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No es fácil encontrar entre los poetas de la época que nos ocupa una obra tan convincente como la de Victoria Guerrero Peirano (Lima, 1971), desarrollada con una evolución cualitativa casi sin tropiezos, una inquietud creativa que la ha motivado a no conformarse con una voz definida, además de su capacidad de experimentar sin caer en la gratuidad ni la autocomplacencia.

Hay dos etapas claramente identificables en el trabajo poético de Guerrero. La primera es una suerte de slow learning que comprende sus dos libros publicados durante los noventa, De este reino (1993) y Cisnes estrangulados (1996). De este reino apelaba a un recurso bastante convencional: realizar una versión de los Evangelios mediante poemas que fueran las voces de diferentes personajes con alguna relevancia en la vida de Cristo. Si bien la mayoría de los textos eran algo predecibles y otros meros ejercicios inspirados en las lecturas de sus autores predilectos, lo que salvaba el volumen de lo rápidamente olvidable era el frío cinismo que dotaba de una fuerza punzocortante a poemas como «María Magdalena», así como la desesperanza y la resignación —tan propia de esos primeros años noventa—, correctamente retratada en composiciones como «La leprosa» («Sí / ya sé / debo imaginar el mundo / desde mi ventana»). Cisnes estrangulados, en cambio, es un conjunto francamente desechable. En su intento de conceptualizar las tribulaciones de la adolescencia en una serie de poemas breves, Guerrero falla al confundir el plasmar la ingenuidad con ser ingenuo.

La segunda etapa de la obra de Guerrero significa, además de su definitiva madurez y consolidación, el ciclo poético más logrado de un poeta de los noventa en la primera década del nuevo siglo. Los tres libros que la componen, El mar, ese oscuro porvenir (2002), Ya nadie incendia el mundo (2005) y Berlín (2011), son un tránsito desde la precisión y la continencia hacia la experimentación y la desmesura, desde una desgarrada exploración interior hasta una acerada indagación social, política y de género. Si algo tienen en común estos libros, es que el cuerpo y sus funciones son una metáfora de las insatisfacciones, conflictos y carencias que el sujeto poético denuncia. En El mar, ese oscuro porvenir, una rabiosa nostalgia y la oscura condición del exilio siempre son vertidas en perturbadoras imágenes que delatan esa inclinación. Por otra parte, en el excelente Ya nadie incendia el mundo, como ya ha señalado Jerónimo Pimentel, la fragmentación (laceración, disección) del cuerpo es esta vez la del cuerpo nacional, amalgama de sacrificios y traiciones postrada como una madre en una mesa de operaciones de un hospital público.

En Berlín Victoria Guerrero continúa el personalísimo camino emprendido con Ya nadie incendia el mundo y toma como escenario para sus poemas la circunstancia de la ciudad dividida que muta en Lima o Berlín según los deseos y necesidades de la poeta, quien politiza su discurso más que en ninguno de sus libros anteriores, evocando a otros autores que asumieron el tema de las luchas populares (como sucede con Vallejo o con Cesáreo Martínez) y centrándose en abordar, desde una decadente atmósfera callejera —que recuerda en más de una aspecto a la poética de Hora Zero—, la violencia y la desigualdad social, sin olvidar por ello sus otras motivaciones recurrentes, como son las relaciones de pareja y el fantasma de la maternidad incumplida. Sus últimas entregas (Cuadernos de quimioterapia, 2013, y En un mundo de abdicaciones, 2016), notoriamente inferiores a las precedentes, delatan a una poeta que se halla en una transición que, esperamos, se decante hacia nuevos centros de interés.

 

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Desde sus primeras publicaciones Lorenzo Helguero Morales (Lima, 1969) ha sido considerado por la prensa cultural y la crítica como uno de los poetas más resaltantes de aquellos aparecidos durante los primeros años noventa. Una de las virtudes que más se le ha celebrado —con suma justicia— es la destreza y flexibilidad verbales para cambiar de registro de libro a libro, elaborando así una obra cuyo adjetivo más apropiado sería el de heterogénea, y que comprende nueve poemarios, la mayoría de breve extensión: Sapiente lengua (1993), Boletos (1993), Diario de Darío (1996), Beissán o El abismo (1996), Shame Dean (1999), El amor en los tiempos del cole (2000 y 2008), Poeta en Washington D. C. (2004), Insomnio (2006) y 35 mm (2015). Es notable también su versátil tratamiento del humor, en alguno de sus libros, inspirado en el disparate surrealista (Boletos) y, en otros, afiliado a la ironía y el sarcasmo (Shame Dean) o, más bien, teñido de candor infantil y adolescente (El amor en los tiempos del cole). Por último, no se puede dejar de mencionar su hábil manejo de la métrica clásica, que le ha permitido confeccionar decorosos libros de sonetos (como Sapiente lengua o Diario de Darío), donde en ocasiones aparecen piezas cuyo ritmo y sólida estructura delatan a un autor dueño de un dominio técnico inusual dentro de la poesía peruana del último cuarto de siglo.

 

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Poeta de interés y uno de los pocos personajes que ha legado la poesía de los noventa, Josemári Recalde Rojas (Lima, 1973-2000) publicó Libro del sol (2000, edición aumentada bajo el título Libro del sol y otros poemas, 2009) apenas dos semanas antes de su muerte. El destino trágico de Recalde ha afectado, de algún modo, la adecuada valoración de su obra poética; quizá por ello su poema más citado y conocido sea el discreto «Sermonem ad mortuos», donde anuncia su suicidio, singularmente violento: «Al final de los mitos, / cuando todo se haya evaído [sic], / encontraremos quién sabe una luz, / no, no quiero / pertenecer más a la realidad verdadera / ni a la falsa, / por eso incendio mi cuerpo».

Conjunto desigual, Libro del sol contiene, a la vez que varios textos verbosos y postizos, un puñado de poemas con derecho de aparecer en cualquier antología de poesía peruana reciente. Es el caso de «Antimediodía», «Correo intercelestial», «Scrabble», «Pre-Banisteriopsis» o «Es el verano hermoso en la ciudad», núcleos de serena dramaticidad, certero manejo del elemento autobiográfico y maniobra libérrima con el lenguaje. Son éstas, pues, las zonas más logradas de un libro cuyo tema central es la purificación, tanto en sus formas rituales primitivas (el fuego, la lluvia) como por la práctica de un rito —el de escribir— empleado para la recuperación del paraíso de la infancia. Menos afortunados son los poemas donde se pretende comunicar las experiencias espirituales del autor, inseguros y estructuralmente difusos, como es el caso de «Baña todos mis sueños», «Hombre Lluvia» u «Oración»: «Los ojos son los espejos del alma. / Y las manos serán manos del amor. / Y los pies, los pies del camino hacia la vida». La publicación de la obra inédita y dispersa en revistas de Josemári Recalde se mantiene en proyecto.

 

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Existe en el Perú, y no sólo en el Perú, la tendencia a separar las etapas poéticas por generaciones, cuando es claro que desde 1975 hasta hoy vivimos una continuidad —caracterizada por la crisis a la que ya nos hemos referido— en la que el conversacionalismo, con subidas y bajadas, ha sido la corriente prioritaria, sin que eso oculte las posibilidades alternativas, algunas de ellas valorables. Luego de su debilitamiento en los noventa, ésta resurge a partir del nuevo siglo y se vuelve a consolidar, reforzando el culteranismo y regresando a las raíces eliotianas y poundianas más puras, en algunos casos, y, en otros, a un riguroso clasicismo practicado sin rubores. El advenimiento de los poetas que la encarnan coincide con el fin de la dictadura de Fujimori, en el 2000, y la inauguración de un nuevo tiempo democrático, que continúa hasta la fecha, no sin tropiezos. Algunos de los más importantes autores de este periodo se inscriben en esa línea: pienso en Miguel Ángel Sanz Chung, Romy Sordómez, Víctor Ruiz Velazco o Mario Pera. Otros, como Paul Guillén, pretenden subvertirla, a veces con éxito, pero siempre manteniendo una soterrada adhesión a ella. Es cierto que también se manifiesta a comienzos de siglo una corriente neobarroca, representada por Elio Vélez, Jorge A. Trujillo o Pedro Favarón, entre otros, aunque ninguno de ellos logra afianzarla y se retiran del escenario luego de uno o dos libros que casi veinte años después se han convertido en anécdota u olvido.Entre exploraciones fallidas y una rotunda vuelta al orden también hubo algunos proyectos revitalizadores que vale la pena anotar.

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