Las cartas a Galdós que doña Emilia cursa con alta frecuencia durante el año 1889 confirman la extraordinaria sintonía que la escritora coruñesa encontró con el editor Manso de Zúñiga –figura clave para la puesta en marcha del Nuevo Teatro Crítico en enero de 1891 desde su casa editorial–, y a buen seguro confirman las rápidas negociaciones que el editor madrileño llevó a cabo en París para la inmediata publicación de la joya bibliográfica de Vitu. Veamos.

Desde Madrid (16 de marzo de 1889) escribe a Galdós: «El señor don Jesús Manso de Zúñiga, que entregara a usted esta carta, es un nuevo editor de muy buenos propósitos y de formalidad no común en la clase en que más por amor a las letras que por “vil interés” ha ingresado». El 5 de octubre de 1889, tras el viaje juntos a Alemania a finales del verano, le escribe desde Madrid: «De buena gana me hubiese detenido en París algún día más, pero Manso de Zúñiga quiere publicar mis crónicas de la Exposición y, como el asunto es de actualidad, me ha dado prisa a volver para cogerle aquí y entregarle el original, pues, de otro modo, como el regresa a París, no podría yo dárselo ni él imprimirlo hasta noviembre». Ya en A Coruña (17 de noviembre de 1889), se disculpa doña Emilia (2013, pp. 97, 146 y 159) de no escribirle por extenso debido «a pruebas de imprenta, rancheros literarios y otros excesos, estoy que no puedo resolverme de ocupada».

¿Serán acaso los «rancheros literarios» los trabajos ya iniciados de la traducción de Paris? Evidentemente, tan solo la recuperación de la correspondencia cruzada entre el editor y la escritora puede certificar estos y otros extremos de la traducción del libro de Vitu, en un momento crucial de la biografía y de la aventura literaria de Pardo Bazán: la muerte de su padre en 1890 y los prolegómenos del esfuerzo intelectual fascinante del Nuevo Teatro Crítico (enero de 1891).

Conocemos la distribución de la obra mediante treinta cuadernos gracias a las sucesivas informaciones aparecidas en La Vanguardia, desde marzo de 1891 a febrero de 1892, cuando ya la comercialización del Nuevo Teatro Crítico (desde enero del 1892) no depende de La España Editorial. Este dato no debe caer en saco roto, dada la hipótesis que sostengo: la escritora aceptó la traducción de la obra para facilitar la empresa que en verdad le importaba, el lanzamiento del Nuevo Teatro Crítico. El 25 de marzo de 1891, La Vanguardia informa: «Hemos recibido los once primeros cuadernos de la obra París de Vitu, traducida por la reputada escritora Emilia Pardo Bazán y adornada de hermosos grabados. Oportunamente nos ocuparemos de este libro importante». El 19 de abril acusa recibo de los cuadernos doce y trece, y así sucesivamente –manteniendo la promesa de reseñar la obra– hasta el 20 de febrero del 1892: «Hemos recibido el cuaderno treinta y último de la magnífica obra París. Pronto nos ocuparemos de ella». Lo cierto es que el periódico de los Godó no se ocupó de París, pese a la buena relación que había existido entre Boixet y Vitu y a que uno de los redactores habituales del diario y director de los semanarios satíricos La Campana de Gracia y La Esquella de la Torratxa, Josep Roca i Roca, fuese admirador de doña Emilia: «La firma de doña Emilia Pardo Bazán es hoy una de las que más alto se cotizan así en nuestro país como en el extranjero», escribía en La Vanguardia del 28 de julio de 1895.

Seguramente, la publicación de París por entregas no facilitó una recepción oportuna (ni siquiera Clarín bromeó con la ideología bonapartista de Vitu o con la afinidad más o menos aparente con el publicista francés que Pardo Bazán reflejaba en «Al lector»). La única reseña de cierto interés es muy tardía y me temo que de circunstancias: se ofrece con la firma de Bibliófilo en El Imparcial (2 de marzo de 1903) y en ella se resalta el importante papel de doña Emilia, «nuestra ilustre colaboradora», además de reproducir parte del texto de «Al lector», cuya primera parte –la segunda atañe al arte de traducir y la ha publicado la profesora Freire– descubre la atalaya desde la que la escritora coruñesa leyó e interpretó la obra de Vitu y transcribo a continuación.

 

AL LECTOR

La obra que hoy sale a luz vertida al castellano –con cuanto esmero y fidelidad me ha sido dable– es de aquellas que deben enriquecer la biblioteca de toda persona deseosa de conocimientos sólidos y nociones exactas relativas a una de las maravillas del mundo civilizado, que es sin duda alguna París.

La bibliografía parisiense se cuenta por millares de libros: sobre París se han escrito innumerables monografías históricas, anales, descripciones, disertaciones, noticias, guías, crónicas, recuerdos, informes, estadísticas, almanaques, estudios y artículos de costumbres en el género de los de Mesonero Romanos referentes a Madrid; se han catalogado los gritos y pregones de sus calles, el aflamencado caló de sus mercados y plazuelas, las danzas y piruetas de sus bailes estudiantiles, los productos de sus fábricas y hasta los misterios de su hampa o academia de ladrones –que de todo esto hay en París, y con mayores analogías de las que a primera vista pudieran sospecharse, entre su mapa picaresco y el nuestro más neto y castizo–. A pesar de haberse escrito tanto, la obra monumental de Augusto Vitu puede alabarse de ser la mejor, tal vez la única donde metódicamente, con rigurosa precisión e infatigable diligencia, se hace la anatomía de París miembro por miembro, y se satisface la aspiración de los que, cansados de las amenidades ligeras y en ocasiones fantásticas de la crónica, buscan noticias completas y fundadas.

Augusto Carlos Josef Vitu, autor de esta obra, es de los publicistas más conocidos y afamados en la vecina República. De edad ya avanzada, pues nació el año 1823 en Meudon, y asiduo al remo de la pluma desde los dieciocho de su mocedad, adornan su hoja de servicios numerosísimos trabajos, entre los cuales se destacan algunos que revelan conocimiento profundo y razonado del ópido parisiense: París veraniego, verbigracia. En sus escritos alterna la erudición literaria e histórica con el estilo y modo más rápido y animado de la prensa periodística, y de la mayor parte de sus estimadas producciones se han agotado prontamente ediciones numerosas. El reimprimió, con celo de bibliófilo, libros que habían llegado a ser verdaderas rarezas; y periódicos de tanta importancia como el Gaulois y el Figaro le cuentan entre sus redactores más apreciados.

Dejando aparte los méritos contraídos por Vitu en su ya larga y fecunda carrera, y concretándome a la obra que he tenido la satisfacción de poner en castellano, yo debo declarar –sin que me ciegue el interés que siempre despierta la colaboración, por mínima que sea– que me parece un libro de oro, útil, serio, ameno y verídico. La mayor parte de los escritos sobre París adolece de una ligereza funesta: píntase en ellos, por regla general, la ciudad del ocio, cuando no del libertinaje; la vida febril y huera de los vagos, que ni en París ni en parte alguna escasean, y aquellos pormenores, vulgares ya en fuerza de haberlos reproducido una y otra vez la sátira y la caricatura, pormenores que pueden fascinar al viajero de quince dial, al que se dirige a la capital de la República Francesa con intento de echar una cana al aire, y sin conocer la historia, la importancia, el subsuelo, por decirlo así, de la gran Lutecia; mas no a los que se pagan de datos firmes. Bien como los turistas de pacotilla se representan a Nápoles en figura de un volcán y de un plato de macarrones, y a Londres como un servicio de té que huele a carbón de piedra, de París lo que suele imaginarse el curioso insípido es una serie de tiendas, fondas y mujeres de casa llana, mucho trapo, mucha trufa y mucho sacar dinero. Hay, sin embargo, un París artístico, arqueológico, social, administrativo, comercial, industrial, histórico, político, anecdótico, que merece también la atención y la simpatía de la gente estudiosa y amiga de penetrar más allá de la corteza, y este París es el que resalta en las bien pensadas y mejor nutridas páginas de la obra de Vitu.

Yo confieso que al abrirla y examinarla desde el punto de vista tipográfico, antes de resolverme a emprender su traslación al idioma patrio, experimenté cierta desconfianza respecto al valor intrínseco de la parte literaria. Estamos acostumbrados en España a que cuando adornan un libro magníficos grabados, el texto aparece sacrificado a la ilustración, o, mejor dicho, esta sirve únicamente de mampara a la inferioridad e insulsez del texto. Grata fue mi sorpresa cuando comprobé que Paris de Vitu no ha sido escrito para justificar la aparición de una obra de lujo, de una serie de hermosos diseños y primorosas láminas, tirada en rico papel y envuelta en ostentosa encuadernación. Nada de eso. No solo el texto de Paris es digno de su bella edición, sino que, publicado sin lámina alguna ni más adorno que su prosa sobria, clara y elegante, obtendría el mismo éxito que obtiene con tan lujosa vestidura, y sería siempre la obra de consulta de los que aspiran a conocer plenamente no solo la fisionomía, sino la complexión y naturaleza íntima de la capital francesa.

Descuella Vitu especialmente como perito en ciencia arqueológica. Sus dictámenes y juicios, tan destituidos de impertinente pedantería como de romántica credulidad, son un modelo en su género. Depurador escrupuloso de las tradiciones viejas, cuyo encanto sabe respetar, ni paga tributo al afán, tan propio de los eruditos de profesión, de atribuir a cualquier monumento origen venerando y antigüedad remotísima, ni amontona datos indigestos, ni concentra la luz en un solo punto, dejando los restantes en sombra. Monumento que él describa es como si lo viésemos en su conjunto y detalles, conociendo de él lo que vale realmente, y teniendo de su importancia y puesto en la historia del arte idea exactísima. Citaré, como muestra de esta cualidad que es forzoso reconocer en Vitu, la monografía sobre el famosísimo templo de Nuestro Señora. ¡Con qué seguras pinceladas nos describe aquel encaje de piedra, aquellas gárgolas fantásticas y peregrinas, aquel prodigio del arte gótico, inmortalizado por la inspiración de Victor Hugo!