Sin embargo habría que investigar las causas que la han llevado a esta situación tan terrible de desahucio. Y aquí llegan las linternas alumbrando la oscuridad de la escena, las transferencias que han dejado los criminales. La escena del crimen y de la investigación —indiscutiblemente— es el mercado, y en concreto el mercado libre: paralelo a él se encuentran los mass media, sus instrumentos, redes y herramientas, el verdugo que ejecuta. En los últimos lustros no ha habido peor ayuda para la poesía que su mercantilización. Y para ello, su rebajamiento de nivel. La lírica se ha sometido desde entonces a un proceso de censura previa —intensivo, acelerado— más en relación con los gustos del público o de los editores que con las necesidades expresivas del poeta; o del propio discurso poético (pues no olvidemos que camina por sí mismo). La lengua —en cualquier caso— es discurso. La lengua que utilizamos en cualquiera de los lenguajes especiales pertenece siempre a un tipo de discurso determinado, y sus marcas brillan a la luz de los análisis que indaguen, por mucho que pretendan eliminarse. La pericia del investigador hará el resto, con su linternita feliz. Hay una diferencia importante entre la comprensión de la poesía como misterio inescrutable, en cierto modo heredera secular de los ritos oraculares, por un lado; y por otro, ligarla en estricto sentido a un carácter utilitario, a la comunicación y a la relación con los otros: son dos visiones tradicionales y antitéticas. Nosotros, como veremos, plantearemos una tercera vía, intermedia… En Occidente el profesor entra en el aula con su bata blanca y su maletín repleto de utensilios con los que abrir el cadáver exquisito, como llegaron a denominarse desde las directrices surrealistas. El sueño de una literatura científica nunca podrá acabarse, pero si hay algo claro en literatura —y más aún en poesía— es que dos y dos no son cuatro. Una vez que los alumnos se calman, el profesor-investigador abre el libro por una determinada página y comienza la lección, diseccionando metódicamente metáforas e imágenes. Pruebas para el laboratorio: habrá que realizar un análisis exhaustivo de esta metáfora atrevida. Según Paul Ricoeur (2001) las metáforas de creación innovan en el lenguaje. Aquí hay transferencias de un recuerdo infantil, aquí una frustración o un complejo… El científico clasifica uno a uno los restos encontrados, con sus guantes de plástico, inspecciona esterilizada y minuciosamente en su microscopio esa vanguardia, que, en este sentido, es el rompecabezas de concienzudos críticos y sesudos profesores de literatura: por mucha ciencia que estudien nunca se acercarán a un significado si no es a fuerza de intuición o talento, por aproximación. La poesía nace y se escribe contra los talibanes del mensaje, contra las dictaduras de la literalidad. Y corre el riesgo de no ser comprendida por la mayoría: ¿desde cuándo la poesía es una cosa de masas? He aquí el auténtico problema para la crítica y los editores, la trampa cerebral en la que ha caído la literatura, la cual sólo aparentemente es libre de discurrir por donde le plazca, supeditada a los suplementos de cultura de los periódicos, auténticos vertederos del «todo vale» y del eclecticismo multicultural más perverso, cuando no del amiguismo obsceno a través del holding. Desde ellos, ¿se fomenta un pensamiento realmente crítico frente a la homologación cultural, o simplemente se ponen de manifiesto las relaciones de poder? Afirma Antonio Manilla que «La cultura no es ocio» (Manilla, 2016: 37). Lo que no aparece en estos suplementos —entre otros espacios— no existe, y lo que aparece apenas muestra nada excepto que el hecho mercantil impera: los libros se venden y se compran. Por eso, sino ha muerto ya, está tocada de muerte, porque el nivel se ha puesto cada vez más bajo y las nociones de canon se hallan en constante revisión, devaluando la calidad, sobre todo en lo concerniente al modelo contemporáneo: por esta razón se viene aireando la hiperdenominada muerte de la poesía. Sin embargo, en la lírica esta afirmación no es cierta, a pesar de todo lo expuesto —que no es poco— y de la mediocridad preocupante que nos rodea. ¿Siempre habrá poesía? Siempre existirán voces que luchen por expresarse en el marasmo poético de trepadores y advenedizos, y eso se presenta como una buena oportunidad para aprovechar, ahora que la poesía está «de moda».

 
III. MEDIDAS DE URGENCIA. APUNTES SOCIOLÓGICOS

Nos han acostumbrado a evadir la responsabilidad individual cada vez que queremos encontrar un culpable de nuestra situación. En la Antigüedad, los mecenas cumplían una función importante y, a la postre, decisiva en la vertebración cultural de aquella sociedad. Lógicamente no sólo se trata de cultura, sino de estructurar lo relativo a la vinculación intersubjetiva de los integrantes de una comunidad determinada, que por lo general se plantea como realidad desordenada, hasta que se le da coherencia con la palabra «nosotros». De otro modo, la ley de la selva rige la sociedad sin más control que el de un estado policial en el que campas por tus respetos hasta que te pillen. De hecho, el estado de derecho a veces adolece de permisividad, porque debe proteger la presunción de inocencia, con lo que crea vacíos —incluso lagunas— legales. Ejemplos no faltarían. El problema que se presenta desde el neoliberalismo radical en el que hemos desembocado es que los individuos se desentienden de responsabilidades entre sí, y si el Estado no atiende a sus ciudadanos, vueltos números y cifras, datos para sacar pecho o mirar hacia otro lado, ¿quién se ocupa de las personas? En El declive del hombre público, el sociólogo norteamericano Richard Sennett (2011) analiza cómo lo público ha venido desgastándose y desprestigiándose, y cómo durante varios siglos el ser humano de la modernidad creó un contexto de intereses comunes, autoridades compartidas y poderes legítimos, junto a sus espacios, frente a otro perteneciente a cada quien, preservado, en el que no cabía inmiscuirse. De esta manera lo privado y lo público se opondrían como blanco y negro, con lo que lo público se escurre en el saco de todos, y lo privado se constriñe a la intimidad más inviolable. Mientras que lo público —o lo que queda— se expone a todas las críticas, lo privado se debe salvaguardar mediante vigilancia sacrosanta. Mientras que las libertades colectivas se coartan y recortan, las libertades individuales —la Cuarta Enmienda— remiten a derechos intocables e innegociables. Y así podríamos seguir. En el pensamiento clásico liberal del siglo xviii se esboza, no obstante, una esfera pública en la que la esfera privada debe interactuar, pues no pueden ir separadas. Pero en el siglo xx y a comienzos de este siglo xxi, siempre se nos muestran como ámbitos antitéticos en lucha. O sea, nada más lejos de la realidad de su base teórica. Conviene recordar que nos encontramos frente a una fantasmagoría ideológica muy estereotipada. No nos engañemos. El hombre es un ser social. Cualquier regeneración nace y se establece desde un punto de vista moral. Toda nueva moral entraña un cambio de costumbres.

Si entendemos el texto como un espacio público donde interactúa la intimidad del lector, no podemos dejar de analizar los nuevos espacios de lo público, y su relación de lo privado, de las últimas décadas y comienzos del siglo xxi. Obviamente la lectura que hizo —y la función que cumplió— la poesía de la experiencia en los años ochenta y buena parte de los noventa no es aplicable treinta o cuarenta años después. Las costumbres han cambiado. «Moral» deriva etimológicamente de mos, moris, que significa «costumbre», lo que se vuelve una práctica en el día a día o se realiza más a menudo. Las tradiciones, en su carácter cíclico, o los usos, son las marcas que determinan una moralidad determinada, una forma de vivir, pautas, periodos o duración a la hora de efectuarlos. Y «ética» tiene que ver con las costumbres, pertenece al ámbito de la moral, a lo que ya se ha establecido como norma o instituido, estableciendo un patrón sobre lo que es recto dentro de esa norma. Es una reflexión sobre lo que ya se presenta estable. Resumiendo: la moral se encuentra mucho más al albur de los cambios históricos, mientras que la ética —al menos desde la óptica kantiana— permanece en el ámbito inmanente de los deberes, de las obligaciones del hombre, de lo que se puede y se debe hacer (aunque también existe evolución, pero menos). De aquí que se apele o invoque a la moral cuando las costumbres y los tiempos cambian. Desde esta óptica, la poesía evoluciona, extrayendo de la realidad sus lecturas, y la realidad española de 2019 no es la misma que la de la normalización democrática de los años ochenta. Estamos hablando de una distancia de más de treinta años. ¿Qué claves definen esos dos momentos históricos? ¿Qué diferencias existen? ¿La poesía exige lecturas distintas, o sigue abogando por ese sujeto normalizado, presentando a un personaje con las mismas preocupaciones, intereses y necesidades? Obviamente la poesía no se propone como un acta notarial de la realidad, pero tampoco puede evitar partir de ella, interpretarla de alguna manera, ya desde lo simbólico, lo imaginario, o desde intersticios más referenciales. He ahí el punto de partida: el compromiso de la mirada privada sobre el espacio público impulsa una nueva —entiéndase «otra»— lectura, adaptando esa mirada a los tiempos. La realidad evoluciona constantemente, e igual sucede con el arte. Sin que exista una homologación simbiótica goldmanniana entre realidad y arte, pero sin descartar las relaciones transversales que se puedan establecer, todo esto hay que aplicarlo a la poesía, y veamos por qué.

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