En fin, para no fatigar al lector ni convertir estas páginas en un prolijo catálogo de intercambios estéticos, basta con señalar que abundan los entrecruzamientos entre el discurso lírico y otros discursos mediáticos. En primer lugar, la música proporciona una panoplia rítmica donde se dan cita la electricidad rockBarbarie (2015), La sangre (2015), Defensa de las excepciones (2018), de Andrés García Cerdán—, la complicidad pop Lloráis porque sois jóvenes (2016) de Emilio Martín Vargas— o la sincopación jazzística —La ética del fragmento (2017), de Luis Artigue—. Esta plantilla se aplica a la asimilación de los eslóganes publicitarios en Ritmo latino (2017), de Jorge Barco Ingelmo; a las adivinanzas basadas en series televisivas que se despliegan en Fábula (2017), de Javier Vela; al paralelismo entre la gira teatral y la rotación de la tierra en Gira (2011), de Álvaro Tato; o a la destilación de la mitología clásica y las mitologías privadas en Los buenos propósitos (2015), de Ana Merino.

En síntesis, las líneas analizadas certifican la evolución desde la «tradición de la ruptura» patentada por Octavio Paz hasta una rehumanización que se extiende a numerosos ámbitos: la recuperación del compromiso cívico e ideológico, la profundización en la identidad personal o colectiva —entre la carga genética del ADN y la foto oficial del DNI—, y la transcripción simbólica de una realidad contemporánea de la que forman parte los espejismos virtuales y las sinuosidades intermediales. Los poetas que comparten cartel en la segunda década del siglo xxi han sustituido la tentación torremarfileña de la autorreferencialidad por la apertura a las ventanas de un mundo globalizado. Después de todo, puede que el sublime batacazo de Ícaro no haya sido en vano.*

 

[1] De la ausencia de voces femeninas deja constancia Carlos Pardo en su poética para dicha antología: «Y, finalmente, no comprendo por qué un panorama de la poesía española actual sólo incluye a tres mujeres. Me parece sospechoso que demos esta desigualdad por norma. Mercedes Cebrián, Julieta Valero, María do Cebreiro, María Eloy-García y Sandra Santana, por ejemplo, compartirían las coordenadas estéticas y biográficas que quiere defender esta antología» (en Andújar Almansa, 2018: 179). En cuanto a la procedencia de los autores, con la excepción de Josep M. Rodríguez y Miriam Reyes, los demás han nacido en Andalucía (seis) o residen en Madrid (cuatro).

[2] Si comparamos la repercusión crítica de estos autores con los de la generación precedente, el desajuste es palmario: antes de cumplir los cuarenta años, Luis García Montero había obtenido el Premio Nacional; Felipe Benítez Reyes, el Premio Nacional y el Premio de la Crítica; y Vicente Gallego, el Premio de la Crítica. Si avanzamos hasta la franja de los cuarenta y dos años, la lista se incrementa con los nombres de Antonio Cabrera (Premio de la Crítica) y Carlos Marzal (Premio Nacional y Premio de la Crítica). No hay ningún poseedor de esos premios «de consolidación» entre los seleccionados en Centros de gravedad. Por el contrario, recientemente han recibido el «Ojo Crítico» de Radio Nacional de España, un premio destinado a resaltar la labor de los «artistas revelación» en distintas disciplinas, Abraham Gragera (en 2013), Rafael Espejo (en 2015) y Carlos Pardo (en 2016).

[3] Abraham Gragera (en Andújar Almansa, 2018: 80-81) afirmaba hace poco que su primer libro, Adiós a la época de los grandes caracteres, pretendía mostrar «un posicionamiento, mediante la ironía y la parodia, frente al discurso de la desilusión. Pero el discurso de la desilusión está tan arraigado en nuestros tiempos que no pocos lectores interpretaron mis poemas en un sentido afirmativo, literal».

[4] La semilla revolucionaria germinaría en toda clase de productos culturales, desde los himnos de la nueva canción protesta —Cómo hacer crac (2011), de Nacho Vegas— hasta las viñetas del tebeo —Revolution complex (2011) y ¡Yes we camp! Bocetos de una (r)evolución (2011)—, pasando por la narrativa —las beligerantes y controvertidas Ejército enemigo (2011), de Alberto Olmos, y Los combatientes (2013), de Cristina Morales—.

* Este trabajo es resultado del Programa «Ramón y Cajal» (RYC-2014-15646), del Ministerio de Economía y Competitividad. Asimismo, se enmarca en el Proyecto de Investigación «Poéticas de la Transición (1973-1982)» (FFI2017-84759-P).[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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