Con todo, el malestar cívico no sólo se evidencia en las composiciones nacidas de la onda expansiva del 15M. En otras ocasiones, asistimos a una resemantización de los estereotipos de la poesía social. Dentro de un compromiso globalizado se enmarcan Afro (2016), de Guillermo López Gallego, y Hotel Europa (2017), de José Luis Gómez Toré. El origen del primero se remonta a la estancia diplomática del poeta en Monrovia, la capital de Liberia, pero trasciende los ingredientes del «repertorio tropical» para proponer una deconstrucción colonial donde el lugar del yo se ve ocupado por los letreros, inscripciones y plegarias que se instalan en el centro discursivo. Frente a esta saturación paratextual, Hotel Europa se adentra en las ruinas de la historia y en las orillas en las que desembarcan los refugiados del presente. En el espacio geopolítico convocado por Gómez Toré comparecen las relecturas mitológicas y las trincheras bélicas, las representaciones bufas y los crímenes perfectos patrocinados por el poscapitalismo. Sobre el tablero de la vieja Europa se levanta asimismo Malgastar (2016), de Mercedes Cebrián. La autora pone al descubierto las grietas de la sociedad del bienestar, donde el rutilante confort de Angloamérica contrasta con los fantasmas de una Eurozona dividida por las desigualdades económicas y amenazada por el Brexit.

A diferencia de ese desplazamiento por la geografía física, otros planteamientos inciden en una aproximación a la geografía humana. Por ejemplo, Alberto Santamaría se mueve en Yo, chatarra, etcétera (2015) por localizaciones asimilables a «la España vacía» (Molino, 2016), en una suerte de road movie que transita entre los vislumbres alucinatorios, la distorsión asociativa posmoderna y la recreación de la sustancia tópica ligada al paisaje de Castilla. Desde una perspectiva más descarnada, Pablo García Casado desvela en García (2015) las facciones de un ciudadano cualquiera, que a veces se enfrenta a la intimidad doméstica y otras veces se entrega a una demoledora crítica social. Lo segundo se observa especialmente en los poemas-collage basados en hechos reales —la reconstrucción ficcional del caso Bretón en «Saturno» o el extracto de la declaración de la infanta Cristina a propósito del caso Nóos en «Baile»—, así como en las piezas que revisitan el tema de España para manifestar la posibilidad de «ser español sin estridencias». No muy lejos se encuentran la escritura con aristas de José Daniel García (Noir, 2018); los trampantojos enunciativos de Sandra Santana (Y ¡pum! un tiro al pajarito, 2014); o la ironía disolvente de María Eloy-García, que en Cuánto dura cuanto (2010) subvierte los códigos verbales y visuales de la retórica publicitaria.

 

POLÍTICAS DE LA IDENTIDAD: ENTRE LO UNO Y LO DIVERSO

A la hora de acotar el terreno movedizo de la poesía reciente, uno de los motivos recurrentes es la problematización del concepto de identidad. Frente al sujeto de bulto redondo que había diseñado la poesía de la experiencia, en el siglo xxi nos hallamos con frecuencia ante individuos sin atributos o personajes desenfocados, que oscilan entre la escisión del yo y la opacidad de un «sujeto boscoso» (Mora, 2016). La antología Deshabitados extremaba esa intuición y llevaba en su propia partida bautismal la idea de un sujeto vacío que remitía explícitamente a los hombres huecos de T. S. Eliot y Rafael Alberti (Abril, 2008: 30). No obstante, en los últimos años la alteridad y la conciencia ficcional han ido cediendo a la presión de la primera persona. Aunque refractario a la emanación confesional, el yo parece haber regresado a casa: si no como una presencia autorial homologable con el artífice del poema, sí como una presencia discursiva que guarda con éste un claro parecido de familia. Prueba de ello son las claves autobiográficas que disemina Juan Carlos Abril en su último libro, En busca de una pausa (2018), cuya fluencia monologal acoge desde la ambigua autonominación («Abril mezclando memoria y deseo») hasta la referencia a determinados enclaves privados: «En un pueblo del sur, en el invierno, / nací en la calle del Arroyo».

Cierto es que en algunos autores nunca desapareció la indagación en la identidad como «acción política». Tales son los casos de Andrés Neuman, que en Vivir de oído (2018) dota de trascendencia universal a la experiencia particular, o de Erika Martínez, que ha evolucionado desde la reivindicación de una historia en femenino —según se aprecia en la genealogía colectiva de «La casa encima» (El falso techo, 2013)— hasta la confección de un yo decididamente feminista, según se evidencia en Chocar con algo (2017). La inmersión en los contraluces de la conciencia orienta igualmente la poética orgánica de Miriam Reyes, donde convergen el determinismo del fracaso y una iconografía de tintes irracionales. Entre la herida y la cicatriz, Reyes se sirve de la metaforización del cuerpo para exponer una identidad conflictiva, tanto si se aplica a la inversión de los roles de género (Haz lo que te digo, 2015) como si opta por una reescritura apropiacionista de sus composiciones (Prensado en frío, 2015). La provisionalidad existencial y la precariedad laboral troquelan el horizonte de Elena Medel en Chatterton (2014), que utiliza la figura tutelar del poeta prerromántico que da título al libro como correlato de una identidad en tránsito, a medio camino entre la sublevación utópica y la aceptación de una madurez con vistas al vacío. Los transbordos que pautan el recorrido pueden interpretarse como una imagen del paso de la juventud a la edad adulta, según se advierte en una de las piezas más significativas del libro, cuyo largo título es al mismo tiempo su síntesis argumental: «A Virginia, madre de dos hijos, compañera de primaria de la autora».

En otros ejemplos, la batalla por la identidad se libra en el recinto de la intimidad doméstica o entre las paredes de la casa familiar. Las relaciones paternofiliales están en la base de varios textos que redactan la novela personal de sus artífices bajo el formato de la autoficción. Con esta técnica entroncan dos poemarios inspirados por la muerte del padre: El silencio de los peces (2016), de Jacobo Llano, y Crónica natural (2015), primera incursión lírica del narrador Andrés Barba, son sendos ejercicios de duelo que afrontan el dolor sin resortes patéticos, si bien la crudeza psicológica del primero contrasta con el artificio narrativo del segundo. La memoria y el duelo protagonizan uno de los libros más conturbadores de los últimos años: Canal (2016), de Javier Fernández, que aboga por una textura hiperrealista para profundizar en una ausencia traumática: «Mi hermano Miguel murió el 5 de marzo de 1975, tres semanas antes de su sexto cumpleaños». La muerte accidental del hermano, ahogado en el canal que da título al volumen, es el detonante de un exorcismo que funciona a la vez como crónica de la disolución del núcleo familiar y como reafirmación de la propia identidad, más allá de la mera condición de superviviente. Si la paternidad y la maternidad, respectivamente, otorgan una nueva identidad a los personajes de Vértices (2016), de Francisco Onieva, y Ciudad sumergida (2018), de Ariadna G. García, la mirada del hijo impera en Mis padres: Romeo y Julieta (2013) una evocación retrospectiva donde Pablo Fidalgo Lareo emplaza la separación de sus padres dentro de una escenografía trágica. La asunción de la pertenencia a una colectividad actúa como trasfondo de las entregas más recientes de Fruela Fernández (Una paz europea, 2015; La familia socialista, 2018) y de Juan Carlos Reche (Los nuestros, 2016). Mientras que Fernández recompone una identidad comunitaria en la que se encadenan antiguos y modernos exilios, Reche recicla el folclore mediante un dialecto posmoderno donde se engastan los refranes retorcidos, las deformaciones expresivas y la jerga callejera. En esta senda se inscriben los sujetos antiheroicos de Conciencia de clase (2015), de David Mayor, y de Todo un temblor (2018), de José Gutiérrez Román, que meditan sobre los antecedentes familiares o sobre los planes de futuro. En todo caso, la condición múltiple de la identidad no se deja encerrar en una definición unitaria, tal como sugiere el desenlace de «Nuestros» (Vida secreta, 2015), de Javier Rodríguez Marcos: «Y a veces / me pregunto si acaso / soy uno de los nuestros».

Si toda identidad conlleva una fractura, esa brecha se agudiza cuando va acompañada de la desubicación que supone asumir el rol de inmigrante. Ejemplo de ello es el singular periplo urbano que emprende el peruano Martín Rodríguez-Gaona en Madrid, línea circular (2013), donde se rubrica la interdependencia de los conceptos de centro y periferia. Aunque desde unas coordenadas estéticas divergentes, algo similar podría decirse de la propuesta de Ioana Gruia, que en Carrusel (2016) firma un itinerario circular que comienza con la infancia en Bucarest y termina con el sujeto adulto en Granada. En sentido inverso, Itzíar López Guil configura en Esta tierra es mía (2017) a un yo escindido entre Madrid (donde nació) y Zúrich (donde reside), pero que viaja por un mapamundi global, registra minuciosamente las formas de la rutina y se esfuerza en poner buena cara al mal tiempo. Las huellas de esa identidad doble se rastrean asimismo en la obra de Ben Clark, nacido en Ibiza, pero de raíces inglesas: bajo el envoltorio de grandes gestas históricas, Los últimos perros de Shackleton (2016) y La policía celeste (2018) se estructuran como parábolas cosmovisionarias que le permiten afrontar dos grandes temas: el desamparo subjetivo y la genealogía familiar.

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