La cama estaba arrugada.

Me volví al guardián.

–¿Se ha acostado alguien en esta cama después? –le dije.

–Nadie; está arrugada aún de la impresión de su cuerpo, y muy pocas personas han entrado aquí desde entonces, a ver este lugar.

No quise oír más e, inclinándome, apoyé mis labios en el cobertor por un impulso repentino. El guardián se adelantó.

–¿Os gustaría poseer un pedazo? –me preguntó muy bajo.

Miré instintivamente el lecho. Nada me destruye mis ilusiones (y las estimo mucho) como esas triviales ofertas de preciosos recuerdos que todo el mundo se lleva en la maleta, pero la mirada que paseé por el cobertor me tranquilizó. Estaba intacto; nadie había pensado en aquella piadosa reliquia; y es evidente que si yo no hubiera besado con fe aquel pobre abrigo, el guardián no hubiera tenido la idea de ofrecerme un trozo.

Me cortó de una esquina del paño, encargándome que lo ocultase, y continuamos nuestra visita a aquel Vía Crucis, por una meseta de una pequeña escalera de caracol.

No será el único gesto de la devota: al llegar al lugar donde se produjeron los fusilamientos, «arrodilleme ante la lápida, que rodea la verja y con la frente apoyada en ella le ofrecí el tributo de mis oraciones. Levantándome enseguida, cogí uno de los muchos pensamientos que crecen al lado de la pared, mientras el guardia me daba los últimos detalles».

Así concluye la visita a la prisión de la Roquette, con la evocación del obispo mártir de la Comuna. Con tales precedentes, no nos sorprenderá que el siguiente escenario que visiten los viajeros sea la Conserjería (Conciergerie), porque –advierte la autora– «guarda dramas tanto o más terribles que el que me había sido dado conocer en la Roquette», localizados en el calabozo de María Antonieta, en el de Isabel de Francia, la hermana de Louis XVI, que más tarde ocuparía Robespierre,[12] y en «la sala en que pasó la escena que representa el cuadro de Muller, El llamamiento al cadalso de las últimas víctimas del Terror».

El otro asunto que doña Emilia recuerda en su conversación de 1906 con Gómez Carrillo es, como ya dije, la pérdida de Alsacia y Lorena, que en los Apuntes de 1873 también le merece algunos comentarios. La primera alusión aparece en su relato «de una de las más curiosas costumbres que conserva París […]: la feria de los jamones y pan de especias», que tiene lugar en «los cuatro días de Semana Santa –lunes, martes, miércoles y jueves–[13], como para insultar a la cocina de los que ayunan y comen de pescado». Allí, entre otros detalles, se fija en «dos barracas de vendedores de salchichón; una de ellas tenía una gran bandera tricolor, y escrito debajo: Notre drapeau quand même – Alsace Lorraine (Nuestra bandera a pesar de todo: Alsacia Lorena). La otra ostentaba un cartelón en donde se leía Metz, y alrededor un crespón negro. Debajo, en gruesas letras, añadía: “Fulano de tal, salchichero en Metz se ha trasladado a Lyon desde la anexión”».

La reflexión más detenida aparece al final de su estancia en París, cuando la joven viajera se pregunta: «¿Qué efecto han producido en París las últimas catástrofes, la guerra y la Commune?». Y a continuación escribe:

La impresión producida por los males de la patria da la medida del valor moral de los pueblos: yo podré asegurar que Francia no me ha parecido demasiado impresionada, aunque canta sus malheurs, como ellos dicen, en todos los tonos y sobre todas las escalas posibles. Pululan en las tiendas los bustos de la Alsacia y de la Lorena, representadas con un águila prusiana que les desgarra las entrañas: millares de fotografías en que la Alsacia, bajo la forma de una hermosa joven, se despide de la Francia, y alhajas, brazaletes, alfileres, pendientes, simbólicos, con los colores de Alsacia y Lorena, se ven por do quiera. En fin, revancha harto inocente. Una lámina en que Guillermo de Alemania aparece rodeado de espectros y terrificado por los remordimientos se ostenta con profusión. En los cafés cantantes, es verdad, se oyen mil canciones recordando las antiguas glorias francesas y animando a la juventud al combate bajo el drapeau de la République: y, si se pregunta a unos, dicen que la culpa de todo la tuvo Napoleon le Petit, y otros que todo se debió a los misérables communards. ¿Qué hay debajo de esta espuma?

Para responder a tal pregunta, repite el relato, «que debo a un amigo», sobre la entrada de los prusianos en París:

–La mañana de aquel día –nos dijo– los franceses habían acumulado obstáculos debajo del arco del Triunfo a fin de que los prusianos no pudiesen pasar por allí. Estos torcieron tranquilamente por los lados sin alterar su formación, y entraron. No he visto nada más brillante que aquel ejército. Rubios, altos, gallardos, con el uniforme de una limpieza y elegancia exquisita, como si, en vez de haber pasado cuatro meses de fatigas, viniesen de su casa a una revista, cada coronel con su groom de librea detrás, con el brillo de sus cascos y su formación correcta, presentaban un golpe de vista sorprendente. Traían matemáticamente calculado su alojamiento; y, con una rapidez mágica, se distribuyó cada regimiento en el barrio que le correspondía. Media hora después, todos habían dejado en las casas sus sables y sus fusiles y, con las manos en los bolsillos, se paseaban al través de París.

Las dos primeras horas la ciudad vencida guardó una digna actitud: las tiendas estaban cerradas, las calles desiertas; todo en silencio. Pero a las tres horas París se cansó de mentir a su carácter y comenzaron a asomar tímidamente algunas cabezas, luego más, luego se abrieron las tiendas, y a la noche los prusianos comían en los restaurantes y aun tal vez sonreían a algún lindo palmito a quien el patriotismo no impedía mirarle con curiosidad. París había recobrado toda su animación.

Para explicar esa actitud, Emilia esboza un análisis –vagamente sociológico– de las tres categorías, «muy marcadas y perfectamente señaladas», en que, a su juicio, se divide la sociedad francesa: «La nobleza, legitimista; la bourgeoisie, orleanista o napoleónica; los obreros, republicanos». Y añade: «La desgracia inmensa de la Francia es que la segunda predomina». Sus preferencias van, claramente, por la primera, que «se ha suicidado, retirándose del movimiento social, pero ha salvado su honor intacto y sus inmaculadas creencias», y por la tercera, donde «está la escoria y el oro, la nieve y la lava, la abyección y la grandeza», aunque «hoy está en mal camino y caerá otra vez en el precipicio». El egoísmo y el carácter acomodaticio de la clase media quedan bien representados en su actitud ante la anexión de aquellas dos regiones: «¡Que se ha perdido la Alsacia y la Lorena! Buena ocasión de vender muñecas en traje alsaciano y fotografías y vistas de Metz, Estrasburgo, etcétera».

Ya señalé que en la entrevista concedida a Gómez Carrillo en 1906, y que vengo cotejando con el testimonio de su primera visita en 1873, Pardo Bazán también recuerda los contactos que entonces mantuvo con «quelques familles espagnoles, également semi-émigrées, et un élément carliste très agrèable, la maison du comte Algarra, que recevait deux nuits par semaine». Es interesante la mención de este personaje[14] porque en los Apuntes Emilia aludía a él de modo velado, como corresponde a un «emigrado político», cuando cuenta que en esa estancia parisina las noticias de España, que interesan a unos viajeros carlistas, «las tenemos muy exactas por el Univers, periódico legitimista francés cuyos artículos acerca de España escribe un distinguido literato que tiene el talento de ser al tiempo un hombre muy amable, el conde de A** V, con cuya amistad me honro».[15]

Si leemos lo que sigue en los Apuntes de 1873 y lo cotejamos con lo recordado en 1906 sobre ese personaje y las tertulias en su casa, se confirma la suposición que antes apunté sobre la posible fuente de aquellas confidencias de la coruñesa al periodista guatemalteco. Se trata de una anécdota, algo novelesca, que la joven Emilia cuenta así:

Una de estas noches me fue presentado un mexicano, cuya conversación escogida me agradó en extremo. Me habló de literatura, felicitándome en lisonjeras frases por unos versos que yo acababa de leer dedicados a su majestad el rey don Carlos[16] y que él había escuchado con visible placer. Me dijo que pronto iría a España, y que tal vez pasase por mi país; y yo le hice con la simpatía más sincera mil ofertas para entonces, rogándole que en ese caso no omitiese el visitarme. Estrechome la mano entre las suyas un largo rato al despedirse, y se fue.