IV. POESÍA Y SUBPOESÍA

El tan manido canon[2] se ha rebajado, ajustado por lo bajo, devaluando la calidad en favor de gustos homologados y masivos, al servicio del mercado. Así, asistimos a la aparición de la subpoesía, que se apoya principalmente en el mercado y en la inexperta opinión de ese público devorador y consumidor de objetos culturales, como en este caso. Hablamos de Planeta fundamentalmente, pero no sólo. Ojo. La poesía —se suele decir citando a Octavio Paz— no tiene público, tiene lectores, pero la subpoesía se vende como si fuera poesía, precisamente para aquellos que no leen poesía. La subpoesía, en este sentido, se nutre de subcrítica. Y en el término sub se esconde una valoración de calidad, un apelativo, el de literatura best seller[3] con una salvedad bastante significativa: la subpoesía pretende suplantar a la poesía, sea de la tendencia que sea, se erige en su simulacro, la reemplaza en muchos casos. Los estantes de los hipermercados lo avalan. Ahora bien, la subcrítica se apoya en los suplementos —entre otros espacios— de los periódicos, y suele camuflarse entre la poesía: la subpoesía es la verdadera lacra de la poesía, potenciada por los efectos mediáticos y cualquier fenómeno o boom, que enmascaran operaciones editoriales y comerciales. Tras los fenómenos que aseguran que hacía tiempo que no aparecía ningún autor como los que podemos aglutinar bajo el marchamo de subpoesía, sólo hay operaciones mercantiles. Actualmente, no olvidemos, se vende más en Amazon que en librerías para la mayoría de las editoriales pequeñas. Las editoriales grandes venden subpoesía en los supermercados y ocupan el lugar de la poesía en las librerías tradicionales. Éstas, impelidas por el gozo lucrativo de la venta, han dejado de exhibir novedades de libros de poesía para centrarse en la subpoesía. Los subpoetas van a la televisión, mantienen blogs con miles de seguidores, tienen en Facebook likes y likes y likes, en una continua fiesta mediática. La mayoría de los medios se han plegado a la dictadura del mercado. Y sus poemarios no tardan en aparecer, con su correspondiente faja escrita por un escritor simpático y omnipresentemente tertuliano, atraídas por el éxito de las redes sociales y a punto de estrenar series en televisión, por poner un ejemplo, demostrando que el público no conoce la literatura, y que se enfrenta ante la falacia del márquetin o ante la subliteratura sin saberlo. En las librerías tradicionales la subpoesía ha desplazado a la poesía. En este punto nos encontramos ante un verdadero problema, no porque la poesía vaya a desaparecer, sino porque cualquier intento de irrupción de la poesía en la sociedad del conocimiento ha caído definitivamente en vano, contaminada también por la mercantilización, subyugada por las dinámicas endogámicas de las grandes editoriales, los premios literarios, y el titular de prensa.

De otro modo, el principal peligro para la calidad de la literatura, y concretamente en poesía, se encuentra en una óptica esencialista o visión de un único modo de hacer poesía. En este caso, el relato de la normalidad de las últimas décadas que se convirtió en hegemónico sigue luchando por el centro, argumentando que los demás relatos son peores, y por tanto me refiero a la creación de un canon oficial y otro del extrarradio. Así, el aparato paratextual y crítico de un momento determinado corre paralelo a la literatura de creación. Existe un aparato subliterario tan importante como el literario, camuflado en éste, y utiliza sus mismos mecanismos de difusión e interpretación, pero que, en última instancia, los supera, desborda y, más aun, los anula. Quizá sea aquí donde se encuentra uno de los puntos de reflexión más importantes: ¿cómo distinguir la buena de la mala literatura? ¿Estamos en manos de una crítica desaprensiva, sin escrúpulos, y altamente miserable? ¿O en manos de educadores que deberían ser educados a su vez? ¿Cómo separar, de una vez por todas, la educación de la pedagogía? Cuando se quiere llevar el canon a las aulas como si se tratara de un producto hecho para tal fin, la poesía se enfrenta a su propio abismo, a su acabamiento. La subpoesía colma los estantes de las bibliotecas de las casas de la gente sencilla, lectores no formados, y nadie puede evitarlo, pero el entramado que rodea la subpoesía no es sencillo. Contradictoriamente se presenta como muy complejo: inversamente proporcional a la sencillez de las personas que compran masivamente en los hipermercados.

El muy escurridizo concepto de normalidad (Foucault, 2001) se ajusta por abajo sin excepciones (Mora se encarga de ahondar en este mismo asunto, la normalidad contra —y por consiguiente, contra la norma— la que lleva escribiendo abundantemente, véase Mora, 2006: 47-131; y 2016: 31 y ss.). En una España anormal como la franquista, las excepciones sobresalían brillando; en una España normal como la nuestra, las excepciones son defectos del sistema. La corrupción era la anormalidad; la corrupción es la normalidad. Tras la Transición, los ochenta fueron los años de la normalización democrática y, paralelamente, la normalización poética. Y así sucesivamente, como en el arte: de la democracia a la banalidad ha habido un pasito, cajón de sastre donde todo vale. La herida romántica del artista contemporáneo con la sociedad implicaba un riesgo inherente, pero aseguraba convertirse en un baluarte o reducto frente al consumismo y la mercantilización. Ahora, asumido «El arte industrial» —recordemos La educación sentimental de Flaubert— ¿cuál es el resquicio de genial locura que deben impregnar las estructuras de poder y la moralidad imperante, para que se agiten las conciencias, vía respuesta colectiva? La normalidad ha significado la asunción de una suerte de generalidades y resúmenes, esencializaciones de realidades espinosas, que ahora debemos encarar con mirada renovadora. Todo cambia. La lectura política entronca con el relato de la actualidad, los vientos del dejar hacer y dejar pasar, la no intervención y la indolencia, el individualismo irresponsable y la telebasura. Queda la supervivencia, cómo no, su granito de humor, y lo más importante, la ironía y el sujeto ironista (Rorty, 2001). Para afrontar estos tiempos insidiosos, agrios y antipáticos, con un poco de ironía supurará la herida de nuestra aurea mediocritas. Nada más eficaz. Decía Karl Marx en alguna parte del prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, que la comedia es el género más difícil de todos, porque extrae las claves de una ideología determinada, poniéndolas del revés, para reírse de ella. Añadía el filósofo alemán que «no es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia». Y ya se sabe que «la historia se repite primero como tragedia y después como comedia». Un poco de normalidad necesita un poco de distancia brechtiana, un poco de reconocimiento y un poco de extrañamiento. Con lo que después de llorar, nos reímos, no por imposición sino por necesidad, y eso, tal y como están las cosas, es cada vez más importante: un lujo para la gente sencilla.

Hay que incidir en la diferencia entre contemplar poesía como punto de partida y poesía como punto de llegada. He ahí la diferencia, respectivamente, entre poesía y subpoesía. La sociedad del espectáculo ha convertido todo, absolutamente todo, en espectáculo. Tampoco la poesía se escapa a esta perversión. No podemos olvidar que la poesía es un momento íntimo, un momento de soledad (independientemente de estar solo), y cuando llevas la poesía a las masas, la desnaturalizas. Habría que observar esa subpoesía con lupa para diseccionarla, analizarla, y, sobre todo, compararla. Es, por tanto, el momento de las antologías, pues exhiben comparativamente diferentes propuestas, resumen vidas y carreras literarias, muestran textos con respecto a otros textos. Y hay que tener en cuenta que existen autores que tienen de su parte a cierta crítica, y es ahí donde habría que comparar no sólo los textos de esos autores, sino los textos de esa crítica, quiénes son y a dónde han llegado, hacia dónde se dirigen. Porque, al fin y al cabo, lo que se pone en juego con los intereses que transcienden la amistad o el favoritismo es el prestigio y el enriquecimiento personal; algo que se extiende hacia un extracto social, grupo o elite que domina o, dicho con otras palabras, una clase dirigente, aunque ésta se considere a sí misma de izquierdas o ilustrada.

Habría que recordar el seminal estudio de Bourdieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, para ver cómo funcionaba la literatura en el siglo xix, y observar asimismo en qué se ha convertido a principios del xxi. Quién lee ahora y quién leía antes. Quiénes tienen acceso a los libros. La cultura de los libros significaba la cultura de la literatura, pero actualmente podríamos citar muchos autores internacionales o españoles que no significan nada: desgraciadamente existen demasiados paradigmas de esa subliteratura. Más aun en poesía. El hecho de que un ingente grupo de la población haya accedido masivamente a los libros, no significa que éstos hayan subido de calidad, antes bien, han descendido muy significativamente.

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