No es de extrañar que Alberti escribiera luego, despectivo, refiriéndose a los turistas millonarios que viajaban a la Unión Soviética, «que [éstos] ruedan por la URSS sin entender nada»: establece así una diferencia entre quienes viajaban compartiendo las ideas que impulsaban la sociedad soviética y los nuevos grupos de «curiosos impertinentes» que, a modo de sus antepasados británicos que realizaban el Grand Tour por la Europa mediterránea, acudían a Rusia, la que Alberti llama «patria de Lenin y de Octubre», a satisfacer la curiosidad, en muchos casos ciertamente snob, de contemplar el nacimiento de una nueva sociedad, diferente de la capitalista. Y es que Alberti, como escribiría tras dejar Niegoreloje, «de noche en mi litera, mientras corría hacia Moscú», trataba de ordenar sus emociones tras pisar por primera tierra soviética con este poema en el que revela el carácter iniciático del viaje que realizaba, como el de tantos otros, por otra parte: «Y ahora vamos por ti, / calumniada, / escupida, / bloqueada de perros que por dientes enseñan bayonetas, / mientras tú te defiendes trabajando, / haciéndote día y noche. / […] / Por ti, / atravesándote hoy a oscuras, / espiada, / escupida, / provocada, / patria de Lenin y de Octubre».

Desde la misma estación de Niegoreloje, donde nos dice que a la vista del primer soldado soviético cantaron La Internacional, Rafael Alberti despliega un entusiasmo que no sólo está reñido con la crítica, sino incluso con la descripción. Todo lo que ve, sean campesinos o gráficos de estadísticas de producción que, a su juicio, «traen nuevos materiales a la poesía», lo supedita a la apología del régimen soviético, realizando a cada momento un canto de los logros del sistema, ya sea desde el punto de vista económico, social o cultural. En Rafael Alberti y en María Teresa León todo es felicidad y bienestar en la sociedad rusa de los años treinta. Los mismos años de consolidación del estalinismo, del comienzo de las purgas de trotskistas y saboteadores, de la hambruna provocada en Ucrania para acabar con los kulaks y los campesinos saboteadores que no cumplían con las imposibles previsiones de producción, como nos ha contado recientemente Philipp Blom y había adelantado Richard Pipes. Los mismos años en los que Mijaíl Bulgákov y Dimitri Shostakóvich temían por su destino y en los que Ósip Mandelstam e Isaak Bábel estaban a punto de desvanecerse en los sótanos de la Lubianka. En suma, es la actitud que la traductora y amiga de Alberti, Ella Braguinskaya, con la mirada romántica que a veces aplican los hispanistas, denomina de don Quijote fascinado por la idea de una URSS formada por hombres felices, una idea que campea por las escasas páginas de «Noticiario de un poeta en la URSS». Una mirada que está tan cerca de la aplicada por su amigo Louis Aragon como lejos de la crítica de la sociedad soviética que llevó a cabo André Gide en su polémico Retour de l’URSS, escrito en noviembre de 1936 tras el regreso de su viaje a Rusia. Una obra en la que el escritor francés no evita ningún comentario negativo acerca de lo que había visto y de la impresión que le había causado la realidad soviética, especialmente, en lo referido a la ausencia de libertades, lo que lo convirtió en el escritor maldito para la MORP, como se vería en el II Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura que se celebró en la España republicana. En este sentido, cabría hablar del albertiano «Noticiario de un poeta en la URSS» como una suerte de anti-Gide, de reverso anticipado de la visión crítica, como corresponde a un militante comunista.

Al menos, la también entregada a la revolución María Teresa León, al aludir al proceso de desestalinización iniciado por Nikita Kruschev en los años cincuenta, dedica unos párrafos de su Memoria de la melancolía a «los desaparecidos en la última noche estaliniana», es decir, a las purgas que tuvieron lugar tras los procesos de Moscú de 1937. En su relato, publicado cuarenta años después, sólo recuerda a los asesinados que habían sido amigos de los días de la Guerra Civil española, como el general Emil Kleber, húngaro de verdadero nombre Lazarn Stern, el escritor y agente Mijaíl Koltsóv, su amante María Osten o algún escritor como Serguéi Tretiakov, al que había conocido en su segundo viaje soviético en 1934. Hay que señalar que en este caso León se refiere a lo ocurrido en esa tercera persona más distante e impersonal, en un tiempo verbal diferente al empleado en el resto de sus memorias, sin hacer ningún reproche ni ninguna pregunta, como si lo sucedido hubiera sido inevitable, fruto de fuerzas sobrehumanas y no de la decisión personal de Stalin y de un sistema que lo fomentaba.

Aún más curioso resulta que Félix Ros, quien está fuera de toda sospecha de mantener simpatías hacia el régimen de Moscú, ni siquiera mencione este asunto de la represión, así como prácticamente ningún otro acontecimiento de los que estaban teniendo lugar en la URSS en los días de su visita o que habían sucedido recientemente. Algo que no deja de sorprender, pues el falangista no aprovecha ninguna información ni ninguna noticia referida a las purgas estalinistas para hacer contrapropaganda y descalificar al régimen, como cabría esperar de alguien que políticamente estaba situado en las antípodas del comunismo. Y es que, si en Un meridional en Rusia, al contrario de lo que sucede con los textos de Rafael Alberti, no hay entusiasmo, tampoco hay una crítica manifiesta de la Unión Soviética que lejanamente pueda contraponerse a la entrega entusiasta del poeta andaluz. Incluso en alguna ocasión se puede detectar cierta admiración hacia la realidad rusa, en especial, a su historia, como sucede con el monumental Leningrado —en cambio, a Josep Pla le parecía más interesante Moscú por su novedad—, o ante logros técnicos, por ejemplo, el metro de la capital soviética.

A Rafael Alberti, el Moscú nevado de su primer viaje le resulta una gran ciudad, populosa y cosmopolita, que ha crecido y se ha modernizado con el comunismo, una suerte de Nueva York proletario, la gran ciudad alternativa a la urbe que resumía el capitalismo. En la capital de la URSS halla en la mezcla de razas propia del país con que se cruza por la calle una versión rusa del melting pot americano, algo que acerca a dos países antagónicos que, paradójicamente, eran el centro de la atención de la modernidad en la época. Como señala José-Carlos Mainer en su imprescindible prólogo, por lo que tiene de perfecto resumen del estado de la cuestión, a la reciente edición de Madrid-Moscú, de Ramón J. Sender, Nueva York y Moscú, las dos ciudades que representaban en los años treinta opciones sociales tan opuestas como el capitalismo y el comunismo, eran focos de atracción para los inquietos e interesados por las experiencias de lo nuevo, vinieran las novedades de donde vinieran.

El nuevo Moscú lo describe Rafael Alberti en la presentación de la película Octubre, de Serguéi M. Eisenstein, en México, contraponiendo la diferencia entre los meses de octubre que se vivían en la capital zarista —burgueses y románticos, de hojas caídas y parques melancólicos— con el nuevo octubre surgido de la revolución, que se vive en una nueva ciudad de «largas calles, anchas plazas y jardines, armados de soldados, obreros y campesinos que se lanzan, a una, a la conquista del poder». Una nueva mirada sobre la ciudad que es también un distanciamiento de la literatura tradicional y de los sentimientos burgueses que la inspiran y un guiño a la nueva sociedad, a la nueva poesía, esa que celebra y se inspira en los datos de producción. Es la nueva literatura a la que desde este primer viaje saluda como una literatura que «se ensancha, se hace exterior, se manifiesta para todos», al igual que sucede con la poesía y «con la nueva epopeya de los obreros de las fábricas y de los hombres del campo». Una literatura popular a la que el poeta, según le cuenta al periodista mexicano Mario Tovar en 1935, ha evolucionado desde la aparición de Marinero en tierra: «He querido acercarme a las masas y he encontrado que las formas literarias que le son fáciles y queridas son las de la vieja poesía española, las del Romancero», al tiempo que afirma que hace «versos sencillos y de intención política franca». Ahora, en la URSS, o, si se prefiere, a la luz del realismo socialista, Alberti proclama que, «cuando el fondo de la poesía es claro, el público de los trabajadores comprende y asimila». El camino para las odas a la producción eléctrica y a las coplas de Juan Panadero ya estaba abierto en 1932, como se vería con los libros Consignas (1933), Un fantasma recorre Europa (1933), Trece bandas y cuarenta y ocho estrellas. Poema del mar Caribe (1935) y Nuestra diaria palabra (1936). La Guerra Civil haría el resto.

Durante su estancia en Moscú, la pareja de escritores se aloja en el hotel de referencia para los viajeros extranjeros y los visitantes oficiales, la joya de la agencia estatal Intourist, el gran Novo Moskóskaia, el inmenso edificio situado junto a la plaza Roja desde donde ven el río Moscova y el ir y venir de la multitud de personas y razas que tanto les impresiona, cosa nada extraña en quienes viven en ciudad tan homogénea como el Madrid de los años treinta. Ya en este primer viaje, Rafael Alberti y María Teresa León, quienes apenas se refieren en sus memorias posteriores a lo sucedido en estos días, se relacionaron con los escritores soviéticos y extranjeros que se encontraban en Moscú, atraídos por el experimento social surgido de la Revolución de Octubre. El primero y más cercano es el hispanista, poeta y profesor Fedor Kelin, un antiguo aristócrata encargado de ser tanto el intérprete como el enlace de los escritores españoles con la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios, la MORP, y de trasmitirles la invitación a pasar una temporada en la URSS, que se alargaría hasta el mes de febrero de 1933. La importancia de Fedor Kelin en la visión de la Unión Soviética en los Alberti es grande, y así lo ha puesto de manifiesto Nigel Dennis en «Poesía bajo la nieve: Rafael Alberti y Fedor Kelin» (Moscú, diciembre de 1932-febrero de 1933). Es éste un artículo publicado en la revista Lenguaje y Textos (número 18, 2002) en el que reproduce la visión complementaria de la del poeta andaluz, pues recoge un artículo de Kelin, descubierto por Rosemary Fasey y publicado en 1934 en una revista soviética, en el que describe la estancia de Alberti en Moscú en 1933. Además del texto de Nigel Dennis, en el que se ilustran numerosos aspectos del escritor e hispanista ruso, se puede citar el texto de Carlos Flores Pazos «Amigo Kelin: Ayúdennos. Rafael Alberti y la URSS, 1932-1934», incluido en Entre el clavel y la espada. Rafael Alberti en su siglo, el catálogo de la exposición que dedicó en 2004 el MNCARS de Juan Manuel Bonet al poeta y artista.

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