De Auguste Vitu y de su Paris no hay ninguna referencia en el polifacético y densísimo epistolario de Juan Valera o en el oceánico de Menéndez Pelayo, tampoco en los más reducidos –por ahora– de Pérez Galdós o Leopoldo Alas. Nada se dice del crítico de Le Figaro ni de su libro Paris en las Memòries literàries (1962) de Narcís Oller. Y, para mayor abundamiento, cuando doña Emilia Pardo Bazán ejerce de muy competente historiadora de la crítica literaria en los apartados correspondientes de los tres tomos de La literatura francesa moderna (1910, 1911 y 1914) nada dice de los trabajos y los días de Auguste Vitu.

A la luz de todas estas fracasadas inquisiciones, creo que el polígrafo y crítico dramático y musical autor de Paris merecería una mayor atención. Esta debe basarse en el análisis de un itinerario poco frecuente, por lo prolijo y cambiante, de publicista literario y artístico, con un ideario político y social muy afín al bonapartismo del Segundo Imperio (1852-1870), y en sus trabajos de crítica teatral desde la importante tribuna de Le Figaro, donde empezó a colaborar en 1869 y desde donde mostró de inmediato sus antipatías éticas y estéticas ante la «littérature putride» –el sintagma es invención de Louis Ulbach– de Émile Zola y el naturalismo. Si atendemos a los apuntes para unas memorias de Pompeyo Gener (2007, pp. 317-318), que en 2007 exhumó mi colega de la Universitat de Barcelona Josep M. Domingo, el extravagante intelectual catalán tuvo relaciones con Vitu alrededor de los primeros años ochenta y le recuerda, en 1912, como director literario de Le Figaro y como un conversador incisivo e irónico, «tout à fait parisien».

Señalaré que, como crítico dramático de Le Figaro, sus artículos fueron siempre muy esperados, posiblemente por su influencia entre el público adicto. Así, cuando Zola estrena Thérèse Raquin el 11 de julio de 1873 en el Théâtre de la Renaissance, Vitu, tras comparar a la protagonista con Emma Bovary –«une Mme. Bovary descendu au ruisseau»–, descalifica la obra por completo. Casi veinte años después y pocas semanas antes de fallecer, Vitu firma en Le Figaro la crítica de Le Rêve, drama lírico que se estrenó en la Opéra-Comique el 18 de junio de 1891. Zola y el compositor Bruneau esperan esta crítica ansiosos. Vitu es terminante: «D’un but à l’autre de ces quatre actes, l’oreille est balancée par une sorte de mélopée tout à fait dépourvue d’expression»[5].

Los trabajos teatrales de Zola no convencieron nunca a Auguste Vitu, ni desde la estética teatral ni mucho menos desde sus mensajes morales. Para el autor de Paris, la indiscutible figura del teatro francés decimonónico fue siempre Victor Hugo. Así, cuando el 24 de febrero de 1872 se vuelve a representar en el Théâtre de l’Odeon el drama de Victor Hugo Ruy Blas, con Sarah Bernhardt en el papel de reina de España, Vitu escribe en Le Figaro: «Si jamais la poésie française était perdue, on la retrouverait entière dans Ruy Blas».

En la excelente radiografía sin tapujos de la vida literaria parisiense que es el Journal  (1862-1896) de los Goncourt, Vitu aparece siempre como un crítico teatral dogmático y opuesto a cualquier modernidad. Cuando el diario era ya únicamente de la pluma de Edmond y con ocasión del estreno el 23 de diciembre de 1888 de la versión teatral de Germinie Lacerteux en el Théâtre de l’Odeon, Vitu escribe un artículo en Le Figaro que le merece un comentario despectivo en el Journal, que lo califica de uno de esos «fripouilles du journalisme». El 3 de marzo del 1889, Edmond asiste al estreno de la comedia de Paul Alexis y Oscar Méténier Monsieur Betry; muy cerca, delante de él, está Vitu, «plus tête de mort qu’à l’ordinaire». Y con motivo de la repercusión en la prensa del fallecimiento de Vitu el 5 de agosto del 1891, Edmond exclama irónicamente: «La mensongère oraison funèbre qu’a faite de cet “homme de bien” la presse tout entière» (Goncourt, 1989, pp. 215, 397 y 616).

Por último, para perfilar la figura de Vitu, quiero recuperar la presentación que el semanario parisiense en castellano El Americano ofrecía de él en noviembre de 1873 con la voluntad de presentar a sus lectores a los principales periodistas de París:[6]

 El físico de un coronel de cazadores y la erudición de un benedictino. Mucha experiencia de la vida, mucho hábito de tratar entre bastidores con los grandes muñidores de la sociedad, capitalistas y hombres de Estado, buen gusto, sano juicio, aplomo y habilidad, tales son las cualidades salientes de M. Vitu periodista, político antaño, crítico dramático de Le Figaro y financiero de Le Gaulois ogaño. M. Vitu ha colaborado en infinitos periódicos, ha publicado algunos libros que alcanzaron pasable notoriedad y ha sido redactor principal de Le Constitutionnel y en jefe de L’Étendard[7]. Bonapartista acérrimo, el Imperio le ayudó a prosperar y le hizo oficial de la Legión de Honor. Su competencia en tratar las cuestiones financieras ha valido y vale a M. Vitu pingües emolumentos. A eso sin duda se debe que hoy no escriba casi sino boletines rentísticos que cubren sus necesidades, y artículos de crítica literaria que satisfacen su gusto por las bellas letras. Carácter simpático y cortés, M. Vitu cuenta algunos envidiosos, muy pocos enemigos y muchos apasionados.

 

III

 En el epílogo de Por Francia y por Alemania (Crónicas de la Exposición) (1890), y al justificar la reunión de sus restantes crónicas sobre el certamen internacional de París, Pardo Bazán señala la oportunidad que le ofreció el director de La España Editorial, donde había publicado unos pocos meses antes Al pie de la torre Eiffel (Crónicas de la Exposición) (1889): «De la misma opinión fue mi inteligente y animoso editor, el señor Manso de Zúñiga, fundador de la importante casa editorial La España Editorial; y los hechos justificaron el dictamen de editor y amigos, pues la tirada copiosa del primer tomo ya se encuentra punto menos que agotada, al mes y medio de haber visto la luz» (Pardo Bazán, 1890, p. 250).

Jesús Manso de Zúñiga[8] y la casa La España Editorial son los artífices de la publicación de París, que se anunciaba como «en prensa» en la contraportada de Al pie de la torre Eiffel. Dicho reclamo publicitario, no del todo exacto en sus precisiones, es importante para conocer el contexto editorial de su traducción al castellano por parte de Pardo Bazán:

Soberbio volumen, tamaño folio, impreso con verdadero lujo. Contiene 500 páginas de texto y 450 dibujos inéditos, ejecutados por excelentes artistas. Completan la obra treinta hermosos grabados de gran tamaño, un plano de París y una carta de sus alrededores. Precio de cada cuaderno, que contendrá veinte páginas, una peseta.

Nadie como Augusto Vitu, presidente hace muchos años de la Sociedad de la Historia de París, hubiese podido presentar un libro tan metódico, tan lleno de gracia, a la vez que escrito con elegante estilo, y evidenciando a cada momento los conocimientos especialísimos del autor y su ciencia profunda de la arqueología parisiense.

 […]

Algunas páginas destinadas a dar cuenta de la Exposición Universal de 1889 terminan esta obra, admirable por su forma, deliciosa por su contenido e incomprensible por su precio.

 […]

Para mayor garantía de la buena fe con que emprendimos esta obra, hemos conseguido que se encargue de su traducción la insigne escritora Emilia Pardo Bazán. Nadie como ella, que tan a fondo conoce la capital de la vecina República, podía (a nuestro juicio) dar cima a tan penosa tarea, y debemos consignar aquí nuestra gratitud a la ilustre autora que tan galantemente se ha brindado a ayudarnos en nuestra empresa.

La obra constará de veinticinco a veintiocho cuadernos, al precio ínfimo de una peseta, con objeto de hacerla asequible a todas las fortunas.

Rogamos a nuestros señores corresponsales, especialmente a los de América, se sirvan hacernos los pedidos con antelación para que no sufran retraso en sus envíos.

En consecuencia, sabemos que, tan pronto como el libro de Vitu vio la luz en Francia, la casa La España Editorial y la imprenta Rubiños pusieron manos a la obra para publicar por entregas –por cuadernos, que fueron treinta– la traducción castellana que, con una celeridad sorprendente, llevó adelante Pardo Bazán, quien tenía en preparación –así lo anuncia la editorial– la traducción de Los hermanos Zemganno de Edmundo de Goncourt. Doña Emilia debía tener muy adelantada para esas fechas dicha traducción, a juzgar por la confesión de los Apuntes autobiográficos fechados en septiembre de 1886 en la granja de Meirás: «No quiero omitir que este año me he metido a lo que nunca pensé: a traductora, y traductora del francés, que es oficio bastante humilde […]. Se me ocurrió trasladar en castellano Les frères Zemganno, no solo por experimentar, si es dable hacerlo sin robarle a Goncourt la flor ni al castellano la honra, sino por simple simpatía personal y antigua admiración hacia el artista exquisito» (Pardo Bazán, 1973, p. 729).[9]