En esta ocasión, Rafael Alberti y María Teresa León llegaron a la Unión Soviética en marzo de 1937, en barco, vía Leningrado, donde, según señala el poeta en un artículo escrito para una revista soviética e inédito en castellano hasta su publicación por El Cultural (7 de julio de 2005), fueron a recibirlos desde Moscú «los camaradas Apletin, Kelyin y Mirzov». Un momento que recoge, sin duda, una fotografía en la que ella aparece con el inevitable ramo de flores y él con la típica gorra rusa de visera, rodeados por un comité de recepción. Una escena que subraya el carácter institucional de la visita y la consideración de los Alberti por el Gobierno soviético pues, como señala Ella Braguinskaya, fueron recibidos con el acostumbrado carácter oficial que incluía, además de la hospitalidad selecta, las habituales visitas a espectáculos y, de nuevo, a fábricas como la textil Thaelmann, a la que se le había dado el nombre del secretario general de Partido Comunista alemán encarcelado desde 1933 y convertido en héroe del movimiento comunista por el Komintern.
El de 1937 fue un viaje que estuvo determinado por la entrevista que tuvieron los dos escritores con uno de los personajes más inaccesibles del siglo, Iósif Stalin, entonces considerado casi un dios viviente, al que Alberti se refiere elípticamente en La arboleda perdida como «una de las sombras que movieron al mundo». Una distancia muy diferente de la empelada en el artículo escrito en 1937. En estas páginas escribe:
Y, al final, como corona de toda esta devoción y cariño, el camarada Stalin, durante dos horas de charla familiar con nosotros, resumiendo el claro sentimiento de su pueblo hacia el nuestro; demostrándonos el conocimiento profundo de los más difíciles problemas planteados actualmente en nuestro país; sencillo, paternal, entusiasta de nuestra juventud, interesado por los campesinos, intelectuales y jefes de nuestro ejército popular; el camarada Stalin, digo, corona nuestra estancia en Moscú, dejándonos de la Unión Soviética, como recuerdo, las dos horas más agudas de emoción por España.
Por su parte, María Teresa León dedica a la entrevista con Stalin la mayor parte de las páginas consagradas a la visita realizada en 1937 a la Unión Soviética, y lo hace en un tono que treinta años después no deja de revelar cierto culto a la personalidad, cierta admiración un tanto idólatra hacia el personaje. Fue el propio Fedor Kelin quien los informa de que tendrá lugar la recepción, todo de manera tan teatral como secreta. La escritora se detiene en describir el Kremlin, donde predomina el tono verde «suave y tenue», y el antedespacho de Stalin, en el que destacan un gran mapa de España y otro de Madrid llenos de banderitas que seguían las operaciones. Precisamente, fue el propio Stalin —«delgado y triste, abrumado por algo, por su destino tal vez»— quien les comunica en su despacho la derrota italiana en la batalla de Guadalajara que acababa de tener lugar. Señala también cómo Stalin conocía a Rafael Alberti, al que considera una suerte de Maiakovski español, es decir, un poeta querido por su pueblo. Hablan con el líder soviético del congreso de la Alianza de Intelectuales Antifascistas que habría de celebrarse en Valencia, y de la reserva de Stalin ante la participación de escritores soviéticos, dado lo ocurrido con André Gide y su libro, «que no había gustado nada en medios oficiales». Sin embargo, Stalin no muestra ninguna objeción para que acudieran a España escritores soviéticos. De hecho, se envió a Valencia una delegación formada, entre otros, por Fedor Kelin, Alekséi Tolstói, Vsévolod Vishnevski y el más conocido Iliá Ehrenburg, también amigo de los Alberti. Incluso hablaron de asuntos de Estado, pues Stalin les comentó las dificultades para ayudar a la República, debido a la distancia y a los impedimentos internacionales. La entrevista, que se alargó durante más de dos horas, algo excepcional, según María Teresa León, concluyó cuando Stalin les «sonrió como se sonríe a los niños a los que hay que animar». Acto seguido, «se retiró hacia sus problemas, encorvando los hombros». El resto del viaje se desarrolló con el que se puede considerar el programa habitual: los actos de propaganda, como el mitin en el teatro Bolshói en el que coinciden con un mito viviente, Nadezhda Krúpskaya, la viuda de Lenin; la asistencia a obras de teatro dedicadas a España, como la de Alexander Afinoguenov, un dramaturgo que en esos momentos tenía dificultades con las autoridades soviéticas, aunque evitó ser ejecutado, o las habituales visitas a fábricas. Un periplo de veintisiete intensos días al que, como señala Allison Taillot, el diario Ahora dedicó seis artículos entre el mes de marzo y abril de 1937.
La vuelta de los Alberti a España, de nuevo por Leningrado y Suecia, fue muy distinta también de las anteriores. No sólo no tuvieron problemas a su retorno, sino que regresaron tras cumplir una misión oficial en un país que ahora mantiene unas relaciones privilegiadas con la admirada URSS. Su nueva visita tardaría en llevarse a cabo y lo hará en condiciones diferentes y difíciles: la del exiliado tras la derrota de la República.
[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]