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Para resumir en una frase la importancia de la obra de Montserrat Álvarez Torres (Zaragoza, España, 1969) dentro de la poesía de los noventa, basta decir que cualquier antología del periodo sin su presencia se vería seriamente en entredicho. Su trabajo poético, repartido en cinco libros (Zona Dark, 1991; Underground, 2000; Alta suciedad, 2005; Bala perdida, 2007 y Panzer Plastic, 2008) es uno de los más consistentes y personales entre los que han aparecido en el último cuarto de siglo en nuestro país; incluso es posible decir que, si Álvarez sólo hubiera publicado su primer libro, éste bastaría para colocarla junto a las voces preeminentes de estos años.

En efecto: Zona Dark es una notable asimilación del malditismo clásico y del callejero, envueltos ambos en el nihilismo del No future inglés que llegó al Perú con un lustro de retraso de la mano de los grupos de la movida subterránea de mediados de los ochenta, cuyas letras tienen más de un punto de contacto con varios de los poemas de este conjunto. Álvarez cuestiona ácidamente, al igual que éstas, las convenciones burguesas y la hipocresía de las instituciones que las sustentan, así como el deterioro de la urbe y de la sociedad en general, enarbolando una actitud individualista, violenta y desafiante ante los entes colectivos e ideológicos: «Movimiento Comunista: / Movimiento Feminista: / Movimiento Obrero: / no me interesan los movimientos de ninguna clase / Los movimientos de cualquier clase me producen una repulsión infinita / Sólo me importa la materia inerte / que nos espera como una lápida al final del futuro».

Este proceder reflejaba fielmente el sentir de la golpeada juventud limeña que pasaba del apocalíptico primer Gobierno aprista a la gris dictadura cívico-militar del fujimorato. Cercados tanto por la crisis económica como por la guerra interna, los nuevos ciudadanos concluirían este tránsito imbuidos en una desconfianza generalizada hacia las utopías y el prójimo. Ésa sería la línea de conducta por la que optaron esa generación y las inmediatamente posteriores. Montserrat Álvarez demostró en Zona Dark que poseía una lúcida conciencia de la época en que participaba, logrando redondear desde su particular perspectiva algunos certeros arquetipos para representarla, los que serían trajinados hasta la caricatura por varios poetas posteriores.

Para recoger este ánimo generacional Álvarez pobló sus composiciones de personajes idiosincráticos de la decadente realidad que describía —reales, ficticios, literarios, de la cultura pop— y los transformaba en agudos sujetos poéticos que conceden al libro un efecto caleidoscópico de inusual densidad: es el caso de estupendos poemas como «Vidas ejemplares», «Criollazo», «Ícaro», «Confiteor domine» o «La más rayada», por sólo mencionar los más conocidos. Con este recurso rehuía la opción de la poesía del cuerpo, tan en boga entre las poetas mujeres a finales de los ochenta, y ponía en práctica otros modos de ser contestataria sin apelar a la cuestión de género. No todos los poemas de Zona Dark, por cierto, lucían la eficacia de los citados con anterioridad. Por ejemplo, la sección homónima del libro incluía una desabrida serie de sonetos cuyos acentos fatalistas y siniestros no los salvaban de ser circunspectos artificios de acartonada factura que contrastaban ostensiblemente con la insolencia, frescura y desparpajo del resto del conjunto.

Los dos siguientes poemarios de Álvarez —Underground y Alta suciedad— desarrollaban, mediante sutiles y casi siempre efectivas variaciones, los provechosos hallazgos de Zona Dark, inclinándose —aunque no de manera exclusiva— por la celebración de la marginalidad y radicalizando su agresiva propensión a la denuncia social. En cambio, en sus entregas más recientes, es claro el interés por explorar otros territorios. Así, en Bala perdida la rabia y la rebeldía son puestas de lado para abrirle paso a un espíritu más moderado y contemplativo, siempre cuestionador, que alcanza momentos sobresalientes cuando reflexiona sobre nuestra indiferencia ante el dolor de los demás; mientras que en Panzer Plastic estas preocupaciones son reformuladas desde una mirada escéptica y pesimista («Será preciso no albergar espíritu / Será preciso no alimentar un alma / Dormiréis mucho más de ocho horas diarias / De hecho, será preciso, para todos los efectos / que no volváis a despertar jamás») que cobra, por ratos, un talante populista («Yo me rebelaré por millones / por cientos de miles de millones compañero») y de sarcasmo y censura a la dependencia de los bienes materiales (como ocurre en «Si tuviese un billete de diez mil», «Las tácitas palabras del cliente» y, parcialmente, en «Diciembre, 25, madrugada»), ya insinuados con timidez en textos secundarios de Zona Dark —«Los nahua», por ejemplo— y que aquí adquieren mayor protagonismo y versatilidad. Montserrat Álvarez también ha incursionado en la narrativa por medio de una colección de relatos, Doce esbozos haitianos y un cuento andino (1994), escrito junto a su padre, Félix Álvarez; una novela corta, Espero mi turno (1996), de características góticas y terroríficas, y un curioso volumen que podríamos denominar «ficción filosófica», El poema del vampiro (1999).

 

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Al igual que Lizardo Cruzado, Xavier Echarri Mendoza (Lima, 1966) sólo necesitó publicar un libro, Las quebradas experiencias y otros poemas (1993), para hacerse con un lugar destacado dentro de la poesía de los noventa. En efecto: esta compilación de distintos conjuntos escritos entre finales de los ochenta y principios de los noventa contiene varios poemas memorables como «La herrumbre en el rostro», «San Francisco», «La hermandad del alacrán», «La esfinge» o el que le da nombre al volumen, excelentes demostraciones de virtuosismo formal que sobresalen sobre buena parte del trabajo de sus contemporáneos. En lo más destacado de su producción, Echarri entabla un fluido e inteligente diálogo con la tradición en la que se inscribe, es decir, la de Antonio Cisneros, Luis Hernández y Rodolfo Hinostroza, ensaya con éxito un lenguaje que podríamos llamar moderadamente neobarroco y produce a la vez un sugestivo discurso pleno de recursos expresivos donde sobresale su capacidad para elaborar voces, tiempos y personalidades fragmentadas, yuxtapuestas muchas veces con maestría. También hay de lo otro: como ya ha apuntado Diego Otero, una parte de los textos resulta frustrada debido a un excesivo culteranismo y cierta pirotecnia verbal. Es por esto que algunos poemas son apenas ejercicios de un lector entusiasmado por el Pound de Personae, como sucede en «Epístola a los pezones», que al respecto puede ser una irónica confesión de parte. Vale la pena anotar que en Las quebradas experiencias encontramos el que quizá sea el mejor poema que se haya escrito en el Perú sobre el consumo de cannabis, «In herba», capaz de competir sin rubores con la espléndida «La canción de amor del traficante de marihuana», de Leopoldo María Panero.

 

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Traductor, comunicador y periodista, Martín Rodríguez-Gaona García (Lima, 1969) ha escrito cinco libros, Efectos personales (1993), Pista de baile (1997 y 2008), Parque infantil (2005), Códex de los poderes y los encantos (2011) y Madrid, línea circular (2013), de los cuales el segundo es una de las mayores muestras de virtuosismo expresivo no solamente del periodo que consideramos aquí, sino de la poesía peruana reciente en general.

Aunque quizá le sobren algunos poemas, Pista de baile es el punto más alto de la ambiciosa propuesta que Rodríguez-Gaona inició con Efectos personales: la revitalización del coloquialismo mediante su exacerbamiento radical. Esta propuesta, que Luis Fernando Chueca ha catalogado con acierto como «hipercoloquial» y «ultracotidiano», apunta a develar y desmontar las falsas convenciones sociales y generacionales en las que está insertado el sujeto poético, a mostrar el lado más desencantado, conflictivo y patético de las relaciones humanas. Esta pretensión ya era medular en Efectos personales, si bien los resultados eran profundamente desiguales, debido a ciertas vacilaciones expresivas que envuelven a varios sectores del libro en un humor desenfadado pero superficial, hasta transformarlos en meros grafitis aislados y ocurrentes: «En un mundo en el que la belleza es fugaz / del micro bajaste corriendo», «Se rompió el lápiz, se rompió. / Ahora escribe y tiene astillitas». Sin embargo, también había un puñado de poemas y fragmentos que anticipaban a un poeta con más control de sus posibilidades, requerimientos y hallazgos, como es el caso de «News reel», «El título es de Gertrude Stein», «Raquel recostada de codo» y «Techi Márquez y los negros baños sónicos. (Muchacho en chaleco azul)».

En Pista de baile se concreta lo que en Efectos personales estaba sólo bocetado. Casi en el comienzo del libro nos recibe uno de los poemas más originales y contundentes de estos años: «Nada es nada en un lugar donde está a punto de suceder todo», largo texto que principia con una visión nocturna de Barranco, emblemático distrito limeño donde la juventud de clase media de los años noventa se congregaba para «la programática diversión de un fin de semana». Rodríguez-Gaona va generando, a partir de su inmersión en este paisaje urbano, una serie de imágenes testimoniales sobre los usos de su época, que en su interiorización desencadenan un desbordante y dislocado flujo de conciencia, conformado por insólitas asociaciones de ideas, impresiones, recuerdos y sensaciones de gran eficacia y poco común densidad psicológica. Similar sistema ponía en marcha otros poemas de muy buena factura, como son «Envío (vía air mail)», «Pista de baile» y el rotundo «Tanto amor».

El siguiente libro de Rodríguez-Gaona, Parque infantil, cerraba de alguna manera el primer ciclo de su obra. Poemas de la memoria familiar, del barrio y de una infancia transcurrida en los últimos años setenta y los primeros de los ochenta, construidos sobre la base de los mismos recursos que los de Pista de baile, aunque con un concepto menos abarcante y audaz. En la primera parte del libro es detectable un agotamiento discursivo y un tierno humor que no suele dar en el blanco; pero en la segunda, dedicada a reconstruir la figura del padre muerto, mejora el tono y consigue algunos fragmentos de sólido aliento confesional. Finalmente, en Códex de los poderes y de los encantos se advierte un interés en Rodríguez-Gaona por renovar su propuesta y explorar sus posibilidades formales en un largo poema río que, como menciona Manuel Rico en el prólogo del libro, «tiene mucho de mosaico, de palimpsesto donde conviven tiempos distintos, ciudades situadas en las antípodas, ambientes urbanos del presente y del pasado, realidades políticas y realidades íntimas, comenzando por el amor, afincadas en los más profundo de la memoria personal del poeta».

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