica. Capo di Ponte: Centro Camuno di Studi Preistorici, 1968.

· Bourdieu, Pierre. Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario. Barcelona: Anagrama, 1995.

· Català, Josep Maria. La imagen compleja. La fenomenología de las imágenes en la era de la cultura visual. Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona, 2005.

· Changeux, Jean Pierre. Du vrai, du beau, du bien. Une nouvelle approche neuronale. París: Odile Jacob, 2008.

· Dehaene, Stéphane, El cerebro lector. Últimas noticias de las neurociencias sobre la lectura, la enseñanza, el aprendizaje y la dislexia, Madrid, Siglo XXI, 2014.

· Foucault, Michel, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Madrid, Siglo XXI, 2013.

· Grosos, Philip, Signe et forme. Philosophie de l’art et art paléolithique, 2017, París, Les Éditions du Cerf, 2017.

· Leroi-Gourhan, André, Le geste et la parole. Tome I: Technique et langage. Tome II: La mémoire et les rythmes, París, Albin Michel, 1964-1965.

· Steiner, George, Presencias reales, Madrid, Destino, 2007.

· Zeki, Semir, Visión interior. Una investigación sobre el arte y el cerebro, Madrid, Antonio Machado Libros, 2005.