La visita a la capital de la Unión Soviética no despierta en Félix Ros ninguna crítica contra el bolchevismo, como cabría esperar de quien políticamente se muestra contrario a los principios que inspiran la nueva sociedad comunista. Y al igual que los Alberti, si exceptuamos la referencia al miedo que inspira la GPU, no alude en ningún momento a la cara oculta del estalinismo ni a ninguno de los acontecimientos que estaban teniendo lugar en la Unión Soviética en esos momentos. Ros, de conocidas simpatías falangistas que, durante la Guerra Civil, lo llevarán a la quinta columna y a la cárcel —experiencia que le daría para otro libro—, viaja a la URSS diríamos que sin prejuicios, pues su relato, publicado por primera vez en 1940, en plena posguerra, no contiene ni descalificaciones ni el habitual despliegue de los motivos de la propaganda blanca. Por el contrario, sucumbe admirado ante la monumentalidad de Moscú y, sobre todo, ante el metro moscovita en el que, entre otros miles de personas, había trabajado Enrique Lister mientras estaba en la Academia Frunze. Este canto a las bondades del metro por parte de Ros supone también una loa a los logros del régimen soviético y a los avances de la técnica, al orgullo y al espíritu colectivo que impulsó una obra colosal.

Lo único que se permite son algunos comentarios irónicos, casi de un humor británico, en las visitas, naturalmente, guiadas y organizadas por Intourist. Un buen ejemplo de esta actitud un tanto provocadora es lo sucedido cuando, en el Museo de la Revolución, Ros pregunta a una atribulada guía, que no sabía qué cara poner, por qué no estaba León Trotski entre las personalidades revolucionarias que se habían reunido. Una provocación que en esos momentos podía haberse considerado más que una travesura, pues ya había comenzado la purga de trotskistas, que incluso llegaría a España y alcanzaría a Andreu Nin y a otros miembros del POUM.

Con lucidez, Ros insiste en la importancia que tienen los espectáculos y la propaganda para el régimen soviético, al tiempo que señala cómo la ceremonia y los actos públicos al servicio del Estado tienen un contenido oriental y religioso. Aunque no lo dice de manera expresa, sin duda está pensando en el cercano Imperio bizantino, en la importancia que tenía entre Paleólogos, Isáuricos, Ángeles, Ducas y Comnenos el ceremonial y el espectáculo, eso que en el mundo moderno se llamará propaganda.

Como Rafael Alberti y María Teresa León, Félix Ros también acude a visitar el Museo Antirreligioso, sin duda una aventura transgresora para un español de la época, al tiempo que asiste al estreno de Aerograd, de Alexander Dovzhenko, el director de La tierra. Se trata de una película de aviones, aventuras y espías de carácter antijaponés, un país entonces considerado el enemigo en Asia, que Ros califica de importante. Precisamente, en relación con el cine, el escritor barcelonés nos habla del éxito de los cortos de dibujos animados del ratón Mickey Mouse entre los moscovitas, sin duda el contrapunto a los relatos propagandísticos de obras como esa Aerograd. Más interesante es la visita al teatro Kámerny, junto a la plaza Pushkin, que dirigía el dramaturgo vanguardista Alexander Tairov, discípulo de Konstantín Stanislavski y de Vsévolod Meyerhold, quien por entonces empezaba a tener problemas con el realismo socialista que, de acuerdo con las nuevas directrices, debía inspirar la cultura soviética. Acude Ros en cumplimiento del encargo que le realiza en España su amigo el escritor Max Aub de entregarle un ejemplar de su obra dramática Espejo de avaricia. Aunque no logra ver a Tairov, el director literario del teatro Kámerny, de apellido Rubinstein, lo recibe «con grandes demostraciones» al saber que es amigo de Max Aub, lo que revela la consideración que tenía el escritor. Ros aprovecha y describe el interior del teatro deteniéndose en la exposición de maquetas, fotos y figurines de las obras montadas por Alexander Tairov, entre ellas la conocida Salomé, cuyo vestuario y decorados para la representación de 1917, de estilo futurista y cubista, los realizó la pintora Alexandra Exter. En realidad, todo lo referido al teatro, un género de gran éxito en estos años, en la URSS le interesa a Ros sobremanera, pues describe el edificio y la obra a la que asiste de forma detallada y entusiasta.

Por medio de un amigo comunista sudamericano, Ros conoce a un miembro de la MORP, «culto, interesado y presumido», al que es presentado como un comunista español. El escritor soviético, a quien convencionalmente y para no comprometerlo llama Fedor, le pregunta con interés por las últimas noticias acerca de escritores españoles, como César M. Arconada y César Falcón, María Teresa León y Rafael Alberti, pero, sobre todo, se interesa por Ramón J. Sender. Un grupo de autores que fueron los representantes españoles en el I Congreso de Escritores Soviéticos que, como hemos visto, se había celebrado en agosto del año anterior en Moscú. De todos ellos dio Ros las novedades que le parecieron oportunas, inventándose noticias y extremos acerca de su trabajo y de sus actividades que sorprenden al falso Fedor, convencido de que el español compartía idénticas inclinaciones ideológicas. Éste también se queja de que no se recibe la revista Octubre y, al enterarse de que ya no se publica, insta a Ros a hacer algo al respecto, asunto al que se compromete con una sorna que no capta el ruso. Antes de dejar Moscú en dirección a Minsk, Niegoreloje y Berlín, Ros asiste al desfile conmemorativo de la Revolución de Octubre, en el que se queda admirado al ver pasar veloces a los T-25 que, un año más tarde, estarían combatiendo en una España dividida y ensangrentada. Para finalizar, Félix Ros cierra Un meridional en Rusia con un capítulo en el que hace una defensa del individuo frente a la colectividad, algo que no coincide mucho con el totalitarismo que inspira al fascismo, al tiempo que señala lo ficticio del sistema representativo soviético en lo que constituye un lamento por la desvirtuación del parlamentarismo democrático. Es la defensa de unos principios que están en las antípodas del pensamiento falangista, lo cual no deja de sorprender.

Se puede concluir afirmando que, a pesar de la inclinación de Félix Ros por el detalle, casi por lo doméstico, por la minucia viajera y el pormenor cotidiano, Un meridional en Rusia no deja de tener interés por las características y trayectoria del autor. Aunque la vocación por la anécdota está siempre presente en perjuicio de la profundidad del análisis y de la reflexión, la crónica del viaje no deja de ser ágil y entretenida, y no le faltan observaciones de interés, ironía y humor. Sorprende, e insistimos en ello una vez más, la ausencia de crítica o, mejor, la baja intensidad de la misma, sus alusiones a veces elípticas y moderadas, así como su capacidad de admirar los logros de un régimen que sabemos que detesta, aunque en ningún momento lo revele. En ese sentido, es un libro elegante que se encuentra lejos de la propaganda y la descalificación, lo que hace que contraste con otros textos coetáneos, y que sorprende por el momento en que fue escrito y publicado.

Los años siguientes a su viaje llevarán a Félix Ros de la quinta columna en la Barcelona de la Guerra Civil a las cárceles republicanas, de donde fue liberado gracias a su amistad con Corpus Barga, Max Aub y José Bergamín, entre otros compañeros de tertulia, pero no tardó en regresar a prisión a causa de sus actividades clandestinas en favor de los sublevados. Tras la caída de Barcelona, se incorporó a las tropas franquistas con las que entró en Madrid en 1939, participando con Carlos Sentís y Carlos Martínez Barbeitio en el lamentable saqueo de la biblioteca de Juan Ramón Jiménez, que se había quedado en su piso de la calle Padilla, frente al Sanatorio del Rosario, cuando abandonó España en dirección al Nuevo Mundo. Luego, además de participar en el libro colectivo Corona de sonetos en honor de José Antonio, fundó una editorial y publicó, entre otras cosas, un par de libros, Preventorio D. Ocho meses en el SIM (Barcelona, 1939), en el que recoge su experiencia en la cárcel, y el interesante y misceláneo El paquebot de Noé (Barcelona, 1945), así como algunos libros de poemas.

El último viaje a la Unión Soviética de Rafael Alberti y María Teresa León en la década de los treinta se realiza en unos momentos más dramáticos que los anteriores. Si su segunda estancia entre agosto y octubre de 1934 coincidió con la revolución de 1934, la llevada a cabo en 1937 se produce en plena Guerra Civil. Esta vez los escritores no acuden invitados por la URSS, si bien tienen consideración de visitantes oficiales, sino a iniciativa de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y del Gobierno de la República española, lo que suponía una diferencia sustancial respecto a las anteriores invitaciones de la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios (MORP), aunque el asunto que impulsaba la visita era de carácter cultural, pues perseguía el objetivo de conseguir el apoyo para organizar el congreso de la Alianza en España. Tampoco los Alberti eran los mismos escritores revolucionarios, casi desconocidos en 1932 o perseguidos en 1934, que interesaban a la ya desaparecida MORP para difundir la revolución. Ahora, desempeñaban cargos de importancia en la estructura cultural del Gobierno republicano.

Si la anterior estancia en la URSS tan sólo inspiró a Rafael Alberti unas líneas en La arboleda perdida, esta visita de 1937 apenas aparece recogida en sus memorias. Por el contrario, será de nuevo María Teresa León y su Memoria de la melancolía la fuente esencial para conocer los pormenores del viaje que realizaron la pareja de escritores, aunque, como destaca Allison Taillot en su artículo «El modelo soviético en los años 1930: los viajes de María Teresa León y Rafael Alberti a Moscú», publicado en Cahiers de Civilisation Espagnole Contemporaine (número 9, 2012), la escritora adopte una actitud de voluntaria subordinación y discreto segundo plano ante su marido, que se extiende por todo el texto y que no deja de sorprender.

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